Alguien más 8 Oriana di Pietro Lo que perseguimos
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8 Oriana di Pietro Lo que perseguimos

Oriana di Pietro

Lo que perseguimos

«—¿Cuál es su mayor ambición en la vida?

—Llegar a ser inmortal y después morirme».

Diálogo de la película Al final de la escapada ,

de J EAN -L UC G ODARD

Dieciocho meses antes

16 de octubre de 2022

París

1.

En la sexta planta del Bristol, los amplios ventanales acristalados dejaban entrar una luz dorada.

Con su revestimiento de boiseries de teca y sus vistas al cielo, la piscina del hotel parecía el puente de un velero que singlara sobre los tejados de París.

Una impresión reforzada por dos frescos que representaban, en trampantojo, la proa y la popa de un navío aproximándose a las costas recortadas del Mediterráneo.

En la calle de la piscina, Oriana di Pietro terminaba su vigésimo largo de natación. Salió del agua encaramándose al borde, echó mano de su albornoz y se refugió en una tumbona de madera barnizada.

Era el momento del crepúsculo. El aire estaba cálido.

La luminosidad, cambiante. Aromatizaban la atmósfera efluvios marinos.

Oriana se enjugaba la frente mirando, afuera, las nubes violáceas que se deshinchaban tras los monumentos.

«¿Y si la muerte se pareciera a esto?», se dijo, queriendo consolarse.

Un largo viaje sereno a resguardo del ruido y del furor del mundo.

Un sobrevuelo contemplativo alejadísimo de los vivos y a la vez tan cerca de ellos…

Atrajo su atención un perfume de cítrico ahumado al que siguió un discreto frufrú tras las hojas de un naranjo en maceta. Se volvió. Delante de ella estaba, de pie, Adèle Keller. Oriana había sentido su presencia como si fuese una hermana gemela penetrando en lo más hondo de su intimidad.

—Buenas tardes, señora Di Pietro.

—Ya te he dicho que me llames Oriana —contestó la italiana.

Invitó a la joven, con un gesto, a acercarse.

—Por lo menos has venido. Eso demuestra que eres inteligente. Aunque eso nunca lo he dudado.

—¿Cómo puede estar tan segura? —preguntó la joven, que seguía de pie.

—Tengo una cualidad que heredé de mi padre: la intuición. No es una forma de hablar. Verdaderamente noto lo que la gente tiene en las tripas y en la cabeza. Ese ha sido siempre mi punto fuerte y hasta me salvó la vida en un par de ocasiones cuando era reportera de guerra.

—Desconfíe de las intuiciones que tenga conmigo.

Oriana no pudo reprimir una leve sonrisa.

—Me encanta cuando me plantas cara, en serio. Ese toque bravucón te vuelve irresistible. Pero siéntate cinco minutos, tengo una historia que contarte.

La gobernanta, indecisa, terminó sometiéndose. Tomó asiento en la tumbona contigua, con el torso derecho y tieso y las piernas apretadas una contra otra.

—La escucho.

Oriana bebió un poco de agua antes de empezar.

—Mi historia comienza el 1 de febrero de 1991.

Yo tenía seis años y medio. Aquel día, mi madre, la escultora Anna María di Pietro, había venido a buscarme en coche a la salida del colegio.

Era un viernes por la tarde. En Milán hacía bueno.

El plan era encontrarnos con mi padre para pasar allí el fin de semana, en la estación de esquí de Cortina d’Ampezzo, donde teníamos una cabaña.

En ese momento eran las únicas clientas de la piscina. El ruido discreto de la sala de calderas se mezclaba con el chapoteo del agua.

—A mí me encantaba ir en coche con mi madre. Al volante de su Maserati de color rojo vivo, devoraba los kilómetros a toda velocidad, con el radiocasete a todo volumen. Era lagran época del pop italiano triunfante: Zucchero, Ramazzotti, Cutugno…

Oriana hablaba despacio, con los ojos entornados, dejando a sus recuerdos el tiempo que necesitaban para reaflorar. En su cabeza resonaba, de música de fondo, Una storia importante .

—A las cinco estábamos en Bérgamo; una hora más tarde, en Verona; luego en Padua, Venecia y Treviso, donde dejamos la autopista. El accidente se produjo poco después de Belluno, en los Dolomitas, en el punto en que la carretera empieza a subir de verdad, con curvas en horquilla.

Adèle, inmóvil, escuchaba en silencio. En su mente iban desplegándose imágenes vestidas con colores cálidos y relucientes como los de las viejas películas en tecnicolor. Ella visualizaba el bólido, la carretera de montaña, las apretadas revueltas.

—Yo iba sentada atrás con mi libreta, mi estuche de rotuladores y mi gato —prosiguió Oriana—.

Mis padres me lo habían regalado por mi cumpleaños el verano anterior.

Era un fold escocés adorable, de pelaje suave y tupido, con el cuerpo redondo y una carita más mona imposible.

Lo llamé Gufetto porque parecía un pequeño búho, un «buhito».

Mi madre aceptó que nos lo lleváramos con la condición de que el animal hiciera el viaje en un transportín de rejilla.

Me repitió varias veces: «Sobre todo, no abras la caja del gato, ¿entendido, mi amor?

». Y yo todas las veces respondí: «Sí, mamá».

En la cabeza de Adèle, la película continuaba con una precisión diabólica, como si se tratara de sus propios recuerdos: el coche deportivo rojo abriéndose paso a toda velocidad por la carretera sinuosa; el vértigo del paisaje montañoso, el bosque verde y oscuro, la cámara acercándose al rostro de Anna Maria, que canta a voz en cuello y exhibe una sonrisa radiante.

El objetivo se detiene en sus ojos, que dejan un instante la carretera para mirar, en el retrovisor, a la pequeña Oriana.

«Sobre todo, no abras la caja del gato, ¿entendido, mi amor? Sí, mamá».

—La caja estaba sobre mis rodillas —retomó Oriana—.

Yo veía, a través de la rejilla, las orejas dobladas de Gufetto, sus ojos redondos y cobrizos, ese hocico plisado que le daba un aire siempre sonriente.

Me moría de amor con aquel animal. Tenía ganas de acariciarlo y de hacerle carantoñas. Aguanté cuanto pude, pero…

—Pero abrió la jaula —adivinó Adéle.

—Sí. Quise coger al gato en brazos. Tan nervioso estaba que se me escapó de un brinco a los asientos delanteros.

Mi madre se sobresaltó. Intentó agarrarlo, pero él desapareció bajo los pedales.

Ella tiró del freno de mano para no aplastarlo y perdió el control del coche, que iba demasiado deprisa.

El Maserati se llevó por delante un murete.

Planeó un momento en el vacío para, a continuación, caer sobre los arbustos y estrellarse treinta metros más abajo.

2

La silueta de ambas mujeres se recortaba, por un juego de luz, a la manera de las sombras chinescas, sobre los paneles de madera barnizada.

Un empleado había hecho una breve aparición para encender unas velas que desprendían un perfume de miel y flor de naranjo.

Oriana revivía aquella escena que había traumatizado su infancia.

—Tras varias vueltas de campana, el coche quedó sobre el techo.

Yo conseguí, a pesar de las heridas, salir del vehículo, que desprendía humo.

Aquel silencio de plomo que siguió al estrépito del accidente nunca lo olvidaré.

La mirada vidriosa de mi madre, su rostro ensangrentado mientras yo la abandonaba en aquel infierno…

Adèle pestañeó. Las imágenes de la caída, semejantes a relámpagos estroboscópicos, le inflamaban los párpados: la música del radiocasete que se embala, la cámara que se zambulle en el precipicio, el coche en llamas y el rostro de Anna Maria inerte y cubierto de sangre, con el pelo esparcido por el parabrisas.

—Cuando recobré el conocimiento, estaba en el hospital. Los bomberos necesitaron varias horas para excarcelar a mi madre. Su estado era dramático: un pulmón hecho puré, el tórax hundido, fracturas y hemorragias múltiples. Murió a las pocas horas de ingresar.

Ya se había hecho de noche. Afuera, la cúpula del Instituto de Francia y su linterna iluminada parecían estar cerquísima. En el rooftop que rodeaba la planta sexta, la hilera de tumbonas se asemejaba al parapeto almenado de una plaza fuerte.

—Es el episodio fundacional de mi existencia. El que trunca mi vida de raíz. Aquel drama me hizo trizas, en primer lugar, el cuerpo. Pero, sobre todo, me ha hecho vivir más de treinta años con ese secreto terrible: que maté a mi madre.

—Eso, en rigor, no es así —objetó Adèle—. Fue un accidente.

—Un accidente que yo provoqué.

—Pero no a propósito.

—Créeme: el matiz es mínimo. Desobedecí, y, por lo que yo hice, mi madre falleció.

Nunca se lo he contado a nadie, salvo a mi psiquiatra.

Mi padre idolatraba a mi madre. Su muerte lo dejó destrozado.

Tras su muerte, se endureció. Ya no le encontraba el gusto a nada.

Siguió dirigiendo sus negocios, sí, pero de una manera mucho más mecánica, sin sentimiento ni pasión.

Volvió a casarse con una mujer odiosa y tuvo otro hijo, del que apenas se ocupó.

Cuando cayó enfermo, en la primavera de 2021, decidí revelarle la verdad. Treinta años después.

—¿Realmente hacía falta?

Oriana asintió con la cabeza.

—Estuve mucho tiempo dudando, pero aquel secreto me devoraba por dentro.

Ansiaba el perdón de mi padre. Su absolución.

Algunos días, llegaba a convencerme a mí misma de que él sospechaba lo que hice.

Pero me equivocaba. Cuando le revelé la verdad, mi padre me miró, lleno de horror y espanto, y tuvo un nuevo ataque. Murió a los pocos días.

Adèle estaba noqueada por el cariz que iba tomando la historia.