22 Justine Taillandier Las ocasiones perdidas
Justine Taillandier
Las ocasiones perdidas
«Pero dentro de nuestra cabeza, […] hay
un pequeño cuarto donde vamos
dejando todo esto en forma de recuerdos».
H ARUKI M URAKAMI
El mismo día
Suiza, cantón de Vaud
1.
El 911 de Bergomi circulaba con el sol de frente por la carretera de Montreux.
—Nos hemos metido por donde no era —dijo Justine consultando el GPS de su móvil.
—No, no —le aseguró Bergomi—. Me parece que estamos a punto de llegar.
El hombre bajó la visera para que no lo cegara la luz y, prácticamente por instinto, tomó la carretera que se abría a la izquierda de la vía principal.
Un bosque de coníferas se extendía, hasta donde alcanzaba la vista, cual océano verde esmeralda que surgiese de las profundidades de la tierra. Conforme iba pasando el vehículo, los abetos de Douglas se apartaban en el último momento para permitirle avanzar.
Justine volvió a zambullirse en su iPhone.
Había enviado sendos SMS a Puygrenier y a El Amrani para saber cómo había ido el resto del interrogatorio, pero ninguno de los dos le había respondido.
La confirmación de que prescindían de ella reforzó su determinación de desatascar por su cuenta la investigación.
En el avión había consultado cuantos artículos pudo sobre Jean-Claude Ziegler, de los que había tomado un sinfín de notas, yendo de sorpresa en sorpresa.
Primer descubrimiento: Ziegler no tenía nada que ver con ese contable de tres al cuarto que había presentado la prensa francesa.
El suizo fue, durante treinta años, la eminencia gris de Carlo di Pietro, el padre de Oriana: su abogado y asesor más cercano, encargado directamente de los intereses patrimoniales de la familia.
Un personaje a la sombra que acompañó a Di Pietro en la construcción de su grupo.
Todo el mundo ponderaba la viva inteligencia de Ziegler y su dominio del derecho europeo.
Lo apodaban l’Architetto y fue el artífice de todos los montajes jurídicos que permitieron al italiano dar más peso a su grupo a través de la adquisición de otras empresas.
Un perfil que en absoluto encajaba con aquella supuesta sustracción de trescientos mil euros.
Jean-Claude Ziegler era multimillonario.
¿Qué interés tenía en correr tantos riesgos por una suma tan modesta, comparada con su fortuna?
En el juicio se había defendido con tibieza, alegando que aquello fue puro afán de lucro y que lo hizo, básicamente, porque se presentó la ocasión.
Se le impuso una multa y una pena de cárcel suspendida que aceptó sin recurrir.
A continuación se retiró de los negocios y dejó el campo libre en aquel grupo de empresas a su joven rival, Azeglio Capecchi.
¿Por qué de repente aquel hombre experimentaba la necesidad de volver sobre aquel episodio?
Tras una curva, el Porsche enfiló un camino más bien estrecho. Maniobró para dejar pasar a un coche que circulaba en sentido contrario y cruzó un pintoresco puente cubierto de vegetación que desembocaba en una verja de hierro forjado que se hallaba coronada por una cámara de videovigilancia.
Bergomi tocó dos veces el claxon y los dos batientes del portón se abrieron, dejando ver una morada clásica que se erigía sobre un gran jardín con árboles. Un auténtico palacio florentino que dominaba el lago y daba acceso a un muelle privado y a un lugar de fondeo.
Los polis aparcaron directamente junto a la escalinata del palazzo .
Se apearon del vehículo y desentumecieron sus piernas.
Dada la solemnidad del sitio, casi se esperaban ver aparecer a un mayordomo, pero en aquella finca reinaba un extraño silencio.
Flotaba en el aire un perfume de lavanda.
De cerca, la casa era más impresionante todavía con sus floridas logias custodiadas por criaturas mitológicas talladas en el mármol.
En el césped, a lo lejos, un hombre jugaba con sus perros: dos grandes terranova de pelaje negro y blanco.
Silueta larga, porte esbelto, físico de actor entrado en años…
: Justine reconoció de inmediato a Jean-Claude Ziegler, viva imagen de lo que había leído en la prensa.
El hombre avanzó hacia ellos con paso tranquilo y los recibió con amabilidad.
Bergomi hizo las presentaciones y ambos polizontes siguieron a su anfitrión hasta el interior de un invernadero cuyas ventanas entreabiertas ofrecían unas vistas preciosas del lago.
2.
La atmósfera, aunque no era pesada, resultaba tensa. Justine y su adjunto eran conscientes de que tenían que andar con pies de plomo. Tras las frases corteses de rigor, Zigler preguntó cómo iba el interrogatorio de Delaunay. La inspectora puso las cartas sobre la mesa.
—Aún no ha terminado, pero todo apunta a que, cuando lo haga, el juez decidirá que hay indicios suficientes para encausarlo.
—¿Prisión preventiva?
—Parece probable.
El rostro armonioso de l’Architetto se volvió duro.
—Me preocupan mucho Sofía y Paolo. Después del terrible asesinato de su madre, no quiero imaginármelos privados también de su padre…
—¿Conoce usted bien a Adrien Delaunay?
Ziegler, con las piernas cruzadas, parecía que marcara el compás con el mocasín de su pie derecho, lo que revelaba cierto nerviosismo.
—En realidad, no. He coincidido con él muchas veces a lo largo de los años, pero no somos íntimos. De lo que estoy seguro es de que hizo feliz a Oriana y de que era un buen padre para sus hijos.
—¿Usted no cree que él pudiera matar a su mujer? —preguntó Bergomi.
—Sabe Dios de qué es capaz el ser humano… Ira furor brevis est , que decían los antiguos. Pero no a golpes con una barra de hierro, no. Eso no me lo creo.
—¿Puede usted confirmar que Delaunay tuviera aventuras extraconyugales?
—No tengo ni idea. Él y yo no hablábamos de esas cosas.
—¿Y de qué hablaban?
—Compartíamos algunos intereses: la Italia del Quattrocento , la música de Bach, el Tractatus Logico-Philosophicus , la pintura de Rothko y de Ryman…
Espantó una mosca imaginaria con la mano.
—También aprecio su música. Dentro de su género, es un pianista notable. Resulta muy difícil improvisar como él lo hace. Y luego tienen ustedes que entender que Adrien esun intelectual, un artista que vive en su mundo, más cómodo con los conceptos que con la realidad. No es un hombre de acción.
—¿No conocería usted a una tal Adèle en su círculo?
El hombre se tomó su tiempo, reflexionó y respondió:
—No.
Justine recorrió aquel lugar con los ojos. La atmósfera plácida del invernadero la fascinaba. En cada recoveco, una estatua, una fuentecilla, una gran tinaja de la que brotaba una cascada vegetal. Y siempre aquellas vistas al lago Lemán y a los picos de los Dents du Midi…
—Ilumínenos sobre aquel tema de los trescientos mil euros —hilvanó Justine—. Eso podría ayudarnos a exculpar a Delaunay y evitar que lo metan en la cárcel…
Silencio.
—Señor Ziegler, ¿por qué ha aceptado usted recibirnos hoy? —intervino Bergomi.
—No dije la verdad sobre aquello —reconoció el suizo—. Me dejé acusar de apropiación indebida de fondos para no ensuciar la memoria de Oriana.
L’Architetto reculó hasta el fondo de su sillón tapizado con damasco.
—Vino a verme aquí poco antes de su muerte. Conozco a Oriana desde que nació. Yo fui el colaborador de más confianza de Carlo, su padre. Durante más de treinta años, mi misión consistió en gestionar todo aquello que no puede pedirse por escrito.
A Justine le llamó la atención la manera de expresarlo.
—¿Qué día vino exactamente?
Ziegler consultó la agenda de su teléfono y encontró la fecha: el 2 de mayo. Tres días antes de la agresión.
—Llevaba meses sin verla —continuó—. Ese día la encontré muy demacrada, agitada, nerviosa. Aunque se expresaba de manera confusa, entendí que necesitaba urgentemente trescientos mil euros en efectivo.
—¿Para qué?
—Traté de que me lo contara, cómo no. Su respuesta fue: «Lo necesito para salvar a mi familia». Yo insistí, pero ella no me dijo más.
«Salvar a su familia…».
—Tiene toda la pinta de un chantaje —soltó Bergomi.
—Sí, es lo primero que pensé. De hecho, le propuse gestionarlo yo. Me conozco el percal. Varias veces me tocó arreglar los estropicios del imbécil de su medio hermano o alguna que otra bellaquería de Carlo.
—¿Y ella no quiso que usted se hiciera cargo?
—No. Insistía en hacerlo sola. Se la veía exaltada y resuelta a llegar hasta el final de su designio. Me pidió que no dijera nada a nadie, pasara lo que pasara. Logré reunir el dinero en tres horas haciendo, eso sí, una serie de acrobacias contables por las que luego me hicieron pagar.
Justine se removía en su sillón. Aquella revelación abría una pista nueva e invertía los roles. «¿Y si había sido Oriana la que había tenido un amante?».
—¿Y cuál sería la base del chantaje, a juicio suyo? ¿Una infidelidad?
—A mí me vino a la cabeza de inmediato Susanne Klatten —les dijo Ziegler.
Justine y Bergomi se miraron un instante.
Ambos conocían aquel caso, que había sido objeto de una gran cobertura mediática.
Unos quince años antes, la rica heredera de BMW había caído en la trampa de un gigoló al que ella aceptó transferir millones de dólares.
Cuando empezó a mostrarse menos generosa, su amante se transformó en un chantajista y la amenazó con filtrar vídeos de sus encuentros íntimos —filmados sin que ella lo supiese— a los medios de comunicación y a su marido.
Entonces Susanne Klatten se decidió a denunciar por estafa a aquel hombre, pero no logró impedir que los tabloides aireasen su vida privada.
Justine entrecerró los ojos, que oscilaban entre el entusiasmo y el desaliento. El más mínimo avance en su investigación suscitaba de inmediato más preguntas que volvían su lectura cada vez más compleja.
—Estos últimos meses he lamentado muchísimo no haber aprovechado la ocasión de ayudar a Oriana —concluyó Ziegler—. Tengo unos remordimientos espantosos por no haber insistido hasta saber qué problema la atormentaba. Es posible que eso hubiera evitado su muerte.
«A burro muerto, cebada al rabo…».