10 Justine TaillandierLo que escondemos #2
—¿Conoce el cabo de Antibes y a su vecindario?
Los millonarios que allí viven no quieren que los molesten.
Son bastante tiquismiquis. El tipo de gente que llama a los municipales si una mosca se tira un pedo.
Y botar una embarcación, mire por dónde, es un follón considerable.
Me habrían visto necesariamente a la ida o a la vuelta.
Y ya ni le cuento la maniobra que hay que hacer para volver a meter la lancha en el cobertizo.
Por no hablar del mistral que empezó a soplar hacia el final de la tarde, con el que el trayecto de regreso en semejante cascarón de nuez habría sido una misión suicida.
Justine hizo un mohín dubitativo. No es que Delaunay estuviese diciendo disparates, pero sí que exageraba muchas cosas.
—Ustedes en realidad no tienen absolutamente nada contra mí —prosiguió—. Niente . Solo vagas suposiciones. Y, sobre todo, no tienen ni el atisbo de la sombra de un móvil.
Dejó flotar en el aire la frase para a continuación preguntar, con incredulidad impostada:
—Es verdad, ¿por qué iba yo a matar a mi mujer?
—Por el móvil más viejo del mundo —respondió Justine.
—¿Por el dinero?
Justine le tomó la palabra.
—Hablemos de dinero, si quiere. En 2003, se casó con Oriana di Pietro en régimen de gananciales en la junta de distrito del séptimo arrondissement de París, donde el padre de ella les prestaba a ambos un piso.
Todo el mundo sabe, sin embargo, que Carlo no veía aquel enlace con muy buenos ojos.
Desconfiaba de usted. Un artista bohemio, un exdrogadicto…
—Ya está bien con el tema de la droga. Estuve consumiendo dieciocho meses y llevo más de veinte años limpio.
—Ya sabe lo que dicen: que el que ha sido drogadicto lo sigue siendo toda la vida…
El rostro de Adrien se crispó.
—La adicción a las drogas duras es un problema lo suficientemente grave como para no reducirlo a una consigna zafia.
Justine puso a El Amrani por testigo.
—Anda que no hemos visto nosotros pasar por aquí a drogatas, ¿eh, Achraf?
A pesar de sus promesas, ¿cuántos has visto tú que consiguieran rehabilitarse?
Yo, a ninguno. Siempre acaban recayendo y te los vuelves a encontrar por el casco viejo de Niza o en Moulins, sin dientes y demacrados, vagando como zombis…
—Yo tuve la suerte de recibir los cuidados debidos y contar con un entorno que me apoyaba. Y se lo repito: afortunadamente, hace mucho tiempo que dejé esos problemas atrás.
Se frotó los párpados durante un largo rato. La conversación le había afectado. Aquella época negra y remota formaba parte de su itinerario vital, pero ya nunca le gustaba detenerse en ella.
Aprovechando su turbación, Justine lanzó su ataque.
—Hasta 2021, la fortuna de su esposa era, sobre el papel, insignificante.
Las viviendas, los coches, su editorial: todo pertenecía a su padre, quien ya he dicho que desconfiaba de usted.
Pero la muerte del patriarca volvió a mezclar los naipes.
Oriana recibió entonces su parte de la herencia con todas las de la ley.
Y, una vez fallecida ella, fue usted quien lo heredó todo: las propiedades y, sobre todo, el patrimonio financiero. Una fortuna colosal…
Delaunay sacudió la cabeza con una leve sonrisa en los labios.
—Hay un detalle que se le escapa, inspectora jefa.
Discúlpeme si parezco presuntuoso, pero probablemente sea uno de los músicos de jazz mejor remunerados del mundillo.
Llevo ganándome la vida desde que tenía veinte años.
Nunca me ha faltado el dinero y actualmente me pagan hasta ochenta mil euros por concierto. Por no hablar de los derechos de autor.
—Pero es que yo no le estoy hablando de ochenta mil euros. Le estoy hablando de tres mil millones de dólares. Le estoy hablando de una fortuna que lo convertiría en uno de los diez o quince hombres más ricos del país.
Delaunay no se dejó arrastrar a ese terreno.
—El dinero no es lo que me mueve y nunca lo ha sido. Convendrá conmigo en que, quien quiere hacerse rico, no escoge la profesión de pianista de jazz .
—Así y todo, se las apañó para casarse con una rica heredera…
—Yo no sabía que Oriana era rica cuando me enamoré de ella. Nunca en mi vida he tomado decisión alguna con criterios financieros.
—Sí, eso dice en las entrevistas. Pero luego resulta que lleva una vida de millonario: compra un montón de obras de arte, colecciona relojes de lujo, se aloja en hoteles prémium… Y, a pesar de su look minimalista, lleva prendas que valen un riñón.
Justine se levantó y dio unos pasos para colocarse detrás del sospechoso. Entonces tiró de la etiqueta del polo de Adrien Delaunay para enseñársela a su adjunto.
—¿Sabes que el polo del señor cuesta más de lo que tú ganas en un mes, Achraf? Está hecho de vicuña ligera: la lana más fina y escasa del mundo.
Adrien pivotó sobre su asiento para zafarse de Justine, que proseguía su alarde.
—Tres mil novecientos euros en Loro Piana. ¿Cómo lo ves? Es lo que llaman el quiet luxury . A mí me cuesta hacerme a la idea. Ni siquiera sabía que hubiese polos que costaran eso.
La inspectora estaba pasándoselo pipa. Los gastos de Delaunay figuraban entre los elementos que habían decidido filtrar a la prensa.
Un truco fácil, pero que nunca dejaba de funcionar.
Estaban en Francia, el país donde cualquier éxito individual se percibía como un quebrantamiento intolerable del igualitarismo.
Aquello aparecería en los periódicos y dañaría la imagen del pianista.
Pero hacía falta más para impresionar a Delaunay.
—Es lo que me temía desde el principio: estoy aquí porque no tienen otro sospechoso.
4.
—Desde que estoy aquí, no ha sacado ninguna prueba: solo suposiciones chabacanas que sabe perfectamente que no van a llevarla a ningún sitio.
Quiere dar la impresión de que está acumulando una montaña de elementos incriminatorios, pero ninguno se sostiene.
A lo mejor se está dando usted el gusto, pero no está avanzando.
Justine había vuelto a sentarse del otro lado de la mesa. Abrió la boca para replicar, pero Delaunay la cogió desprevenida.
—¿Cuál va a ser el golpe de efecto del interrogatorio? ¿Mis huellas en el atizador que encontraron en el cobertizo para embarcaciones? Digo yo que, si estoy aquí, será porque se habrán calentado ustedes la cabeza con eso.
La inspectora entró al trapo.
—¿Ese atizador es suyo o no?
—Por supuesto, y lo saben. Pertenece al juego de utensilios de chimenea que hay en el salón de nuestra casa de Antibes, el cual también incluye un recogedor, una escoba y unas tenazas.
—¿Y qué narices hacía ese cacharro en el cobertizo para embarcaciones?
—Pues no sé. Yo habré encendido esa chimenea tres o cuatro veces en mi vida. Pero no cuestiono que ustedes hayan podido encontrar mis huellas. De hecho, sería lógico.
—Sus huellas son las únicas que hay en esa barra de metal, señor Delaunay.
Justine volvió a buscar en una de las carpetas que tenía delante y sacó una hoja impresa.
—También hemos encontrado en ella sangre seca y cabellos de su mujer.
Silencio.
—Y aquí tengo una declaración de un médico forense que confirma que las marcas de los golpes que recibió su esposa se corresponden tanto con las dimensiones como con la forma de ese atizador.
Delaunay se tomó su tiempo antes de contestar.
—Pero es que hay un pequeño problema en su razonamiento, inspectora. De hecho, es un pequeño problema mastodóntico.
—Ah, ¿sí? ¿Cuál?
—Lo sabe muy bien. Si hubiera matado a mi mujer, ¿por qué iba a guardar el arma del crimen?
Ahora fue Justine quien guardó silencio.
—Habría tenido más de un año para deshacerme de ella. Un año para lavarla, por lo menos, con lejía. Pero no, resulta que la dejé tranquilamente en un trastero a la espera de que vinieran a arrestarme…
—Es muy sencillo, la guardó como trofeo.
—Eso es absurdo. Lo habrá sacado de alguna serie policíaca de la década de 1990…
—Era un trofeo que simbolizaba que había recuperado el mando.
Él frunció el ceño.
—¿Porque lo había perdido?
Justine asintió.
—He preguntado a mucha gente sobre su esposa. Las respuestas son bastante unánimes. Todos hablan de una personalidad radiante… pero opresiva. De una mujer brillante, que atraía la luz… pero también de una mujer atormentada, dominadora, sujeta arrebatos de violencia.
Un destello atravesó la mirada de Adrien. Justine intentó provocarlo.
—Seamos sinceros, todo el mundo sabe que era ella quien llevaba los pantalones. Vamos, que lo tenía a usted atado corto… Controlaba todos los aspectos de su vida: la pareja, la familia, la carrera.
—En absoluto.
—Y usted intentó dialogar, llegar a soluciones de compromiso, poner todo de su parte…, pero lo único que importaba eran los deseos de Oriana. Ella decidía y usted ejecutaba.