12 Justine Taillandier La sucesión de Carlo di Pietro
Justine Taillandier
La sucesión de Carlo di Pietro
«Inspector Belmont: Entonces, para ti,
¿es culpable o no?
Inspector Gallien: Cuando vi el
expediente, sí. Y luego, cuando estoy
delante de él…, pues de repente, no tanto».
Diálogo de la película Arresto preventivo ,
de C LAUDE M ILLER
Viernes, 24 de mayo de 2024, siete y media de la tarde
Comisaría de Niza
1.
Justine terminó de subir la escalera de servicio y empujó la puerta de acero que daba a la azotea de la comisaría.
A la grisalla de hormigón le siguió un deslumbramiento, un chute bárbaro de claridad y de cielo azul que la dejó aturdida, pero encantada.
Por fin aire, viento, luz… Cegada por el contraste, colocó la mano a modo de visera y avanzó hacia el pretil.
Bajo el sol, los techos de color rojo y ocre del casco viejo de Niza formaban una alfombra de lava que se extendía hasta el puerto y hasta la colina del Castillo, mientras a lo lejos centelleaba el Mediterráneo.
A esa hora, la azotea estaba desierta. Justine se encaramó a un murete para sentarse sobre él con las piernas cruzadas en plan indio y abrió su bolsa de provisiones.
Había hecho una incursión a la máquina expendedora y a la sala de descanso para hacerse con un culín de una botella de vodka, un sándwich envasado Sodebo, un brik de zumo de granada, unos cubitos y una caja de patatas fritas Chipster empezada.
Mezcló el alcohol, el zumo y el hielo en el vasito de su termo para prepararse el combinado.
Happy hour!
Tomó un trago del cóctel con un cuarto de ansiolítico y cerró los ojos unos segundos, para aprovechar plenamente aquel momento de relax.
Después de toda la tarde encerrada, necesitaba relajarse.
Una leve brisa tibia contribuía a serenarla.
Permaneció varios minutos inmóvil mientras observaba las colinas de tierra adentro que se recortaban delante de la silueta azulosa de las primeras cumbres de los Alpes.
«¡Coño!, hacía tiempo que no se sentía así de bien… ».
Devoró el sándwich pensando en la reunión que habían mantenido al término del primer día de interrogatorio.
Contra todo pronóstico, no se habían eternizado y el ambiente había sido más bien sereno.
Había habido que tragarse, por supuesto, las elucubraciones de Candice Lachaume y las lecciones paternalistas de Puygrenier, pero, en última instancia, todos estaban de acuerdo en que Justine había vuelto al vestuario con un tanto de ventaja.
La sensación general era que Delaunay se derrumbaría al día siguiente.
Justine, sin ser tan optimista, estaba satisfecha de haber limitado los destrozos.
Había conseguido mantener la concentración a pesar de su estado.
Durante unas horas, se había olvidado de los tormentos de su vida personal: el gilipollas de su exmarido, la cirujana de carita de ángel, sus kilos de más, su depresión persistente y suma y sigue.
Hasta se había sentido fuerte, segura, poderosa.
Había sabido mantener las ideas claras y el control sobre el interrogatorio.
Aun cuando suponía que el sospechoso no estaba diciendo la verdad, le había dejado desarrollar sus mentiras y luego había estrechado su agarre cual boa constrictora. Al día siguiente asfixiaría a su presa…
Le había gustado aquel careo con Delaunay.
Estar allí frente a él, hacerle preguntas, atacarlo, bloquear sus golpes, confrontarlo con sus contradicciones.
Le había gustado tenerlo entero para ella sola.
Ella habría preferido aprovechar su ventaja y continuar con el interrogatorio hasta el final de la tarde-noche, pero los demás preferían esperar hasta el día siguiente y Justine no se opuso.
Después de todo, ella también necesitaba descansar, reordenar las ideas y releer sus notas a la luz de lo que el interrogatorio le había enseñado de la personalidad del pianista: un sospechoso indescifrable en cuya cabeza era difícil penetrar.
Un hombre que se hallaba allí, pero sin estar allí realmente.
Un jugador de póquer que no estaba claro si jugaba la partida contra ella o contra sí mismo.
Justine volvió a encender el teléfono. Se acordó inmediatamente de Bergomi.
Su adjunto le había enviado un lacónico SMS en el que le indicaba que no había habido suerte.
«Demasiado fácil». Le devolvió la llamada, pero saltó el contestador.
«¡Mierda!». ¿Por qué se hacía el sueco? Para que reaccionara, le mandó un correo electrónico con el acta del interrogatorio y diciéndole que la llamase.
En su buzón de entrada encontró el informe en el que la médico forense confirmaba por escrito lo que ya le había dicho a ella de viva voz: que la forma y la compactibilidad del atizador que habían encontrado en la casa de Delaunay «podía perfectamente» corresponderse con el arma que le infligió a Oriana di Pietro sus heridas mortales.
La inspectora abrió el ordenador portátil, lo conectó al teléfono y enchufó los auriculares.
Justine no solía ver la televisión, pero se obligó a hacer un repaso de las cadenas de información y de las redes sociales.
La maniobra había funcionado. Por todas partes hablaban del caso Delaunay.
Repetían en bucle imágenes de archivo del pianista y de su esposa.
Ofrecían planos de su casa de Antibes filmados con drones, una infografía en 3D que reconstruía la agresión en el yate y fotos de Oriana en las pasarelas en su época de estudiante.
Con la multiplicación de los canales de difusión, los sucesos y los casos criminales se habían convertido en combustible del infoentretenimiento.
En Francia se cometían más de mil homicidios al año, si bien solo un pequeño número alimentaba ese voyerismo ávido de clics que imperaba en los medios de comunicación.
Los casos elegidos eran aquellos que reconfortaban a la gente, en el sentido de reconciliarla consigo misma.
Ver que otros estaban todavía más zumbados, más atormentados, más majaras que nosotros…
siempre hacía bien. Que esas personas pasaran a los hechos contribuía a evitar que nosotros también lo hiciéramos, ya que encontrábamos tales hechos escalofriantes.
Y si el caso implicaba la presencia de famosos —o de miembros de familias adineradas—, eso decuplicaba el interés.
Daba tanto gusto regocijarse con las desgracias de los malvados ricos…
Su caída nos hacía bien, nos ofrecía una pequeña revancha sin molestias.
La lucha de clases en plan sesión de cine y palomitas.
Justine siguió haciendo zapping un cuarto de hora y entró en X precisamente cuando aparecía este tuit:
Leyó el texto en cuestión y la correspondiente nota de una agencia de prensa.
El Festival Jazz à Balbec anuncia la desprogramación de Adrien Delaunay, que se encuentra detenido
El pianista Adríen Delaunay no tocará en el festival de Balbec.
El prestigioso festival, que se celebrará entre el 6 y el 12 de julio, acaba de anunciar en un comunicado que ha preferido retirar de su programación «a título preventivo» al músico, que se encuentra detenido en el marco de la investigación sobre el asesinato de su mujer.
«La organización considera que la presunción de inocencia es un principio fundamental», explican los organizadores en un comunicado. «No obstante, no podemos permanecer insensibles ante la conmoción y el shock que esta imputación ha provocado».
Tal ha sido el contexto en el que el festival ha tomado «la mejor decisión posible en coherencia con sus valores».
Ahí estaba. Aquella era la primera ficha de dominó que caía.
Arrastraría consigo a muchas otras en las horas subsiguientes…
En una época en la que una acusación equivalía a culpabilidad, la máquina trituradora era imparable una vez puesta en marcha.
Pero eso, ¿qué importaba, teniendo en cuenta que Delaunay era culpable?
Justine volvió a pensar en el cara a cara que habían mantenido.
Sí, le había gustado atacarlo, acecharlo, volver a la carga.
Le había turbado la forma en que él la miraba: esa cara de ángel caído que tenía.
Y no veía la hora de que llegara la mañana siguiente para darle el golpe de gracia.
Esta vez se vestiría de otro modo. Repasó mentalmente el contenido de su armario.
Optó por el vestido rojo amapola con motivo floral.
Con su escote cuadrado, siempre hacía su efecto.
Sobre todo si llevaba también un cinturón —de hebilla doble— de color verde imperio.
Y botines de tacón cerrados. Y a lo mejor la chupa de cuero motera.
Interrumpió sus pensamientos incongruentes el tono de su móvil.
La atmósfera había cambiado. Se había levantado viento.
Hacía frío y era casi de noche. ¿Bergomi?
Miró la pantalla, pero no era su adjunto.
Era un número que había entrado en su lista de contactos bajo el nombre de «Céline Pujol».
Necesitó unos segundos para acordarse. Una vecina de su madre. Contestó.
—Justine Taillandier.
La vecina iba en el coche —se dirigía a Lus-la-Croix-Haute, donde resultaba que su pareja tenía un pisito— y peroraba de manera harto cachazuda. La llamaba para avisarla de un detalle que le había «parecido raro», aunque no quería preocuparla.
«Al grano, tía…».
Tras mil cautelas oratorias, la señora Pujol reveló finalmente a Justine el motivo de su llamada.
Saliendo con el coche, a última hora de la tarde, había reparado en que las persianas de la casa de su madre, en Biot, llevaban bajadas todo el día.
Aquello le había llamado la atención, si bien no le había preocupado lo suficiente como para acercarse a tocar el timbre y asegurarse de que todo estaba en orden.
«Aunque, pensándolo mejor, pues igual sí que tendría que haberse acercado.
Sobre todo teniendo en cuenta que la señora no contestaba al teléfono… ».