Alguien más 13 Justine Taillandier Las dentelladas de la verdad
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13 Justine Taillandier Las dentelladas de la verdad

Justine Taillandier

Las dentelladas de la verdad

«Es fácil querer a la gente en el recuerdo;

lo complicado es quererla teniéndola delante».

J OHN U PDIKE

El mismo día

Centro hospitalario de Antibes Juan-les-Pins

Diez de la noche

Una luz pálida como único horizonte (acribillada por alaridos, por suspiros, por sollozos ahogados). Un aire saturado de tensión, de agotamiento y de desánimo.

La sala de espera de urgencias estaba hasta arriba.

¿Cuántos pacientes? ¿Cincuenta? Sesenta tal vez, apiñados en un pequeño espacio.

Mucha camilla, zombis recostados en asientos; algunos de pie, febriles, abrumados.

Otros, todavía en fila india, haciendo cola delante de la enfermera de triaje.

Una escena de caos que ya se había convertido en el estándar de cada noche en los hospitales franceses.

Y en todas las ocasiones suscitaba la pregunta de ¿cómo habíamos llegado a eso?

Mathilde Taillandier estaba sentada en una camilla, con la cabeza medio enterrada en un enorme vendaje.

Cuando Justine se la encontró tirada en el cuarto de baño, llamó a los bomberos, que llegaron a los cinco minutos.

Tras reanimar a su madre y dispensarle los primeros auxilios, la llevaron a urgencias.

Pero en el hospital no consideraron prioritario su caso.

Colocaron su camilla en un rincón, sin más… y adiós muy buenas.

Justine, con los nervios a flor de piel, volvió a hablar con la enfermera del mostrador de admisión.

—Mi madre tiene la cabeza abierta —la interpeló.

—Lo sé. Un médico irá a verla enseguida. Pero debe usted tener paciencia, como todo el mundo.

A la chica se la veía desbordada delante de su teclado. Le daba al intro mecánicamente; miraba la pantalla del ordenador con cara de angustia, como si un gólem estuviera a punto de salir de la máquina.

—¡Pero que está chorreando sangre…! —gritó Justine.

—La herida está bajo control —repuso, exasperada, la sanitaria—. Comprendo su preocupación, pero su madre no es una paciente prioritaria.

—No han mirado ustedes bien. Tiene una raja en el cuero cabelludo de veinte centímetros. Parece que un apache le hubiera intentado cortar la cabellera.

—No creo yo que esa sea una comparación apropiada en 2024.

—Pues a mí me importan un bledo sus consideraciones sobre qué es apropiado y qué no. Meta a mi madre en una habitación hasta que puedan coserla.

—No tenemos camas disponibles. Sea razonable.

—Soy inspectora jefa de Policía —dijo Justine, sacando su carné profesional.

—Lo mismo daría que fuera la princesa de Monaco.

—Soy…

—… ridícula —la cortó la enfermera.

La inspectora, frustrada, comprendió que había perdido aquella manga y no insistió.

Volvió a sentarse junto a su madre, furiosa, mordiéndose la lengua.

Tras diez horas macerándose en sus propios meados y excrementos, a la reina madre se la veía bastante desmejorada, lejos de su reino.

Sin maquillaje, macilenta, con el rostro manchado de sangre, Mathilde Taillandier había perdido cualquier vestigio de majestad.

Por no hablar del inmenso vendaje que le cubría la cabeza, que parecía un gigantesco merengue.

Despojada de sus artificios, daba la imagen de una viejecilla frágil y exhausta.

—¿Me dejas tu móvil? —le preguntó la señora a su hija.

—¿Para qué?

—Para usarlo de espejo.

—Es mejor que no te veas así, hazme caso.

—Me estás asustando.

—Eres tú quien me ha asustado a mí. ¿Es que no podías tener cuidado, joder? Todo el mundo sabe que los suelos de los cuartos de baño resbalan…

Mathilde se encogió de hombros.

—El suelo estaba mojado. Ese fue el problema. Me caí y el filo de la arista del armarito me cortó como si fuese una navaja. Tuve mala suerte…

Justine suspiró. Nunca tendría nada en común con su madre, pero, cuando Romain la abandonó para irse a vivir con su cirujana, ella se vio tan hecha polvo que no encontró a nadie más a quien agarrarse para no irse a pique.

Más de una vez se había sentido a un tris de atar una cuerda en el hueco de la escalera que bajaba al sótano de su casa.

Para ahorcarse. Era una visión nítida, precisa.

En realidad, no estuvo tan lejos de materializarse.

Justine no tenía amigos de verdad ni más familia.

Solo sus ansiolíticos, sus antidepresivos y su madre.

Con frecuencia, en los momentos de mayor angustia, para no pasar a los hechos cogía el coche y volvía a Biot, donde la tarde-noche se le iba en llorar y en discutir con Mathilde, tras lo que se quedaba a dormir en su habitación de adolescente.

La comunicación entre ambas mujeres se daba solamente en el conflicto, pero al menos el enfrentamiento le alejaba los pensamientos más oscuros.

Y aquello era, al fin y al cabo, el sur de Francia; «dar voces» era una forma de diálogo como otra cualquiera…

Once de la noche

—Creo que tengo la cadera rota —dijo Mathilde torciendo el gesto.

—Vamos a esperar al médico. No llores antes de que te duela.

—Pero es que ME DUELE.

Justine desistió. Se tomó un ibuprofeno por precaución. Le daba miedo la jaqueca que sentía que le estaba empezando. Por el momento, eran solo unas onditas, pero ella sabía que, si el huracán se ponía a rugir, las horas siguientes serían complicadas.

—¿Y tú? Tú, ¿qué tal? —le preguntó Mathilde.

Ella dudó si contestarle o no. Al cabo, dijo:

—Hoy he conocido a un tipo curioso.

Aquella confidencia despertó el interés de Mathilde.

—¡Anda! ¿Y está bueno?

Justine le enseñó a su madre una foto de Delaunay que tenía en el móvil.

—Pues no está nada mal… —reaccionó Mathilde—. ¿Y dónde lo has conocido?

—En el trabajo.

—¿A qué se dedica?

—Es pianista de jazz .

—¿Habéis quedado en volver a veros?

—Sí, tenemos que pasar el día juntos mañana.

—¿Está casado?

—Sí. Bueno, no. Su mujer está muerta.

—Pues qué lástima por ella, pero qué bien por ti…

—En realidad no, mamá.

—¿Y eso?

—Es que fue él quien la asesinó.

—Vaya… Es cierto que eso es una jodienda —convino la señora.

Medianoche

Justine se frotó los brazos y las piernas para que se le fuesen los hormigueos, una sensación desagradable que llevaba molestándola semanas, como si tuviera insectos subiéndole por la piel.

Tenía el cerebro embotado y se levantó para estirar las piernas.

Atravesó el vestíbulo y salió a la plazuela a la que daba el hospital en busca de un poco de frescor, pero el aire era pesado, húmedo y tenía un sucio olor a hidrocarburo.

Se acodó en la barandilla que circundaba la plazuela.

Un grupo de unos diez hombres se divertía orinando en las plantas ornamentales que flanqueaban el acceso al hospital.

Justine entornó los ojos. Ya había estado allí y se conocía el percal.

La mitad eran personas sin techo del barrio de la Fontonne.

La otra mitad, pacientes del servicio de psiquiatría y conductas adictivas, que no habían vuelto a sus habitaciones o que se habían escabullido aprovechando la indiferencia general.

Todos estaban borrachos o puestos de lo que fuera.

La corte de los milagros en plan siglo XXI .

Cogió el móvil y no pudo aguantarse las ganas de abrir Instagram.

Cada noche, la cirujana recompensaba a su comunidad con una «historia» en la que exhibía su felicidad.

Justine hizo pasar, una tras otra, con un nudo en el estómago, las fotos de un nuevo día idílico en un marco encantador.

Paseo en barco, comida en un restaurante de playa, dolce farniente en la arena…

Los colores de Córcega contrastaban con los tonos azules de su alma.

La plenitud esplendorosa de su exmarido se le hacía siempre igual de insoportable.

Y, para rematar el resquemor, Romain parecía haber rejuvenecido.

Con unos diez kilos menos, guapetón, vestido con un bañador de color naranja intenso y una camisa de lino blanco, resplandecía junto a su nueva pareja y su bebé.

Parecía como si le hubiera endilgado a Justine ese excedente de peso del que él se había liberado.

«Imbécil, cabrón, hijoputa, mamón, tío mierda, basura, escoria, miserable, rata de alcantarilla, bastardo, morralla, desecho humano, pichacorta, so maricón, pajillero».

Su corazón iba llenándose de una sangre negra.

Ante aquellas imágenes cotidianas, su primer sentimiento cobraba siempre la forma de un odio puro.

Una locura que llegaba más allá de la cólera.

Un afán de aniquilación que no había experimentado nunca.

Tranquilizarse le llevaba un buen rato. Y había noches que ni tan siquiera lo lograba…

Al principio de la separación, las lágrimas se le saltaban con facilidad.

Podía pasarse el final del día llorando.

Después conseguía dormirse, agotada y purgada —durante unas horas— de su rabia y de su pena.

Desde hacía algún tiempo, sin embargo, su cuerpo se hallaba vacío de lágrimas salvadoras.

El odio se le acumulaba sin que encontrara modo de evacuarlo.

Aquella situación no podía durar eternamente.

Lo sabía. Ya nada era racional en su conducta, en sus pensamientos, en las decisiones que tomaba.