Alguien más 12 Justine Taillandier La sucesión de Carlo di Pietro #2
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12 Justine Taillandier La sucesión de Carlo di Pietro #2

—Por eso me he dicho que lo suyo era avisarla a usted.

Justine suspiró, asimilando que acababan de pasarle la patata caliente.

—Okey, ya me acerco yo a mirar —prometió mientras colgaba.

«Mi madre».

«¡Joder!».

«Lo que faltaba».

2.

Antibes

Giuse Bergomi pagó su pack de cervezas en la caja del súper, así como el L’Équipe del día. Fue a por el coche al aparcamiento y puso rumbo a su domicilio.

Vivía en el barrio de Les Bréguiéres, en una urbanización construida en la época en que los promotores y sus cómplices masacraban la Costa Azul asfixiando el litoral, cubriendo de hormigón los terrenos donde antaño crecieran las rosas y los claveles.

Abrió la puerta de un piso de planta baja con dos habitaciones y jardín.

Desde que se murió su perro, el piso del policía estaba desesperadamente silencioso cuando volvía por la tarde de trabajar.

No era un sitio desagradable, aunque le habría ido bien una mano de pintura.

De todas formas, ¿para qué, si nunca invitaba a nadie?

Bergomi se quitó la chaqueta y subió la persiana eléctrica; luego abrió la puerta acristalada, que daba a veinte metros cuadrados de césped amarillento con una pequeña superficie de baldosas cerámicas.

Allí se instaló en una silla con el pack de seis birras y el periódico deportivo.

Se trincó la primera Corona de dos tragos.

Daría buena cuenta de las otras cinco a lo largo de la tarde-noche.

Era su peaje cotidiano para poder dormir.

La solución más simple para desconectar una vez concluida su jornada de trabajo.

Cruzó las piernas con los pies sobre la mesa de teca y se balanceó en la silla con los ojos cerrados. ¿Por qué todas las tardes se atontaba de aquel modo?

En primer lugar, para no tener que andar rumiando sus recuerdos dolorosos.

Porque Bergomi no había sido siempre el borrachuzo que era entonces, ese poli decrépito al que todos sus colegas consideraban un zoquete.

Tuvo sus años gloriosos en Marsella a comienzos de la década de 1990, cuando formaba parte del famoso grupo Batailley, la flor y nata de la brigada criminal de Niza de aquella época.

Allí conoció a su mujer, Irina, y tuvo un hijo, Arthur.

Conservaba imágenes radiantes de los diez primeros años del crío: los domingos en las calas y playas del Prado, los partidos en el estadio Vélodrome, los paseos en familia por el parque Borély…

Después la foto familiar se hizo pedazos.

Al pasar al instituto, Arthur se torció y no había quien lo sujetara.

En unos meses, su hijo adorado había desaparecido.

El niño cariñoso e inteligente dio paso a un adolescente violento y odioso.

A un demonio al que no hubo modo de apartar de su trayectoria delictiva: abandono escolar, tráfico de droga, extorsión, robos con violencia…

Arthur tenía ahora treinta años y hacía muchos que había roto todo contacto con su padre.

Las únicas noticias que Bergomi recibía eran las sucesivas etapas del recorrido judicial de su hijo entre múltiples condenas, estancias en prisión e internamientos en instituciones psiquiátricas.

También hacía mucho tiempo que había perdido a Irina.

La mujer, que siempre tuvo sueños de grandeza, dejó su empleo de enfermera y el domicilio conyugal para seguir a un embaucador del que se había encaprichado.

Según las últimas informaciones, trabajaba en un puesto de patatas fritas de Boulogne-sur-Mer. Ciento volando…

El policía suspiró y abrió los ojos. Echó mano del periódico, fue recorriendo los artículos relativos al Olympique de Marsella y a la liga de Primera División.

Ni siquiera las tribulaciones del París Saint-Germain le procuraban contento ya.

El fin de semana se dedicaba a restaurar un viejo Porsche de 1976 que compró en una subasta, pero no había entusiasmo ni pasión en ello.

La realidad era que su persona hacía agua por mil sitios.

Todo le resultaba insoportable. Para empezar, él mismo con ese físico de bulldog para un alma de cristal.

Y luego la deriva que estaba tomando el mundo…

Detestaba aquella época lamentable, podrida hasta la médula.

Detestaba a aquellos zombis que vivían a través de la pantalla de sus teléfonos.

Su oficio, que tanto le había gustado, estaba echado a perder por la burocracia, por el encono de los jueces, por la hostilidad de una parte de la población, enardecida por la extrema izquierda.

«Todo el mundo odia a la policía…». ¡Y qué más daba si eran siempre los más pobres quienes pagaban el precio de la inseguridad!

Afortunadamente, el final estaba cerca. Lo sabía.

Demasiado tiempo llevaba viviendo a la sombra, prisionero de una jaula sin barrotes.

La llamada del vacío se iba haciendo, cada día, más fuerte.

Ya tenía programada la manera en que pensaba quitarse de en medio.

En el frescor de un amanecer, se pegaría un tiro en la cabeza con su MR 73, vestigio de sus años marselleses.

Había escogido el lugar: el bosque de Logis du Pin —en la Ruta Napoleón, cerca de Castellane—, donde en otro tiempo iba a coger setas en familia.

Habría una breve nota en Nice-Matin y muy pocas personas en su entierro.

En la oficina, los graciosillos de la Dirección de la Policía Judicial se cachondearían de él y pensarían: «Ya era hora… ».

Pues sí, ya era hora. Se acabó la farsa.

Abrió la segunda Corona y decidió parar de compadecerse de sí mismo.

Volvió a pensar en la investigación. Como era de esperar, la pista del estanco de Moulins no había llevado a nada.

Él comprendía la idea de Justine de intentar identificar a quien les hubiera dado el soplo de que el atizador estaba en el cobertizo para embarcaciones, pero era tiempo perdido.

Y un fiasco equivalente fue volver a interrogar a los vecinos de Delaunay.

Muchos propietarios del cabo de Antibes no vivían allí durante el año, y los que sí había logrado encontrar no tenían nada que añadir a la primera declaración.

La única noticia positiva era que había recibido, hacia el final de la tarde, un SMS de un tal Matteo Botero, el jefe de la agencia de detectives a la que había recurrido la familia Di Pietro.

El mensaje le proponía: «Sarebbe disponibile per una telefonata stasera alle 21.

00?» [1] . Bergomi dijo, por supuesto, que sí, aunque por el momento hubiera considerado preferible no decir nada a Justine para no darle falsas esperanzas.

Era improbable que los investigadores italianos estuvieran en posesión de la clave del caso, pero a lo mejor habían juntado algunas piezas del puzle allá en su rincón.

Aunque no tenía demasiada fe en la sagacidad de aquella gente, deseaba creer que era posible.

Se puso las gafas y echó un vistazo en el móvil al acta del interrogatorio que Justine le había enviado por correo electrónico.

Bergomi había cogido cariño a la inspectora jefa desde que esta se convirtió, igual que él, en una náufraga de la vida, cubierta de cicatrices.

Leyó las primeras páginas con aprensión y luego respiró aliviado.

La pequeña no se había desenvuelto tan mal…

Las réplicas eran vivas, interesantes. Él mismo iba, durante la lectura, de sorpresa en sorpresa, escapándosele a veces una sonrisa o un fruncimiento de ceño.

Había un punto, sin embargo, que le preocupaba: la negativa de Delaunay a que lo asistiera un letrado, cuando resulta que se jugaba treinta años de talego. O bien el fulano tenía una sangre fría excepcional y un ego patológico…

… o bien era inocente.

Y un inconsciente.

3.

Bergomi miró el reloj para no perderse las noticias.

Volvió a entrar en el salón y encendió la tele.

Un presentador flaco, con un pelo que era un casco marrón y con unos ojos diminutos, estaba hablando de Adrien Delaunay.

Durante unos segundos, Bergomi se quedó bloqueado en el físico de aquel hombre-tronco que daba la peculiar impresión de gustarse a sí mismo un disparate.

Mechón rebelde, peinado rollo galán misterioso, falsa intensidad en la mirada, complicidad hortera en plan crooner…

aquel periodista encarnaba el narcisismo de la época.

Tras informar de la detención del pianista y recordar los datos básicos del caso, el reportaje del telediario pasaba a ocuparse de la poderosa familia de Oriana di Pietro.

Bergomi torció el gesto. Ese era el ángulo muerto del expediente de su grupo, un aspecto que la Policía judicial de Niza no había podido investigar como hubiese querido por culpa de la falta de colaboración de la familia Di Pietro y porque realizar pesquisas en el extranjero era prácticamente imposible.

En teoría, la Polizia di Stato de Milán habría tenido que respaldarlos.

En la práctica, su ayuda había sido inexistente.

Bergomi apagó la tele y abrió su bolsa para sacar una serie de carpetas. En uno de los compartimentos encontró un árbol genealógico de la familia Di Pietro que él mismo había construido y que quería repasar antes de la llamada de esa noche.