Alguien más 20 Oriana di Pietro La venganza de la realidad
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20 Oriana di Pietro La venganza de la realidad

Oriana di Pietro

La venganza de la realidad

«Se puede ignorar la realidad, pero no pueden ignorarse

las consecuencias de ignorar la realidad».

A YN R AND

5 de mayo de 2023

1.

Bahía de Cannes

Cielo de acuarela, olas plateadas, siluetas de pájaros a la manera de Georges Braque.

Oriana, instalada en el Flybridge, había ajustado el banco para convertirlo en tumbona.

Desde aquella posición elevada, abarcaba toda la diversidad del paisaje: las islas de Santa Margarita y San Honorato, el macizo de Estérel, el horizonte azul vertiginoso.

Cerró los ojos y se abandonó al chapoteo constante de las olas, intentando vaciar la cabeza para liberarse de la agitación que experimentaba.

Había llegado tres horas antes en un vuelo procedente de Milán.

Apenas hubo aterrizado en Niza, llamó a la capitanía del puerto deportivo Canto para pedir que aparejasen el Luna Blu.

Fue directa a Cannes sin pasar por la casa.

Necesitaba calma y soledad para calibrar debidamente las consecuencias de la decisión que se disponía a tomar.

Iba a contarle todo a su marido: su tumor, su curación, su mentira, su culpa, la trapacería de Adèle.

El miedo que esa chica le inspiraba ahora.

Y los temores que albergaba por la seguridad de su familia.

Iba a deponer su encono y a pedirle perdón.

Iba a reconocer que la única responsable de la situación era ella.

En resumen, iba a rogarle que la ayudara a sacar definitivamente a Adèle de su existencia.

La vida entonces retomaría su curso anterior.

Al menos, eso esperaba ella…

2.

Cabo de Antibes

Bernd Schulzer había enfilado a pie el sendero litoral que serpenteaba a lo largo del cabo de Antibes.

Un alto muro perimetral impedía acceder por la costa a la casa de los Di Pietro, pero, metiéndose por entre los escollos y trepando, pudo llegar sin demasiadas dificultades hasta el muelle particular de la finca.

Desde allí franqueó una portezuela que daba a una plataforma de hormigón integrada en la roca.

El cobertizo para embarcaciones se correspondía con las indagaciones que él había hecho con su dron.

Un amplio galpón rústico de tablones de madera con la pintura descascarillada.

La puerta apenas se resistió unos segundos a su llave maestra.

Dentro del cobertizo había —rodeada de herramientas, jarcias y redes de pesca— una Marshall M-2 negra de casco rojo.

Era el modelo más pequeño: cinco metros de largo y dos de ancho.

Comprobó el nivel de combustible y la botó sirviéndose del cabrestante.

Era una lancha semirrígida ligera. La operación fue fácil y el ruido quedaba cubierto por los gritos de las gaviotas, además de ser dispersado por el viento que se había levantado hacia el final de aquella tarde.

La embarcación se alejó del cabo de Antibes a poca velocidad y puso rumbo a las islas de Lérins.

Schulzer estaba realmente encantado con aquella misión, que tenía un sabor a vacaciones: la Costa Azul, el agua del mar salpicándole, el sol poniéndose en el Mediterráneo…

Aquel encargo se le había presentado de una forma imprevisible.

La mujer que se lo hizo lo desconcertó un poco al principio y él tenía cierto recelo.

Luego, cuando abrió el sobre y vio la foto, bien que se rio para sus adentros.

Los ultrarricos no dejaban de sorprenderlo.

Era una gente tan patética… Simbolizaban toda la obscenidad y la decadencia del mundo.

Durante buena parte de su juventud, Schulzer había albergado la esperanza de eliminar físicamente a aquel grupo.

Entonces creía en la revolución proletaria, en la posibilidad de echar abajo el sistema terminando con los burgueses y con sus brazos armados: con los maderos, con los politicuchos, con los jueces.

Pero el capitalismo había mutado para no morir.

Y él también había envejecido. A medida que el pelo se le iba entreverando de canas, fue pasando del cuello Mao al polo Lacoste.

Schulzer, sin renegar por completo de sus antiguos compromisos ideológicos, había pasado, por así decir, a la reserva de la causa revolucionaria.

Aparte de que, a aquel viejo mundo bendito, tampoco es que le quedara ya mucho: crisis climáticas, migratorias, políticas, pandemias, guerras, codicia…

Había que estar ciego para no ver que el colapso andaba cerca.

La traca final no tardaría en llevarse todo por delante.

Como un diente arrancado con unas tenazas.

Como un absceso purulento que revienta por fin.

El mundo purgado de su peor cáncer: la horrible especie humana.

En tanto llegaba el cataclismo, sin embargo, había que vivir, pagar las facturas, devolver el préstamo que le había permitido comprarse su casita de Sainte-Marine.

Por no hablar del precio de las reformas, del mantenimiento de la piscina, de la gasolina del Land Rover y del cuatro latas.

Para asegurar aquel tren de vida, aceptaba tres o cuatro trabajos alaño.

Él ponía en sus ejecuciones una especie de conciencia profesional.

Abundaban en la prensa los artículos sobre lo que cabría denominar una «uberización» del crimen.

Los servicios de mensajería privada y la llamada darkweb , la «red oscura», habían obrado el «prodigio» de que camellos urbanos de medio pelo se convirtieran, de un día para otro, en asesinos a sueldo low cost .

Unos auténticos críos, a veces ni siquiera mayores de edad, se plantaban de pronto en plena calle, en discotecas o en bares de cachimbas, Kaláshnikov en mano, y empezaban a cepillarse a todo quisqui.

En general, por cuenta del crimen organizado y de los narcos.

Aquello era el contraejemplo perfecto de lo que buscaban sus clientes, más adeptos a un desempeño a la antigua, meticuloso y previsor.

Y en esa franja de mercado, él era imbatible.

Eran las 19.40 cuando la lancha semirrígida llegó al canal entre ambas islas de Lérins, a la zona de aguas turquesas donde fondeaba el Luna Blu.

Redujo la velocidad al máximo y se puso el traje de buceo.

Dudó si zambullirse, pero en el último momento decidió facilitarse la labor amarrando el bote a la popa del yate.

Las instrucciones especificaban que tenía que volver a levar el ancla del Luna Blu antes de abandonarlo, y no podía arriesgarse a tener problemas para volver a bordo de la lancha semirrígida.

3.

Imposible relajarse. Oriana experimentaba, de hecho, una inquietud sorda.

Algo no iba bien. Se quitó las gafas de sol y los auriculares.

Hacía frío. El mar se había oscurecido como si hubieran diluido mercurio en el azul del Mediterráneo.

En el aire eléctrico flotaba el presagio de una tragedia inminente.

Se levantó del banco y se envolvió en un pareo. Sentía una presencia. Una amenaza invisible que la hizo lamentar no haberse llevado a un patrón o a un guardaespaldas.

Para salir de dudas, bajó al puente inferior; inspeccionó el interior de la cabina, recorrió el yate y miró por las ventanas que se extendían por toda la longitud del casco. No vio a nadie, pero eso no aplacó su angustia.

¿Quién estaba allí? ¿Adrien? ¿Los niños? ¿La pajarraca aquella de Adèle Keller?

El miedo le erizó la piel con descargas gélidas. Se detuvo en la popa del barco, trató de razonar; volvió a preguntarse de quién tenía miedo de repente. Se obligó a respirar hondo para aflojar las tenazas que le mordían el estómago.

Pero se quedaba sin oxígeno. La atmósfera se había vuelto pegajosa: un aire pesado, opresivo, que se incrustaba en ella y se adhería a sus huesos.

Se dio la vuelta otra vez. Sí, había alguien observándola. Alguien que se acercaba.

Se inclinó hacia la pasarela que llevaba a la playa. Vio un bote neumático amarrado al yate, cerca de la plataforma hidráulica.

Esta vez no pudo sofocar un grito. Había alguien a bordo…

Sintió en las sienes los latidos de su corazón.

Decidió volver a subir al Flybridge, pero, con el apremio, perdió pie en la escalera y volvió a caer al puente.

Cuando alzó la vista, una masa oscura ocultaba el sol.

Una forma humana se erguía sobre ella vestida con un traje de buceo negro de neopreno.

La silueta iba armada con una pequeña barra de hierro.

Aunque llevaba un pasamontañas, se le veía buena parte del rostro.

Al reconocer las facciones de su agresor, Oriana cayó presa del espanto y comprendió que era inútil resistirse.

4.

A Bernd Schulzer no le gustaba que las cosas se eternizasen.

Cuando mataba, no experimentaba ni un sentimiento de poder absoluto ni una carencia de empatía o compasión hacia su víctima.

Había que hacer el trabajo; así eran las cosas.

Él había aprendido a dejar las emociones a un lado, a no dejarse impresionar por la sangre, por los gritos, por el sufrimiento.

Por todo ese pathos chorreante. Estaba convencido, desde su adolescencia, de que la aparición del hombre en la tierra no era el resultado de ningún tipo de finalidad en la evolución de la vida, sino simple fruto del azar y de la contingencia.

Los seres humanos se daban muchos aires, pero no eran esencialmente superiores al resto de las especies de la jerarquía de la vida.

El hombre era un paréntesis pretencioso cuya historia estaba llegando a su fin.

Eso pensaba el sicario cuando asestó el primer golpe en la cabeza de Oriana. El segundo fue a la nuca, sin darle tiempo a gritar. Ella perdió el conocimiento mientras un chorro de sangre se extendía por el puente.

Schulzer, convencido de que estaba muerta, se inclinó hacia ella.

Fue entonces cuando reparó en el reloj. Un magnífico Patek de oro rosa con incrustaciones de diamante en el bisel.

Los relojes eran uno de sus placeres ocultos, una debilidad, una de sus concesiones al mundo materialista.

Se dijo que, sin duda, se merecía una pequeña prima y desabrochó el reloj de la muñeca de su dueña.

Aquella burguesa, al fin y al cabo, allá donde fuera, no tendría que preocuparse más de llegar puntual a sus citas…

En el cielo, unas gaviotas de plumaje de cristal lanzaban gritos estridentes.