Alguien más 21 Justine Taillandier Donde todo empezó
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21 Justine Taillandier Donde todo empezó

Justine Taillandier

Donde todo empezó

«La más peligrosa manera de engañarse a sí mismo

es creer que solo existe una realidad; […] se dan,

de hecho, innumerables versiones de la realidad,

que pueden ser muy opuestas entre sí».

P AUL W ATZLAWICK

Sábado, 25 de mayo de 2024

Biot

1.

Cuando se disponía a enfilar el Chemin des Vignasses, Justine dio bruscamente media vuelta y fue hacia el pueblo.

Encerrarse en su casa, después de lo que acababa de pasar, era una pésima idea.

Si volvía allí en semejante situación, se hincharía de vodkas y ansiolíticos para atontarse hasta colapsar.

Y tenía la sensación de que esta vez corría el riesgo de no volver a levantarse…

Un relámpago la cegó durante un segundo: la imagen de su cuerpo, colgado de una soga, balanceándose en el hueco de la escalera.

Estaba demasiado frágil para quedarse sola. Lo último que le convenía era hacerse un ovillo en su casa, donde sus demonios se la tragarían. Pero ¿adónde podía ir?

«¡Mamá!».

«¡Quién si no…!».

Pasó la entrada de Biot, giró a la izquierda tras el ayuntamiento y siguió hasta la casa familiar. Delante del chalé, dudó si llamar al timbre. Dio la vuelta y entró por la puerta acristalada que a su madre se le había olvidado cerrar.

«No, si ya te digo yo que…».

Echó un vistazo al dormitorio. Al volver del hospital, Mathilde Taillandier se había metido en la cama y dormía como un bebé.

Justine se aseguró, sin hacer ruido, de que la mujer respiraba normalmente.

Como en su época de estudiante, se instaló con su ordenador en la mesa de la cocina tras poner agua a calentar.

Hasta donde ella recordaba, nunca había trabajado en su habitación ni en un despacho.

En los dos años que estuvo preparándose en el liceo Masséna, tras al bachillerato, para acceder a las llamadas «grandes escuelas», pasó noches escribiendo sus trabajos y revisando sus exámenes en esa misma mesa.

De aquellos laboriosos años conservaba un recuerdo ambivalente: adquirió rigor, pero no le gustaba un pelo la onda de la mayoría de los alumnos.

Ya entonces pecaba de falta de fuerza mental.

Su proyecto inicial era entrar en alguna escuela de Patrimonio —por ejemplo, en la del Louvre, o mejor todavía, en la École Nationale des Chartes— para ser restauradora de obras artísticas; sin embargo, aquellos dos años de cursos preparatorios la echaron a perder.

Renunció. Abandonó sus sueños para sumarse a las legiones de gandules de la Facultad de Derecho.

Tras el rigor de aquella preparación para acceder a una «gran escuela», la licenciatura en una universidad normal y las oposiciones a la Administración Pública se le antojaron fáciles.

De estas últimas, después de haber sacado varias, en verdad, se decidió por las de la Policía bastante a la ligera.

Al principio se apasionó con aquel trabajo, pero la realidad no tardó en atraparla.

El sistema policial y judicial francés amenazaba ruina.

Esclerótico, obeso, costoso e ineficiente.

A los maderos les pedían de todo y también lo contrario.

Justine entonces centró sus energías en las luchas de poder internas para acceder al puesto de inspectora jefa de Policía, responsable de un grupo de investigación de la brigada criminal de Niza.

Una «buena posición» —como decía su madre—, pero que ella había obtenido casi por defecto, sin haber desempeñado nunca ningún papel determinante en investigación de entidad alguna.

Hasta que el asesinato de Oriana di Pietro la lanzó por fin a la vorágine de un caso criminal de primer orden.

Desgraciadamente, en un momento de su vida en el que estaba demasiado descuajeringada para resolverlo.

Tenía su oportunidad sin tenerla realmente. «La vida…».

El ruido del hervidor la sacó de sus cavilaciones.

Abandonó su taburete para prepararse un té y encontró en la alacena dos pedazos de bizcocho de tipo inglés.

Aquel mítico Brossard con cerezas confitadas y uvas, su magdalena de Proust particular…

Se comió el pastel sin atisbo de culpa —desde luego, no era el día de empezar ningún régimen—, disfrutando el carácter complementario del azúcar de la repostería respecto de la astringencia del té verde, que iba tomándose a pequeños sorbos.

Envió un SMS a Bergomi para ver si había novedades y estuvo unos minutos navegando en busca de un artículo de prensa que le había venido a la cabeza durante el interrogatorio.

Se sentía protegida en aquel sitio, en la casa de su infancia, con su madre durmiendo en la habitación contigua y con el perfume de la vela floral impregnando el salón.

En unos minutos había recobrado el ánimo.

Las virtudes milagrosas tanto de la zampa como del cocooning…

¿Y si el asunto no estuviese tan claro, después de todo?

¿Y si la verdad de aquel caso pudiera salir a la luz únicamente sobre el terreno, y no en una sala de interrogatorios?

Recuperando un poco de combatividad, jugó con esa idea del money time :

esos últimos momentos decisivos de un partido de baloncesto en los cuales todas las acciones y decisiones se vuelven cruciales para decantar la victoria.

2.

De vuelta a la pantalla del portátil. Para avivar las ascuas que estaban bajo las cenizas, había que retomarlo todo y regresar a lo que ella siempre había considerado el origen de aquel caso: el momento en que Adrien y Oriana se conocieron.

Encontró aquel artículo que le había venido a la mente en la web de The New York Times Magazine .

Era una entrevista que le habían hecho a Adrien Delaunay en 2017.

Un artículo extenso firmado por un periodista llamado Avery Bale.

Probablemente la entrevista de Delaunay más completa que había leído.

Un ejemplo arquetípico de periodismo anglosajón a la antigua usanza en el mejor sentido.

Una conversación directa y matizada, sin remilgos, pero siempre lúcida.

Delaunay entraba al trapo como nunca lo había hecho, hablando sin rodeos del trauma de la muerte de su madre, de la relación complicada con su padre, de su tétrica zambullida en la droga y de su lucha contra la adicción.

Justine dio con el pasaje que quería releer.

Unas líneas en las que el pianista se refería a su «cura de desintoxicación en Suiza» y a cuando conoció, en Lugano, a la que habría de convertirse en su mujer.

Justine frunció el ceño. La memoria no la había traicionado.

Delaunay conoció a su mujer, a todas luces, mientras se estaba desintoxicando.

Pero ¿cómo era posible? ¿Qué hacía Oriana en Suiza en la misma época?

¿También a ella la estaban tratando allí de una adicción a fármacos o a drogas?

Justine contaba con habérselo preguntado a Delaunay durante el interrogatorio, pero no le había dado tiempo…

Al final del artículo figuraba el correo electrónico y la cuenta de X del periodista.

Así que envió, sin mucha fe, un mensaje a aquel Avery Bale, dejándole sus datos de contacto.

Se hizo otro genmaicha mientras seguía pensando.

«Lugano…». Ella no había puesto un pie en Suiza en su vida, pero el nombre de aquel municipio realmente le sonaba.

Lo había oído no hacía mucho tiempo. «Pero ¿dónde?

». Volvió a sentarse delante del portátil y se conectó al servidor protegido de la Policía judicial, donde se guardaban, digitalizados, todos los elementos de aquella investigación.

Un expediente denso, pero en el que podían hacerse búsquedas por palabras clave.

Cuando introdujo «Lugano», la máquina le devolvió lo que buscaba.

Esa ciudad del cantón del Tesino era, en efecto, uno de los lugares donde se había detectado el teléfono móvil de Oriana en los meses previos a su muerte.

De hecho, allí se había dirigido tres días antes de la fatídica agresión. Pero ¿cómo interpretar aquello?

Eso andaba preguntándose cuando le sonó el móvil. Bergomi. Contestó y avisó a su adjunto antes de que él le preguntara.

—Se me ha ido la pinza y me han echado del interrogatorio.

Tampoco es que el poli se mostrara demasiado sorprendido.

—¿Has avanzado con lo de Adèle? —le preguntó ella.

—He lanzado sondas y estoy a la espera de noticias.

—Vamos, que no has hecho nada.

—Escucha, Delaunay ha sido muy prudente. Ha compartimentado su vida. No vamos a encontrar a su amante así como así. Pero que sepas que yo no me he estado rascando la barriga.

De ruido de fondo, Justine sentía el murmullo del tráfico.

—¿Vas en el buga?

—Estoy en la autopista, cerca de Grenoble.

—¿Y adónde vas?

Él respondió con una pregunta.

—¿Has oído hablar del arma de Chéjov?

Justine, confusa, necesitó un momento para ubicar la referencia. Pero no andaba muy lejos de aquellos cursos de preparación para las «grandes escuelas» y sí, ya la tenía.

—Es una regla dramática según la cual, si un autor coloca un arma en el decorado al principio de una historia, será imperativo que alguien la utilice antes del final, ¿me equivoco?

—¡Bravo! —la felicitó Bergomi—. Y si eso lo extrapolas a nuestra movida, sale algo tal que así: cuando una suma de dinero aparece al principio de una investigación policial, puedes estar seguro de que te la encontrarás también a su término.

Justine siempre estaba atenta a las intuiciones de su adjunto, pero esta vez tardó un poco en entender qué tenía en la cabeza.

—¿A qué te refieres?

—Piensa un poco.

—Porfa, abrevia…

—Pues el contable, Jean-Claude Ziegler…

Aquel episodio estaba borroso en la memoria de Justine, pero en lo esencial lo recordaba.

Al principio de la investigación, la brigada financiera había procedido a la detención de un asesor de la familia Di Pietro, un tal Jean-Claude Ziegler, que reconoció, en sede judicial, que había sustraído trescientos mil euros de la cuenta bancaria de la heredera, un delito que no parecía estar relacionado con la agresión a Oriana di Pietro.

Justine había intentado interrogarlo, pero Ziegler, que era ciudadano suizo, se negó. Ella no tenía modo de obligarlo.

—He vuelto a hablar con él hoy —advirtió Bergomi a la inspectora— ¿y sabes qué? Ha aceptado recibirme a última hora de la tarde.

—¿En Suiza?

—Sí, en Montreux, en su queli. Lo cual confirma tu teoría: la cobertura mediática del interrogatorio anima a la gente a salir de la ambigüedad.

Ella abrió la boca para responder… pero en su pantalla apareció un número internacional.

—Me está entrando otra llamada. Hablamos luego.

3.

«¿El periodista estadounidense?», pensó mientras lo cogía. —¿Sí?

— Hi, I’m Avery Bale. I just received your message .

Justine se había confundido. Avery era un nombre de pila unisex y el periodista era una periodista.

Tras las consabidas fórmulas introductorias, las dos mujeres entraron en materia.

Avery Bale, sin llegar a ser íntima suya, conocía bien a Delaunay.

Se había encargado de redactar una serie de notas y dosieres de prensa para el lanzamiento de sus últimos álbumes.

Justine sentía a la estadounidense recelosa y, al mismo tiempo, preocupada por Adrien.

La inspectora le aseguró que lo que buscaba ella era, precisamente, exculparlo.

No tuvo claro que la otra la creyese, pero al menos no colgó.

Mientras hablaban, Justine iba navegando por internet en su ordenador.

Al introducir en el buscador «Avery Bale NYTM», obtuvo varias fotos de la periodista.

Treinta y cinco años, rostro ovalado, pelo largo negro y liso que contrastaba con sus ojos claros.

Presencia frágil, estilo elegante y sofisticado: pañuelo de seda, bolso Capucines, abrigo con cinturón y cuello cruzado.

«Una auténtico figura», que habría dicho su madre.

—Como le explicaba en el correo, tras la lectura de su artículo estoy intentando esclarecer un detalle.

—Adelante. He sacado mis notas de aquel momento. Las tengo aquí conmigo.

—¿Sabe dónde se sometió Adrien al tratamiento de desintoxicación?

—Eso ya lo digo en el artículo, ¿no? En Suiza, en Lugano.

—Pero ¿en qué centro exactamente?

Breve silencio. Consulta las notas.

—En el centro médico Karl Jaspers.

—¿Y allí fue donde conoció a Oriana?

—Sí, eso entendí yo.

—Pero ella, ¿qué hacía allí?

—Oriana estaba en otra parte del hospital. Le trataban las secuelas de su accidente de coche.

Justine comprobó una fecha en el expediente y envió, sobre la marcha, un mensaje a Bergomi, que tenía un conocimiento enciclopédico de toda aquella documentación: «¿Tú sabes si Oriana solía ir al centro médico Karl Jaspers de Lugano?

». Su adjunto respondió al instante: «A mí no me consta».

Justine insistió: «El accidente de coche, ¿cuándo lo tuvo? ». Bergomi: «Con seis o siete años».

Justine volvió con Avery Bale.

—Adrien y Oriana, ¿se conocieron en 2003?

—Eso creo.

—Oriana entonces, ¿qué edad tenía? ¿Veintipocos?

—Así es.

—El accidente de coche lo tuvo con seis años. ¿Qué hacía en ese hospital quince años después?

La periodista no lo sabía ni entendía de qué modo aquella información podía ser de ayuda para Adrien.

—¿Delaunay engañaba a su mujer? —preguntó Justine, percibiendo que la conversación llegaba a su fin.

—Conmigo no, desde luego. Y créame que lo intenté.

La inspectora apreció la sinceridad de aquella respuesta.

—¿Ha oído hablar alguna vez de una tal Adèle con la que él habría tenido una relación?

—¿Adèle la cantante? Lo digo de broma. No, creo que no.

Justine dio las gracias a la periodista y colgaron. Se quedó inmóvil un momento frente a la pantalla del portátil procesando todos aquellos nuevos datos, que eran otras tantas preguntas sin respuesta. Tocó el panel táctil del ordenador para interrumpir la animación del fondo de pantalla.

Google Flights: había un vuelo que salía de Niza a las tres menos veinte de la tarde y llegaba una hora después a Ginebra. Miró el reloj. Iba justa, pero llegaba. Si salía ya. Compró el billete en la web de Easyjet y cogió las llaves del coche y el último pedazo de bizcocho para el camino.

Iba conduciendo cuando la llamó Bergomi.

—¿Sabes qué? Llego a Ginebra más o menos cuando tú. Ven a recogerme al aeropuerto. Iremos juntos a Montreux para ver a Ziegler, y luego me gustaría seguir hasta el centro médico de Lugano.