22 Justine Taillandier Las ocasiones perdidas #2
Durante un instante se hizo un silencio.
Después Ziegler desplegó su gran estatura para levantarse dando a entender, con una sonrisa amable, que no tenía nada que añadir y que aquella entrevista había terminado.
Sin deponer en ningún momento su cortesía, los acompañó hasta el coche y mantuvo con Bergomi un pequeño intercambio de expertos sobre las virtudes del 911.
Comentaban que si el sistema de inyección esto, que si el motor de arranque lo otro, que si los manguitos de freno…
cuando Justine los interrumpió con su «pregunta Colombo».
—Una última cosa, señor Ziegler. ¿Conoce el centro médico Karl Jaspers, en Lugano?
El suizo sacó un puro del bolsillo de la chaqueta.
—Ese es el hospital que dirige Chappuis.
—¿Chappuis?
—El profesor don François Chappuis, un médico en quien Carlo tenía una confianza absoluta y que lo acompañó hasta el final de su vida. También se ocupó de su hija.
Cortó la cabeza del puro con ayuda de un artilugio cromado y sugirió:
—Pueden ir a verlo de mi parte, si se animan. El grupo Di Pietro lleva años subvencionando su hospital. Es un hombre huraño. No siempre amable, pero es un gran médico.
3.
Había cuatro horas de carretera de Montreux a Lugano, pero para Justine fueron un suspiro.
Aquellos paisajes suizos la reconfortaban.
Los abetos, las montañas, la luz suave del sol la hacían sentir que estaba en el decorado de un anuncio de chocolate helvético.
Era como si en cualquier momento fuesen a aparecer una vaca morada de Milka o los paisanos aquellos folclóricos del queso Appenzeller.
Acunada por el motor del Porsche y por la disposición extrañamente taciturna de Bergomi, se sumió en un sueño al poco de pasar la localidad de Caux.
La noche en blanco de la víspera le había hecho mella —física y mentalmente—, por no hablar del desastre de por la mañana…
Volvió a abrir los ojos a apenas un kilómetro del hospital. El coche circulaba a todo gas por una estrecha calzada junto al lago Ceresio. Schubert en el radiocasete. Salpicaduras de sol poniente en el parabrisas. Colores de fuego. Cielo empurpurado. Reflejos cobrizos de incendio.
Llegaron a una extensión de grava que servía de aparcamiento para visitantes.
Recorrieron a pie una senda balizada que transcurría entre tilos y castaños hasta llegar a un edificio antiguo de sillería en torno al cual habían añadido poliedros de cristal y acero.
La recepción estaba en uno de los módulos modernos.
Justine y Bergomi no se hacían muchas ilusiones.
Era sábado por la tarde. El centro médico estaba bajo mínimos.
Las probabilidades de que François Chappuis estuviera en el hospital eran exiguas.
Aparte de que se encontraban en territorio extranjero y, en rigor, no tenían ningún tipo de jurisdicción para investigar.
Avanzaron hacia el mostrador, detrás del cual una mujer leía. Justine mostró su carné y trató de poner el tono más amable posible.
—Hola, soy la inspectora jefa Justine Taillandier, de la Policía judicial de Niza, y este es el oficial Bergomi.
La empleada levantó la cabeza, interrumpiendo su lectura, para mostrarles un rostro sonriente.
Cincuenta años, pelo azul plateado corto rollo pixie —nuca rapada, flequillo largo sombreándole los ojos claros—, piercing en la nariz y brazos llenos de tatuajes.
Un letrerito indicaba su nombre: Léonie Rocheix.
—Quisiéramos hablar con el profesor don François Chappuis —prosiguió Justine.
—Vino esta mañana, pero los fines de semana no trabaja por la tarde.
—¡Vaya por Dios…! Es un asunto realmente importante.
—Tendrán que volver a probar suerte mañana.
—Mañana es domingo. ¿Está segura de que vendrá?
—El profesor Chappuis dirige el hospital. Está aquí todas las mañanas a partir de las ocho. Incluso el día de Navidad.
—Bueno.
Justine no ocultaba su decepción. Bergomi se mostró más pragmático.
—¿Y no conocerá usted algún hotelito asequible por aquí?
Léonie consultó su pantalla.
—Podemos alojarlos nosotros si lo desean. Tenemos habitaciones que ponemos a disposición de las familias que vienen a visitar a nuestros pacientes.
—¿Aquí? ¿En el propio hospital?
—Sí, en el pabellón de las antiguas caballerizas.
—¡Huy! Pues para unas bestias de carga como nosotros, eso va a ser perfecto… —ironizó Bergomi.
—Déjenme que me asegure.
Hizo una llamada y, en menos de cinco minutos, ambos polis estaban instalados en sendas habitacioncillas.
4.
Bergomi cerró la puerta de su cuarto. Cama individual, aseo minimalista, escritorio de madera sin tratar y taburete.
Le gustaban esos ambientes austeros, casi monacales.
Aquel, con las vistas al lago y a las montañas, incitaba a la meditación.
El policía se quitó la chaqueta y los zapatos.
Se echó en la cama y cerró los ojos. Llevaba casi cuarenta y ocho horas sin dormir y estaba rendido.
«¿Estoy viejo para estas gilipolleces?».
No. La investigación avanzaba y, aunque nadie fuese nunca a agradecérselo, eso era en parte gracias a él.