14 Justine Taillandier Dos chicas en un laberinto
Justine Taillandier
Dos chicas en un laberinto
«Nadie se enamora si está […] satisfecho con lo que tiene y
con lo que es. El enamoramiento surge de la sobrecarga
depresiva que se caracteriza por la imposibilidad de encontrar
en la existencia cotidiana algo que merezca la pena».
F RANCESCO A LBERONI
1.
Sábado, 25 de mayo de 2024
Centro hospitalario de Antibes Juan-les-Pins
Siete de la mañana
Fue el dolor lo que arrancó a Justine del sueño. Una punzada intensa que le zumbaba en la parte posterior de la cabeza y se le extendía por el hombro. Tenía la respiración agitada y el cuello y las axilas empapados en sudor. «¡Qué apuro…!». Volvió la cabeza. Su madre no estaba.
«¡Joder!».
Justine se levantó de un brinco, entrecerró los ojos, miró en todas direcciones a su alrededor.
La sala de espera se había vaciado bastante, pero ni rastro de Mathilde.
Fue derecha al mostrador de admisión. La enfermera, que seguía inmóvil detrás de su pantalla, terminaba la noche como podía: los ojos rojos e hinchados, el maquillaje corrido, el pelo hecho un desastre.
—¿Ha visto a mi madre?
—No.
—¿No?
Suspiro de exasperación.
—Supongo que se habrá hecho cargo de ella un médico.
—Pero es que yo no le he pedido que suponga. Yo le he preguntado que dónde está.
Ya había durado bastante aquel circo. Entendiendo que allí no iban a decirle nada más, Justine volvió sobre sus pasos y empujó ambos batientes de la puerta que daba acceso a la zona de cuidados.
Recorrió los pasillos para asomarse a todas las puertas hasta que, por fin, dio con una sala en la que un médico residente estaba terminando de coser a su madre.
«¡Menos mal…!».
Se presentó y volvió a cerrar la puerta cuando hubo entrado.
Esperó en una silla mientras el hombre terminaba.
Como el espacio no era grande, veía con nitidez la cabeza de Mathilde.
El tipo no se había andado con miramientos.
Para dar aquellos puntos de sutura, había optado por raparle a la señora, así, sin más, una franja de cabellera de dos centímetros de ancho desde la frente hasta la nuca (un auténtico destrozo).
Primero el apache y ahora la tonsura de fraile… o algo parecido.
—¡Veintiocho puntos de sutura! —anunció el médico, orgullosísimo—. Hay que cambiar la venda todas las noches. Y ha tenido usted mucha suerte de que solo se haya visto afectado el cuero cabelludo…
—Aunque parezco Frankenstein, a usted le parece que he tenido mucha suerte —repuso Mathilde irritada.
El galeno, escaldado, pasó a dirigirse a Justine.
—La cadera de su madre no está fracturada ni luxada. Como estuvo un buen rato sin conocimiento, le hemos hecho una resonancia magnética del cerebro y estamos pendientes de los resultados.
—Okey.
—Vuelvo a verla cuando los tenga.
En cuanto se vio a solas con su madre, Justine le reprochó que no la hubiese despertado.
—No quería ser egoísta… —respondió Mathilde encogiéndose de hombros.
—No, claro que no. Querías hacerme sentir culpable…
La llegada de un SMS le hizo bajar los ojos hacia la pantalla del móvil. Mensaje minimalista de Bergomi: «Estaré en tu casa hacia las ocho. Tengo novedades».
—Escucha, voy a buscar a una enfermera que pueda ir todos los días a tu casa a cambiarte la venda y te mandaré un taxi que te lleve en cuanto puedas salir…
—¿Pero…?
—Pero ahora tengo que volver a trabajar. Obligatoriamente.
—¿Y tiene que ser en este preciso instante?
—Sí. Tengo que terminar, sin falta, un interrogatorio importantísimo.
—¿A las siete y media de la mañana? ¿Un sábado?
—Ya tendría que estar en la oficina.
—¿Y no le puedes pedir a algún colega que te sustituya? —Es el caso más importante de mi carrera.
—Más importante que tu madre.
—¡Joder! ¡No vas a cambiar nunca…! —gritó.
Se fue hecha una furia y pegando un portazo.
Mathilde alzó los ojos al cielo una sola vez.
—Y luego dice que la egoísta soy yo…
2.
Ocho menos cuarto de la mañana
Justine, al volante de su Mini, redujo para enfilar un carreterín que subía entre los olivos y los muretes de piedra seca.
El chemin des Vignasses , en la parte alta de Biot, daba acceso a una serie de bancales en los que habían ido brotando, a lo largo de las décadas, distintos tipos de moradas: desde casones solariegos hasta viviendas bioclimáticas, pasando por las típicas casas campestres de diseño.
Aparcó frente a una vivienda de tipo provenzal rehabilitada que ofrecía unas bonitas vistas del pueblo y de las sinuosas colinas.
Ella adoraba esa casa… Los veinte años de la hipoteca se cumplían precisamente cuando Romain la abandonó.
Justine peleó por quedarse con el domicilio conyugal, pero no tardó en arrepentirse.
Aquel sitio, repleto como estaba de recuerdos de su vida en común, se convirtió de inmediato en una fuente de sufrimiento.
Un laberinto —¡otro!— del que no era fácil escapar…
Recorrió un tramo de escalones, abrió la puerta de entrada a la vivienda y subió directa al cuarto de baño.
«Mi reino por una ducha…». Se desnudó, evitó verse en el espejo, pasó a la cabina y abrió el agua caliente.
Se quedó inmóvil un buen rato bajo la ardiente lluvia, sin fuerzas para nada.
Su cerebro estaba en sintonía con su cuerpo: gripado, maltrecho, incapaz de volver a ponerse en marcha.
El agua caliente aflojó un poco la presión de la jaqueca.
Se sentó en el suelo apoyada en la pared de mármol y cayó en una somnolencia que la hizo rendirse.
«Nos acercamos a la regresión fetal…», se dijo.
Y ese fue su último pensamiento. Al cabo de un rato indefinido —lo mismo cinco minutos que media hora— se espabiló un poco y pudo obligarse y sacudirse la torpeza.
Un chorro de agua helada terminó de sacarla de la ducha.
Se secó, echó mano de unas tijeras y se arregló un par de mechones delante del espejo.
En el armario encontró el vestido rojo, el cinturón, los botines y la chupa de cuero motera.
Se puso el vestido. No se produjo ningún milagro: le quedaba demasiado estrecho a la altura de las caderas.
Por un instante creyó que iba a poder ensancharlo descosiéndolo y tirando de la tela.
Buscó un tutorial en el móvil, pero enseguida desistió.
No tenía las herramientas, el tiempo ni la pericia.
Enrabietada, tiró del vestido —rasgándolo, de paso— y dio una voz mientras le sacudía un puñetazo a la almohada. El día empezaba bien…
Hizo un esfuerzo para recobrar la calma y escogió otro menos sexi, pero más de su talla. Terminó de vestirse, se maquilló y bajó a la cocina.
Agua a calentar en el hervidor, a ver qué hora es —¡las ocho y veinte ya!—, tres llamadas para encontrar a una enfermera que acepte ir a la casa de su madre, otro ibuprofeno, un zumo de limón exprimido, té verde genmaicha . Luego el ruido de un motor y después un claxon. «¡Bergomi!».
Salió al porche con la taza de té en la mano.
Su adjunto llevaba su eterna chaqueta, que nunca había visto una plancha.
Se adivinaba el cansancio en su rostro, pero en sus ojos ardía una llama juvenil: esa mirada del adolescente que acaba de hacer una travesura y ya se está deleitando con sus consecuencias.
—¡Lo tenemos! —soltó mientras subía los peldaños hacia el umbral, donde ella lo estaba esperando.
—Pasa y te preparo un café.
—Te advierto que traigo cosa fina… —dijo él.
Tenía en una mano una carpeta de cartón y en la otra un panettone en una caja de hojalata. Su excitación resultaba contagiosa.
El hombre se sentó en la mesa de la cocina y cortó unos trozos de aquel bollo mientras Justine se encargaba de la cafetera.
—Llegué a Milán hacia la una de la madrugada —empezó a decir—. ¿Y a que no sabes quién me estaba esperando en un salón del hotel?
No prolongó el suspense más allá de lo estrictamente necesario.
—¡El mismísimo Azeglio Capecchi!
Justine sintió un escalofrío por la nuca. Si Capecchi se había tomado la molestia de acudir, significaba que el asunto era importante.
—Tenías razón: la detención de Delaunay electrizó a los italianos. Querían saber, con todo lujo de detalles, qué había soltado el pianista en el interrogatorio. ¿Te has hecho algo en el pelo?
—Anda, no te distraigas.
—Les he dicho que tenía la transcripción completa del primer día de interrogatorio. Y a cambio me han dado esto.
Abrió una carpeta de cartón que llevaba el logo del hotel Excelsior y sacó un taquito de hojas arrancadas de un bloc.
—Y eso, ¿qué es lo que es? —bromeó Justine, mientras le ponía delante un expreso.
Bergomi retomó la historia desde el principio.
—¿Te acuerdas de dónde está el yate en el que asesinaron a Oriana di Pietro?
—La familia dispuso que repatriaran el Luna Blu a Génova —contestó Justine.
—Al puerto de Rapallo, concretamente. Mandaron a su propio equipo de científicos para que tomaran muestras. Y no encontraron nada nuevo en términos de material genético o huellas dactilares. Sin embargo…
Se interrumpió para darle un sorbo al café.
—¿Sin embargo…?
—Sin embargo, sí que dieron con esto —dijo agitando las cuatro hojitas arrancadas, que estaban grapadas todas juntas—. Estaba en el sistema de ventilación de la cabina. Parece ser que funciona como una aspiradora. Según dicen los especialistas, no es la primera vez que pasa.
Aquella revelación le sentó como un tiro a Justine, que sacudió un manotazo sobre la mesa.
—¿Cómo se nos pudo escapar algo así? No, si encima vamos a quedar como unos memos…
A Bergomi se le puso un mohín resignado… al cual dio puerta tomando un poco de panettone .
—Bueno, pero ¿qué son esas hojas? —lo apremió la inspectora.
—Son un extracto de un diario íntimo.
—¿Del diario de Oriana?
—No, esa es la cuestión. Son del diario de una tal Adèle, que resulta que no es otra que… la querida de Adrien Delaunay.
—¿Qué? —exclamó ella—. Déjame ver.