10 Justine TaillandierLo que escondemos
Justine Taillandier
Lo que escondemos
«La veracidad de los seres se encuentra en la mentira».
J UNICHIRO T ANIZAKI
Viernes, 24 de mayo de 2024, seis de la tarde
Comisaría de Niza
1.
—He escuchado atentamente su versión, señor Delaunay, y me gustaría que aclarara una serie de puntos —anunció Justine.
Hacía diez minutos que habían reanudado el interrogatorio, tras una pausa de media hora que Justine había aprovechado para tomarse un café, fumarse un cigarrillo a la carrera e ir al baño (asegurándose de evitar el despacho en cuyo interior peroraba Candice Lachaume…).
Acababa de empezar un segundo asalto en el que la inspectora jefa de Policía afinaría sus preguntas, entraría en los detalles y señalaría las incoherencias del pianista.
Un interrogatorio obedecía a la misma filosofía que un partido de tenis: para ganar, había que imponerle al adversario la bola de una, no solo devolvérsela.
—Entonces, en la mañana del día en que fue agredida su mujer, usted tomó la decisión de anular un concierto que tenía previsto en Lucerna porque tenía gripe.
Adrien Delaunay ni siquiera se tomó la molestia de asentir.
Sentado tras la mesa metálica, empezaba a dar muestras de desasosiego: cansancio, rostro contraído, dolor de espalda.
Se había desabrochado todos los botones del polo —dejando visible parte de su torso velludo— y cada dos minutos se masajeaba la nuca. Justine insistió.
—Era el cabeza de cartel de ese festival. Su ausencia colocó a los organizadores en una situación muy complicada y supuso, para los espectadores, una gran decepción.
—Son cosas que pasan —repuso él, fatalista.
—Señor Delaunay: ¿puede decirme cuántos conciertos ha anulado en su carrera, aparte de ese?
—¡Qué sé yo…! Ni idea.
—Yo se lo voy a decir: ninguno. A lo largo de veinticinco años, siempre le ha dado una importancia enorme a respetar sus compromisos. Aun encontrándose tocado de salud.
Justine buscó una hoja en la pila de carpetas que tenía delante.
—Me he puesto en contacto con sus antiguos músicos, así como con los organizadores de festivales en los que ha participado. Todos coinciden en lo cumplidor que es siempre sin que le afecte su estado de forma física o mental.
Leyó las notas que había tomado.
—Por ejemplo, en Perugia, en 2006. Allí usted confirmó que actuaba aunque tenía una infección de oído.
Y en 2011 tocó en Newport tras sufrir una caída la víspera y teniendo un esguince cervical.
En 2015, los melómanos de Marciac tuvieron la suerte de oír su música a pesar de un síncope vasovagal que tuvo durante los ensayos.
—¿Y qué infiere de eso?
—Pues que es una cosa extraña que la única vez que anula un concierto en toda su carrera, justamente ese día su mujer sea asesinada…
—Eso ni siquiera merece respuesta.
—Podríamos pensar que era la primera fase de su plan: encontrar un pretexto para quedarse ese día en la Costa Azul habiendo entendido que existía un atisbo de oportunidad para matar a su mujer.
Él suspiró.
—¿Y las otras fases?
Justine se lanzó.
—La segunda fase consistía en organizar metódicamente su coartada. En primer lugar, alejó a los niños y a la niñera mandándolos al cine.
—Fueron los niños quienes quisieron ir —la interrumpió él.
—O a lo mejor fue usted quien se lo sugirió con insistencia. ¿Qué me dice? A esa edad, los niños son manipulables… Según la niñera, también fue usted quien eligió la película.
—Ni siquiera recuerdo cuál era.
— Los tres mosqueteros . Una película que entonces proyectaban cines de Cannes, pero no de Antibes.
Una película que duraba más de dos horas y que estaba programada en una sesión vespertina relativamente tardía.
Terminaba a las siete y cuarto. Eso le aseguraba, contando con el trayecto de vuelta, que los críos no aparecieran por allí hasta las ocho de la tarde.
—Para poder ir sin prisa a asesinar a mi mujer a un barco, con cuarenta de fiebre…
—Exacto.
—Quiso explicármelo antes, pero diría que se descalabró en el intento. Aun con todas las contorsiones imaginables, es materialmente imposible que yo me encontrara en el yate a la hora de la muerte de Oriana. De verdad que entiendo su frustración, pero le va a tocar resignarse.
2
—Señor Delaunay, usted siempre ha sostenido que, después de la visita del médico, pasó durmiendo el resto de la tarde hasta las siete.
—Como el jardinero confirmó —respondió él.
El puto jardinero… Justine sabía que su testimonio era el blindaje de Delaunay, lo que le permitía a este esgrimir, con total tranquilidad, la misma versión irrefutable desde hacía un año; lo que había terminado convenciendo de su inocencia —ella verdaderamente lo pensaba— al propio Delaunay.
Es una forma de huida frecuente entre los asesinos: encerrarse en su mentira porque les ofrece un bienestar psicológico inesperado. Hasta que los desenmascaran…
—Hablemos precisamente de él, del jardinero —prosiguió Justine—. Don André Calandri, nacido el 13 de agosto de 1944. O sea, que el hombre tiene setenta y nueve años… Tendría que haberse jubilado hace mucho, ¿no?
—¿Tiene algún problema con los viejos? Fue él quien creó la rosaleda, por cuenta del antiguo propietario, en la década de 1980. Y se sigue ocupando de ella por iniciativa propia. Va a su ritmo, pero tiene una destreza sin igual.
—El hombre afirma que lo vio, en bata, cerca de la piscina, a las siete y diez de la tarde.
Y es ese testimonio lo que lleva protegiéndolo desde el principio.
Su mujer fue agredida en su barco entre las siete y media y las ocho menos cuarto a más de seis millas náuticas de la costa.
Usted mismo lo ha dicho: si Calandri no miente, es materialmente imposible que se encontrara en el yate a la hora de su muerte.
—Me alegra oírselo decir.
—Pero fíjese que hay una cosa que me chirría. ¿Sabe cuál es?
—Esta forma de proceder, así como con leves toques, es el método Colombo, ¿cierto?
Justine ignoró el sarcasmo.
—Volví a interrogar a André Calandri ayer y descubrí algunos hechos interesantes. ¿Sabe usted que el hombre tiene miopía?
—Supongo que por eso lleva gafas.
—Así es, unas viejas gafas con cristales gruesos como culos de vaso y montura en plan Seguridad Social. En mi opinión, hace mucho que dejaron de ser adecuadas para su vista…
—Siempre he oído decir que la miopía se estabiliza en la edad adulta.
—Hay más de cuarenta metros entre la caseta de herramientas de la rosaleda y la piscina, donde el hombre afirma haberlo visto.
Yo podría encontrar a diez expertos oftalmólogos que asegurarían, delante de un tribunal, que es imposible que verdaderamente lo viera a tal distancia con su vista defectuosa.
Delaunay se encogió de hombros.
—Y mis abogados encontrarían a diez expertos que dirían lo contrario.
Justine adujo otro argumento.
—En su declaración, el jardinero afirma que usted llevaba puesta una bata roja. Es un detalle, pero yo no me lo imagino con bata. ¿Tiene bata?
—Teniendo en cuenta que me han registrado hasta el vestidor, supongo que sabe que no tengo. André se debió de equivocar. Seguramente fuera una camiseta roja.
—¿Eso llevaba aquel día? ¿Una camiseta roja?
—Puede ser. No me acuerdo.
—Pues la niñera sí que se acuerda. Básicamente, porque usted siempre se viste igual.
Es de la escuela de Steve Jobs, de Zuckerberg, de Obama.
Para no perder el tiempo con cuestiones triviales, se pone prácticamente a diario el mismo uniforme: unos vaqueros de algodón japonés, un polo azul marino, unas zapatillas Stan Smith, una chaqueta de piel marrón.
Rutina en vez de variedad. Liberado así de esa pequeña carga mental, guarda su energía para la música.
—Estaba enfermo y tenía frío. Seguramente me pusiera una sudadera grande burdeos que tengo con los colores de los Forty-Niners de San Francisco. Pueden verificarlo en mi armario. Sería con eso con lo que me vio el jardinero.
Justine continuó sin despeinarse.
—Cuando hablé con el señor Calandri, hubo una cosa que me llamó la atención. El hombre llevaba en la muñeca un viejo reloj Casio digital que tenía una particularidad: no estaba en hora.
Delaunay ahogó un bostezo.
—Su reloj iba sesenta minutos retrasado.
Resulta que el señor Calandri no lo había ajustado tras el cambio de hora del 26 de marzo.
Me dijo que nunca lo hacía porque es complicado y que prefería andar haciendo él su apaño de añadir una hora.
¿Y sabe qué? Que a mí me pasa exactamente igual con el horno de la cocina de mi casa.
De una vez para otra, me olvido de cómo se hacía y me digo que en realidad tampoco vale la pena porque habrá que repetir la maniobra a los seis meses…
—Apasionante, teniente Colombo.
—Sí, apasionante. Porque, con todas esas incoherencias, el testimonio del señor Calandri va a salir volando por los aires ante un tribunal penal.
Su coartada ya no existe, señor Delaunay.
Su jardinero no se fue de la casa a las siete y pico de la tarde, sino una hora antes.
Y eso le dejaba a usted todo el tiempo del mundo para ir a matar a su esposa.
3.
Pareció que Adrien Delaunay mordía el anzuelo.
—Nada de eso tiene pies ni cabeza, pero demos por bueno que el jardinero se equivocó de hora. ¿Cómo habría llegado yo al barco de Oriana?
—Pues utilizando la pequeña lancha semirrígida que posee. Una Marshall M-2 con los flotadores negros y el casco rojo. Como la que fue vista merodeando por donde estaba el yate de su mujer.
—Usted, teniente, ¿ha pilotado alguna vez esa clase de embarcación?
—Deje de llamarme «teniente». Soy inspectora jefa de Policía.
—Esa «pequeña» lancha semirrígida a la que se refiere resulta que mide cinco metros y medio de eslora y dos y medio de manga.
Pesa más de media tonelada. No es un ciclomotor.
Botarla tiene lo suyo. Se guarda bajo techo, en el cobertizo para embarcaciones.
Hay que usar un cabrestante eléctrico. Eso lleva tiempo y hace ruido.
—¿Y qué?