5 Oriana di Pietro Lo que nos mata
Oriana di Pietro
Lo que nos mata
«Lo real es cuando uno se da un golpe».
J ACQUES L ACAN
Dieciocho meses antes
Lugano, Suiza
1.
El centro médico Karl Jaspers se erguía junto a las aguas del lago Ceresio. Era un edificio histórico de piedra blanca rodeado de tilos y castaños de Indias al cual se habían ido añadiendo, a lo largo de las décadas, pabellones más modernos con fachada de cristal.
Oriana di Pietro estaba hecha a aquel sitio.
Lo conocía desde su niñez. Los laberintos del centro hospitalario, las flores y las especies vegetales del jardín, las aguas centelleantes del lago…
A los seis años y medio tuvo un terrible accidente de coche con su madre en la carretera de la estación de esquí de Cortina d’Ampezzo.
Anna Maria di Pietro, de treinta y ocho años, perdió el control de su Maserati Biturbo, que cayó por un barranco. Murió a las pocas horas.
Oriana, por su parte, sufrió graves heridas.
Fractura de mandíbula, hemorragia interna, traumatismo cervical y fractura de la columna vertebral.
Fue sometida a varias operaciones que la obligaron a quedar hospitalizada más de un año y fue allí, en aquel centro médico de Lugano, donde enfiló el largo viacrucis de su rehabilitación.
Aunque tuvo que llevar un corsé hasta el final de la adolescencia, ya no conservaba sino secuelas limitadas de aquel accidente: básicamente una pierna más débil que la otra y un dolor de espalda crónico que no le había impedido abrirse paso por todos los puntos candentes del planeta cuando fue corresponsal de guerra.
Oriana volvía a aquella clínica cada vez que tenía un problema de salud importante. François Chappuis, el director del centro, la había visto crecer y se había convertido en un amigo.
Sentado en su despacho, el hombre no parecía, por su físico, un médico.
Con esa hechura que tenía de luchador grecorromano, esas facciones como esculpidas en granito, esa nariz chata y esas cejas densas, se daba más un aire a Lino Ventura.
Su fuerza tranquila desbordaba de su bata blanca, aunque en ese momento su cara tuviese el gesto de los días malos.
Tras sus gafas de medialuna, sus ojos iban pasando, alternativamente, de su paciente a unas pruebas de diagnóstico por imagen que tenía entre las manos.
Oriana había llegado a Lugano esa misma mañana para someterse a una batería de exámenes.
Llevaba unas semanas sufriendo unos violentos dolores de cabeza al despertar, así como ligeros vértigos.
Su médico de cabecera de Milán le encontró un poco de hipertensión y ella no se preocupó más allá de eso.
Luego le empezó a doler el brazo izquierdo, como si lo tuviese invadido de hormigas.
Ella optó por meter la pelusa debajo de la alfombra, convencida de que todo aquello pasaría…
hasta que se desplomó y perdió el conocimiento en una tetería durante la Feria del Libro Infantil de Bolonia.
Una alerta que le hizo decidirse a acudir a Lugano para un examen neurológico completo, un escáner, una resonancia magnética cerebral y una biopsia.
Chappuis había centralizado los resultados de todas aquellas pruebas.
Oriana se esperaba malas noticias y el rostro curtido y preocupado del médico no la tranquilizó.
—Bueno, no vamos a andarnos por las ramas. Dime sin ambages lo que hay —le reclamó—. Los resultados no son buenos, ¿verdad?
—Son malos —reconoció Chappuis.
—Tengo cáncer, ¿es eso?
—Sí. Tienes un tumor cerebral que te comprime el cerebro, generando lo que se llama un «efecto de masa». Eso explica la hipertensión, el dolor de cabeza, la pérdida del conocimiento.
Chappuis normalmente se mostraba positivo, transmitía una sensación tranquilizadora de padre de familia. Aquel día, sin embargo, parecía haber perdido su aura mágica.
—Es un glioblastoma de grado cuatro —precisó.
—¿Y cuántos grados hay?
—Cuatro. Es el estadio más avanzado.
—Eso quiere decir que es invasivo…
—… y que se desarrolla rápido, sí.
—¿Se puede operar?
—Desgraciadamente, es imposible —dijo el hombre suspirando—. Tu tumor se ha vuelto ya tan grande como una naranja y ha echado raíces en el lóbulo parietal derecho.
La imagen horrorizó a Oriana y al mismo tiempo la situación se le antojaba irreal. ¿Cómo había podido crecerle en la cabeza un cacharro del tamaño de una pelota de tenis?
—De todas formas, en ese tipo de cáncer —aclaró el médico—, la cirugía rara vez permite retirar la totalidad del tumor y la reaparición es casi automática.
Ella intentó agarrarse a la realidad.
—¿Y la radioterapia? ¿La quimio?
—Sin extirpación del foco tumoral, eso solo serviría para dejarte exhausta. La quimio no penetra eficazmente en el cerebro.
—¿Los anticuerpos monoclonales?
—Podemos administrártelos, pero no van a prolongarte la esperanza de vida.
—¿No hay ninguna posibilidad?
El médico torció el gesto.
—En treinta años, nunca te he mentido, Oriana. Fue un pacto que hicimos, ¿te acuerdas?
—¿Entonces…?
—Entonces, sí, el pronóstico es muy oscuro.
Ella encajó la sentencia y luego preguntó:
—Sin tratamiento, ¿qué va a pasar? En detalle, me refiero.
Chappuis se tomó un momento para pensar y calibró sus palabras.
—El tumor va a seguir creciendo progresivamente y va a provocar síntomas cada vez más graves de resultas del aumento de la presión intracraneal.
—¿Más concretamente?
—Podrías sufrir crisis de epilepsia, quedar paralizada del lado izquierdo, perder el habla y la memoria. El tumor va a dañar el nervio óptico y te va a hacer perder vista, probablemente hasta dejarte ciega.
Ella intentó mantener aquel futuro a distancia, como si se tratara de algo muy abstracto, pero continuó con sus preguntas. Quería estar segura de que identificaba debidamente todos los parámetros de la situación.
—¿Y cómo es que he pillado yo eso? ¿Es genético?
—No es mi especialidad, pero digamos que la herencia probablemente sea un factor de riesgo. También pueden haber influido todas aquellas radiografías que te hicimos de pequeña después del accidente de coche, aunque no necesariamente…
Y ahora, LA pregunta.
—¿Cuánto tiempo me queda de vida?
Chappuis se rascó la cabeza.
—Meses.
—¿Más bien dos o más bien… diez?
—Más bien dos.
Ella hizo un gesto con la cabeza, aunque sin rendirse.
—Pues yo no me siento tan mal. No tengo la sensación de ir a morirme mañana…
—Es normal, pero va a haber un momento bastante claro en el que la enfermedad entre en su fase terminal. Tu estado general se degradará de manera brusca y rápida.
—¿Qué futuro tengo?
—El futuro que tú quieras.
—Unas palabras preciosas…
—Lo digo en serio. Tienes que organizarte, poner orden en tus asuntos y en tu vida. Plantearte cómo quieres morir. No dejarte invadir por…
Oriana volvió a interrumpirle.
—Tengo que volver a Milán.
Chappuis la acompañó hasta la puerta. Sus ojos vivos brillaban como pozos de luz. Detrás de aquel cuerpazo fuerte y aquella voz ronca se escondía una personalidad sensible y empática.
—Quedo obviamente a tu disposición si necesitas ayuda o consejo. Puedes llamarme en cualquier momento si las cosas se complican.
—Ahora mismo solo te pido una cosa: que no le cuentes a nadie que tengo cáncer.
—¿Y a quién se lo iba a contar?
2.
Eran las cuatro de la tarde cuando Oriana salió del edificio. Nunca le había parecido tan acogedor aquel jardín. En aquel final de octubre, el verano se estaba tomando una prórroga: el cielo estaba claro, el lago relucía y el sol iluminaba unas montañas todavía verdes.
Se sentó en un banco y permaneció un buen rato inmóvil, con la mente en pausa, dejando que penetraran en ella el paisaje y el canto de los pájaros, como si pudiera fundirse en una misma cosa con la naturaleza y lavar su cerebro contaminado.
Un híbrido de cuelgue panteísta y meditación de atención plena.
¿Qué sentía? ¿Que aquello era injusto? ¿Miedo? ¿Cólera? No, no sentía nada de eso. Le parecía que el interruptor automático de su psiquismo había cortado la corriente de sus emociones.
Sacó un paquete de tabaco del bolso, se encendió un cigarrillo y suspiró de satisfacción con la primera calada. Era mágico poder ensuciarse los pulmones sin miedo a las consecuencias.
Se dejó adormecer por aquel caleidoscopio cromático: el césped verdeante, el agua de color verdeceledón, el tono mandarina de los patines del lago, el oro de las primeras hojas otoñales… Lo que fuera con tal de no caer en el sentimentalismo.
Todos la consideraban fuerte, pero era mentira.
Oriana era solamente tenaz. Su vida había sido, desde que tenía seis años, una lucha permanente: un no querer resignarse a la desdicha.
Era capaz de aguantar el dolor y de soportar lo que hiciera falta.
Había asimilado, siendo aún muy joven, que los golpes que la vida nos manda no pueden evitarse.
Una tenía que resolverse a afrontarlos con sus pobres medios. Soportar la prueba para luego renacer.
Pero ¿cómo abordar una lucha perdida de antemano?
Oriana se sustrajo a sus cavilaciones para enviar un SMS a su chófer pidiéndole que fuera a buscarla.
Se levantó del banco y cruzó el jardín con la idea de esperarlo fuera del centro hospitalario.
Su silueta en movimiento se multiplicaba en los cristales azules de los edificios.
El estampado de flores de su vestido se mezclaba con los reflejos del cielo y con la fronda de los árboles.
Cuando estuvo trabajando de modelo —durante sus estudios—, encomiaban su belleza mediterránea, su rostro ovalado, sus ojos luminosos, sus cejas arqueadas.
Veinte años después, seguía dando el pego.
Se sentía libre, radiante, un electrón que atravesaba la vida y que no tenía ninguna gana de abandonarla.
El Mercedes la esperaba con el motor encendido y el chófer colocado para abrirle la puerta.
Se lanzó al interior del Clase S y pidió a Edoardo que la llevara de regreso a Milán.
Aquel hombre de pelo blanco peinado hacia atrás —y ojos siempre protegidos por gafas de sol de concha— llevaba lustros trabajando para la familia.
Su discreción y lealtad eran totales. El padre de Oriana, il Presidente , tuvo la inteligencia de rodearse de colaboradores de confianza que le debían todo, que no hacían jamás preguntas ni discutían nunca orden alguna.
Oriana sintió de pronto, apenas se hubo sentado en la parte trasera del sedán, que el cansancio se le echaba encima. Se envolvió en una manta de viaje de cachemir y se dejó acunar por el zumbido lejano del tráfico.
¿Y ahora qué? ¿Cómo iba a adaptarse a aquella nueva realidad?
Chappuis le había dado dos meses. Era, al mismo tiempo, poco y mucho.
Su prioridad era no dejarse desposeer de sus últimas semanas de autonomía.
Quería seguir en el ruedo el máximo tiempo posible, evitar las especulaciones sobre su estado de salud, y eso pasaba necesariamente por el secreto.
La mirada de los demás era el mayor veneno de la existencia.
Ella siempre había intentado que esa mirada no la esclavizase.
Por eso no iba a hablar con nadie de su enfermedad, no iba a mostrarse mermada ante nadie.
Por primera vez se dio permiso para pensar en sus hijos, Paolo y Sofía, y en su marido.
Cuando tu herencia se cuenta en miles de millones de euros, siempre estás a un paso de caer en la locura.
Hay escollos por doquier. Haber conseguido preservar a su familia de la insania del imperio Di Pietro era el mayor éxito de su vida.
Pero ¿qué pasaría una vez ella no estuviese?
Cerró los ojos. Saber que la vida de los demás continuaría sin ella le resultaba doloroso. Insoportable. Se esmeraba por dar una imagen de sí misma juiciosa y ponderada, pero seguía siendo una Di Pietro. Una luchadora. Era hija de su padre para lo bueno y para lo malo.
En su mente empezó a germinar un plan. De una manera u otra, tenía que encontrar un modo de seguir con su vida.
De seguir estando una vez que ya no estuviera.