17 Justine Taillandier Las últimas palabras de Oriana di Pietro #2
Oriana : Al recorrer el barco, vi un bote neumático amarrado en la popa. Entonces sí que me entró miedo. Traté de subir al Flybridge, pero era demasiado tarde. Una silueta se interpuso en mi camino, armada con una barra de hierro.
Su discurso avanza a trompicones, entrecortado por largos segundos de silencio y de sollozos.
Justine : ¿Quién era, señora Di Pietro? ¿Lo conocía?
El médico, que sigue junto a ella, le ofrece una mascarilla de inhalación para suministrarle aerosoles. Oriana inspira unas bocanadas para liberar sus vías respiratorias e intenta continuar.
Oriana : Iba vestido con un traje de buceo negro. Me miró a los ojos y me dijo: «Vas a morir, y toda esa pasta no te servirá de nada contra mí». Y me asestó un golpe con la barra de hierro.
Mientras Oriana revive la escena, su rostro se llena de terror.
Justine : Le repito la pregunta, señora Di Pietro. ¿Conocía usted a su agresor?
Oriana ( Gritando ): Sí, sí… Era mi marido…
Justine : ¿Está usted segura?
Oriana : Era él, Adrien…
Justine : ¿Sabe usted cuáles eran sus motivaciones? ¿Por qué la agredió?
Oriana : A lo mejor porque… Porque…
Sus ojos expresan pánico. Ella se echa hacia atrás en la cama y parece que no puede respirar.
El médico hace un gesto a una enfermera y la grabación se interrumpe.
3.
A Justine no le resultaba fácil mantener sus emociones a raya.
¿Cómo podía un hombre lanzarse, a sangre fría, con una violencia tan brutal?
Cada vez que veía el vídeo, se decía también que el caso habría podido cerrarse, con un poco de suerte, mucho antes.
Porque aquel día, Oriana di Pietro no estuvo en condiciones de retomar su declaración.
Justine volvió al hospital al día siguiente, pero la italiana había vuelto a caer en un coma del que ya no salió.
Murió a las pocas horas sin haber revelado toda la verdad…
Delaunay, con el mentón apoyado sobre su puño cerrado, estaba fuera de combate.
Nocaut. Incapaz de articular palabra. Con los ojos húmedos, acercó más su rostro a la pantalla y volvió a reproducir el vídeo sin pedir permiso a nadie.
«Me miró a los ojos y me dijo: “Vas a morir, y toda esa pasta no te servirá de nada contra mí”.
[…] Era mi marido. […] Era él, Adrien…».
Aquellas imágenes le helaban la sangre. Cada palabra le provocaba un sobresalto, como si su cuerpo estuviese recibiendo proyectiles de pistola disparados a bocajarro.
Cuando la filmación se interrumpió, dos lágrimas corrieron por sus mejillas.
Cerró los ojos y se quedó postrado en su silla.
Inmóvil, sollozando como un niño. Justine contuvo la respiración.
Tenía ante ella el momento crucial. El que llevaba esperando desde el comienzo del interrogatorio.
Ese punto decisivo en el que todo podía dar un vuelco.
Abrumado por la emoción y por la acumulación de pruebas, el pianista estaba a punto de derrumbarse…
Justine volvió a coger su ordenador y saltó a la aplicación de mensajería interna.
Candice Lachaume, en su afán de protagonismo, había retomado sus consejos: «Enséñele una foto de sus hijos».
A Justine la idea no le pareció muy fina, pero la especialista en ciencias del comportamiento se emperró: «¡¡¡Enséñesela YA!
!! Está usted a un tris de la estocada».
—Yo creo que ya ha llegado la hora de decir la verdad, señor Delaunay.
La inspectora abrió una de sus carpetas de cartón y sacó una foto de los hijos de la pareja, Paolo y Sofía, con sendas sonrisas radiantes durante una salida de esquí.
—Díganos qué pasó. Hágalo para descargar su conciencia, por la memoria de su mujer…, pero hágalo, sobre todo, por sus hijos.
Acercó la instantánea al pianista, que la rechazó con sequedad.
«¡Mierda!».
La trampa era demasiado zafia. Ella lo sabía. Delaunay se sorbió los mocos y aprovechó para secarse las lágrimas con la manga del polo.
—¿Tiene un cigarrillo? —preguntó.
—Eso después —contestó Justine—. Haremos una pausa hacia la una.
Delaunay insistió.
—Aquí no se puede fumar —confirmó El Amrani señalando el detector de humo.
Si el pianista se encendía un pitillo, saltaría la alarma de incendios en toda la planta. Y aquel no era el momento, francamente…
—Déjenme salir, entonces.
Justine, para no pasarse de frenada, le tendió una cajetilla.
—Okey, puede usted encenderse un piti —zanjó, subiéndose a la silla, y luego a la mesa metálica, para desenroscar la carcasa del sensor y retirar la pila.
Después volvió a sentarse, sin tener claro por dónde seguir.
Delaunay fumaba y parecía concentrado. El intelecto volvía a prevalecer sobre los sentimientos.
En sus ojos brillaba un fulgor distinto al de un hombre que se dispone a confesar.
Justine sabía perfectamente en qué pensaba el sospechoso y no quería darle margen para que siguiera maquinando. Volvió al ataque.
—Esas imágenes son bastante claras, señor Delaunay. A estas alturas, tenemos un expediente demoledor en su contra. El arma del crimen con sus huellas, las acusaciones unívocas de su mujer, su coartada, que no se sostiene… Sería noble por su parte confesar los hechos.
—Y por la suya, inspectora jefa, sería noble cumplir con su obligación de investigar, en vez de ponerse a afirmar cualquier cosa.
La respuesta del pianista hizo que bajara de golpe la temperatura de la habitación, como si hubieran puesto el aire acondicionado en modo gélido. Justine entrecerró los ojos. El rostro del pianista, rodeado de volutas de humo, quedaba parcialmente velado.
—Tienen ustedes esas imágenes desde hace un año —explicó Delaunay—. Si de verdad hubieran creído que reflejaban algo con visos de verosimilitud, se habrían presentado en mi casa inmediatamente y no habrían esperado todo este tiempo para detenerme.
—El vídeo no ha sido manipulado, si es eso lo que…
—No, no es eso lo que estoy diciendo.
—¿Entonces?
—Lo que quiero decir es que mi mujer no estaba en condiciones de prestar declaración. Estaba hasta las cejas de analgésicos, de morfina, de todo género de fármacos. Un tratamiento que le nublaba el juicio y los recuerdos. Se ve claramente que está delirando.
—Un poco cogido con pinzas, ¿no? A mí me parece que su declaración es muy explícita.
—¿Quiere que volvamos a verla juntos? —propuso él—. Es el comienzo lo que me interesa. Sí, cuando usted dice: «Hemos vuelto a encender la cámara, señora Di Pietro. ¿Está usted de acuerdo?».
—¿Y qué?
—Pues, que si usted dice «Hemos vuelto a encender la cámara», eso significa que ya la habían encendido una primera vez antes de apagarla.
—Hombre, no veo yo que eso…
—Lo ve perfectamente. Por supuesto que sí. Usted solo me ha mostrado la segunda parte de la filmación. Pero yo tengo curiosidad por saber qué le dijo mi esposa antes.
El Amrani lanzó a Justine una mirada inquieta.
Ella intentó disimular su turbación, sabedora de que se encontraba justo en la situación que llevaba intentando evitar desde el principio.
Tras un largo momento de soledad, admitió ante Delaunay que, efectivamente, existía una grabación de los momentos previos.
—Quisiera verla.
—No está usted en condiciones de exigir nada. Se encuentra detenido, y no en un Starbucks.
—En tal caso, no contestaré a más preguntas. Conque este interrogatorio ha concluido a efectos prácticos.
Ella, por un momento, se planteó no ceder; pero sabía que Delaunay no iba a cooperar. Volvió, de mala gana, a coger el portátil y puso otro vídeo.
[Hospital Simone Veil -
Domingo, 14 de mayo - 13.24]
Justine : Me presento, señora Di Pietro.
Soy la inspectora jefa Justine Taillandier, de la Dirección de la Policía Judicial de Niza.
Y este es el oficial de Policía Achraf el Amrani, que trabaja conmigo.
Nuestro servicio ha asumido la investigación de la tentativa de asesinato de la que usted ha sido víctima.
¿Se siente en condiciones de contestar a mis preguntas?
Oriana ( Con voz débil ): Voy… Voy a intentarlo.
Justine : ¿Recuerda las circunstancias de la agresión?
Oriana : ¿Qué agresión?
Justine : La agresión que usted ha sufrido en su barco.
Oriana hace por recobrar el aliento, como si acabara de terminar un esprint.
Oriana : Había alguien en el yate. Apareció detrás de mí y me golpeó. Luego todo se volvió oscuro.
Justine : ¿Pudo verle la cara?
Oriana : La cara… A lo mejor… No estoy segura… Fue todo tan rápido… No puedo… No puedo respirar…
(Voz del médico): Hay que interrumpir el interrogatorio para suministrarle aerosoles.
4.
Adrien Delaunay, impasible, aplastó la colilla en un vaso de cartón que tenía delante. La hora de la verdad se alejaba y Justine se hizo a la idea de que había dejado pasar su oportunidad.