9 Adèle Keller Lo que nos deslumbra
Adèle Keller
Lo que nos deslumbra
«La noche pasaba rauda por la ventanilla. El tren corría. Sentía la vida volar hacia mí, y yo corría hacia ella, hacia aquella incertidumbre aterciopelada».
N INA B ERBÉROVA
París, 16 de octubre de 2022
1.
El chubasquero, la bufanda, los AirPods…
Salgo del hotel completamente aturdida, como si me escabullera, sin que nadie lo notara, de una fiesta en la que hubiera pimplado de más.
No hace frío, pero un viento inesperado se cuela por la calle del Faubourg Saint Honoré.
Me aprieto el cinturón de la gabardina y camino deprisa para salir del barrio.
Necesito que me dé el aire para olvidar el proyecto delirante de Oriana di Pietro.
Con una lista de reproducción de «tango nuevo» en mis auriculares, cruzo la calle, enfilo la avenida de Marigny y continúo bordeando los jardines de los Campos Elíseos.
¿Qué plan me espera? ¿La enésima noche de Netflix con mi gato?
¿Un garbeo con mis insoportables amigas?
¿Una salida a alguna discoteca cuya entrada no puedo permitirme?
Prefiero continuar caminando sin rumbo, dejar a mis pensamientos vagar al antojo de mis pasos, sin ataduras ni obligaciones.
No tengo amigos de verdad y mi vida amorosa es una sucesión de desengaños.
Sonrío amargamente acordándome de que, esta mañana, Oriana me pidió que dejara a mi novio.
Su información no está actualizada. Hace dos semanas que di puerta a aquel tipo, que nunca fue otra cosa, en realidad, que un plan de folleteo asiduo, aunque insignificante.
De un tiempo a esta parte, entrar en las aplicaciones de ligar se me hace más un martirio que un placer.
Los encuentros carecen de magia. No hay más que perfiles mierderos.
Vivimos en una época de tíos mediocres, intercambiables y patéticos.
Ya no hay sueños, no hay romanticismo, no hay excitación.
Solo tiempo perdido, falsas promesas, planes guarrindongos que te dejan mal sabor de boca.
Estalla una tormenta cuando llego a la plaza de la Concordia.
Me refugio unos instantes bajo la marquesina de una parada de autobús.
Tras el panel de cristal empañado, la gran glorieta iluminada se difracta en manchas de colores contra un cielo que parece de carbón.
A través de las gotas de lluvia, contemplo el espectáculo de las siluetas deformadas de los transeúntes, de los taxis, de los autobuses…
que se cruzan en un baile incesante. Se inmiscuye en mi cabeza la película del día absurdo que he tenido, pero no quiero detenerme en ella.
Ha dejado de llover, pero arrecia el viento.
Vuelvo a ponerme en marcha, cruzo el Sena, deambulo un rato junto al río absorta en la música de Libertango , de Astor Piazzolla, y en los fantasmas de París.
Los sones del bandoneón me transportan a América del Sur.
El mundo que me rodea diríase borroso e irreal, como si lo percibiese a través de un velo.
Los edificios parisinos se tiñen, en mi ensoñación, de los colores de Argentina.
Las casas de colores se superponen en las riberas del Sena.
Las pinturas murales del Caminito borran los grafitis mugrientos de la capital de Francia.
2
En cuanto me quito los auriculares, el hechizo se rompe.
Me atrapa bruscamente el concierto de los cláxones y las sirenas y vuelve a envolverme, áspera y caótica, la realidad.
Mis pasos me han llevado, por el quai de Conti, hasta la Casa de la Moneda, entre el Pont des Arts y el Pont Neuf.
De noche, el edificio se asemeja al Palacio de Mármol que hay junto al Nevá.
Se ha formado una cola ante la entrada, donde varios carteles anuncian el programa de hoy:
F ESTIVAL DE J AZZ EN S AINT -G ERMAIN - DES -P RÉS
A DRIEN D ELAUNAY - P IANO SOLO
D OMINGO , 16 DE OCTUbrE
P ATIO PRINCIPAL DE LA M ONEDA DE P ARÍS
Me quedo estupefacta ante la sincronicidad, como si Oriana hubiese tomado el control de mi espíritu sin que yo me percatase…
Me quedo ahí, inmóvil, sin poder apartar los ojos del cartel.
Pelo revuelto, nariz recta, boca bien perfilada, barba de unos días, mirada parcialmente cubierta por unas gafas de cristales azules.
Consulto mi reloj. El concierto empieza dentro de diez minutos.
Dudo un instante si realmente me conviene reactivar este tema.
Ese concierto es un regalo envenenado, la forma más segura de lanzarme a las garras de Oriana.
Y, aparte, ¿de dónde saco una entrada en el último momento?
Miro a mi alrededor, en busca de uno de esos tipos que suele haber revendiendo de extranjis junto a las puertas de los teatros y de las salas de conciertos.
Voy rodeando la multitud y localizo a un joven barbudo rollizo —vestido con camisa de cuadros y chaqueta vaquera— que aborda a quienes llegan para mostrarles un letrero de cartón recortado que dice: «V ENDO 2 LOCALIDADES ».
—¿Cuánto es? —le pregunto señalando el letrero.
—Para ti, gratis, si vienes conmigo.
«Con esa pinta que tienes, ni borracha».
—Prefiero ir sola.
—Entonces son doscientos euros.
Dudo. Eso es, para mí, un dineral. Miro al menda, un pedazo de fantoche instalado delante de un muro en el que hay, dibujada a toda prisa, una guillotina atravesada por la inscripción: «Macron, ten cuidado; podemos volver a empezar».
—Okey. Te la compro. Tu localidad.
Me propone que le haga un bízum —«Así tendrás mi número si quieres tomar una copa después del concierto»— y saca la entrada del bolsillo. La examino a conciencia, temerosa de que me haya timado, pero franqueo sin contratiempos el portón monumental.
Quedo inmediatamente deslumbrada por la belleza del patio principal del edificio: la majestuosidad de las columnas, de los frontones, del escenario al aire libre, iluminado con velas del tamaño de los cirios de una iglesia.
Llego a mi asiento, presa de la excitación, entre las parejas y los grupos que van ocupando sus localidades.
El concierto empieza puntual. Adrien Delaunay sale a escena sin florituras bajo los aplausos, se sienta al piano y comienza a improvisar.
Durante un rato, me cuesta concentrarme.
El decorado me tiene totalmente absorta.
El misterio de la noche, el viento tibio, las llamas frágiles, las sombras que se estremecen en las fachadas.
Así, de entrada, la música de Delaunay es inclasificable.
Una mezcla de clásica, pop y jazz . El hombre se lanza, con el rostro atormentado, a un cuerpo a cuerpo con el instrumento, construyendo una muralla enmarañada y disonante de la que surgen, a veces, atisbos de acordes de Debussy, de Schubert, de los Beatles, de Radiohead.
Tuerce el gesto, gira la cabeza, oscila sobre el taburete como si no consiguiera adoptar una posición adecuada.
Su música alterna los tempos, se pierde.
Busca un vado elusivo, un pasaje que se niega.
Poco a poco, sin embargo, la niebla se va disolviendo.
Transitando por la cresta de una cumbre situada entre el dominio y la pérdida del control, el pianista encuentra de pronto un sendero.
Ese muro de notas caóticas se vuelve canto.
Una melodía cristalina brota como el agua de un manantial.
El corazón me da un vuelco, cierro los ojos y me dejo atravesar por la emoción.
Pienso en el canto de las sirenas de la mitología griega, que fascinaba a quienes lo escuchaban y los arrastraba a la muerte.
Mientras floto en un mundo desconocido, se posa en mi hombro una mano. Me sobresalto y abro los ojos.
Descubro, volviéndome, el rostro de Oriana di Pietro.
3.
No esperó a que acabara el concierto para arrastrarme a un viejo bistró de la rue du Bac. Un sitio típicamente parisino con boiseries , espejos, mesas redondas, bancos de cuero y sillas Baumann. Colgados en las paredes, apliques de latón y carteles de películas de la nouvelle vague .
Oriana pidió vino blanco y unos pinchos.
Incómoda por el ruido de la sala, dispuso que nos sirviesen fuera.
La encontré metamorfoseada: distendida, segura de sí misma, encantada de haber recuperado el control.
Y andaba en lo cierto: yo ya me había embarcado en su aventura, dispuesta a seguirla en su delirio…
—¿Sabes que en los últimos diez años he pagado a unas cuantas mujeres para que intentaran seducir a mi marido? No me refiero precisamente a putas de la calle, sino a las escorts más bonitas de Milán y Nueva York. A chicas que nadie sospecharía que pudieran estar vendiendo nada.
—¿Y qué pasó?
—Pues que ninguna consiguió que sucumbiera.
—¿Cuál era el objetivo?
—Poner a prueba nuestro amor.
—Algo se olería…
—No creo.
—Y si todas esas mujeres fracasaron, ¿por qué iba a conseguirlo yo?
—Precisamente porque no eres como ellas. Porque tú eres especial.
—Deje de repetir eso.
—Tú sabes adoptar instintivamente el equilibrio y la distancia correctos. Tienes algo puro en ti que es capaz de deslumbrar a Adrien.
Hizo un gesto con la mano al camarero para pedir algo y de inmediato acudió, presuroso, un hombrecillo con la cabeza afeitada y un cenicero en la mano.
—¿Su marido ya no la quiere?
Ella encendió un cigarrillo y sacudió la cabeza contrariada, como si yo acabase de decir algo absurdo.
—El comienzo de un amor siempre lleva en sí, queramos o no, los gérmenes de su final. Es triste, pero es así. Hay un desgaste en la pareja. Lo que ganas en confort y previsibilidad, lo pierdes en intensidad.
Dio una voluptuosa calada a su cigarrillo, concediéndose un instante de reflexión antes de continuar.
—Ya no me acuerdo quién decía: «Nos cansamos de todo. Incluso de que nos quieran». Es verdad. Con el tiempo, no solo el amor se transforma, sino que una misma agota su capacidad de reinventarse y de proyectarse hacia territorios nuevos.
Asentí, aunque todo aquello me resultara bastante abstracto.
—Mi marido es ateo, pero anda buscando una especie de trascendencia a través de la música. Tú has estado en el concierto. Has podido hacerte una idea de esa búsqueda digamos que, de otro mundo, o de un absoluto, evanescente e inasible.
Dirigió un nuevo gesto al camarero para que nos sirviera otro vino. Yo estaba un poco perdida, cansada y nerviosa. Sentía que los párpados me ardían bajo las estufas de la terraza.
—Componiendo música, tienes que encontrar en ti materia con la que hacer brotar las emociones.
Pero ese stock de energía creativa no es interminable.
Llega un momento en que la persona está seca.
Y eso le ha pasado a Adrien. Lleva años sin sacar un álbum propiamente dicho.
Los últimos son piezas antiguas recuperadas, conciertos, improvisación…
Él piensa, en lo más hondo de su ser, que ya no tiene gasolina en el depósito.
¿Y qué hay más inspirador y euforizante que vivir un nuevo amor?
—¿Quiere decir que Adrien está en sazón para enamorarse?
—Lo has entendido todo, pero con eso no basta. Para que Adrien se enamore de ti, hace falta otra cosa. No puedes acceder a su universo si no tienes las claves. Podrás acercarte a él, pero no te dejará entrar.
Vacié mi copa de vino para aturdirme más. Ciertamente, quería participar en aquella conversación, pero necesitaba no estar sobria.
—La chispa no surge así como así —prosiguió Oriana, mientras se encendía otro cigarrillo—. Adrien es, ante todo, un ser cerebral. Tiene que ver en ti a una persona auténtica para que puedas adentrarte en su territorio.
—Pero yo no poseo esas claves ni las referencias culturales que dice.
—Y por eso te las voy a enseñar. Voy a darte las llaves secretas del corazón de mi marido. Los libros, las películas, la música, las palabras precisas, las ideas, las opiniones: todo lo que forma la base de las afinidades electivas entre dos personas.
—Usted me está proponiendo, si lo he entendido bien, que sea su marioneta.
—Te estoy proponiendo que seas la herramienta con la que voy a conquistar a mi marido por segunda vez. ¿Nos ponemos manos a la obra, entonces?