7 Justine Taillandier Lo que callamos
Justine Taillandier
Lo que callamos
«Los hombres siempre decimos mentiras. Tenemos tantas cosas ocultas que no somos sinceros ni con nosotros mismos».
Diálogo de la película Rash ō mon ,
de A KIRA K UROSAWA
Viernes, 24 de mayo de 2024
Comisaría de Niza
1.
La decoración de la sala de interrogatorios rezumaba ascetismo: paredes de ladrillo rojo, suelo de hormigón pulido, lámparas industriales colgadas. Había una amplia ventana que daba al mar, pero estaba cubierta por un estor de láminas y nadie la había visto abierta nunca.
—Quisiera que repasáramos en qué empleó usted su tiempo el día del asesinato de su esposa —propuso Justine.
Adrien Delaunay estaba sentado, impasible, detrás de una larga mesa metálica. Justine se había acomodado frente a él en su sillón. A su izquierda, Achraf el Amrani interpretaba, mudo, el papel de agente encargado de consignar las conversaciones que ambos mantuviesen.
—No es que no me hayan interrogado ya sobre este tema —dijo el pianista suspirando.
Se había cambiado antes de acompañarlos a la comisaría y llevaba un polo azul marino —con los botones abrochados hasta el penúltimo—, unos vaqueros crudos y unas Stan Smith impolutas con cordones de colores.
—Llegó al cabo de Antibes la víspera de la agresión, ¿verdad?
—El jueves, sí. Como atestigua mi billete de avión.
—Y allí se reencontró con sus dos hijos y con la niñera de estos, doña Nadia Salahi, que estaban en la casa desde el comienzo de la semana.
Delaunay asintió.
—Eran vacaciones escolares en Milán.
—Venía usted de Múnich, donde estaba grabando un disco, ¿cierto?
—¿Un disco? —preguntó poniendo cara rara—. No sé si hay alguien que siga usando ese término en 2024, pero sí: participaba en el álbum del saxofonista Cedar Foreman.
—Y el viernes, que fue el día de la agresión, inicialmente tenía usted que dar un concierto en Lucerna, en un festival…
Consultó la pantalla de su portátil para confirmar la información.
—… en el festival Printemps du jazz , ¿cierto?
Delaunay hizo un leve gesto afirmativo. Justine prosiguió.
—Acláreme un punto. ¿Por qué no fue directamente a Suiza desde Múnich?
Él respondió como si fuera una obviedad.
—Porque quería ver a mis hijos.
—¿Aunque apenas fuera un día?
—Pues claro.
Dejó ver su estupefacción.
—Usted no tiene hijos, ¿verdad, inspectora?
Justine no se esperaba recibir un golpe tan pronto. Lo encajó sin dar muestra alguna de nerviosismo y continuó.
—Luego, en el último momento, anuló el concierto y se quedó en Antibes.
—Estaba enfermo.
—¿Qué tenía?
—Gripe.
—Empezaba mayo. Ya hacía tiempo que había terminado la epidemia de gripe, ¿no?
Él se encogió de hombros.
—No soy epidemiólogo ni médico.
—Yo tampoco. Por eso fui a preguntar al suyo, a su médico, al doctor Xavier Malaussena.
Afirma que usted lo llamó a la hora de la comida, el viernes, para pedirle que fuera a verlo a su casa.
Como tenía otras visitas, no llegó hasta las cinco menos cuarto.
Confirma que le dijo que tenía fiebre, cefaleas y la nariz taponada.
—Él mismo me tomó la temperatura. Tenía treinta y nueve con uno cuando llegó.
—¿Por qué no le recetó ningún medicamento?
—¿Contra la gripe? Tampoco es que haya muchas opciones: hay que hidratarse, tomar paracetamol, vitamina C… Y eso ya lo tenía en el botiquín. Fui yo quien no quiso que me hiciese otra receta.
—La Seguridad Social se lo agradece. ¿Estaba usted solo en la casa en ese momento?
—La niñera estaba en Cannes, en el cine, con los niños.
—¿Y qué hizo cuando se fue el médico, a partir de las cinco y cuarto?
—¿Con treinta y nueve de fiebre? Pues me tomé otro analgésico y volví a meterme en la cama. ¿Qué otra cosa quería que hiciera? ¿Una sesión de cardio?
—¿Sabía que su mujer había cogido un avión para reunirse con usted y los niños?
—Sí; la víspera me había dicho que tenía intención de venir.
—Según el análisis del teléfono de ella, le envió un mensaje a las cuatro de la tarde para confirmarle su llegada al aeropuerto de Niza y para decirle que salía con el barco. ¿Recibió ese mensaje?
—No. Estaba hecho un ovillo en la cama. No miré el teléfono en toda la tarde.
—Pero sí contestó un SMS de la niñera, prácticamente a la misma hora, en el que le preguntaba si podía comprarles palomitas a los niños.
Adrien respondió sin inmutarse.
—Tengo configurado el número de la niñera para que sus SMS se muestren aunque el móvil esté en modo «No molestar».
—¿El número de su mujer, en cambio, no?
2.
—Volvamos a lo que nos preocupa. Cuando el médico se fue, usted volvió a meterse en la cama y se echó una siesta que duró ¿cuánto tiempo?
—Un poco menos de dos horas. Me desperté empapado en sudor hacia las siete. Me pareció que me encontraba mejor. Me levanté y fui, como pude, a la cocina para servirme un vaso de agua. Tenía la garganta ardiendo. Me bebí media botella de Evian.
—¿Seguía estando solo en la casa?
—Sí. Bueno, no; estaba el jardinero.
—Don André Calandri. Se ocupaba de la rosaleda.
El sol se pone tarde en esa época del año.
El hombre afirma que estuvo trabajando hasta las siete menos cinco y que después guardó las herramientas en la caseta.
Fue entonces, hacia las siete y diez, cuando lo vio a usted, en bata, cerca de la piscina.
—Sí, había salido a que me diera el aire; pero enseguida volví a meterme en la cama hasta que llegaron mis hijos.
—Hacia las ocho y cinco, según la niñera.
¿Y…?
—Pues que entre las siete y diez, que es cuando lo vio a usted el jardinero, y las ocho y cinco, que es cuando volvieron los niños, nadie puede confirmar que estuviera en su casa.
—Efectivamente —reconoció él con tranquilidad.
—Todos los elementos de los que disponemos llevan a pensar que su mujer fue agredida entre las siete y media y las ocho menos cuarto. O sea, en la franja en la que usted no tiene coartada.
—Hasta donde yo sé, fue agredida en su barco, a más de seis millas náuticas de la costa. ¿Cómo habría llegado yo allí? ¿Nadando?
—Con su pequeña lancha semirrígida.
—¡Se tardaría más de media hora en llegar!
El muy cabrón sabía lo que decía. Aquello era su seguro de vida, el motivo que explicaba que, durante un año, no hubiesen podido registrar la casa ni detenerlo.
Eso explicaba su aplomo, aquel modo que tenía de mirar a Justine como si le dijese: «Váyase a tomar por culo».
El hombre recitaba su catecismo y ese era el problema.
Adrien mantenía la misma versión desde el principio.
A diferencia de otros sospechosos de casos similares, él no había incurrido en contradicción alguna: nunca lo habían pillado en un renuncio. Pero eso iba a cambiar.
—Hemos simulado el trayecto varias veces —explicó Justine—. A toda velocidad, en un día sin viento, es posible llegar en menos de veinte minutos.
—Usted me mostrará cómo.
Ella cambió de tema.
—¿Sabe qué es lo que más me ha llamado la atención en este caso?
—Pues me da bastante igual, sinceramente.
—Aquel día no había guardés en la finca.
—Nunca lo hay. Supervisa el mantenimiento una especie de administrador, pero no vive allí y depende de una agencia inmobiliaria del bulevar de Alberto I.
—Y eso ¿por qué?
—Oriana y yo valorábamos nuestra intimidad. No nos apetecía tener a alguien siempre con nosotros cuando estábamos en casa.
—El sistema de videovigilancia es más bien rudimentario y se limita al portón de acceso…
—Ya le he dicho que no me apetece que me graben.
—Una familia como la suya, lo normal es que tenga contratado, como mínimo, a un guardaespaldas. Y ustedes tenían sitio donde alojarlo. ¿No tiene miedo por sus hijos?
—Les enseño a no vivir con miedo. Y eso pasa precisamente por renunciar a una superprotección ilusoria.
—¿Su mujer tenía enemigos?
—Pues digo yo que alguno tendría si ha muerto asesinada.
—¿Quién podía tenérsela jurada a Oriana?
—Yo pensaba, fíjese, que después de un año de investigación habrían profundizado un poco en ese tema.
—Ya llegaremos a eso, señor Delaunay. Pero usted, por su parte, ¿qué cree?
—Creo que son un desastre. Las deficiencias de la Policía y la Justicia francesas no son ningún secreto.
Ustedes no protegen a los ciudadanos. Su sueño es añadir a un tipo como yo a su pared de trofeos de caza porque soy rico y famoso, pero son tan incompetentes que ni siquiera necesito un abogado para defenderme.
Justine, lejos de ofenderse, se dijo que el sospechoso empezaba a perder la calma. Eso era buena señal.
—Cuando le enseñamos la lista de cosas que su mujer llevaba en el barco, usted afirmó que faltaba un reloj de pulsera de gran valor.
—Un Patek Philippe Nautilus de oro rosa y diamantes. Se lo regalé yo por el vigésimo aniversario de cuando nos conocimos.
—He mirado el precio en internet: más de doscientos mil euros… Es de locos. Nunca me habría imaginado que un reloj pudiera costar eso. Es lo que vale un piso con una habitación.
A Delaunay se le veía, de repente, muy cansado.
—¿Y cuál es su pregunta?
—¿Está seguro de que ella llevaba ese reloj aquel día? —preguntó la inspectora.
—Siempre lo llevaba.
—¿Cree usted que, quien la mató, le robó el reloj?
—Me parece obvio. ¿Quién si no? ¿Un policía? ¿Un bombero? ¿Una de las dos alumnas del EDHEC?
Aquel reloj era un misterio. El equipo de Taillandier llevaba meses peinando sin éxito los sitios de internet de reventa de relojes y hablando con joyeros de la zona.
—Entonces ese reloj fue un regalo de aniversario… Hoy en día, que una pareja dure veinte años no está nada mal.
Delaunay no reaccionó. Siguió mirando, en el techo, una mancha que no existía.
3.
—Y, dígame, al cabo de veinte años, ¿cuál era el estado de su relación?
—El mejor posible.
Justine miró una carpeta que tenía delante.
—Pero había discusiones. A veces, en presencia de testigos.
—Así era Oriana: teatral. La discusión y el conflicto eran una forma de diálogo.
—Los niños han confirmado que ustedes discutían mucho. Y que eso a ellos los perturbaba.