15 Oriana di Pietro Las leyes de la gravedad
Oriana di Pietro
Las leyes de la gravedad
«Yo había saltado desde el borde y entonces,
en el último instante, algo me cogió en el aire».
P AUL A USTER
Un año antes, mayo de 2023
Lugano, Suiza
1.
A François Chappuis se le veía perdido.
El director del centro hospitalario Karl Jaspers, puesto en pie tras su escritorio, no lograba ocultar su perplejidad.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Oriana.
Desde octubre, estaba yendo a Lugano cada dos meses para hacerse análisis y seguir la evolución del tumor.
Esta última vez, el control rutinario se había prolongado y ella había tenido que acercarse, a instancias de Chappuis, al Ospedale Italiano —que era el hospital más grande de Lugano—, donde le habían hecho pruebas adicionales.
—El tumor ha crecido, ¿no?
Aquello no era ninguna sorpresa para Oriana.
Las tres últimas semanas habían sido tremendas.
Estaba hecha polvo desde que se despertaba, con la tortura añadida de un dolor de cabeza incesante, una hemorragia nasal recurrente y una incapacidad para digerir en condiciones lo poco que lograba tragar.
Durante el día, era muy habitual que aparecieran ante sus ojos unas lucecitas amarillas tintineantes que le estorbaban la visión y la dejaban casi ciega.
—¿El tumor ha crecido? —repitió.
Chappuis continuaba inmóvil cual coloso fulminado.
Los pliegues de su bata habríanse dicho esculpidos en piedra.
Su pelo apuntaba en todas direcciones. Su rostro semejaba una máscara de terracota a un tris de desmoronarse y sus ojos relucían con una llama que delataba, más que intranquilidad, estupor.
—No, no —farfulló por fin—. Siéntate, Oriana.
Él, más que sentarse, se dejó caer en su butaca.
—Entonces, ¿qué? —preguntó la italiana con un punto de exasperación.
—Pues todo lo contrario.
—¿Cómo que «todo lo contrario»?
—El tumor ha remitido. Se ha reabsorbido.
—Pero ¿qué dices?
El médico señaló los informes médicos que tenía ante sí.
—Al principio también pensé que se trataría de un error, pero hemos repetido todas las pruebas. Aquí y en el Ospedale. El escáner, la resonancia magnética, la biopsia… Y todo apunta a una remisión espectacular.
—¿Quieres decir que el tumor ha encogido?
—Mejor aún. ¡Ha desaparecido…!
—¿Estás de guasa?
—Ha desaparecido —repitió él.
—¿Por completo?
Chappuis asintió. Había recobrado la compostura.
—Tus análisis han vuelto a ser normales y la tomografía por emisión de positrones ya no muestra ningún signo de tumor cerebral.
Oriana mantenía, incrédula, el rostro hermético y la mirada dura.
—¿Cómo es posible? No hemos hecho nada: ni operación, ni quimio, ni tratamiento activo.
Chappuis se encogió de hombros y separó los brazos, con las palmas de las manos vueltas hacia el cielo.
—Los casos de remisión espontánea son infrecuentes, pero ocurren.
—¿Infrecuentes?
—Puede que uno o dos casos por cada cien mil enfermos…
—¿Y eso cómo se explica?
—El sistema inmunitario específico de cada paciente responde de manera diferente, además de sus características genéticas y hormonales, otra infección aguda que estimularía el nivel de linfocitos y…
—Pero entonces, ¿por qué estoy tan hecha polvo? —preguntó interrumpiéndolo—. No me he sentido tan agotada en mi vida…
—Es normal, tu cuerpo estaba dedicando todas sus energías a luchar contra la enfermedad.
—Pero el tumor, ¿puede volver?
—Nadie tiene ni idea, Oriana. Es la primera vez que veo esto tratándose de un glioblastoma de grado cuatro. Pero ahora lo que toca es alegrarse…
Ella, lejos de compartir su alegría, alzó el tono.
—Pero me anunciaste lo peor…
—Oriana, es una buena noticia…
—¿Una buena noticia? —gritó ella—. Me pronosticaste una parálisis y una esperanza de vida de dos meses. ¡¡¡Me pediste que me diera prisa para poner orden en mis asuntos antes de REVENTAR!!!
—Porque eso era lo que tendría que haber pasado… Ninguna persona razonable podría imaginar que…
Oriana se levantó de la silla y cogió su impermeable. Chappuis, para impedir que se fuera, plantó su corpachón delante de la salida.
—Espera. Tenemos que hablar de otra cosa.
—¿De qué?
—Tú sabes muy bien de qué.
Ella lo empujó y agarró la puerta mientras le espetaba:
—Fuera de mi vida a partir de ahora.
2.
El jardín, los tilos, los castaños de Indias, el suave canto de los pájaros. El curso de la naturaleza, indiferente a la vida de los hombres.
Oriana tenía la impresión de revivir la misma escena de hacía seis meses, cuando se enteró de que le estaba creciendo un tumor en el cerebro.
Se dejó caer en uno de los bancos que miraban al lago.
Demasiado pronto aún para sentir el más mínimo alivio.
Llevaba tanto tiempo viviendo con pánico…
La perspectiva de una muerte próxima la había aterrorizado.
Nunca se había sentido así de frágil. Ni siquiera cuando un grupo islamista la secuestró junto con otros periodistas, en la época en que trabajaba de reportera de guerra en Siria.
Desde hacía seis meses, llevaba la muerte consigo allá donde iba.
Su cuerpo estaba descomponiéndose. Le olía fatal el sudor.
El aliento le apestaba a podredumbre. Los dientes le dolían a rabiar.
Tenía una serie de visiones que no la abandonaban.
Aquel tumor que se hinchaba en el interior de su cráneo comprimiéndole el cerebro le daba asco.
Habría querido abrirse la cabeza para sacarlo de allí directamente con sus manos.
El corazón le iba a mil. No conseguía creerse que se hubiera curado.
Que ya no llevaba aquella bestia dentro.
En términos de estado anímico había tocado fondo… aunque seguía cayendo.
Fueron varias las veces que deseó poner fin a aquel suplicio.
La idea de suicidarse no la había abandonado durante aquellos meses, pero nunca había sido capaz de dar el paso porque pensaba en sus hijos.
No era cuestión de que Paolo y Sofia tuvieran que vivir con ese peso adicional.
El suicidio es un acto simbólico demasiado violento que produce una deflagración en una estirpe familiar.
Es la muerte elevada a la décima potencia.
Un duelo siempre inacabado, una culpabilidad latente y un recelo hacia la vida que los sujetos se van transmitiendo silenciosamente de generación en generación.
Oriana quería sustraerse a los dolores terrenales, pero no al precio de dejar una tierra de nadie devastada tras de sí.
Se había planteado todas las opciones para ocultar su voluntad de desaparecer: salirse con el coche de la carretera, tirarse por un precipicio durante un paseo solitario por el monte, simular un accidente doméstico…
Sin embargo, una cosa era pensarlo y otra ponerlo en práctica.
Sin saber qué hacer, estuvo a punto de recurrir a Bernd Schulzer, un alemán de madre italiana que había sido miembro de las nuevas Brigadas Rojas.
Ella conoció a aquel exactivista cuando se documentaba para escribir un libro de investigación que dedicó a las nuevas formas de terrorismo.
Schulzer se dedicaba ahora a ejecutar encargos «privados».
Si ella misma no encontraba el temple para quitarse de en medio, tal vez, podría hacerlo otra persona en su lugar.
No obstante, nunca llegó a dar ese paso.
¿Falta de valentía o un presentimiento? Esta vez, en cualquier caso, la pelota había terminado cayendo del lado bueno de la red.
El martilleo del corazón no amainaba. La emoción era demasiado fuerte y se confundía con la rabia.
Se veía a sí misma tan débil en sus encuentros con Adèle Keller…
La muy perra llevaba semanas viéndola agonizar mientras le refería, con una sonrisa en los labios y luz en los ojos, sus escapadas con Adrien.
Oriana se preguntaba por qué había metido al diablo en su casa.
¿Por qué había tenido aquella idea absurda de jugar a la titiritera?
Hacía días que no lograba localizar a Adèle. La chica la rehuía. Quería ser autónoma, recuperar su libertad. Ya no le profesaba el menor respeto. Un clásico. Nadie es héroe para su ayuda de cámara…
Oriana cerró los ojos. Le habría hecho falta el apoyo de su familia allí, en ese momento.
Por un instante, se imaginó en la época de los días felices en la cabaña de Cortina d’Ampezzo.
Veía a Paolo y a Sofia bailar en torno a la chimenea mientras Adrien preparaba su receta de lasaña de verdura con parmesano.
Ella lo había estropeado todo, lo había echado todo a perder.
Se había degradado. Había puesto las llaves del porvenir de su familia en manos de un demonio.
«¡Joder…!». Se encendió un cigarrillo y repasó la película de su conversación con Chappuis.
«El tumor ha desaparecido, Oriana. Hay que alegrarse…
». Otro cigarrillo. La poesía de las volutas del humo y los efectos engañosos de la nicotina disiparon sus temblores.
«El tumor ha desaparecido». Se puso de pie, respiró el aire de la tarde, se dejó invadir por la belleza del lugar.
«El tumor ha desaparecido». Poco a poco, fue aceptando su nueva situación.
Estaba curada. Lista para el contraataque.
Salió del jardín hacia donde la esperaba el chófer. Edoardo le abrió la puerta y ella se instaló, silenciosa, en la parte trasera del Mercedes.
—¿Volvemos a Milán? —preguntó el hombre.
Oriana dudó. Esta vez no podía permitirse errar el tiro.
—No. Diríjase al cantón de Vaud.
—¿A Lausana?
—A Montreux.
Nueva duda. En su cabeza se estaba urdiendo un plan. Iba a recuperar el control de su criatura. Iba a desenchufar a Adèle y a recobrar a su marido.
—Lléveme a casa de Jean-Claude Ziegler —zanjó.
Había recuperado su sonrisa y su tenacidad.
Estaba totalmente decidida a expulsar al lobo de entre los corderos.