Alguien más 24 Justine Taillandier La mujer secuestrada
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24 Justine Taillandier La mujer secuestrada

Justine Taillandier

La mujer secuestrada

«La razón no acostumbra a habitar

mucho tiempo con gente secuestrada».

J EAN DE L A F ONTAINE

1.

Pocas luces y atenuadas, tonalidades relajantes, tatamis de paja de arroz: el interior de la casa de François Chappuis invitaba al recogimiento.

La decoración minimalista se limitaba a unos farolillos de papel y dos amenazantes estatuas búdicas.

Los guardianes niõ impiden a los malos espíritus profanar los lugares sagrados.

El médico había preparado té con ayuda de un hornillo que estaba colocado sobre un taburete de piedra. Desapareció durante unos minutos tras un laberinto de puertas correderas de madera y reapareció con una gran toalla y una amplia sudadera de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich.

—¡Séquese! —ordenó—. Va a coger una pulmonía.

Guardó, con gesto adusto, unas tijeras, un serrucho de poda en miniatura y unos alicates de corte cóncavos en un estuche para herramientas.

Justine debió de interrumpirlo en plena sesión de poda del bosque de bonsáis que estaba expuesto en un mueble bajo en el centro de aquella estancia. Delirio japonés total…

Justine observaba al psiquiatra mientras se terminaba su taza de sencha .

Era asombroso lo que aquel hombre se parecía a Lino Ventura.

(Más en la época de Cien días en Palermo , que no en la de Gángster a la fuerza : bigote, pelo peinado hacia atrás, rostro surcado por arrugas profundas).

Llevaba una camisa Oxford de color azul claro, un jersey de cuello en uve y unas gafas tipo aviador.

—A ver, ¿quién es usted exactamente? —preguntó, quitándose el delantal de jardinería.

—Soy la inspectora jefa Taillandier, responsable de grupo de la Policía judicial de Niza. Estoy a cargo de la investigación del asesinato de Oriana di Pietro.

—Y eso, ¿qué tiene que ver conmigo?

—Oriana llevaba treinta años siendo paciente suya.

Chappuis se aclaró la garganta.

—No voy a salirle con la cantinela del secreto médico. Mi secretaria me llamó hace media hora. Ya sé que se ha ido de la lengua. Dígame qué quiere saber y váyase de aquí.

—Realmente, ¿Oriana tenía un tumor en el cerebro?

—Sí, pero estaba en remisión en el momento de su muerte.

—¿Discutió usted con ella la última vez que se vieron?

—Brevemente.

—¿Por qué?

—Por un motivo que nada tiene que ver con su investigación.

—Y eso, usted, ¿cómo lo sabe?

Chappuis se quedó de mármol. Zen. En línea con la armonía que había intentado crear en su casa.

—¿Conocía usted a su marido? —prosiguió Justine.

—¿A Adrien? Me habló mucho de él, pero no llegué a conocerlo.

—Sin embargo, estuvo hospitalizado aquí por problemas de adicción.

—Eso fue hace mucho tiempo. Seguramente en el servicio de conductas adictivas y bastante antes de que yo dirigiera el hospital.

—Y luego, ¿nunca volvió?

—No que yo sepa.

Chappuis había clavado en ella su mirada penetrante.

Justine sabía que aquel hombre estaba viéndolo todo: su vacío afectivo, su desazón insondable, los antidepresivos, las benzodiacepinas, sus ríos de lágrimas y hasta la cuerda de ahorcado en la escalera del sótano.

En condiciones normales, habría sentido vergüenza, pero en ese momento más bien esperaba darle la suficiente pena como para que contestase a sus preguntas con sinceridad.

—La he cagado por completo en la investigación —afirmé—. Creo que estoy a punto de mandar a un inocente a la cárcel.

El médico se encogió de hombros.

—Pues no lo haga.

—La máquina burocrática y mediática se ha embalado. Ya no depende de mí.

—Mire, no veo de qué modo yo podría ser útil.

—Lo que necesito es encontrar a una joven que mantiene una relación con Adrien Delaunay y que podría ser, en mi opinión, la asesina de Oriana. Una tal Adèle. ¿Le dice algo ese nombre?

Chappuis se quedó congelado durante un instante…

y después se quitó las gafas para masajearse los párpados.

Se levantó dando un largo suspiro. Se acercó al ventanal acristalado chorreante de lluvia.

Allí cruzó las manos detrás de la espalda, con los ojos fijos en el horizonte encapotado.

Mientras iba hacia la ventana, Justine comprendió que el psiquiatra también llevaba su propia cruz y su propio séquito de fantasmas.

—Se lo ruego, profesor —insistió—. Ayúdeme. Hágalo por los dos hijos de Oriana.

—Sí, conozco a Adèle.

—¿Dónde puedo encontrarla?

—En el cementerio monumental de Milán.

—¿Está muerta?

—Siéntese. Voy a preparar más té.

2.

—Conocí a Oriana en 1992, cuando ella tenía siete años. Un año antes, había tenido un accidente de coche muy grave en el que su madre perdió la vida. Después de varias operaciones importantes, la acogimos aquí, en Lugano, para acompañarla en su reeducación motora y neurológica.

Justine y Chappuis se habían instalado a ambos lados de una mesa baja cubierta con un futón bordado sobre el que había una bandeja de madera lacada. Un kotatsu , el mueble calentador tradicional japonés.

—Oriana era una cría encantadora y lista.

Aparte de las secuelas físicas del accidente, presentaba una gran vulnerabilidad psicológica y una ansiedad grave.

Se quedó más de un año con nosotros. Creo que la ayudé.

No soy especialista en psiquiatría infantil, pero ella no quería ver a nadie que no fuera yo y había buena química entre nosotros.

Siguió viniendo al hospital para hacerse revisiones y cada vez que tenía algún problema de salud.

Chappuis entrecerró los ojos para viajar mejor al pasado.

—Con el inicio de la adolescencia, las cosas se complicaron.

Oriana sufría anorexia y bulimia. Empezó a autolesionarse, a beber alcohol con asiduidad, a tomar un montón de medicamentos y a tener un comportamiento impulsivo y desordenado.

Pero nuestras sesiones de psicoanálisis terminaron dando fruto en la medida en que logré identificar el trauma que estaba en la base de sus tormentos.

Se detuvo unos segundos para crear expectativa.

—Oriana se sentía responsable y culpable de la muerte de su madre.

—¿Por qué?

Chappuis contó en detalle, ante una Justine atenta, la historia de aquel gato que, liberado de su transportín, provocó el accidente de coche que le costó la vida a Anna Maria di Pietro.

—A esa edad es muy difícil gestionar un trauma tan atroz —continuó el profesor—.

Para poder seguir con su vida de niño, algunas víctimas de violencias físicas o psicológicas llevan a cabo una especie de escisión interior.

Se trata de un mecanismo de defensa inconsciente que busca tener a raya los acontecimientos dolorosos. Y eso fue lo que le ocurrió a Oriana.

—¿Se refiere al mecanismo psíquico de la represión?

—En parte, pero intervienen más factores.

Chappuis, una vez que se lanzaba, llevaba la explicación hasta el final.

—Los niños pequeños todavía no tienen un yo estable y unificado.

Algunos, después de un trauma, almacenan los recuerdos dolorosos en otra personalidad para evitar que dichos recuerdos les perturben la conciencia en el día a día.

Pasan entonces a coexistir dos subpersonalidades, por así decir, en el seno de un mismo individuo: su personalidad de base y otra más emocional.

La primera es la que se ejerce a diario y la segunda, que suele permanecer en la sombra, la que carga con el trauma.

—¿Me está diciendo que Oriana tenía una personalidad múltiple?

—Ese era el nombre que se le daba antes, sí. Ahora hablamos de trastorno de identidad disociativo. El TID.

—¿Una especie de esquizofrenia? —preguntó Justine.

Chappuis torció el gesto y sacudió la cabeza.

—¡Qué va! En absoluto. Son dos patologías que se suelen confundir en el imaginario colectivo, pero no tienen nada que ver.

—¿Cuál es la diferencia?

—La relación con la realidad.

—¿Qué quiere decir eso?

—La esquizofrenia es un trastorno psicótico que altera la percepción del mundo real.

Los pacientes ya no son capaces de distinguirlo de las alucinaciones que los atormentan, pero no tienen varias identidades.

El trastorno disociativo, por el contrario, altera la continuidad de la identidad y de la memoria.

Justine se concentró para no perderse. El psiquiatra prosiguió.

—La esquizofrenia tiene causas genéticas, mientras que la causa del TID es traumática. Aparte de que cada uno de estos dos trastornos tiene su propio tratamiento. Resumiendo, el primero se cura con neurolépticos. El segundo, con psicoterapia.

La inspectora recondujo la conversación al terreno del caso que la ocupaba.

—Entonces, ¿Oriana poseía dos personalidades?

—Así es, dos identidades que se iban alternando de manera involuntaria.

—Y usted, ¿consiguió curarla?

—Sí, seguí su terapia durante mucho tiempo.

El final de la adolescencia resultó menos complicado.

Estabilizamos las crisis e hicimos bastante trabajo sobre el trauma original.

En tales casos, el psiquiatra también cumple una función de intermediario entre las distintas personalidades del paciente.

Poco a poco conseguí ayudar a Oriana a que recuperase una unidad psicológica.

Las crisis desaparecieron, terminó sus estudios, emprendió una brillante carrera, se casó y tuvo dos hijos.

—¿Adrien Delaunay estaba al corriente de los problemas de su mujer?

—¡No! —respondió categórico—. Oriana nunca estuvo lo bastante en paz con su trastorno como para atreverse a hablar de él. Ni con su marido ni con nadie.

Justine no sabía qué pensar. Eso de los trastornos de la identidad, ella siempre lo había asociado a ficciones añejas tipo Jekyll y Hyde, Psicosis de Alfred Hitchcock y otras pelis o series cuyos títulos había olvidado.

Más recientemente, se había encontrado en las redes sociales con una comunidad de jóvenes que padecían aquel trastorno y compartían sus experiencias. Aquello la hizo dudar.

Como si le leyera el pensamiento, Chappuis añadió: