Alguien más 4 Justine Taillandier Lo que buscamos #3
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4 Justine Taillandier Lo que buscamos #3

—O sea, que lo mismo es indicio de una cosa y de la contraria. Eso sí que es un avance… Menos mal que habéis venido, cracks .

—Vamos a tranquilizarnos, por favor —intervino, exasperado, Puygrenier.

Candice Lachaume, sin inmutarse, retomó la palabra para exponer una especie de plan de batalla y recordar los principios en los que ella creía.

—Ya no estamos en la época de ver quién es más fuerte, de echarle un pulso al sospechoso. Las amenazas, las técnicas de desgaste, las confesiones arrancadas con fórceps…, todo eso se acabó.

Justine se mordió los labios para no decir nada.

—Hoy lo que funciona es la empatÍa con el detenido —continuó la joven—. Hay que establecer una relación de confianza con el sospechoso que permita crear un marco propicio para que su palabra se libere. Hay que tratarlo con educación, dirigirse a él de usted, darle la mano.

Esta vez Justine no pudo contenerse.

—También puedo prepararle unos tomates rellenos riquísimos que hago…

La mujer la ignoró y siguió explicando su método de interrogatorio. Recordó un caso reciente muy mediático en el que consiguieron confesiones gracias a su pericia. Un feminicidio en la Francia de las viviendas unifamiliares.

Justine sacudió la cabeza en silencio. Candice Lachaume iba muy desencaminada.

Adrien Delaunay era otra cosa totalmente distinta de aquel garrulo que tenía el coeficiente intelectual de una babosa al que se refería la gendarme, al cual no fue complicado hacer caer en la trampa.

Pero si ella no podía seguir soportando tamaña palabrería, Puygrenier, El Amrani y el sargento García escuchaban todo aquello atentísimos.

La miraban, hipnotizados, como si se tratara de la octava maravilla del mundo.

Hay que decir que Lachaume controlaba magistralmente el efecto que producía: el pestañeo, la entonación, la leve sonrisa, el mechón que se recolocaba como quien no quiere la cosa tras la oreja…

Del mismo tipo de mujer que la cirujana que le había robado a su marido.

Sin embargo, desde el estudio de la escena del crimen hasta el perfil del agresor, aquella analista del Departamento de Ciencias del Comportamiento de la gendarmería no había aportado más que mierda.

Decenas de páginas de informe confusas y vacuas, análisis hipotéticos que no representaban ninguna ayuda aprovechable.

Justine conservaba en la memoria la escena que se encontró al llegar al barco de Oriana di Pietro.

Para infligir semejantes heridas, al asesino de la italiana seguramente lo hubiese embargado un arrebato emocional.

Un nivel de cólera llevado hasta el paroxismo y que a las cuadrículas de análisis del Departamento de Ciencias del Comportamiento de la gendarmería les costaba compatibilizar con esa sangre fría y esa preparación minuciosa tan llamativas de las que el autor del crimen había dado muestras colándose en el barco y volviendo a marcharse en un abrir y cerrar de ojos sin que nadie reparase en él.

Pero el alma humana no podía reducirse a ecuaciones. Era un material complejo, un entramado inaprehensible compuesto de distintas capas contradictorias, un auténtico laberinto en cuatro dimensiones y sin puerta de salida.

Justine sentía ahora hormigas en las piernas. Se ahogaba. No soportaba aquellas reuniones contextualizadoras. Ella quería meterse ya en faena, dejar de jugar el partido mentalmente antes de entrar en la cancha.

Puygrenier, tras mirar el reloj, pareció recobrar un poco de lucidez y se resolvió por fin a interrumpir la monserga de Candice Lachaume.

—Venga, vamos —decidió, dando una palmada como para romper un hechizo del que él mismo había sido víctima.

Se levantó y terminó la reunión con un par de frases combativas.

—Tenemos razones para ser optimistas. Hemos trincado al tipo, estamos convencidos de su culpabilidad y tenemos una lista de pruebas más larga que mi brazo.

Cuanto más intentaba darse ánimos Puygrenier, más tenía Justine la impresión de que ni él mismo creía en sus posibilidades de éxito. Porque el problema no eran las pruebas; el problema era el móvil, la intención primaria que había empujado a Adrien Delaunay a matar a su mujer.

El comisario volvió los ojos hacia ella para dirigirle un mensaje.

—Vamos in crescendo . No quemamos nuestros cartuchos de inmediato. Esperamos un poco antes de sacar lo de la declaración de su mujer y los otros elementos que todavía no figuran en el expediente, ¿entendido? Venga, ahora sí que sí.

Abrió la puerta, le dijo a un agente de la Policía judicial que llevase a Adrien Delaunay a la sala de interrogatorios y pidió hablar un momento a solas con Justine.

—¿Todo en orden, Taillandier? —le soltó cuando hubieron salido todos.

Justine asintió.

—Ya sé lo que piensa de Candice Lachaume, pero no solo dice gilipolleces —afirmó él.

Justine tenía la mirada perdida, en otra parte.

—¿Está usted en condiciones de hacerse cargo de este interrogatorio, Taillandier?

—¿Qué le lleva a dudarlo, jefe? —preguntó ella saliendo de su modorra.

Puygrenier suspiró.

—Como la cague, ya no tendremos nada contra Delaunay y quedaremos como los reyes de los idiotas. Necesitamos CONFESIONES: claras, exhaustivas, firmadas.

—Las tendremos.

—Le recomiendo que así sea.

Salió malhumorado y dejó sola en la habitación a Justine. Esta veía detrás del cristal a Achraf el Amrani, su adjunto, sentado detrás de su ordenador. Con el pelo corto, afeitado a ras y vestido con un traje de lino claro. El buen alumno que espera a la maestra el día de la vuelta al colegio.

Entonces entró en la sala de interrogatorios, escoltado por dos agentes de la Policía judicial, Adrien Delaunay. Indescifrable, hermético, el pianista se detuvo ante el espejo unidireccional.

Y sus miradas se cruzaron sin verse.