13 Justine Taillandier Las dentelladas de la verdad #2
Una ambulancia con la sirena a todo trapo y con la luz giratoria llegó en tromba.
Justine se colocó los auriculares y puso música.
El sistema de reducción de ruido de los AirPods actuaba como un filtro mágico que aislaba a la persona del mundo y la arrojaba a una realidad clandestina.
Cerró los ojos y respiró profundamente. Como siempre que escuchaba aquella pieza, «The Girl in the Labyrinth» —sacada del álbum homónimo, considerado la obra maestra de Adrien Delaunay—, las primeras notas la hicieron estremecerse de la cabeza a los pies.
La composición arrancaba con una intro lenta y melancólica que establecía, para empezar, una atmósfera de misterio, pero después la tensión se disipaba.
Pasaba a repetirse un motivo rítmico de dos compases que creaba una pulsación reconfortante, un latido de corazón regular sobre el cual se superponía una melodía nostálgica.
Un tema ambiguo que lo mismo le desgarraba a una el corazón que la animaba a seguir adelante.
Durante el resto de la balada, Delaunay retomaba aquel tema: le añadía unos adornos, unas bordaduras, unas variaciones disonantes que constituían su sello de autor.
Ponía fin a la pieza regresando al tempo lento del principio.
La impresión que se desprendía del final era más serena y luminosa.
A Justine le gustaba aquella composición porque sentía que hablaba de ella, de esa chica perdida en el laberinto de la vida bregando con sus alegrías, con sus penas, con sus demonios.
Era ella, que iba siguiendo el hilo de Ariadna al ritmo del toque amable y delicado del pianista, quien dejaba entrever a su heroína la esperanza de un futuro más positivo.
Interrumpió sus errancias mentales la imagen de una silueta que, vestida con un traje de buceo, se encaramaba al puente del barco.
Aquel hombre, que llevaba un pasamontañas abierto, no hacía por ocultar su rostro.
Se trataba de Adrien Delaunay. Armado con su atizador, avanzaba amenazante hacia ella.
—¡Ahora sí que te vas a enterar, zorra! —gritó descargándole el primer golpe con la barra de hierro.
Justine pegó un respingo y sintió que el corazón le daba un vuelco. En la garganta se le quedó atascado un grito. Presa del espanto, se quitó los auriculares y echó a andar hacia donde había dejado a su madre.
El hombre, el artista, todo eso…
Una de la madrugada
Continuaba el cataclismo.
La misma danza espasmódica de batas blancas exhaustas. El ruido de los zuecos que se arrastraban sobre el suelo de goma.
El raudal de pacientes groguis.
Pasajeros a la espera de un avión que no iba a despegar jamás.
Dos de la madrugada
—Mamá.
—¿Sí?
—¿Cuál es el mejor momento de tu vida?
—¿Cómo?
—El momento en que más feliz te hayas sentido.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Por pura curiosidad.
Mathilde no se lo pensó demasiado.
—Pues yo diría que el verano de 1978.
—¿Cuando participaste en aquel concurso de belleza?
—Sí, pero no solo eso. Vivía en Juan-les-Pins. Allí era verano siempre. Tenía veinte años. Era joven, libre. Me decían que me parecía a Brigitte Bardot. Sonaban los ZZ Top, Rod Stewart, ABBA.
Marcó una pausa, dejando que los recuerdos aflorasen.
—Era la época en que todo era posible. Daría lo que fuera por volver atrás. Lo único que lamento es que entonces no era consciente de que estaba viviendo mis años más bonitos. —«Si la juventud supiera y si la vejez pudiera…».
—Sí…
Justine dudó, se mordió la lengua… y finalmente alzó el tono para decir, con vehemencia, lo que tenía en el corazón.
—Siempre santa Paramí, ¿verdad? Me pregunto cómo puedes ser egoísta hasta ese extremo…
—Pero ¿qué mosca te ha picado? ¿Por qué dices eso?
—¿No podías haber elegido algún recuerdo conmigo o con papá? ¿No eres capaz de disimular, por lo menos?
—¡Coño! Pues no sé para qué me preguntas si luego no quieres oír la respuesta…
—Papá hizo bien largándose. De hecho, se tendría que haber ido antes. Tú le destrozaste la vida.
—Tu marido también hizo bien largándose. De hecho, me extraña que tardara tanto.
—Mira, mamá, me sacas de quicio.
—A ti lo que te pasa es que no soportas la verdad. Ese oficio que tienes de investigadora consiste en encontrarla, pero resulta que la verdad no es nada que te permita estar mejor. Todo lo contrario…
Tres de la madrugada
Justine, sentada en una silla de plástico duro con las piernas cruzadas en plan indio, abrió su ordenador portátil. Bergomi le había enviado un correo al que había adjuntado un árbol genealógico de la familia Di Pietro sobre el que había hecho anotaciones.
La inspectora sabía que aquella era la obsesión de su adjunto.
Bergomi estaba convencido de que uno de los personajes centrales de aquel caso era Azeglio Capecchi, el exbrazo derecho del padre de Oriana, que había sucedido a este al frente de la empresa.
Aquel antiguo ingeniero se había impuesto con una rapidez fulgurante, hasta el punto de ser considerado el nuevo «Padrino».
Justine hizo una búsqueda en Google: repasó las webs de las revistas y publicaciones de economía y finanzas, que detallaban la estrategia de Capecchi.
El italiano había conseguido dirigir la multinacional poseyendo nada más que el uno por ciento de sus acciones.
Había diseñado una astuta arquitectura para blindar el capital familiar.
La prensa especializada establecía un paralelismo con el caso de la firma francesa Hermès, cuyos herederos lograron sustraerse, en 2010, a la opa del coloso del lujo LVMH.
Pero la negativa de Adrien Delaunay a sumarse al pacto de accionistas —un pacto que su esposa, sin embargo, en principio sí que habría validado antes de morir— había echado a rodar los planes de Capecchi, sumiendo a la empresa en la zozobra.
Tras asomarse a la prensa económica, la inspectora hizo un desvío por la del corazón, donde el nombre de aquel hombre de negocios había aparecido varias veces en los meses previos.
En diciembre, concretamente, la revista Chi había publicado unas fotos de Capecchi y Laura di Pietro —la viuda de Carlo— cogidos de la mano en un hotel de San Bartolomé.
Otro tabloide hablaba de rumores de boda.
¿Qué impacto podría tener ese supuesto idilio en su investigación?
Justine se frotó los párpados. Le ardían los ojos, le acechaba la jaqueca.
El cansancio estaba a punto de ganarle la batalla.
Volvió la cabeza: su madre se había dormido, repanchingada en la camilla.
Ella se acercó a las dos máquinas expendedoras.
Su cerebro seguía procesando. De balde, por el momento.
Estuvo un rato quieta delante de la máquina.
Seleccionó un bocadillo italiano y una lata de limonata para seguir funcionando.
«Los niños…».
Frenó en seco mientras recogía la vuelta.
¿Qué pasaría si declaraban a Delaunay culpable del asesinato de su mujer?
A ese respecto, la ley era clara. El pianista quedaría automáticamente excluido de la sucesión y tendría que devolver todos los bienes e ingresos obtenidos gracias a la herencia, que pasaría entonces a sus hijos.
Pero a Paolo y Sofía les faltaba mucho para alcanzar la mayoría de edad.
Si Delaunay pasaba quince o veinte años en la cárcel, la custodia de ambos le sería encomendada a un tutor o tutora, previa consulta del juez con la familia.