Alguien más 6 Adèle Keller Lo que descubrimos
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6 Adèle Keller Lo que descubrimos

Adèle Keller

Lo que descubrimos

«Una persona […] es una sombra

en la que jamás podremos penetrar».

Marcel Proust

Una semana después

París, 16 de octubre de 2022

1.

Aquel libro se lo había dejado olvidado un cliente en una habitación del hotel de Londres donde yo trabajaba en el verano de 2017. Era una obra breve, de menos de cien páginas, firmada por un autor japonés llamado Junichiro Tanizaki. Fue el título lo que primero me atrajo: El elogio de la sombra .

No era una novela, sino más bien un ensayo en el que el autor defendía una estética de la penumbra como reacción a la estética occidental moderna, según la cual lo bello se encontraría en la luz.

En la cultura japonesa, la sombra envuelve, esculpe y hace nacer la belleza allí donde una mirada ignorante no ve más que insignificancia.

Ni siquiera la belleza de las mujeres puede florecer a plena luz del día, sino que necesita un filtro, un velo, lo único capaz de trascender el encanto y el misterio femeninos.

No soy japonesa, pero me pareció que aquello se correspondía bien con lo que yo era.

Me llamo Adèle Keller y soy una mujer de la sombra.

2.

Mi rutina es invariable. Todas las mañanas, hacia las ocho, me bajo del metro en la estación Madeleine y subo la calle del Faubourg Saint Honoré.

Si hay quien se pasma ante los escaparates de las boutiques de lujo, a mí me fascinan los hôtels particuliers —los palacetes— que van sucediéndose durante el trayecto.

Por ejemplo, el del número 31, con sus dos puertas de un rojo llameante que parecen ocultar un universo misterioso.

Y luego el llamado hotel de Pontalba, que es la residencia del embajador estadounidense.

Por no hablar del Elíseo… A veces los portones están abiertos y entreveo una punta de césped, una fuente, el uniforme de un ujier o de un chófer.

Siempre al acecho del detalle revelador tras la superficie de las cosas.

Continúo mi camino hasta otro tipo de hotel : el exclusivo y lujoso hotel Bristol, donde trabajo de gobernanta.

Me hago cargo, con orden y rigor, de la preparación y mantenimiento de las habitaciones de la octava y última planta, que es donde están algunas de las suites más bonitas.

Mi secreto es ponerme en el lugar del cliente para adelantarme a sus expectativas y deseos, pues tal es la paradoja de mi oficio: si lo ejerzo debidamente, nadie va reparará en mí.

Habrá quien encuentre eso frustrante, pero no es mi caso.

Me gusta estar en la sombra, invisible, cómoda en los recovecos que la luz desatiende.

Lo mismo que el decorador floral, el equipo de lavanderas, los pinches que se afanan en la exigüidad de las cocinas.

Lo mismo que esas pequeñas manos que sacan brillo a la plata o ese repostero jefe que no se cansa de seguir perfeccionando la textura crujiente de su chausson de manzana.

Eso es lo que somos: el aceite que permite que los engranajes funcionen, los verdaderos artífices de la excelencia del hotel prémium.

Las nueve. Otro toque de desodorante antes de ponerme el uniforme: traje sastre negro —de pantalón—, camisa blanca, zapatos oscuros.

En la oficina, la gobernanta general me avisa de una llegada de último minuto a una de nuestras suites más fastuosas: «Los tejados de París».

—Una cliente vip. Una italiana.

—Pero esa suite estaba reservada, desde hace mucho tiempo, para la familia Domínguez —señalé.

—Así es, pero en este caso la dirección le ha asignado otra para complacer a la italiana. Se llama Oriana di Pietro. ¿La conoces?

Asentí mientras me ajustaba el moño en el espejo.

—Un poco. ¿Por qué?

—Porque ha pedido que subas a verla apenas llegues.

3.

Octava planta. Con una bandeja de plata en la mano, respiro hondo y pulso el timbre.

—¿Señora Di Pietro?

La puerta está entreabierta. Toco con los nudillos.

—¿Señora Di Pietro? Soy yo, Adèle Keller, la gobernanta de planta.

Sin respuesta.

«Pues mira, voy a entrar…».

Cada vez que accedo a ella, la suite surte en mí su pequeño efecto con sus ventanas abuhardilladas, su chimenea de mármol y su parqué de roble. La luz suave realza esa alianza elegante que establecen, con las paredes de color pastel, los sillones tapizados con tela de Jouy.

Oriana di Pietro está sentada en la terraza, delante de su ordenador portátil. Detrás de ella, los tejados de París se extienden desde la Ópera hasta la basílica del Sagrado Corazón.

Levanta los ojos de la pantalla; me reconoce, me sonríe.

—Buenos días, Adèle. Me alegro de volver a verla.

—Buenos días, señora Di Pietro.

La última vez que nos vimos fue en Grecia, casi dos años antes, en un magnífico hotel de las Cicladas donde yo era la baby-sitter de sus hijos.

Está igual que en mi recuerdo: morena, mediterránea, elegante, hecha de curvas discretas y armoniosas.

Una mezcla entre Monica Bellucci y la Sophia Loren de Una giornata particolare .

—Me he permitido traerle una infusión de jengibre, miel y limón que es el secreto mejor guardado de nuestro spa —le digo mientras coloco la bandeja en la mesa.

—Está usted cada vez más guapa —me asegura mientras me premia con un cariñoso abrazo.

Siempre fue muy amable conmigo. De verdad.

Durante las dos semanas que pasamos en Grecia, vivimos como una especie de familia, en un clima de gran comprensión mutua.

Oriana, muy afectada por el fallecimiento de su padre, había ido allí con sus dos hijos, aunque sin su marido, para poder descansar un poco tras el entierro.

Cuando se fueron todos, sentí tristeza y un gran vacío.

Un abatimiento total, como si Oriana se hubiese llevado las pilas que me hacían funcionar.

—¡Qué gusto saberla en París!, señora Di Pietro.

—He acompañado a Adrien, que tiene que dar un concierto esta noche en la Casa de la Moneda de París.

—¿Qué tal están Paolo y la pequeña Sofía?

—Muy bien. Mire cómo han crecido… —exclama, enseñándome unas fotos en su iPhone.

Sus hijos son fantásticos. Dos figuras luminosas y alegres.

Me acuerdo perfectamente de ellos. Paolo tocando el violonchelo con su camiseta del Milan, y Sofía con su pasión por la danza clásica y dibujando todo el rato.

Unos críos equilibrados y adorables que desprendían una alegría de vivir tan reconfortante como contagiosa.

Conforme van pasando las imágenes, identifico una serie de lugares de los que ella me había hablado: el piso familiar con jardín donde viven en Brera, la casa del cabo de Antibes, la cabaña de Cortina d’Ampezzo.

La vida de los Di Pietro es una partitura impecablemente interpretada ante la cual vuelve siempre a plantearse uno de los grandes misterios de la existencia: por qué, en el reparto de los naipes, unos reciben un póquer de ases y, otros, un par de doses.

Mientras amplío una foto de Sofia montada en trineo, cae en la nieve una gota de sangre. Levanto la cabeza y exclamo:

—Le sangra la nariz, señora Di Pietro…

Corro al cuarto de baño y vuelvo con la caja de pañuelos.

—No es nada —dice ella, cogiendo de la caja un clínex.

Se suena, se seca, inclina la cabeza hacia delante apretándose debajo del puente de la nariz para detener la hemorragia.

—¿Desea que llamen a un médico?

—No, no merece la pena. Me ocurre a menudo últimamente.

Vuelve a sentarse a la mesa de la terraza y me invita a hacer lo propio, pero yo prefiero quedarme de pie y le sirvo una taza de infusión.

—Siéntate, Adèle. Haz el favor.

—No quisiera tomarme esa libertad…

Me tira de la manga para obligarme a obedecerla.

4.

—¿Qué puedo hacer para ayudarla, señora Di Pietro?

—Para empezar, me vas a llamar Oriana, ¿de acuerdo?

Asiento con la cabeza.

—No he venido al Bristol por casualidad. Estoy aquí porque quería verte.

—¿A mí? Pero ¿por qué?

—Tengo algo que proponerte.

Trago saliva y me tensiono mentalmente. Los clientes a veces tienen unas ideas bastante estrafalarias…

—La escucho.

Arruga el clínex manchado de sangre y lo echa en un cenicero de cristal que hay en el centro de la mesa.

—No te quiero coaccionar, Adèle. Así que te doy a elegir.

—¿Elegir qué?

—Quedarte o irte.

—¿Por qué me iba a ir?

—Porque lo que voy a contarte va a comprometerte.

—Me va a comprometer ¿a qué? No entiendo.

—Si te quedas, te voy a revelar una cosa que nadie sabe. Salvo yo misma y un médico de Lugano.

Coge un paquete de cigarrillos Vogue mentolados que hay cerca del ordenador.

—En cuanto tengas esa información, estarás en peligro.

Marca una pausa y enciende un cigarrillo largo y fino con un mechero lacado, mientras yo siento que el decorado se tambalea a mi alrededor.

—Estarás en peligro porque, si la revelas, mandaré a tu casa a un tipo que te romperá las dos piernas y no te dejará un diente en su sitio.

La imagen, abstracta y al mismo tiempo aterradora, atraviesa mi mente.

—No estoy de broma —aclara—. Hará exactamente eso. Tú gritarás, quedarás desfigurada y tu vida se irá al traste. En el mejor de los casos, el tipo se detendrá ahí, y en el peor…

En unos segundos, todo en ella se ha transformado: mirada de fuego, pupilas dilatadas, voz amenazadora. Ha cambiado el disfraz de buena amiga por el del emperador Palpatine. Y de repente, se me hace obvio lo que pasa.

—Está enferma, ¿es eso?

—Bravo por la deducción.

Da una larga calada y echa el humo formando una nube vaporosa que se deshilacha a merced del viento.

—Tengo un tumor en el cerebro —confirma con frialdad—. Invasivo, agresivo e inoperable. Seguramente me muera antes de que acabe el año.

—Lo siento, yo…

—Gracias, pero tú no puedes cambiar eso. Guárdate la saliva para decir cosas inteligentes.

Echa la cabeza hacia atrás y reprime un bostezo mientras se masajea la nuca.

—¿Le duele?

—Hay días que estoy bien… y otros que no tanto.

—¿Cómo puedo ayudarla? Quería proponerme algo…

—Voy a ser directa contigo. Ya no tengo tiempo para la cortesía, para la falsa camaradería, para la hipocresía de las relaciones sociales. Antes de ponerme en contacto contigo, me he informado. Y me he enterado de muchas cosas sobre tu personita…

Me echo hacia atrás ligeramente.

—Sé la lista de los hombres con los que te has acostado desde que tienes diecisiete años, la de todos los puestos que has ocupado en tu carrera. Cuánto dinero le debes al banco, lo que pagas de alquiler por tu buhardilla. Sé lo que piensas cuando te metes en la cama por la noche.

—Realmente cree que puede hacer lo que se le antoje…

—En esta situación en la que me encuentro, sí.

El móvil le vibra sin cesar desde que he llegado. Hasta ahora, no le ha prestado atención, pero se decide a mirar la pantalla y tuerce el gesto.

—¿En qué consiste su propuesta?

—Necesito tiempo para explicártela —dice mientras se levanta y aplasta la colilla—. Esta mañana debo ver a unas personas y hacer unas gestiones. Tengo que seguir disimulando… Pero ven a verme luego por la tarde, a las seis.

—¡No estoy a su servicio!

Entonces, cuando menos me lo espero, se inclina para besarme. Sus labios rozan los míos y ese beso me aturde…

—¿Sabes que te pones aún más guapa cuando te enfadas? —me suelta mientras sale de la terraza.

Traspasa el umbral de la suite y se vuelve hacia mí, enmarcada por el vano de la puerta corredera de cristal.

—Ah, una última cosa. Le vas a dar puerta a tu novio.

—¿Cómo?

—Es un desgraciado. No te merece. Y no solo vas a dejarlo, sino que vas a hacerlo hoy mismo.

—¿Solo porque usted me lo pida?

—Exactamente.

—Está loca —le digo mientras paso por delante de ella.

Ella suspira.

—Sí, como todo el mundo. Ya sabes lo que dice Jacques Lacan: «Todo el mundo delira». Pero recuerda: no vengas a verme hasta que lo hayas hecho.

—¡Mi vida no vale menos que la suya!

—Adèle, Adèle… Como creo que tienes dos dedos de frente, vas a escuchar a tu vocecita interior, ¿de acuerdo? Ya sabes, esa que te dice que ya es hora de vivir tu vida en vez de observar la de los demás.

Miro el reloj. Es tarde.

—Tengo que volver a supervisar a mis equipos —afirmo.

—«Tengo que volver a supervisar a mis equipos» —repite con voz ridícula, imitándome.

Ya he cerrado la puerta cuando la oigo espetar:

—¡Esta tarde a las seis en la piscina del hotel!