17 Justine Taillandier Las últimas palabras de Oriana di Pietro
Justine Taillandier
Las últimas palabras de Oriana di Pietro
«La verdad es, hay que reconocerlo,
una cosa inaguantable. El hombre no
está hecho para soportarla. De ahí que
la rehuya como a la peste».
E MIL C IORAN
Sábado, 25 de mayo de 2024
Comisaría de Niza
Un poco antes de mediodía
1.
El segundo día de interrogatorio empezó tenso.
Soplaba el mistral. Se había declarado un incendio entre Villeneuve-Loubet y Cagnes-sur-Mer y habían desplegado en la zona a unos cincuenta bomberos para que controlasen las llamas.
No hubo víctimas, pero sí que se destruyeron unas cuantas hectáreas de vegetación que provocaron el corte de la A-8 durante sus dos buenas horas.
Justine, que ya había salido tarde de casa, se vio atrapada en los atascos.
Llamó a Puygrenier desde el coche para avisarlo.
El hombre no tardó en acalorarse. Justine, para defenderse, adujo las pesquisas de Bergomi en Italia y el descubrimiento de las páginas del diario de la amante de Delaunay.
En vista de aquellos nuevos elementos, el jefe de la brigada criminal informó a uno de los jueces y convocó una reunión para fijar las líneas estratégicas de la siguiente fase del interrogatorio.
Cuando, hacia las once, la inspectora llegó por fin a la comisaría, a Puygrenier, que estaba que se subía por las paredes, no se le ocurrió nada mejor que echarle un broncazo delante de todos.
A Justine le hervía la sangre desde entonces.
El tiempo corría en su contra y la inspectora no entendía la necesidad de toda aquella nueva cháchara.
Resuelta a seguir en sus trece, se pasó la reunión mandándose SMS con Bergomi para estar al tanto de su búsqueda de la dichosa Adèle.
Cuando por fin la autorizaron para dirigirse a la sala de interrogatorios, era casi mediodía.
Adrien Delaunay tenía un aspecto horrible: demacrado, ojeroso, con legañas, el pelo totalmente enmarañado.
El hombre se masajeaba la parte baja de la espalda.
Su polo de tres mil pavos estaba empapado en sudor.
El principito del jazz tenía ahora la pinta de un indigente de la estación del casco viejo de Niza.
Era algo muy normal. El segundo día de arresto solía tener su repercusión en el estado de las personas interrogadas.
Sobre todo en aquellas acostumbradas a ducharse todas las mañanas y a cepillarse los dientes tres veces al día.
Justine se sentó. Abrió su ordenador.
—Buenos días, señor Delaunay. ¿Qué tal se encuentra esta mañana?
Cero respuestas. Cero miradas.
—Echará de menos a sus hijos, ¿verdad? —le preguntó sentándose delante de él.
Ni la más mínima reacción. Ni siquiera de cólera. Aquello era un poco inquietante; era necesario no perderlo de vista…
—No será fácil para ellos cuando lo vean abriendo todos los telediarios —le dijo para provocarlo.
Esta vez, el pianista le dirigió un gesto significativo: un dedo corazón claramente levantado hacia ella. La inspectora le sonrió. Ya habían reanudado el contacto…
Echó un ojo a la pantalla. Candice Lachaume la estaba bombardeando con mensajes, reprochándole su agresividad.
Justine dudó si contestar, pero renunció.
El cansancio, los momentos de tensión, formaban parte del juego.
Se trataba de acechar ese segundo en el que el otro perdía la compostura y bajaba la guardia para dejarse llevar por sus emociones.
Se concentró buscando las palabras justas.
El momento a cuyas puertas estaban era el que ella llevaba esperando y temiendo desde el principio.
Con la complicidad de los jueces, de los abogados y aun de los propios policías, la prensa francesa había hecho saltar por los aires el secreto de sumario.
Si un caso era mínimamente mediático, todo iba apareciendo en los periódicos casi en tiempo real.
Su equipo de investigación logró convencer al fiscal, a riesgo de que los tomaran por unos pardillos, de que no filtraran un elemento importante que habían conseguido durante sus pesquisas: lo que Oriana di Pietro les reveló justo antes de fallecer.
El acta de aquella declaración se había mantenido, a propósito, fuera del expediente, en parte para evitar que la conocieran Delaunay o sus abogados.
Aquello era, más que un as en la manga, un barril de nitroglicerina.
Un explosivo, sin embargo, que, desgraciadamente, también amenazaba con estallarles en las manos…
—¿Hoy nos ha costado levantarnos, inspectora jefa? —preguntó Delaunay, recobrando de pronto su combatividad—. ¿Salió usted de juerga ayer por la noche?
—Pues fíjese que a usted tampoco se le ve muy fresco que digamos.
—Lo mío es porque he dormido en una celda, en medio banco, pero ¿usted? —volvió a la carga burlón—. ¿Se pilló una castaña? ¿Se agarró una buena borrachera, inspectora jefa Taillandier?
—He pasado la noche en el hospital, pedazo de gilipollas. Mi madre se rompió la cabeza en el cuarto de baño. Tuvieron que darle veintiocho puntos de sutura. Así que sus bromitas se las mete donde ya sabe, bien dentro.
Aquella réplica creó —porque la dijo con tono pausado— una tensión tremenda.
Inmediatamente se encendió una nueva alerta en la pantalla de su portátil.
Esta vez era el propio Puygrenier quien la reconvenía: «¡Ya basta, Taillandier.
Tráguese sus insultos si quiere continuar al frente de este interrogatorio! ».
Justine respiró y prosiguió con más calma.
—Vayamos al meollo del asunto, señor Delaunay.
Conectó una memoria externa a su MacBook y abrió una carpeta. Entonces explicó:
—Nos vamos a centrar en lo que pasó el 14 de mayo de 2023.
Nueve días después de ser agredida, su mujer salió brevemente del coma hacia el final de la mañana.
Fue el doctor Bartoletti, el jefe de servicio de cirugía del hospital Simone Veil, quien se puso en contacto con nosotros un poco después de mediodía para informarnos de aquella novedad.
Era domingo, pero yo estaba de servicio.
Atendí la llamada del médico, el cual me autorizó para que fuera a tomar declaración a su paciente.
Al mencionar aquel episodio la inspectora, Delaunay se tensionó.
—De modo que acudí a la cabecera de su esposa con el teniente El Amrani, aquí presente —dijo, señalando al funcionario de Policía, quien, sentado junto a ella, iba consignando en su ordenador el curso del interrogatorio.
El madero, al oír su nombre, levantó brevemente los ojos de la pantalla, con aire entre tímido y satisfecho.
—Le pedí expresamente al médico que no lo avisara hasta que yo no hubiese hablado con la señora di Pietro —añadió Justine, con lo que consiguió que la tensión aumentara un punto más.
Delaunay, arrellanado al fondo de su silla, seguía de piedra. Justine dio inicio a su narración.
—Sabía de su mujer lo que había podido leer en la prensa. Había visto fotos. Siempre resplandeciente, elegante, atildadísima, con un estilazo en cualquier circunstancia. El tipo de mujer a la que todas querríamos parecernos, de verdad se lo digo. Por no hablar de su brillante carrera…
Se interrumpió. Volvió a desafiarlo.
—Me pregunto cómo será estar casado con una estrella. Despertarse cada mañana a su lado. ¿Sigue resultando intimidante después de quince o veinte años de matrimonio? ¿Se rompe el encanto pasado un tiempo? ¿Resulta abrumador? ¿Le obliga a uno a estar a la altura?
La pregunta quedó en el aire. Justine continuó.
—En veinte años de carrera, me ha dado tiempo a ver unos cuantos fiambres y a unas cuantas personas con heridas terribles.
No es que una se acostumbre, no, pero, digan lo que digan, sí que termina afectándote menos.
Aquel día, sin embargo, cuando entré en la habitación de su mujer, digamos que me las vi y me las deseé.
La imagen que yo tenía de la señora Di Pietro se dio de bruces con una realidad… insoportable.
2.
Justine acercó su silla a la mesa.
—Su mujer estaba desfigurada —prosiguió, mirando a Delaunay directamente a los ojos—. Su rostro y su cuello evidenciaban el arrebato furibundo de violencia que había sufrido. Tenía la nariz y la mandíbula rotas. Las carnes, hinchadas. Había perdido un ojo y muchos dientes.
Delaunay estaba petrificado en su asiento. Pálido, con el rostro inmóvil y la espalda doblada.
—Fue una declaración muy dura de tomar. La grabamos y me gustaría enseñarle un extracto.
Volvió hacia él la pantalla del portátil y pulsó una tecla para que empezara a reproducirse el vídeo:
[Hospital Simone Veil -
Domingo, 14 de mayo - 13.49]
Luz moderada de habitación de hospital a primera hora de la tarde.
El sol se filtra bajo los estores, que están cerrados en tres cuartas partes.
El encuadre muestra el rostro de una mujer gravemente herida, medio incorporada en la cama.
En segundo plano se distingue un pico de la pantalla del monitor clínico.
A Oriana di Pietro, que está irreconocible, le dificulta hablar una traqueotomía que le han practicado.
En su tráquea hay una cánula para que pueda respirar.
Justine : Hemos vuelto a encender la cámara, señora Di Pietro. ¿Está usted de acuerdo?
Oriana asiente levemente con la cabeza.
Justine : El médico me dice que está usted en condiciones de responder a mis preguntas, pero yo no la quiero forzar.
Oriana ( Con voz ronca, pero débil ): Adelante.
Justine : No voy a molestarla mucho rato, se lo prometo. De momento solo necesito saber, a grandes rasgos, qué le pasó en el yate.
Oriana : Estaba tumbada en el Flybridge cuando…
Justine : ¿Recuerda qué hora era? Eso es muy importante.
Oriana ( Después de pensárselo un momento ): A lo mejor… A lo mejor las ocho menos cuarto.
Justine : ¿Qué ocurrió?
Oriana : Oí un ruido. De repente tuve la impresión de que no me hallaba sola. Bajé al puente inferior. Al principio no vi nada, pero la impresión de sentir una amenaza se hizo más fuerte.
Recupera el aliento. Cada frase, cada palabra , le cuesta .