Alguien más 8 Oriana di Pietro Lo que perseguimos #2
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8 Oriana di Pietro Lo que perseguimos #2

—Tras el entierro, estaba tan hecha polvo que fui a aquel hotel griego para descansar con mis niños.

Tenía el ánimo en un pozo y me asaltaban los pensamientos más negros: tirarme por un puente, internarme…

Ya ni siquiera Paolo y Sofia lograban anclarme a la vida.

Mi marido se había comprometido para una serie de conciertos y nuestra niñera habitual había vuelto a Inglaterra.

Pedí al hotel una persona que me ayudase y ahí fue donde apareciste tú, Adèle.

Te ocupaste demis hijos de maravilla. Encontrabas las palabras justas.

Benévolas, pero exigentes. Reconfortantes, pero realistas.

Si no me derrumbé, fue gracias a tu intervención.

Y pensé muchas veces en ti después de aquello.

—Pero ¿por qué me cuenta esto hoy?

—Pues porque voy a morir.

—Lo siento, pero no veo la conexión.

Oriana se levantó de su tumbona y se sentó junto a la gobernanta.

La piscina estaba envuelta en una luz irreal.

La llama titilante de las velas proyectaba sombras inquietas y cambiantes que parecían celebrar conciliábulos en las cuatro esquinas de la estancia.

Hasta los personajes de la pintura mural diríase que cobraban vida…

—Cada vez que tuve ocasión de observarte, me pasó por la cabeza la misma reflexión: pensé que serías una esposa fantástica para mi marido.

Adèle se echó hacia atrás ligeramente.

—Pero ¿de qué me está hablando? ¿De un trío?

—En cierto modo, pero no como tú te imaginas. Te estoy proponiendo que ocupes mi lugar.

3.

—¿Qué ocupe su lugar?

—Lo digo completamente en serio. Esta mañana te conté que tenía un tumor y que estaba condenada.

—No, usted no puede decir eso de una forma tan definitiva. Es una luchadora; hará frente a la enfermedad y…

—Una no se cura de un glioblastoma de grado cuatro —la interrumpió—. En dos o tres meses me habré muerto. De ahí mi propuesta.

—Pero ¿qué propuesta?

—Quiero que ocupes mi lugar junto a mi marido y que te hagas cargo de mis hijos.

—Adèle se levantó de la tumbona sacudiendo la cabeza.

—Pero eso no tiene ningún sentido…

—Todo lo contrario. Será bueno para todos.

—Yo no conozco a su marido. Ni siquiera lo he visto nunca. ¿Cómo querría usted que…?

—Te va a encantar, te lo garantizo. A todo el mundo le encanta Adrien.

—¿Y él?

—A él también le vas a encantar. Eres exactamente su tipo: rubia, dulce, solícita, discreta.

A Adèle le pasó por la cabeza un recuerdo de lectura: Melanie Hamilton, su personaje preferido de Lo que el viento se llevó . Es la persona más generosa de la historia y, justo antes de morir, le pide a la petarda de Scarlett que cuide de su marido y de su hijo.

—¿Por qué yo?

—Llevo veinte minutos explicándotelo. Para empezar, tengo confianza en tu capacidad para ocuparte de mis hijos. Y además encuentro que te pareces a mí.

—Se equivoca. Yo no me parezco a usted en absoluto. No tenemos nada en común…

—Más de lo que tú crees.

A Adèle la agarró un vértigo. El olor embriagador de las velas y el cariz surrealista que había tomado aquella conversación hacían que le diese vueltas la cabeza.

¿Por qué continuaba aquella discusión estéril?

¿Por qué jugaba al juego perverso de Oriana?

Un instinto de supervivencia la empujó a batirse en retirada.

—Yo sería incapaz de hacer eso…

—Yo voy a hacerlo contigo. No estoy diciendo que vaya a ser una partida fácil, pero podemos ganarla.

—Usted… me está tomando el pelo.

—Hablo en serio. Ya te lo he dicho.

Adèle estaba aturdida, presa en las llamas de un embrujo al que no conseguía sustraerse. Para provocar a Oriana, se dispuso a reducir todo aquello al absurdo.

—¿Cómo puede estar segura de que voy a gustarle a su marido?

—Porque lo conozco. Y porque puedo darte las llaves que hacen falta para entrar en su corazón.

—¿Y qué hay de sus hijos?

—Ellos ya te aprecian. Y te adoptarán cuando entiendan que tú eres quien ha de permitir la continuidad de la familia tras mi muerte.

—Pero… ¿y usted? ¿Cómo puede dejar en mis manos lo más valioso que tiene?

En el rostro de la italiana se dibujó una sonrisa de desilusión.

—Porque soy egoísta y megalómana. Y porque elegir en manos de quién lo dejo es una forma de conservarlo un poco.

—Pero usted tiene parientes que podrían hacerse cargo de sus hijos.

—No tengo a nadie; ya te lo he dicho. Mi madre y mi padre murieron.

Mi medio hermano es un tontaina. Mi madrastra, una mendruga controlada por el exbrazo derecho de mi padre, un hombre que daría cualquier cosa por ser califa en lugar del califa.

Odio a esa gente. Me dan miedo, y tú también harás bien en cuidarte de ellos.

—¿Y mi vida? ¿Ha pensado en mi vida? Tengo derecho a elegir a quién amo, qué camino prefiero coger y con quién deseo recorrerlo.

—Sé realista. Sabes muy bien que te estoy proponiendo algo insólito. Una vida perfecta en bandeja de plata. El santo grial de repente en tus manos. Mejor que si te dijera que te ha tocado el gordo en la lotería.

—Usted quiere controlar su muerte, pero yo no quiero renunciar a mi vida.

—Menuda réplica de medio pelo —dijo Oriana burlándose—. Tu vida. ¿Qué es tu vida? Un currete y un pisito de criada…

—Puede ser. Pero yo por lo menos estoy viva, mientras que usted ya tiene un pie en la tumba.

Oriana suspiró. De pronto, la empresa se le antojaba más difícil de lo que ella había pensado.

Tal vez se había equivocado eligiendo a Adèle…

Si era así, no debía perder más tiempo con ella.

Tenía que probar otra vía antes de que el tumor la privara de sus facultades.

Ella se representaba su enfermedad como una granada de fragmentación que no tardaría en detonar, liberando cientos de fragmentos de metralla.

A veces se hacía creer a sí misma que tenía margen para frenar la evolución de la enfermedad, pero era mentira.

Una mañana, la granada soltaría su carga explosiva, dispersaría por su cuerpo un sinfín de proyectiles asesinos y aquello sería el fin.

Miró a Adèle a los ojos y probó un nuevo ángulo de ataque.

—¿Conoces esta frase de Nietzsche: «La moral es el instinto del rebaño en el individuo»?

—No.

—Nietzsche cree que la moral dominante viene dada por el resentimiento de los débiles hacia los fuertes —explicó Oriana—. Los mediocres se afanan, queriendo vengarse de su insuficiencia, por invertir los valores e imponer su visión del bien y del mal.

Los ojos de la gobernanta se iluminaron.

Aquella era una de las cosas de Oriana que la habían deslumbrado: estar hablando con ella de ropa, de maquillaje o del último bolso Lady Dior…

y que de pronto saliera con algo de la estética de la belleza en Kant, Hegel u Oscar Wilde.

Seductora e imparable. La italiana terminó su razonamiento.

—Nietzsche oponía a esa moral de los mediocres una moral aristocrática. La que se crean los individuos superiores que van a seguir sus propios valores y sus propias reglas.

—¿Por qué me cuenta eso?

—Porque no hay instinto de rebaño en ti. Tú no estás hecha para plegarte a las leyes y a la mediocridad de la masa. Tú estás hecha para liberarte de todo eso. Tú estás hecha para vivir una vida como la mía. Tú estás hecha para vivir mi vida.

—Todo eso son palabras.

—Al contrario, es una cosa muy concreta. Yo puedo cambiar tu vida y tú puedes cambiar lo que queda de la mía.

En la piscina, las ondulaciones de la superficie del agua deformaban las construcciones geométricas de los mosaicos blancos y azules.

—Me parece que la enfermedad le ha hecho perder la razón y la medida de las cosas. Ya no está en sus cabales, Oriana.

—Piensa en lo que te ofrezco.

—Ya está todo pensado y la respuesta es «no».