Alguien más 14 Justine Taillandier Dos chicas en un laberinto #2
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14 Justine Taillandier Dos chicas en un laberinto #2

Le arrancó las hojas de las manos. Aquel papel rosa claro liso estaba cubierto de una «letra de niña» esmerada, llena de curvas y bucles.

No se trataba propiamente de un diario, sino más bien de instantáneas acompañadas, de repente, de una foto de Adrien en Nueva York, de una entrada de un concierto, de una flor de las nieves prensada y cubierta con film transparente a la manera de un herbario…

Justine fue leyendo, con el corazón a mil, aquellas líneas escritas a mano con tinta azul.

3.

París - Noviembre

Por primera vez, no soy una simple espectadora de mi existencia, sino que participo en ella plenamente.

La vida está cumpliendo por fin una promesa en la que yo…

ya no creía. Llevaba mucho tiempo con el corazón tapiado, reprimiendo mis esperanzas y deseos.

Han bastado unas semanas para que ese tétrico horizonte, que era el mío, se despejara y ocupase su lugar un cielo claro.

Ha vuelto la luz. Yo también tengo derecho a ver el sol…

Milán - Diciembre

Adrien es fantástico. Inteligente, atento y siempre tan divertido… Ha compuesto un álbum entero para celebrar nuestro amor. Una música que YO le he inspirado. Sus fans y la crítica dicen que es su obra maestra, que nunca ha creado nada más bonito que esto.

Un mundo nuevo se abre ante nosotros. Tenemos unos proyectos increíbles: tener un hijo, dar la vuelta al mundo en barco, comprar un rancho en Montana, una casita de pescadores en José Ignacio…

Haber probado la felicidad es peligroso: no me planteo volver atrás. Lucharé si es necesario. Ya nada me da miedo junto a él. Donde hay amor, jamás se hace de noche…

Nueva York - Una semana antes de Navidad

En la planta vigésimo tercera, sola en la bañera de mi habitación de hotel, repaso todo lo que hemos vivido desde que nos conocimos. Vuelvo a visualizar por enésima vez la película de nuestros momentos mágicos, de nuestros viajes, de nuestras caricias, de nuestra intimidad.

Le escucho de nuevo repetirme que soy su reina, su musa, su puta, su joya, su primor.

Le escucho de nuevo repetirme que nunca ha querido a nadie como a mí.

Que me va a regalar lo que merezco: palacios, oro, flores, un océano de esmeraldas, una fuente de perlas, una constelación que solamente brillará en nuestro cielo.

Ese amor se infiltra en mis venas como una corriente eléctrica que me quema, que me irriga, que me regenera y sin la cual ya no podría vivir.

Seúl - Enero

El frío polar petrifica la ciudad en la magia y en el misterio.

Tiritamos bajo nuestro abrigo mientras los copos de nieve se arremolinan alrededor de nuestra cara.

Cogidos de la mano, con el corazón alegre, deambulamos por entre los templos, las moradas regias y las casas tradicionales del barrio de Bukchon.

Nuestros dos cuerpos no son sino uno. Nuestros labios arden de deseo. Vivimos fuera del tiempo.

Desgraciadamente, Adrien algunas veces se cierra, se ausenta: levanta una tapia de silencio.

Mañana por la noche tiene que actuar ante tres mil personas.

Pero no es eso lo que lo apesadumbra. Yo conozco el origen de sus tormentos: teme que su mujer descubra su infidelidad y le pida el divorcio.

Su miedo mayor es que Oriana lo prive de sus dos hijos.

Yo ardo en deseos de decirle que eso no va a pasar.

¡Ay, mi amor!, no merece la pena que estés preocupado por eso…

A Paolo y a Sofia los vamos a educar tú y yo juntos y nunca más estarás separado de ellos…

Barcelona - Abril

Aclaman a Adrien en el escenario del Auditori. Su poesía y su virtuosismo deslumbran y hechizan. Antes del concierto, me dijo que tocaría para mí. Le aplauden cientos de mujeres. Pero él me quiere a mí.

A mí, a mí, a mí…

A mí, Adèle.

La chica del laberinto.

4.

Con la boca seca y las manos casi temblándole, Justine no conseguía apartar los ojos de aquel nombre que acababa de descubrir en la hoja.

Adèle.

De manera que Adrien Delaunay tenía una joven amante… Una relación secreta que el pianista les había logrado ocultar durante todo el tiempo que llevaban investigándolo…

Adèle.

Pero ya estaba. Por fin lo tenían. Habían dado con ese dato clave que buscaban desde el principio para desembrollar la madeja de la investigación. Un elemento que les revelaba tanto el móvil del asesinato como la existencia de una complicidad potencial.

Aquella victoria tenía, para Justine, cierto regusto amargo. Se veía obligada a admitir, cual enamorada que ha sufrido un desengaño, que el músico era, al fin y al cabo, como todos los demás. Pero ¿acaso lo había dudado?

—¿Por qué solo tenemos estas cuatro páginas? —le preguntó a Bergomi, saliendo de sus pensamientos—. ¿Dónde están las demás?

—No lo saben, por desgracia.

—¿Y están seguros de que no es la letra de Oriana?

—Segurísimos. Capecchi recurrió a dos peritos grafólogos que rechazaron categóricamente tal hipótesis.

Adèle.

Justine cerró los ojos. Se le apareció una imagen. Una chica rubia de tez pálida. Boca de rosa, grandes ojos claros. Una chica no necesariamente sublime, pero singular e instintiva. Una chica de la sombra que le había cogido el gusto a la luz. Una chica peligrosa.

—¿Tú cómo te lo imaginas, Giuse?

El poli se había levantado para hacerse otro expreso.

—Pues más o menos así: Oriana di Pietro tiene dudas sobre su marido.

Sospecha que el tipo va follando por ahí alegremente, o que tiene un lío más serio con una mujer más joven.

Se siente en peligro y decide contratar, para que lo siga, a un detective que le confirme sus sospechas, identifique a la dichosa Adèle y consiga birlarle su diario íntimo.

—Pero ¿por qué solamente cuatro páginas?

—Mira, ahí me pillas. Igual Oriana tenía el diario completo en su poder y arrancó esas páginas a modo de prueba para dejar en evidencia a su marido. O puede que el detective quisiera jugar al despiste con Oriana pidiéndole más lana si quería que le entregase el resto.

—O Capecchi no te lo ha dado todo…

—Puede ser, pero no creo.

—¿Y qué más?

Bergomi frunció el ceño y se tomó su tiempo para pensar.

—A ver… Pues entonces Adrien se percata de las sospechas de su esposa.

O igual es ella misma la que le pone ante los ojos el asunto y le comunica su intención de divorciarse.

Con esa revelación, el hombre se decide a pasar a los hechos y eliminar a Oriana a la primera oportunidad, aunque eso implique correr unos riesgos enormes.

—¿Con la complicidad de la querida?

—Eso queda pendiente de aclarar.

Se mordió el labio un instante, antes de plantear otra hipótesis.

—¿Y si fue ella quien nos dio el soplo de que el atizador estaba en la casa de Delaunay? Imagínate, después de la muerte de Oriana, la pareja se pelea y él termina dejando a Adèle, que entonces se venga denunciándolo a la pasma.

Justine asintió. A lo mejor no era eso exactamente lo que había ocurrido, pero la idea general andaba por ahí. Aquello era compatible con el resto de los elementos que habían reunido.

—¿Qué han encontrado los italianos sobre esa chica?

Bergomi torció el gesto.

—Ese es el tema, que, aparte de su nombre de pila, no tienen nada.

—¿Estás de coña? ¿Te lo han dicho ellos?

El madero hizo un gesto afirmativo.

—¡Y una mierda! Tienen información, pero no quieren dárnosla.

—No sé yo. Ten en cuenta lo cautelosísimo que es Delaunay. Nosotros llevamos un año siguiéndolo y tampoco hemos descubierto gran cosa…

—Esos tíos tienen información —insistió Justine—, pero da igual.

Lo vamos a averiguar por nuestra cuenta.

Tú te vas a encargar ahora mismo, de hecho.

Esas cuatro páginas están repletas de indicios.

La chica estuvo en los mismos hoteles que Delaunay durante su gira.

Habla con ellos, haz la lista de todos los lugares en los que se alojó el pianista.

Yo lo voy a seguir pinchando en el interrogatorio, pero necesito material para apretarle.

—Okey —dijo Bergomi.

Justine fotografió las páginas del diario de Adèle con el teléfono. La pantalla estaba invadida por las notificaciones de los mensajes y las llamadas perdidas de Puygrenier, El Amrani y hasta uno de los jueces. Ya iba con retraso y los atascos matutinos no iban a ayudar.

—Tenemos que echarle el guante a esa chica, Giuse. Y rápido —recalcó la inspectora, mientras cogía su chaqueta del respaldo de la silla.

Ambos polis salieron de la casa en dirección a sus respectivos vehículos.

Justine se instaló en su asiento y condujo por la carretera. Bergomi había hecho un buen trabajo. Aquello era un documento incontestable y ella no tenía la menor duda de que enseguida identificarían a Adèle.

Delaunay estaba jodido.