Alguien más 19 Justine Taillandier Presa de sus verdades
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19 Justine Taillandier Presa de sus verdades

Justine Taillandier

Presa de sus verdades

«Un hombre siempre es presa de sus verdades».

A LBERT C AMUS

Sábado, 25 de mayo de 2024

Comisaría de Niza

Un poco antes de la una del mediodía

1.

Justine estaba febril.

Adrien Delaunay, sentado frente a ella, aguardaba su próxima acometida. El Amrani se mantenía a la espera, ante su ordenador, con los dedos sobre el teclado. En la sala contigua, Puygrenier, Candice Lachaume y el sargento García se preguntaban por qué no proseguía el interrogatorio.

Justine cerró un instante los párpados. Le ardían los ojos, como a veces le pasaba si había dormido mal. Normalmente llevaba encima un colirio para calmar esos dolores, pero había cambiado de chaqueta y se lo había dejado en casa. «¡Mierda!».

Se rascó la parte de atrás del cuello. El vestido aquel le picaba.

Tenía que haberle cortado todas las etiquetas, como solía hacer siempre.

Composición, talla, lavado, lugar de fabricación…

, todo traducido a veintiocho idiomas. Ella detestaba esos kilómetros de papelajos inútiles que llevaba cosidos hasta la más mínima camiseta.

Y además se moría de hambre. No había comido nada desde el bocadillo casposo del hospital y le había entrado una pájara que le impedía pensar claramente.

Se acordó de que tampoco había tomado la medicación, que también se había dejado en la otra chaqueta.

«¡Remierda…!».

Huérfana de sus fármacos. Percatarse de aquello la angustió.

Tenía calor, sudaba como si, bajo la piel, la sangre le hirviese.

Se quitó la cazadora y se levantó para volver a poner el aire acondicionado.

Tanta hambre tenía que dudó de si proponer una pausa.

No; era una idea estúpida: le reprocharían que hubiese cortado la dinámica del interrogatorio.

Sus pensamientos, sin embargo, la devolvían constantemente a la zampa, a ese regusto ahumado y decadente de una Big Tasty, a esa salsa de mostaza de una Royal Deluxe, a esa sencillez de una Royal Cheese caliente y blandita… «¡Coño, basta ya!».

—¿Se encuentra bien, jefa? —le preguntó El Amrani.

No, no se encontraba nada bien. Estaba desleída, ajada, desconectada de la realidad.

El mundo que la rodeaba había perdido su consistencia.

Tenía en la frente perlas de sudor. Bebió un trago de agua.

Aquella sensación de soledad terrible había escogido el peor momento posible para volver a apoderarse de ella.

La medicación; necesitaba la medicación…

Para reconectarse con la realidad, agarró el móvil y escribió a Bergomi.

¿Hay noticias de Adèle?

No, de momento nada.

Te dije que hablaras con los hoteles…

Eso he hecho, Justine. Y a los que me han

contestado, no les consta que estuviera la chica.

No debió de tener la habitación a su nombre nunca.

¿Has repasado las llamadas del pianista?

Ella no figura. Seguro que él tiene

un segundo teléfono. Es lo típico.

Aprovechando que tenía en la mano el móvil, Justine hizo precisamente lo que se había prohibido a sí misma: abrió Instagram y apareció directamente la cuenta de la cirujana.

Había publicado una nueva serie de fotos en las que se exhibía con Romain y su bebé a la hora del desayuno.

Cabelleras al viento, sonrisas, dientes blancos, gafas de sol.

En segundo término se distinguían un pinar, un trocito de Mediterráneo, un pico de cielo azul.

El texto del post era explícito: Another day in paradise , seguido de una ristra de hashtags subnormales rollo #enfamilia #feelingblessed #familytime #springvibes #breaktime #lovesofmylife #corsica #iledebeaute #calarossa #portovecchio #bestplace…

A Justine le vino a la cabeza Proust —«Lo sorprendente de la felicidad de los demás es que nos la creemos»— y se imaginó, a modo de réplica, los hashtags de la existencia de ella: #VidaDeMierda #DíaDePus #JaqueMate #Pain #UnBonitoDíaParaMorir #Depressed…

Cerró la aplicación y, por una especie de instinto de supervivencia, movilizó toda su energía para volver al juego.

2.

—Okey —dijo la inspectora clavando la mirada en Delaunay—. Ahora quisiera que habláramos de una persona a la que usted tiene mucho cariño.

Esperaba —aunque no estaba segura— que la máquina se hubiera vuelto a poner en marcha. El Amrani, con la mirada nerviosa, le tendió la carpeta que contenía las copias de las cuatro páginas del diario íntimo.

—Quisiera que habláramos de Adèle.

—¿Adèle?

El pianista frunció el ceño. Había puesto una cara medio sorprendida, medio contrariada.

—¿Qué Adèle? ¿La cantante?

—No, me temo que no me refiero a esa Adèle.

—¿A quién se refiere, entonces?

—A Adèle la amante, su querida.

Él sacudió la cabeza y alzó los ojos al cielo.

—¿En serio no se cansa de inventarse todas esas…?

Ella lo interrumpió leyendo extractos de las confesiones de la amante misteriosa.

—«Adrien es fantástico. Inteligente, atento y siempre tan divertido… Un mundo nuevo se abre ante nosotros».

Justine se levantó, apartó su silla y siguió leyendo mientras daba vueltas alrededor de la mesa, clavando palabras como si fuesen banderillas.

—«Tenemos unos proyectos increíbles: tener un hijo, dar la vuelta al mundo en barco, comprar un rancho en Montana, una casita de pescadores en José Ignacio…».

Delaunay buscó la mirada de El Amrani y separó los brazos en señal de incomprensión, pero Justine estaba desbocada.

—«No me planteo volver atrás. Ya nada me da miedo junto a él. Visualizo por enésima vez la película de nuestros momentos mágicos, viajes, caricias… nuestra intimidad».

—Pero esto…

—«Le escucho de nuevo repetirme que soy su reina, su musa, su puta, su joya, su primor». Esta creo que es mi favorita.

—¡Ya es suficiente! —gritó él—. ¿De qué narices está hablando?

—Del diario íntimo de su amante. Lo hemos encontrado en el barco de su mujer. Oriana le había descubierto, señor Delaunay.

El pianista, aturdido, giraba la cabeza a un lado y a otro, incapaz de seguir a Justine.

Pero ella prosiguió cual halcón peregrino abatiéndose sobre su presa con sus afiladas garras.

—«Le escucho de nuevo repetirme que nunca ha querido a nadie como a mí. Que me va a regalar lo que merezco…».

—¡Pare!

—«Teme que su mujer descubra su infidelidad y le pida el divorcio. Su mayor miedo es que Oriana le prive de sus dos hijos. Yo ardo en deseos de decirle que eso nunca pasará…».

—¡Le he dicho que pare!

—«Ay, mi amor, no merece la pena que estés preocupado por eso… A Paolo y a Sofia los vamos a educar tú y yo juntos y nunca te separarás de ellos…».

—¡No sé quién es esa mujer!

—Pues ella a usted parece que lo conoce bastante…

—Tráigala aquí y verá que digo la verdad.

Justine volvió a su asiento. Clavó sus ojos en los de Adrien y le dijo con vehemencia:

—Ahora tenemos su móvil y resulta que no es muy original, señor Delaunay. La misma historia desde hace siglos: matar a la esposa para comprarse una nueva vida.

—Lo que usted diga.

—Su esposa lo pilló y como usted estaba a punto de perderlo todo, se lanzó.

La decisión no tuvo que resultar fácil, pero matar a Oriana resolvía todos sus problemas.

De esta manera, sustituía a la vieja esposa por una más joven, heredaba su dinero y, sobre todo, conservaba a sus dos hijos, que son lo que más quiere.

La inspectora hizo una pausa y después prosiguió.

—Es probable que hasta hubiese tenido un tercero, para que la nueva señora Delaunay pudiera jugar a las mamás. En fin, que aquello era un camino de rosas hacia la vida que usted soñaba: la casita de pescadores, el rancho en Montana, la vuelta al mundo en barco…

El pianista bajó la cabeza. Justine remachó el clavo.

—Ha perdido, Delaunay. El juez lo va a encausar y lo meterá en la cárcel.

Habrá un proceso penal en el que lo harán picadillo.

Olvídese del beneficio de la duda o de apelar a la conciencia del jurado.

Nadie lo salvará. Su plan era osado, pero muestra qué sujeto miserable es usted en realidad.

Se pudrirá en la cárcel. No verá crecer a sus hijos.

Nadie escuchará la música de un asesino y usted…

—Fui yo —la interrumpió súbitamente—. ¡FUI YO!

3.

La habitación volvió a sumirse en el silencio. Justine sintió que su cuerpo se relajaba. Se acabó, lo había conseguido. Delaunay había confesado.

—¿Fue usted quien mató a su mujer? —preguntó la inspectora.

Él cruzó las manos y levantó la cabeza.

—No. Fui yo quien hizo la llamada.

—¿Qué llamada?

—La que hice para avisarles de que el arma del crimen estaba en el cobertizo para embarcaciones.

«¡Toma ya…!».

—No entiendo —repuso contrariada.

El pianista acercó más su silla, que rechinó contra el suelo.

—Hace unos meses, ustedes me devolvieron una serie de efectos de mi esposa que se hallaban en el barco.

Justine carraspeó. Recordaba aquello. No todos los objetos que habían recogido en el barco realmente tenían valor como pruebas potenciales. Su equipo hizo una criba y únicamente siguieron custodiando los que presentaban un interés manifiesto.

—Entre aquellos efectos —prosiguió Delaunay—, había un pañuelo manchado de sangre.

Marcó una pausa para asegurarse de que tenía toda la atención de su interlocutora.

—Me vino a la cabeza una idea enloquecida. Cogí pelo de mi mujer de su cepillo y humedecí el pañuelo para diluir la mancha de sangre. Eso me permitió dejar restos de hemoglobina en el atizador de nuestra chimenea. Y luego los llamé.

La inspectora dio un profundo suspiro.

—Verdaderamente nos toma por idiotas…

Cruzó los brazos y dejó que su cuerpo se deslizara hasta el filo de la silla.

—¿Qué está queriendo decir? ¿Qué fabricó una prueba falsa para incriminarse A USTED MISMO?

—Exactamente.

—¿Y con qué fin?

—Reactivar la investigación y entender qué le pasó a mi esposa.

—Nunca hemos dejado de investigar —protestó Justine.

Delaunay frunció el ceño. Su rostro se volvió duro.

—Diga la verdad; en un año de investigación, no han avanzado un milímetro.

Yo asumí el riesgo de que me detuvieran para provocar ruido mediático, con la esperanza de que así, por fin, sucediera algo.

Un nuevo testimonio, una nueva prueba, otro enfoque del caso que provocara la aparición de una pista aún inexplorada.

Lo hice, en primer lugar, por mis hijos.

Para que dejen de oír cada día en el colegio que yo asesiné a su madre.

Para que ni siquiera lo puedan pensar. Porque hay algo que ha cambiado, desde la muerte de Oriana, en la mirada de ambos.

La confianza se ha roto. Son signos casi imperceptibles, pero yo los detecto.

Tienen miedo de mí y eso es algo que no puedo soportar.

Justine no se dejó conmover.

—No me creo una palabra de lo que dice.

Buscó el informe de la Policía científica.

Lo repasó sumariamente como para reconfortarse.

El atizador, que había sido identificado formalmente como el de la villa de los Delaunay, había reaccionado con fluorescencia al luminol.

Así se pudo extraer una micromuestra de hemoglobina que se correspondía con el perfil genético de Oriana.

Es cierto que el informe hablaba de una muestra degradada, y de sangre seca, y de disolución; pero eso era normal tras haber transcurrido un año desde los hechos.

Justine decidió tomar en serio a Delaunay precisamente para dejarlo en evidencia.

—¿Qué pruebas tiene de lo que dice?

Delaunay pareció plantearse aquella pregunta como si no la hubiese considerado nunca antes.

—El estanquero al que le compré la tarjeta de prepago que usé para llamarlos a ustedes, seguro que me reconoce.

Ella lo sacó de su error.

—Le hemos preguntado dos veces. La última, ayer. El tipo vende teléfonos desechables y tarjetas SIM de prepago a una clientela poco recomendable, cuyo rostro prefiere olvidar.

—Saldré entonces en las grabaciones de las cámaras de videovigilancia de esas calles.

—Ese barrio de Moulins es el epicentro del tráfico de droga nizardo.

Salta a la vista que usted jamás ha puesto allí los pies.

De lo contrario, sabría que la esperanza de vida de una cámara de videovigilancia no supera las veinticuatro horas.

Y, como las destruyen sistemáticamente, el ayuntamiento ha renunciado a instalarlas.

Delaunay se rascó la frente.

—Puedo darles el nombre que figura en el documento de identidad falso que utilicé para comprar el teléfono.

—Ese dato ya fue filtrado a la prensa. Todo el mundo sabe ese nombre. ¿Conserva usted la tarjeta SIM?

—No. De la tarjeta precisamente me deshice. Para que no la encontraran ustedes durante el registro.

Justine pegó un puñetazo en la mesa.

—¡Ya está bien! Lleva desde ayer tomándonos por gilipollas. Ante cualquier dificultad, improvisa una sarta de mentiras. Al principio le reconocía algún talento, pero ahora está soltando lo primero que se le ocurre…

Cerró la pantalla de su ordenador portátil.

—Voy a decirle lo que pienso, señor Delaunay.

Entiendo que una pueda enamorarse de usted.

Tiene cierto encanto, hay que reconocerlo.

Un no sé qué indefinible. Igual es su ligero estrabismo, o ese pelo de adolescente recién levantado.

O ese aire indolente, o esa impresión que da como de estar en otra parte…

En fin, que, lo que sea, funciona bastante bien.

Justine se levantó de su asiento y se sentó en el pico de la mesa. Sus piernas rozaban las del sospechoso, incomodándolo.

—Y luego, cuando fija usted su atención en una, pues resulta que una no puede evitar sentirse halagada. Es una tontería, pero es así, aunque usted no sea esencialmente distinto de tantos otros tipos con los que me cruzo… y a los que tengo muy calados.

—¿«Calados», en qué sentido?

—Pues, ya sabe, unos tipos que dicen querer «ser libres porque solo tenemos una vida, ¿no?». Que siempre envuelven sus justificaciones en un discurso psicológico que gira en torno a la crisis de los cuarenta o de los cincuenta.

Delaunay ni siquiera intentó protestar.

—Una angustia existencial de estar dejando correr la vida como si nada. Un miedo de perder el deseo, la virilidad. Una manera, en última instancia, de intentar rehuir la muerte.

El pianista se encogió de hombros.

—Me parece que está proyectando algo muy personal en esta conversación, inspectora jefa.

Justine no le hizo caso. Ya no estaba en condiciones de oírle. Estaba hecha una furia; lo amenazaba apuntándolo con el dedo. Era como una granada de mano a la que hubiesen retirado la anilla de seguridad.

—Porque esa era su estupenda excusa, ¿verdad?

El miedo a la muerte. Es algo supernoble y distinguido.

Caballeresco incluso. Porque usted va y mete la polla en un coño más joven, pero, no…

Resulta que lo hace para luchar contra el instinto de muerte, para volver a sentirse vivo, protector, deseable y para vivir emociones fuertes.

¡Venga ya! ¿Por qué no os vais todos a tomar por culo?

A la escandalera le siguió un larguísimo silencio incómodo y severo cual resaca.

Después aparecieron en la habitación Puygrenier y Candice Lachaume para anunciar el final del recreo.