18 Adèle Keller La urgencia
Adèle Keller
La urgencia
«Un sicario es como un vendedor,
la urgencia ajena redunda en su provecho».
P IERRE L EMAITRE
Combrit Sainte-Marine, 4 de mayo de 2023
Sur del departamento de Finisterre
1.
Alquilé un coche en la sucursal de Sixt de la estación de Montparnasse y salí de París a la una de la madrugada.
Conduje, dejándome guiar por el GPS, hacia el oeste durante toda la noche, por la autopista en dirección Chartres, después a Le Mans y luego rumbo a Bretaña.
Pasé por Rennes primero —allí llené el depósito—, y a continuación por Quimper y por el puente de Cornualles.
Llegué a Combrit Sainte-Marine a eso de las siete de la mañana.
Encontré aparcamiento con facilidad delante de la capilla y bajé hacia el puerto.
El sol se levantaba sobre una Bretaña de tarjeta postal.
Una playita, un puerto con forma de herradura, terrazas con nombres sugerentes: el café de la Cale, la crêperie La Misaine, el bistrot du Bac.
Caminé un poco por el muelle. A pesar de las seis horas conduciendo, no sentía ningún cansancio.
Tenía las ideas claras y una determinación intacta.
De hecho, en un gesto liberador, tiré a una papelera mi diario íntimo.
La mujer de la sombra no quería volver a ella.
Adèle Keller había muerto. ¡Hagan sitio a Adèle Delaunay… !
Como los cafés no estaban todavía abiertos, me senté en un banco frente a la desembocadura del río, mirando el vaivén de los barcos con la marea alta.
La luz era preciosa, siempre en movimiento, suavizada por un filtro de nácar. La brisa y el aire yodado fijaban mi plan de ataque. Como un ensayo general antes de la batalla.
2.
Media hora más tarde, traspasaba el umbral de L’Abri du Marin, un café instalado en un edificio gótico. Tejado de pizarra, fachada típica de mampostería y revoque rosa: un sitio que parecía directamente salido de una novela de Pierre Loti.
Allí era donde cada mañana, en cuanto el local abría, iba a tomarse su café, acompañado de su perro, Bernd Schulzer.
Lo localicé al primer vistazo, sentado en un rincón cerca de la ventana, leyendo su Ouest France .
Pelo entrecano cortado a cepillo, gafas gruesas de plástico negro, torso recto en forma de trapecio.
El físico seco del boomer que se impone cien flexiones diarias.
Me recordaba —aunque en versión más taciturna— a algunos viejos atractivos que me había encontrado en aplicaciones de ligue.
Mendas que esperaban pescar a la jovencita exhibiendo sus abdominales, sus dientes arreglados y sus implantes capilares.
Durante una de nuestras conversaciones en la terraza de su suite del Bristol, Oriana me había contado, con todo lujo de detalles, la trayectoria de aquel exactivista de extrema izquierda (me lo reveló cuando se planteaba recurrir a sus servicios).
A pesar de su apellido alemán, Schulzer pasó toda su juventud en Italia.
Para entender su evolución, habría que remontarse a finales de la década de 1990.
Fue entonces cuando se reorganizaron brevemente, tras haber desaparecido del panorama político italiano, las Brigadas Rojas.
Un grupo terrorista cometió varios atentados tomando el testigo político de los años de plomo: dos asesores de ministerios del Estado y un policía.
La prensa habló entonces de Nuove Brigate Rosse [5] , pero ya no eran tiempos de lucha armada.
La red fue desmantelada por la policía y los principales miembros, severamente condenados.
Bernd Schulzer, l’Anguilla rossa , consiguió escurrirse siempre entre los hilos de la red.
Desde 2005, nadie había tenido noticias suyas hasta que Oriana dio con él cuando trabajaba en su investigación periodística sobre los actuales vínculos del terrorismo con el crimen organizado.
El hombre había rehecho su vida en Francia con una identidad falsa.
Oriana no logró convencerlo para que ofreciera su testimonio en el libro, pero quedó impresionada por la trayectoria de aquel antiguo revolucionario.
Con el tiempo, sus ideales de juventud habían dejado paso a una mentalidad de pequeño comerciante.
Schulzer, deseoso de vivir como un rentista, se dedicaba ahora a ejecutar encargos de organizaciones mafiosas y de una clientela internacional acaudalada cuyos integrantes se pasaban discretamente su contacto.
Me acerqué a la barra, pedí un té y me aproximé a la mesa que ocupaba el alemán. Me sentía diferente a la víspera: llena de un sólido aplomo. Era como si estuviese inaugurando un «nuevo yo».
Schulzer levantó los ojos del periódico.
Me miró, sin inmutarse, desde detrás de sus gafas mientras acariciaba la cabeza de un basset hound que roncaba ruidosamente a sus pies.
Yo coloqué ante él la bolsa Berluti y, a continuación, me senté de cara a la ventana.
Esperó impasible a que yo abriera la cremallera para mirar en el interior del bolso y descubrir los billetes.
—Hay doscientos mil euros —dije—. Billetes de cincuenta sin marcar e irrastreables.
—¿Quiere comprarme usted el «cuatro latas»? —preguntó Schulzer—. Lo siento, pero le tengo muchísimo cariño y no está en venta. Ni siquiera por ese dinero.
—He venido a comprar sus servicios.
Él se desabrochó otro botón de su cazadora de gamuza.
—Hago un poco de jardinería aquí y allá. En este momento le puedo plantar unas bonitas hortensias, camelias y rododendros.
—Yo estaba pensando más bien en un desbroce.
El alemán miró alrededor. El local estaba bastante tranquilo. La máquina de café emitía ruido envuelta en una nube de vapor. Junto a la barra, dos borrachines le pegaban ya al orujo.
—¿A quién? —preguntó por fin.
—A esta mujer —respondí, tendiéndole un sobre que contenía varias fotos de Oriana di Pietro.
Como Schulzer no cogía el sobre, lo dejé en la mesa junto a su taza de café.
—¿Dónde? —siguió preguntando telegráficamente.
—El dónde depende del cuándo —contesté.
Se quedó mirándome un momento con aire cansado… y adelantó ese peón que yo estaba incitándole a jugar.
—¿Cuándo?
—Mañana.
Sacudió la cabeza, rotundo.
—Mañana es inviable.
—Pues es mañana o nunca. Se rascó el lóbulo de la oreja, observó un rato el sobre y finalmente se decidió a abrirlo.
Leyó primero una serie de instrucciones que yo había incluido para facilitarle la tarea y a continuación miró, una tras otra, las fotos, dando muestras de una sorpresa genuina al reconocer a Oriana.
—¿Quiere que mate a esta mujer?
—Quiero que la mate mañana.
Señaló la bolsa llena de billetes.
—Pues mañana no cuesta lo mismo.
Precisamente, esta es la respuesta que me esperaba. Así que puse en la mesa una bolsa de tela que contenía el resto del dinero.
—Hay cien mil euros más. Será mi última oferta.
Schulzer hizo una mueca: siguió fingiendo que dudaba. Pero yo estaba segura de que aceptaría. La atracción irresistible del dinero fácil…
—¿Cómo sé que no es una trampa?
—No tiene modo de saberlo. Tendrá que arriesgarse.
Apuró el café de un sorbo. Chascó la lengua. Le echó un terrón de azúcar a su perro.
—Tiene usted que entender bien mis condiciones —me advirtió—. Si acepto este encargo, no habrá vuelta atrás posible.
—Sé muy bien lo que estoy haciendo.
—Cuando haya traspuesto el umbral de este café, no podrá cambiar de opinión. Llevaré el encargo hasta el final y, para quitarme este dinero, habrá que pasar por encima de mi cadáver.
—No hay ningún riesgo de que yo cambie de opinión.
Schulzer asintió, satisfecho.
—Una cosa más —le dije.
—La escucho.
—Nada de método suave.
—¿Qué?
—Quiero que sufra. No quiero que la muerte la coja por sorpresa. Quiero que tenga tiempo de verla llegar. Quiero que pase miedo.