12 Justine Taillandier La sucesión de Carlo di Pietro #3
El poli no tenía formación económica, pero veía claro que la desaparición del patriarca —Carlo di Pietro— había desestabilizado peligrosamente los cimientos del grupo empresarial.
A su muerte, el capital de este había sido dividido en tres partes iguales.
Oriana había heredado el treinta y tres por ciento de las acciones de su padre, igual que Laura (la segunda mujer de Carlo) y Stefano (el hijo de ambos).
Oriana y su medio hermano tenían perfiles muy distintos.
Ella, sin rechazar el dinero de su familia, se había intentado dedicar, durante toda su vida, a actividades intelectuales —primero al periodismo, luego a la edición— y se le había dado relativamente bien.
Stefano, por su parte, se había distinguido por su vida disoluta y por sus memeces de heredero malcriado.
Lo apodaban pezzo di merda y, aunque había querido jugar al hombre de negocios, carecía del talento de su padre y se fundía la fortuna familiar a un ritmo frenético.
Había invertido primero en el mundo de la moda; luego, en el del automovilismo.
Últimamente había intentado crear su propia plataforma de intercambio de criptomonedas.
A Stefano lo habían identificado como el eslabón débil de la familia.
Buscando liquidez, pezzo di merda vendió buenaparte de sus acciones a los pocos meses de morir su padre.
El beneficiario era un fondo buitre que ahora hacía peligrar los equilibrios estructurales del grupo.
De un día para otro, la familia se veía en una situación vulnerable, a un tris de perder el control de la empresa.
Los herederos Di Pietro pidieron entonces ayuda a Azeglio Capecchi.
La historia de Capecchi era singular. En los últimos años de su vida, Carlo di Pietro entendió que ninguno de sus hijos iba a ser capaz de tomarle el relevo.
El hombre puso sus esperanzas en el director general de su grupo, un ingeniero de formación oriundo de Florencia.
«El hijo que me habría gustado tener. El único capaz de sucederme un día», llegó a afirmar públicamente con la actitud provocadora que lo caracterizaba.
El ingeniero, por su parte —que solía ir vestido con vaqueros y camisa blanca y llevaba unas gafitas redondas—, cultivaba la discreción.
Apreciado en los ámbitos mercantiles, trabajaba en la sombra, mantenía buenas relaciones con la mujer y la hija de Carlo y no tardó en volverse indispensable.
Con los años, ejerciendo sus opciones de suscripción de acciones y comprando oportunamente títulos en el mercado, había conseguido agenciarse la propiedad del uno por ciento de las participaciones del grupo.
A la muerte del patriarca, el florentino fue designado para el puesto de presidente y se presentó como garante de la unidad del accionariado familiar.
Para neutralizar la opa hostil, convenció a Laura y a Oriana para crear un holding que concentrase más del cincuenta por ciento de las participaciones, y que se comprometiera a bloquearlas durante un periodo de quince años.
Menos líquido para garantizar su tren de vida, pero, en contrapartida, la seguridad de que el poder siguiera en manos del clan.
Un montaje financiero ingeniosamente urdido que chocó, sin embargo, con la desaparición de Oriana, muerta antes de haber podido ratificar legalmente el acuerdo.
Tras heredar el capital de su mujer, Delaunay ya no se mostraba, parece ser, muy proclive a sancionar aquel pacto de accionistas, abriendo con ello una brecha en el capital de la empresa.
Bergomi estaba terminando de hacer sus anotaciones en el diagrama cuando le sonó el móvil, que mostraba un número oculto. Respondió al primer tono.
—¿Sí?
—Buonasera, signor Bergomi, sono Matteo Botero della sede di Milano [2]
—Buonasera.
—Non giriamoci intorno… [3] —empezó diciendo el italiano.
El detective que trabajaba para Azeglio Capecchi ardía en deseos de saber qué había dicho Delaunay en su primer día detenido. Bergomi le preguntó si ellos tenían información que proporcionarle a cambio. Por una vez, el italiano no se anduvo por las ramas.
—Abbiamo qualcosa che potrebbe interessarle — le confesó con tono prudente —. Sarebbe disponibile a venire a Milano? [4]
—A Milano? Quando?
—Questa sera.
¡Esta noche!
Aquella propuesta electrizó la vieja osamenta del madero. Si el italiano le planteaba que se desplazase a Lombardía, sin duda era porque así se lo había ordenado su comitente, Azeglio Capecchi. Bergomi dijo que estaba de acuerdo y, antes de colgar, anotó la dirección: el hotel Excelsior.
La conversación había durado menos de tres minutos, pero había bastado para revitalizarlo como si una borrasca hubiese ahuyentado cuantas tribulaciones se cernían sobre su cabeza.
Se preparó un termo de café, cogió la chaqueta y cerró con energía la puerta del piso.
Encendió el motor de su viejo 911 y se dirigió a la estación de servicio del hipermercado, que estaba cerca de la vía de acceso a la autopista.
Llenó el depósito y pasó el peaje de la A-8 rumbo a Italia.
Introdujo la dirección en el móvil para visualizar la duración del trayecto: unas cuatro horas de carretera para cubrir trescientos cincuenta kilómetros.
Circulaba con la ventana abierta. El aire de la noche era agradable. Una leve sonrisa le iluminaba el rostro mientras tarareaba un viejo estribillo italiano.
4.
La carretera litoral transcurría encajonada entre el Mediterráneo y las vías del tren.
A las nueve menos cuarto, los coches todavía circulaban parachoque con parachoque.
Justine miraba sin ver, con los ojos perdidos en la distancia, la playa de guijarros blancos.
Los pescadores empezaban a colocar sus cañas.
Había familias o grupos de amigos que encendían barbacoas sin consideración de normativa alguna.
La inspectora conectó el móvil al manos libres de su Mini y trató de llamar a su madre una vez más. Dio cinco tonos y saltó el contestador. La llamada de la vecina la había contrariado, pero tampoco es que la hubiese preocupado en exceso.
Su madre… Mathilde Taillandier, a quien ella apodaba «santa Paramí».
Su máximo orgullo, haber sido la primera finalista en el concurso de Miss Costa Azul de 1978.
Unos meses después, se casó con su jefe —el oftalmólogo para el que trabajaba de secretaria— y dejó su empleo.
Al poco nació Justine. El resto de su vida: buen tiempo, viajes, amantes, amigas.
Ejercicio físico diario, vida sana, inyecciones de bótox, varias operaciones de cirugía estética, miles de euros pulidos cada mes en ropa o accesorios.
En 2013, su marido ahuecó el ala: se fue a vivir solo con su perro a Carantec, en la bahía de Morlaix.
Justine no se lo recriminó. Nunca había congeniado con su madre.
Su relación con ella, en general, se reducía a una indiferencia crispada.
Discrepaban en todo. Cada una encontraba la vida de la otra patética.
Cada una le reprochaba a la otra su carácter y sus decisiones.
Justine se desvió del litoral a la altura del parque acuático de Marineland, tras lo que subió hacia Biot circulando al ralentí junto a la feria de Pylône.
Como cada vez que pasaba por ahí, el olor de los algodones dulces y de los buñuelos hicieron que surgiese un ramillete de recuerdos de su infancia.
El efecto «magdalena» terminó cuando le sonó el teléfono. «¡Bergomi, por fin!».
—¿Dónde cojones te habías metido?
—Voy de camino a Milán…
Cada poli puso al otro al día con todo lujo de detalles y anécdotas.
Después de un año de esfuerzo, la investigación entraba en su recta final.
Ese era siempre el mejor momento de su trabajo.
Meses de estancamiento, de cavilaciones, de desánimo…
y, de repente, todo se alineaba. Múltiples puertas prometedoras se abrían al mismo tiempo.
Todo aquel curro de hormiguita, todos aquellos empeños ingratos encontraban, por fin, su razón de ser.
No había que precipitarse, aunque nunca habían estado tan cerca de la meta.
Nunca tan cerca de resolver un caso del que se seguiría hablando veinte años después.
Estaban en medio de una partida de póquer en la que habían recibido, pongamos, un full de ases con reyes.
Todavía no tenían la certeza de que se llevarían aquella mano, pero las probabilidades estaban con ellos.
Sin caer en triunfalismos, Justine y Bergomi se concedieron un instante de autosatisfacción.
Se reconfortaron mutuamente, se dieron ánimos, juraron como carreteros.
No se libró nadie: Candice Lachaume, Puygrenier, los jueces, sus colegas de la Policía judicial…
Les iban a callar la boca a todos. «Nos vamos a follar a esos merluzos».
Justine puso fin a la conversación cuando llegaba a Biot.
Su madre vivía cerca de la carretera de Valbonne, justo después del casco viejo del pueblo, en un camino que llevaba a una urbanización informal de cinco casas.
Aparcó bajo un olivo y caminó unos treinta metros hasta la entrada del chalé familiar.
La vecina andaba en lo cierto: todas las persianas estaban bajadas.
Llamó al timbre y, sin aguardar demasiado, franqueó la portezuela y tocó a la puerta de la casa.
—¿Mamá?
Rodeó la vivienda hasta la piscina y su pabellón anejo.
Miró por los cristales. No vio nada sospechoso.
La invadió, no obstante, un mal presentimiento.
Había vivido en aquella casa hasta los dieciocho años y conocía todos los accesos.
Se dirigió a una de las puertas acristaladas, que cerraba mal, y pudo abrirla utilizando la punta de un espeto que encontró junto a la barbacoa.
—¿Mamá?
Entró en el salón. Después en la cocina, en el dormitorio de la planta baja y en el cuarto de baño.
Allí descubrió a su madre tirada en el suelo, inmóvil, con la cabeza herida.
Rodeada de un charco de sangre.