Alguien me vigila CAPÍTULO SEIS
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CAPÍTULO SEIS

—Buenos días, Henny —saludo con el tono más alegre que consigo sacar.

Levanta un instante la mirada hacia mí y vuelve a bajarla enseguida al escritorio. Su única respuesta es un gruñido forzado. He hecho algo que la ha molestado, o alguien ha hecho algo que la ha molestado y lo está pagando conmigo.

Lola le da un suave codazo a su compañera. Aunque no tan suave, porque Henny suelta un segundo gruñido, esta vez más agudo.

—Buenos días, señor —dice Lola con una sonrisa.

Hoy está muy guapa con su top de tirantes escotado.

Profesional, pero mono al mismo tiempo. Me pregunto si vive sola y tomo nota mental de preguntárselo la próxima vez que Henny no esté delante.

No es que me interese en un sentido romántico ni sexual.

Aunque así fuera, no creo que resultase apropiado, siendo ella la asistente y todo eso.

Estos pensamientos me pasan por la cabeza, pero no dejo que ninguno se refleje en mi expresión.

Es un truco que he aprendido: esa fachada imperturbable de jugador de póquer.

—Buenos días —repito, haciéndome eco de sus palabras.

Me encantaría detenerme a charlar con ella, pero ya llego tarde, así que entro directamente en la consulta.

Hace demasiado calor, el ambiente está demasiado cargado.

Son poco más de las nueve de la mañana y el sol ya ha conseguido calentar los sillones de piel sintética hasta volverlas abrasadoras.

No corre una pizca de aire, pero las ventanas no se abren y este edificio es demasiado antiguo para tener aire acondicionado. A aguantarse y punto.

Es jueves por la mañana y le toca a Jonah Washington sentarse en la silla caliente.

Treinta y tres años y completamente desquiciado.

Por supuesto, ese no es el término políticamente correcto y, desde luego, tampoco es el diagnóstico reconocido.

«Trastorno límite de la personalidad» es la expresión técnica, pero lo de «límite» hace que parezca una afección sin más, a caballo entre la normalidad y lo anormal.

No me convence, pero ¿a quién le importa lo que yo piense?

Ese es el diagnóstico, y el tratamiento consiste en este tedioso programa de terapia. Eso y la medicación, claro.

Las sesiones siempre empiezan de la misma manera: con una invitación a hablar.

Me recuesto en el sillón procurando que no resulte demasiado evidente que me acomodo para lo que queda de sesión.

Tampoco he tenido ocasión de probar el té que me ha dejado Henny o Lola —Lola, a juzgar por la actitud de Hen esta mañana— y ahora no quiero alargar la mano para cogerlo.

No quiero distraerlo ni apartar su atención de la conversación. Puedo esperar. Tendré que esperar.

Probablemente no sea muy profesional, pero tengo ganas de preguntarle: «¿Has notado algo raro en Henny hoy?

». La pregunta es como un picor bajo la piel mientras hablamos de las trivialidades habituales, concebidas para recabar información y hacerse una idea de los progresos del paciente, o de la falta de ellos.

—Háblame de tu semana.

De entre todos los comienzos vagos y genéricos, este es uno de los que menos me gustan.

La respuesta puede ser cualquier cosa, desde una larga perorata sobre el tiempo de espera en la cola del Lidl hasta un relato detallado de horas de llanto y pensamientos suicidas.

Con Sophie nunca es así. Siempre hay una transición fácil y relajada entre su llegada y el comienzo de la sesión, como si fuera una charla normal y espontánea entre amigos en lugar de una consulta con un psiquiatra.

Permanece sentado en silencio, mirándome, como si yo tuviera que hacer todo el trabajo. Siempre igual.

—Nada muy emocionante —responde al final.

—De acuerdo. ¿Puedes contarme qué ha estado pasando?

—No gran cosa.

Consigo contener un suspiro de frustración.

—¿Has llevado el diario de comidas del que hablamos?

Los atracones están más o menos al final de la lista de preocupaciones, pero al menos son algo en lo que centrarse. No es que sea precisamente un problema fácil de solucionar, pero cuando se tienen tantos como Jonah Washington, hay que empezar por algún sitio.

—Claro. He seguido comiendo la misma basura. Me siento en mi sillón, pido comida a domicilio, me levanto para recogerla en la puerta, vuelvo a sentarme y me pongo hasta arriba. ¿No es eso lo que hace ahora todo el mundo? ¿No es así la sociedad moderna?

¿Lo es?

—Bueno, hasta cierto punto, sí. Sin embargo, cuando pasa a formar parte de la conducta obsesiva de alguien, merece la pena llevar un registro. Hablamos de esto la semana pasada, ¿verdad?

Sí, lo hicimos, pero el bueno de Jonah quiere volver a repasarlo todo cada semana. Esa es su forma de ser , ¿no? Cuando arranca, habla por los codos encantado de la vida, pero nunca consigue nada de una semana para otra. Sabe cuáles son sus problemas, pero no se esfuerza en afrontarlos.

—Sí.

Al menos es capaz de reconocerlo.

—Jonah, sabes que quiero ayudarte.

—Ajá.

—Y solo puedo hacerlo si estás dispuesto a ayudarte a ti mismo.

—Claro.

El reloj marca y veinte y se supone que hablaremos hasta menos diez.

Los clientes nunca reciben una hora completa por su dinero; siempre hay que ir concluyendo, cerrar la sesión y concertar la siguiente cita.

Es el procedimiento habitual, nadie intenta engañar a nadie, pero ahora mismo significa que los dos tenemos media hora que llenar con una conversación productiva.

Dos hombres de treinta y tantos años: uno, un rubio de metro ochenta y tres, con una barba de varios días que podría pasar por estudiada; el otro, unos centímetros más bajo, de pelo y ojos oscuros y con ropa que, con toda seguridad, jamás ha visto una tabla de planchar. ¿Quién es quién?

El hombre rubio observa al moreno, y el moreno permanece sentado en silencio. Los jueves son duros y ambos lo sabemos.

—Lo haré esta semana. Lo prometo.

—De acuerdo. Sabes que esto es para ayudarte, ¿verdad? No estoy aquí para juzgarte. No me pagas para eso.

Esbozo una sonrisa fugaz, un intento de aligerar el ambiente, pero no me la devuelve.

—Mientras siga pagándote, seguirás atendiéndome, ¿verdad? Aunque no lleguemos a ninguna parte.

Eso sí que merece una sonrisa.

—Estamos avanzando, Jonah. Llegaremos a alguna parte.

—A alguna parte, claro. Pero no creo que sepas dónde está esa parte.

Nuestras miradas vuelven a encontrarse, casi como dos ciervos enfrentados y a punto de entrechocar las astas.

Casi, de no ser por el desequilibrio de nuestra relación.

A todos los efectos, somos dos hombres corrientes, cada uno con sus propios problemas, cada uno con su propia vida y con las alegrías y dificultades que esta conlleva.

Uno de nosotros necesita pagar para recibir atención psiquiátrica, y al otro le pagan por proporcionársela.