10 Justine TaillandierLo que escondemos #3
—¿Tiene ejemplos?
—A montones. A usted no le gusta Milán, pero vivían allí porque lo decidió Oriana.
Deseaba un tercer hijo, pero acabó resignándose porque ella no quería quedarse embarazada.
Soñaba con tener un rancho en Montana, con ir de vacaciones a Tasmania, con dar la vuelta al mundo en barco…
, pero ella encontraba sus ventoleras ridículas.
Usted vivía en una frustración permanente.
—Esto es grotesco. Hace una hora decía que era yo el que la pegaba y ahora me presenta como la víctima de una esposa autoritaria y tóxica…
—Sí, usted vivía humillado por esa mujer asfixiante y castradora.
—¡Toma ya! Ahora vamos por el camino de Freud: el viejo complejo de castración…
Justine abrió los brazos en señal de que así eran, en efecto, las cosas.
—Pero si mi mujer era tan odiosa como dice, ¿qué me impedía dejarla? ¿Su dinero?
La inspectora volvió a buscar entre los papeles que tenía ante sí.
—Hay otro elemento recurrente en las respuestas de las personas a las que he interrogado acerca de usted, señor Delaunay: que, por lo que parece, es un padre fantástico.
En serio. Sus hijos están bien educados, son atentos, amables y, como usted mismo dijo antes, desprenden alegría de vivir.
No tienen ese lado insufrible propio de los críos de algunos ricos.
Y eso es, en buena parte, gracias a usted.
Porque les dedica mucho tiempo. Aun cuando está de viaje, los llama por FaceTime para ver cómo llevan los deberes, para contarles una historia, para asegurarse de que hayan tenido un buen día…
—No termino de ver la conexión.
—Enseguida llego a eso. A lo largo de los años, intentó emanciparse del control de Oriana y no lo consiguió. Tiene razón en parte: su mujer no lo tenía sujeto gracias a su fortuna, sino porque la utilizaba para tener poder. El poder de privarlo de sus hijos…
Delaunay acusó el golpe.
En la pantalla del ordenador de Justine se encendió una notificación. En la habitación contigua, Candice Lachaume le recordaba su presencia con un mensaje: «¡Sus hijos son su talón de Aquiles!».
«Ya me había dado cuenta, bonita».
—Me acuerdo ahora de lo que me dijo al principio de este interrogatorio: que el mundo se divide en dos, los que tienen hijos y los que no.
Sus hijos lo son todo para usted. Sin ellos, no es nada.
Su temor era que, en caso de divorcio, Oriana y sus batallones de abogados le arrebataran a Paolo y a Sofía. Porque eso no lo podría soportar.
—El divorcio nunca estuvo sobre la mesa.
—Ah, ¿no? Entonces explíqueme por qué, seis meses antes de la muerte de Oriana, usted concertó una cita con la letrada doña Marion Dubois, una abogada feminista especializada en divorcios.
Delaunay permaneció inmóvil en su silla. Con el rostro de piedra. Indescifrable. Al cabo dijo:
—La letrada Dubois se ocupa sobre todo de gestionar el embrollo administrativo que nos impone la burocracia francesa.
—Usted pasa años encajando las humillaciones y la omnipotencia de su mujer.
Sufre en silencio, pero la situación lo reconcome.
En su interior termina estallando la olla exprés.
Un día se presenta una ocasión. Los planetas se alinean.
Decide dar el paso y matarla. Es una misión difícil y temeraria, pero asume el riesgo de ganarlo o perderlo todo.
Como en el póquer. Como en el escenario cuando improvisa delante de cientos de personas.
La partida de cartas de una vida. Una mano de tres mil millones de dólares…
En el silencio de la sala, Delaunay se puso a aplaudir teatralmente.
—La felicito por el espectáculo, inspectora jefa, pero no va a conseguir que nadie se crea eso.
—Hay mucha gente que ya lo cree.
Él sacudió la cabeza.
—Sigo pensando que está disparando al tuntún. Va dando palos de ciego a ver si atina y de repente confieso…
Justine se levantó y alzó el tono.
—Me la refanfinfla que confiese o no, Delaunay. Tengo un móvil. Tengo el arma del crimen. Tengo sus huellas y la sangre de su mujer en el atizador que sirvió para masacrarla. Tengo su ADN, ¿se entera? El rey de las pruebas. Así que su confesión, ¿quiere que le diga por dónde se la puede meter?
Aquello era en parte cierto y, en parte, un infundio.
Por supuesto que se podía condenar a un acusado basándose exclusivamente en las pruebas, pero la confesión era la guinda del pastel.
Era la clave que dilucidaba el modus operandi , el móvil, las motivaciones íntimas.
La cataplasma que a veces permitía también a los allegados de las víctimas vivir un poco menos atormentados.
—Usted tiene una prueba que ha sido fabricada y colocada ahí para incriminarme —se defendió el pianista.
—Pues yo no termino de ver cómo. Y sobre su pregunta de si la presencia de sus huellas dactilares en el atizador era el golpe de efecto del interrogatorio, la respuesta es que no.
El golpe de efecto del interrogatorio será el momento en que le revele lo que su mujer me dijo cuando fui a interrogarla al hospital.