Alguien más 22 Justine Taillandier Las ocasiones perdidas #3
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22 Justine Taillandier Las ocasiones perdidas #3

Vació su cabeza con la esperanza de quedarse dormido, pero sus pensamientos volvían obstinadamente a la carga.

Algo había pasado aquella tarde cuando estaban en el invernadero de Jean-Claude Ziegler.

Mientras Bergomi escuchaba al financiero, su mirada reparó en una estatua que había allí de la Virgen con el Niño.

Una obra de una belleza absoluta, acariciada por un rayo de sol.

La contemplación de la madona lo devolvió a los años de su adolescencia, en los que llegó a plantearse entrar en el seminario.

Más allá de los recuerdos, aquella visión le reavivó la gran tragedia de su vida.

Su hijo.

Arthur.

El rostro del crío no lo abandonaba. Volvía a verlo de pequeño, con su carilla risueña. Corriendo por la playa, de paseo por el bosque, animando al Olympique de Marsella en las gradas del estadio Vélodrome. «Directo al grano. Siempre a la vanguardia…» [6] .

Cuantas imágenes lograba mantener en general a raya con su pack de cervezas se le imponían ahora con renovada intensidad.

Unos escalofríos le helaron el cuerpo y una tiritera se apoderó de él. Se le atascaron en la garganta unos sollozos que lo ahogaban.

Se levantó y bebió un poco de agua del grifo del cuarto de baño.

—¿Papá?

Se volvió. De repente oía la voz del niño…

—¿Papá?

Un fantasma que lo torturaba. Aquello no podía continuar. Buscó la pipa para reconfortarse. Recordó, sin embargo, que la había dejado en la guantera. Volvió a ponerse los zapatos, la chaqueta y salió de la habitación.

Fuera, la luz rasante de los últimos rayos de sol flirteaba con las aguas relucientes del lago.

¡Lástima!; su idea inicial era haber llegado hasta el final de la investigación con Justine, pero no iba a ser capaz de pasar la noche con aquellas voces e imágenes que lo asaltaban.

Se iría esa noche. Daría el gran salto al vacío. «Por fin».

Llegó al aparcamiento y se sentó al volante del viejo Porsche.

La guantera, la MR 73 en su mano derecha, la suave rugosidad de la culata.

La sensación reconfortante de poder pulsar el botón de off .

De ser dueño de la situación por una vez.

Volarse la tapa de los sesos: la última libertad en una sociedad cada vez más liberticida.

Bergomi bajó la ventanilla.

—¿Papá?

—Sí, Arthur, estoy aquí.

Ahora sí que podía contestarle. Era menos aterrador si tenía en la mano una fusca que le daba la posibilidad de interrumpir el diálogo en cualquier momento.

Cerró los ojos. Las mismas instantáneas, las mismas preguntas: ¿cómo había podido tomar, aquel hijo adorable y adorado, el camino del infierno sin que él fuese capaz de volver a llevarlo hacia la luz?

¿Cómo había podido transformarse la criaturilla risueña en un yonqui miserable?

Un reflujo gástrico le quemó el esternón.

Era lo mismo que un chorro de alcohol en una herida abierta.

La última vez que habló con Arthur, se había escapado de un centro de desintoxicación.

Hacía ya diez años de aquello. La conversación acabó mal y terminaron sacudiéndose.

Se peleó con él físicamente y era algo que no había conseguido superar.

Para no torturarse con ello, Bergomi se repetía que aquel hijo a quien había amado ya no existía.

Que se había convertido en una bestia feroz que había devorado al pequeño Arthur.

Su mano se crispó en la culata del revólver.

«No es tan sencillo». Esa mañana, aquella estatua de la Virgen con el Niño, que lo estremeció tan hondamente, le hizo cobrar conciencia de que tal forma de ver las cosas era un cómodo y puro artificio.

De que tal vez fuese junto a su hijo donde debía estar.

De que nada era irremediable. Y de que, por fuerza, debía quedar algo del Arthur radiante y luminoso de la infancia.

Pero ¿dónde estaba ahora?

«¿Dónde estás, mi niño grande…?».

Durante el trayecto hasta Lugano, mientras Justine dormía, Bergomi había estado pescando informaciones, haciendo llamadas a diestro y siniestro.

Se había enterado de que, el año anterior, Arthur había cumplido una pena de cárcel en el penal de Lyon-Corbas.

Después de eso lo habían visto en una casa okupa de Échirolles, tras lo cual le habían perdido la pista.

Bergomi dio un suspiro y colocó la pipa en su funda. Encendió el motor, dio media vuelta y enfiló la carretera que bordeaba el lago. Convirtió su teléfono en GPS y lo fijó al parabrisas.

Encontraría al pequeño. Encontraría a Arthur.

Pocas cosas conocía tan difíciles como liberar a un drogadicto de sus adicciones. Se iba a dejar en ello cuantas energías le quedaban, pero tenía la fuerza que hacía falta para hacerlo. Aquella investigación lo había regenerado, le había aportado suficiente combustible para una última batalla.

Por las mejillas le corrían lágrimas, un géiser en toda regla. La Fontana de Trevi sin los turistas. Entre las lágrimas, sin embargo, un esbozo de sonrisa…

Colgado del espejo retrovisor, un colgante se balanceaba al ritmo de los baches de la carretera.

Un medallón de plata que representaba a la Virgen María.