Alguien más 16 Adèle Keller El lobo entre los corderos
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16 Adèle Keller El lobo entre los corderos

Adèle Keller

El lobo entre los corderos

«Sigue siempre a tu corazón, pero llévate contigo a tu cerebro».

A LFRED A DLER

París, al día siguiente

Faubourg de Saint Germain

1.

Aquella brasserie de la esquina de la rue de l’Université con la rue du Pré-aux-Clercs era el típico garito rollo Saint-Germain-des-Prés.

Oriana me había convocado allí para anunciarme algo importante que no quería contarme por teléfono.

Yo llegué la primera —un poco antes de la hora— para familiarizarme con el lugar.

No había nada anodino en él. Reflejaba con sutileza el refinamiento del sexto distrito parisino.

El suelo de mosaico evocaba los reflejos grises y azules de los tejados de pizarra, mientras que las butacas tapizadas con terciopelo de color arena recordaban ese tono crema de las fachadas haussmannianas. Más chic imposible, vamos.

Me senté a una mesa situada frente a la cristalera enmarcada en hierro forjado.

Pedí un té que dejé enfriar mientras miraba a los transeúntes y a los otros clientes en los grandes espejos con molduras de estuco.

Luego saqué mi diario y traté de expresar en él la desazón que me invadía.

En mi vientre, una fría dentellada era señal de un mal presentimiento.

De una sombra en mi dicha. Cenicienta delante de su carroza un segundo antes de la medianoche.

La vi llegar de lejos —gabardina Burberry, pañuelo de seda, gafas de sol, bolso de viaje de cuero irisado— e inmediatamente comprendí que algo había cambiado.

Oriana había recuperado unos andares firmes, un porte de cabeza alta, una elegancia que la asemejaba a una de esas modelos de los anuncios de marcas de lujo que se veían en las paradas de los autobuses.

Había vuelto a hacerse inaccesible. Entró en el café como si fuera su casa.

Fue pasando por entre las boiseries de nogal hasta llegar a mi mesa.

—Hola, Adèle —dijo tomando asiento en el banco situado frente a mí.

Dejó el bolso a su lado, pidió una taza de té pu-erh y se quitó el impermeable. Aunque seguía demacrada, me pareció que tenía mejor cara.

—Entonces, ¿la vida te trata bien? Se te ve cansada…

Volvía a tener ese tono desagradable, ligeramente despectivo.

—Tenemos que hablar, Adèle —prosiguió—. Tengo una buena noticia.

—¿Se siente mejor?

—Más que eso: estoy CURADA.

—¿De verdad?

—Ni siquiera yo termino de creérmelo…

No me esperaba aquel golpe, pero sabía que lo que me decía era cierto. La había visto gemir inclinada a cuatro patas para vomitar en el váter. La había visto llorar, moribunda, buscando mil formas de suicidarse. Esa mañana, todo aquello se antojaba ya muy lejos.

—Me dijo que se iba a morir.

—Oculta tu alegría, guapetona.

Durante los meses que estuvo agonizando, yo me sentí tan llena de vida, tan bonita, tan radiante…

Como si las energías de ambas funcionaran según el principio de los vasos comunicantes.

Como si yo hubiera aprovechado su enfermedad para chuparle su fuerza vital.

Me acordé fugazmente del profesor Quirrell, un Jano de dos caras, obligado a compartir su cuerpo con lord Voldemort.

—Para celebrarlo, te he traído un regalito —afirmó, lanzando sobre la mesa el bolso de piel tipo Venecia, cuya pátina tornasolada se asemejaba a un laqueado japonés—. ¡Venga, ábrelo!

Abrí la cremallera y descubrí, dentro del bolso, decenas de fajos de billetes de cincuenta euros.

—¿Por qué me enseña este dinero?

—Es una indemnización —dijo, antes de dar un delicado sorbo al té—. Trescientos mil euros en efectivo. Irrastreables. Y olvídate de impuestos.

—Una indemnización, ¿por qué cosa exactamente?

—Pues por haberte metido en esta historia…

Oriana volvió a dejar en la mesa la taza y mostró un rostro que pretendía que fuese empático.

—No fue una buena idea hacerte entrar en nuestra vida y te pido disculpas.

Encajé aquellas palabras quedándome de mármol. Para reconfortarme, busqué mi propia imagen en el espejo. Mi rubicundez, mi ímpetu, mi luz.

—¿Y qué quiere que haga yo con esta pasta?

—Pues volver a empezar. Te lo mereces.

«La señora es demasiado buena».

—Entonces, ¿eso es lo que yo valgo para usted? ¿Trescientos mil euros?

—Son quince años de salario. No es ninguna tontería.

—Para despedirme de su vida…

Oriana suspiró.

—Ahora que me he curado, voy a recuperar a mi marido y a mis hijos. Es legítimo.

—¿Y si yo no estoy de acuerdo?

—Pues, estés o no de acuerdo, el juego se acaba aquí. Así están las cosas.

—Me alegro de que haya recuperado la salud, pero, si cree que voy a devolverle su sitio, se equivoca.

La italiana se impacientó.

—¿En serio crees que voy a dejar que me robes mi vida sin hacer nada?

—Yo no le he robado nada en absoluto. Fue USTED quien vino a buscarme. Quien me entregó su vida.

Ella soltó una risa nerviosa. Buscó un nuevo ángulo de ataque.

—Tú misma decías que aquella idea no tenía ningún sentido, ¿te acuerdas?

—Eso era antes. Ahora es demasiado tarde para dar marcha atrás. Las dos hemos llegado demasiado lejos.

El tono se tensó.

—Tú no sabes de lo que soy capaz.

—Pues me parece que usted tampoco.

—Adèle. Sé razonable. Coge este dinero y desaparece.

—Y si no, ¿qué?

Un largo silencio. Un sorbo de té por ambas partes. Luego yo volví a la carga.

—¿Conoce usted esa teoría de que una mujer se vuelve vieja para un hombre al superar la edad que la madre del hombre tenía cuando él era adolescente?

Oriana sacudió la cabeza.

—No. Pero es una bobada. Si ese es el único argumento que has encontrado para reconfortarte…

—Pues va a tener que hacerse a la idea. Adrien ya no siente gran cosa por usted. Es a mí a quien quiere.

Ella se encogió de hombros.

—Tú has podido entrar en su vida únicamente porque yo te di las claves y la llave.

Sacudí la cabeza y repliqué.

—No. Usted no puede comprender lo que estamos viviendo. Él me quiere por mi persona. Por lo que yo soy de verdad.

—Pero tú no eres nada. Esa es la cuestión. No eres más que una niñata de la cual se deshará cuando se entere de que aquello que le ha gustado en ti eran unas cualidades que ni siquiera poseías.

—Ahora es usted la que intenta reconfortarse.

—Todo es falso en esa relación. Se basa, toda ella, en mentiras. Lo que le ha gustado en ti no era sino YO.

—¿Y a usted qué? ¿A usted sí cree que le va a perdonar semejante embeleco?

No eludió la objeción.

—De entrada le sentará mal, es cierto. Pero yo tengo algo de lo que tú careces: soy la madre de sus hijos. Él y yo estaremos ligados siempre, pase lo que pase.

—Eso ya lo veremos.

—Ya está todo visto. Sé inteligente. Acepta lo que te propongo y piensa que tienes suerte de salir tan bien parada.

Se levantó, se puso el chubasquero y me amenazó.

—Tienes dos días para esfumarte. Pasado ese plazo, revelaré la verdad a Adrien. Te dejo que pagues la cuenta. Ahora tienes con qué.

Y desapareció.

2.

Bajo al baño con el bolso que contiene el dinero. Estoy contra las cuerdas, arrinconada, devuelta a mi triste condición. Unnudo de angustia me comprime el estómago. Me encierro en una de los lavabos. Me siento en el retrete y me cojo la cabeza con las manos.

«¿Qué hago ahora?».

Los recuerdos de las últimas semanas me queman la retina.

He vivido esos momentos con Adrien inmersa en una fiebre de alegría.

Era una fiesta que yo pensaba que duraría para siempre.

Y una conversación de diez minutos con Oriana ha bastado para que todo se derrumbe como un castillo de naipes…

En mi interior, la cólera se mezcla con el miedo.

Ella no tiene derecho a destruir mi nueva felicidad.

Me falta el aire, tengo frío, tengo calor.

El intenso olor del detergente se me sube a la cabeza.

El corazón se me dispara y atravieso todos los estados: rabia, abatimiento, resignación.

«¿Qué hago?».

Me planteo todas las hipótesis. ¿Hablar yo misma con Adrien para cortarle la hierba bajo los pies a su mujer? ¿Esperar? ¿Confiar en que Oriana no lleve su amenaza a efecto? Mi cerebro pedalea en el vacío. No termina de cuajar ninguna idea rotunda…

Una única certeza: hay que ACTUAR. Y ha de ser rápido. Nada de andar dejándolo todo para después con la esperanza de que los problemas se resuelvan solos. Hacer frente. Sin eludir las dificultades. Acometerlas.

Pero ¿qué está pasando en mi interior y en mi cabeza? ¿Cuál es mi sitio en este mundo? ¿A qué tengo derecho? Y eso, ¿quién lo decide?

Me hice creer a mí misma, durante mucho tiempo, que me gustaba moverme por la sombra, pero no era cierto.

Era una cobarde conveniencia para encubrir mi debilidad.

La sombra me arrebató la energía. La sombra me apagó.

Yo aspiro a la luz. No a la luz artificial de las pantallas, de los focos y de los proyectores, sino a la luz suave y bucólica del otoño.

Esa que brilla en los ojos del hombre que te quiere.

La luz del sol que se pone al atardecer en el océano mientras se da un paseo en barco…

Empieza a brotar una idea.

Primero la aparto de mí.

Estoy perdiendo la razón.

No quiero.

No sabría.

Poco a poco, sin embargo, se va disipando la angustia.

La disyuntiva es clara. Volver a la sombra o correr el riesgo de salir para siempre de ella.

Porque la luz tiene un precio. Exige a la persona llevar sus límites más lejos, volver sus certidumbres del revés, lanzarse a un terreno peligroso.

Exige tener el temple y los recursos mentales para atreverse a cometer la transgresión.

Que es la única vía que tiene una persona para forzar su destino…

Recuerdo lo que me dijo Oriana al hablarme de Nietzsche.

«La moral es el instinto del rebaño. Pero tú no formas parte del rebaño».

La veo de nuevo diciéndome: «Tú no estás hecha para plegarte a las leyes y a la mediocridad de la masa.

Tú estás hecha para liberarte de todo eso. Tú estás hecha para vivir mi vida».

De repente, esa reminiscencia lo desatasca todo y ofrece una respuesta a mis preguntas. Tengo que eliminar a Oriana di Pietro.

Me levanto y abro la puerta.

Frente al espejo del baño, declaro en voz alta:

—¡Voy a liquidar a Oriana di Pietro!

Y repito:

—¡Voy a matar a Oriana!

Algo se ha liberado en mí. Me siento ligera, en movimiento, volcada por completo en la acción, resuelta a darme los medios para alcanzar lo que ansío.

3

Vuelvo a subir la escalera hacia la sala principal. Pago la cuenta, me pongo el abrigo, me ajusto la bufanda y recojo mis cosas de la mesa de cuarcita.

En el momento de meterlas en mi bolso, me doy cuenta de que varias páginas de mi diario han sido arrancadas.