4 Justine Taillandier Lo que buscamos #2
Nunca en todos aquellos años había puesto en entredicho tal enfoque.
Siempre le había parecido que tenía tiempo, que era joven y que eso iba a durar mucho aún.
Siempre la consideraban, allá donde iba, la chica guapa del grupo.
Hasta hacía dos días, la seguían llamando «señorita» en las terrazas de los cafés.
El despertar fue brutal. Tenía la impresión de haber quedado reducida, de repente, a una cosa gorda y jadeante.
Una yegua exhausta con un pie en el matadero.
Y se hacía evidente una obviedad: no iba a tener nada que transmitirle a nadie.
No dejaría nada tras de sí, salvo amargura y resentimiento.
Su emancipación consistía en verse con el ánimo en un pozo y atontada por los fármacos.
Se había hecho el vacío a su alrededor. Los amigos, colegas y familia se habían alejado.
Consiguió incluso enfadarse con su madre tras una violenta discusión que habían tenido hacía un mes.
(«Te dije que tuvieras un hijo cuando todavía estabas a tiempo, pero tú siempre haces lo que te da la gana»).
Peor aún, Justine se pasaba el día en Instagram escudriñando las publicaciones de su exmarido y de su nueva mujer.
La nueva pareja desplegaba su felicidad en un sinfín de posts vacacionales.
El más reciente los presentaba con su bebé en un velero frente a la costa de Porto Vecchio.
Aquellas fotos olían a aceite perfumado Monoï, a arena caliente, a viento salado.
Una auténtica tortura. Le resultaba insoportable ver a Romain radiante, metamorfoseado, con el pelo largo y camisetas de adolescente.
Igualmente insoportables se le hacían la belleza y frescura de la cirujana.
Su bronceado, su pelo rubio, su sonrisa luminosa.
Justine tenía ganas de matarlos a los dos.
Literalmente. Se sentía capaz de clavarles una estaca en el cráneo.
O un buril en el pecho. O de arrancarles el corazón directamente con las manos. Y luego comérselo. Y después matarse.
«Se te está yendo la olla, vieja…».
Cerró la aplicación de fotos y dejó el móvil en la mesa. Tenía que dejar de hurgarse todo el rato aquella herida. Tenía que decidirse a pasar página.
«Pero ¿qué haces si la página que tienes que pasar pesa cien kilos?».
Aquella frase de La mujer de al lado resonó dolorosamente en su cabeza.
A lo mejor no tenía la lucidez necesaria para hacerse cargo de aquel interrogatorio.
Es lo que todos pensaban, de hecho: Puygrenier, El Amrani, los dos jueces.
La mandaban a la línea de fuego con la esperanza de que fuera ella quien recibiese el tiro.
El postre se le hizo empalagoso y le dio sed.
Bebió un vaso de agua, pero seguía sintiendo la boca tan pastosa como antes.
Habría podido vaciar la jarra, pero no era buena idea.
En media hora tendría que salir a mear, en pleno interrogatorio.
Habría que interrumpir la declaración y toda la pesca.
Cerró los ojos, respiró hondo, a la espera de una chispa que reactivase la máquina.
«Muévete, Justine».
Al principio de aquella depresión, pensó que saldría adelante gracias al trabajo.
Que la adrenalina de las investigaciones sería un dique de contención para la tristeza.
Pero ella no era ninguna heroína de novela policiaca o de serie de televisión.
Llevaba toda su carrera soñando que le encomendaran un caso como el asesinato de Oriana di Pietro.
Por desgracia, ese caso se le presentaba en el peor momento de su vida.
En una etapa en la que ya ni siquiera era capaz de interpretar su propio papel.
3.
Justine se obligó a levantarse, pagó la cuenta en la barra y salió del restaurante.
Volvió a subir la calle Defly, que llevaba directamente a la nueva comisaría.
Allí se encontró al grupo de periodistas que hacían tiempo bajo las palmeras de la calle del Hotel des Postes.
Conocía a la mayor parte de los que trabajaban para los medios informativos de la región, así como a los corresponsales locales de los grandes medios, pero había, desde hacía poco, otros actores: unos «reporteros ciudadanos» que, móvil en mano, filmaban básicamente lo que fuera.
Habían aparecido durante las primeras manifestaciones de los chalecos amarillos, documentando cualquier tipo de incidente que más o menos pudiera calificarse de «violencia policial», para colgarlo ipso facto en las redes sociales.
Apretó el paso antes de que el tropel se amontonara en torno a ella y subió presurosa los peldaños de la entrada principal.
La comisaría, que ocupaba el espacio rehabilitado del antiguo hospital Saint Roch, tenía su empaque: un gran edificio ocre de fachada neoclásica, todo simétrico, con columnas, pilastras y ventanas con parteluz.
Allí estaban reunidos, en un único lugar, todos los servicios de seguridad de la ciudad de Niza: Policía nacional, municipal y centro de supervisión urbano.
Si el frontón triangular y los bajorrelieves remitían a los siglos pasados, el interior rezumaba siglo XXI : un patio con vegetación, mucho cristal azul y pantallas digitales por doquier.
Justine cogió el ascensor hasta la última planta.
En la cabina, la imagen que le devolvió el espejo la disgustó: vaqueros deshilachados, deportivas desgastadas, un cárdigan informe sobre una blusa de tela gruesa, pelo suelto que apuntaba en todas direcciones.
Una auténtica bruja. No es que fuese a la gala del Met, pero aquel aspecto la hacía sentir incómoda…
Se arregló el pelo a toda prisa antes de dirigirse al ala oeste del edificio que, se decía, era el antiguo pabellón de los enajenados.
No tuvo que buscar mucho tiempo la sala de reunión.
A la vuelta de un pasillo la estaba esperando un pequeño comité de bienvenida.
Estaban Pierre Puygrenier —el jefe de la brigada criminal—, colgado de su teléfono; Achraf el Amrani —el segundo del grupo de Justine—, que iba a asistirla durante el interrogatorio, y dos elementos ajenos al servicio.
Justine reconoció a Candice Lachaume, del Departamento de Ciencias del Comportamiento de la gendarmería —en Cergy-Pontoise—, acompañada de su perrito faldero, otro analista de tupido bigote cuyo nombre había olvidado, pero que se parecía al sargento García del telefilme de su infancia.
Justine saludó a todo el mundo haciendo un gesto con la cabeza.
La presencia de dos «expertos» la contrariaba.
Candice Lachaume, delicada joven rubia de un pelo más liso imposible, adoraba a la prensa.
Y aquel amor era recíproco. Conocida como «la loba blanca», presentada como una «perfiladora a la francesa», había afinado su técnica durante los casos en que había intervenido para apoyar a los investigadores locales.
Si el asunto iba bien, se llevaría el protagonismo y saldría en todas las televisiones.
Si iba mal, diría que es que no le habían prestado suficiente atención y dejaría a los policías como unos patanes.
La maniobra era muy básica, pero siempre daba resultado…
Puygrenier, con un gesto de la mano, pidió a los miembros del grupo que lo siguieran.
Los condujo a otro pasillo y empujó una puerta que daba a un despacho contiguo a la sala de interrogatorios.
Era una habitación alargada —provista de un amplio espejo unidireccional— que llamaban «la atalaya».
Todos se sentaron alrededor de una mesa rectangular de cristal oscuro y se miraron con cara de póquer a la espera de que el comisario comenzase la reunión.
Por fin colgó Puygrenier.
—Estaba con la jueza Frankowski —explicó—. En fin, vamos al grano: sencillamente, no podemos fallar estando ya tan cerca.
Confirmó que Marsella había dado su autorización para que «nuestros colegas del Departamento de Ciencias del Comportamiento de la gendarmería nos asistan en las tomas de declaración».
Ambos analistas se quedarían en aquel cuarto contiguo para «desmenuzar el vocabulario y el comportamiento no verbal del sospechoso».
«Bla, bla, bla, bla, bla, bla…».
Conectados con Justine mediante un micro y un pinganillo, podrían proponerle enfoques alternativos y sugerirle preguntas durante el interrogatorio.
«Sí, claro, lo que tú digas…», pensó la inspectora mirando a su jefe, que notaba su resistencia.
—Vamos todos en el mismo barco, ¿estamos?
Los presentes emitieron un gruñido vago.
—Tengo una buena y una mala noticia —prosiguió Puygrenier—. La buena es que tenemos los resultados del laboratorio sobre las huellas dactilares que le han tomado esta mañana a Delaunay. Se corresponden con las que había en el atizador.
Justine ya se había enterado antes de salir a comer. Se trataba de un elemento importante. No decisivo, ya que el pianista por fuerza se lo esperaba y aquella revelación no le haría perder el equilibrio.
—La mala es que no quiere abogado. Y mira que le hemos insistido, pero él sigue en sus trece.
Contra lo que podría parecer, que el sospechoso rechazara la asistencia letrada no facilitaba la labor de los policías.
Sin la presencia de un jurista, había un gran riesgo de que luego se impugnaran las actas de los interrogatorios o de que surgieran sospechas de que habían sido manipuladas por sus autores.
—Pues a mí me parece un detalle más bien interesante —opinó Candice Lachaume—. Nos da mucha información sobre el estado psicológico de Delaunay.
—Ah, ¿sí? ¿Qué información?
—Pues que a lo mejor está dispuesto a confesar el asesinato de su mujer. Que el hombre se encuentra en tal estado de debilidad psíquica que necesita soltarlo para descargar la conciencia.
—O que tiene tal confianza en sí mismo que se siente capaz de plantarnos cara sin ayuda externa —repuso Justine.
—Puede ser —reconoció la gendarme.
Justine aprovechó la oportunidad.