4 Justine Taillandier Lo que buscamos
Justine Taillandier
Lo que buscamos
«En el fútbol, todo se complica con
la presencia del equipo contrario».
J EAN -P AUL S ARTRE
El mismo día
Niza, calle Gioffredo
1.
Los rayos de sol dibujaban, atrapados en el follaje de un níspero, arabescos en las mesas del restaurante. Sentada en una terraza, Justine Taillandier tenía enfrente a un hombre de pelo revuelto, gris y rizado: Giuse Bergomi, cuarenta años de servicio, el veterano de su grupo.
—Cuento contigo para seguir con la investigación mientras yo interrogue a Delaunay.
—¿Cuáles son tus prioridades? —preguntó el nizardo entre dos bocados de sus alcachofas a la barigoule .
—No han cambiado. Lo primero, encontrar a quien nos dio el soplo sobre el arma del crimen.
Bergomi frunció el ceño.
—He rascado todo lo que he podido. No vamos a averiguar más.
—Ese punto es clave: quien haya delatado a Delaunay por fuerza sabe más cosas. Vuelve a Moulins a interrogar al dependiente del estanco donde compraron la tarjeta de prepago.
—No va a servir de nada —respondió el hombre con su voz nasal.
—Con el ruido mediático del caso, las lenguas pueden soltarse —insistió Justine.
—Excepto en Moulins —zanjó Bergomi, con tono irrevocable.
En ese barrio estaba la llamada «lavandería», uno de los principales focos de trapicheo de droga del departamento. Desmantelado por la policía cada dos por tres, siempre resurgía de sus cenizas prácticamente en el acto. Allí la ley del silencio era más fuerte que en cualquier otro sitio.
Justine se acabó sus strangozzi al ragú.
Faltaban ya minutos para el primer interrogatorio del pianista y notaba la presión que pesaba sobre ella, aunque también podía utilizarla en beneficio propio.
Desde que, unas horas antes, Nice-Matin informara de la detención de Adrien Delaunay, todos los medios se habían hecho eco de la noticia y la habían comentado con fruición.
Frente a la comisaría se había congregado un enjambre de periodistas y cámaras que hacían conexiones en directo.
A las cadenas de información, aquel giro inesperado les venía al pelo.
Siempre iban a la zaga de las redes sociales y ya habían exprimido hasta la última gota la crónica de sucesos recientes y los choques políticos.
El sistema de infoentretenimiento necesitaba carne fresca en tanto que llegaban, con el verano, los Juegos Olímpicos de París.
La detención del marido de la víctima les ofrecía un nuevo telefilme capaz de competir con las plataformas, porque, desde esa perspectiva, el caso Di Pietro tenía un potencial extraordinario…
Aunque a los medios de comunicación transalpinos les había apasionado desde el principio, aquella investigación, por el momento, solo había tenido una difusión comparativamente modesta en Francia, donde Oriana di Pietro no era una figura familiar.
El vínculo con su marido no era obvio —no llevaban el mismo apellido— y, sobre todo, Delaunay era un «célebre desconocido».
Por más que fuese el pianista con más descargas en Deezer después de Ludovico Einaudi, la gente conocía su música, pero ignoraba casi todo de su persona.
En internet se encontraban pocas fotos de la pareja y ninguna en la que salieran con sus hijos.
Delaunay era un tipo taciturno, un intelectual perdido en su música y poco amigo del exhibicionismo imperante.
La muerte de su esposa le había hecho pasar, a pesar suyo, de las secciones musicales de los periódicos a la crónica de sucesos, y su nuevo papel de sospechoso número uno intensificaría, sin duda, tal tendencia.
Los medios franceses, aunque en la cobertura de aquel caso habían sufrido una demora en el arranque, estaban resueltos a ponerse al día…
—La noticia de la detención del marido va a hacer que se muevan las cosas —insistió la inspectora jefa—. Y, en esa misma línea, me gustaría que te volvieras a pasar por el cabo de Antibes para mantener una nueva conversación con los vecinos de Delaunay.
—Pero ¿no tenemos ya bastante munición para hacerlo flaquear?
—Nunca es suficiente. De este tipo puedo esperarme cualquier cosa. Me da miedo que se nos escurra. Que no tengamos por dónde agarrarlo. Iré mandándote al móvil las declaraciones que nos vaya haciendo para que mires si hay asuntos que verificar.
Bergomi levantó la mano hacia una camarera para pedir un expreso.
—Y con los italianos, ¿qué hacemos?
El poli se refería a los detectives milaneses que la familia Di Pietro había contratado para que realizaran sus propias pesquisas sobre la muerte de Oriana.
Aquellos italianos habían repatriado el Luna Blu a Rapallo, cerca de Génova.
Según los ecos que le llegaron a Justine, habían retomado la investigación desde el principio recogiendo nuevas muestras en el barco para analizarlas, cosa que parecía absurda.
Disponían de unos recursos económicos tremendos, pero ¿en qué resultados se traducían?
Ella no estaba al tanto de nada. Los italianos actuaban en la sombra.
A veces se interesaban oficiosamente por cómo iba la investigación —se dirigían sobre todo a Bergomi— exigiendo información sin ofrecerles nada a cambio.
—Vamos a esperar unas horas, a ver si vuelven a ponerse en contacto, pero estoy segura de que van a intentar enterarse de qué nos chiva Delaunay en el interrogatorio.
— Va bene —dijo Bergomi antes de tragarse su café de un sorbo.
Se levantó, se estiró y se frotó esos párpados caídos que tenía en plan Droopy.
—¿No tendrías que estar ya allí? —preguntó preocupado, mirando el reloj.
Justine se encogió de hombros.
—Ya sabes cómo son este tipo de interrogatorios… Se tarda siempre un siglo en llegar al meollo del asunto.
El poli, con la chaqueta sobre el hombro, le hizo un gesto con el teléfono.
—Bueno, voy para allá. Nos vamos contando.
2.
Justine lo saludó levemente con la mano y vio cómo desaparecía.
Durante mucho tiempo lo había considerado un zoquete, cuando no un enemigo.
El hombre ingresó en la Policía judicial de Niza a finales de 1976 —el año del golpe del siglo de Albert Spaggiari— y tendría que llevar jubilado mucho tiempo.
Aquel nizardo era un dinosaurio sin pajolera idea de telefonía ni de las técnicas de la Policía científica.
Reacio a las nuevas tecnologías, arrastraba una imagen de viejo misógino y lo consideraban un mochuelo que se iban pasando entre los grupos de investigación a la espera de que dejara la Policía judicial.
Dos años antes, sin embargo —cuando a Justine se le vino el mundo encima—, Bergomi fue el único de sus colegas que la apoyó y se preocupó por ella.
Desde entonces se había convertido en su hombre de confianza.
Justine llamó a la camarera para que le trajese la cuenta, pero en el último momento la invadió un deseo de azúcar irresistible y pidió el postre del día: una panacota de frambuesa.
Antes de lanzarse al ruedo, necesitaba su dosis de sacarosa.
Debido a la medicación, durante los últimos meses le ocurría que de repente le entraba una especie de somnolencia profunda a la que se añadían otras bendiciones como calores súbitos, sudores, taquicardias, cambios bruscos de humor…
Y luego, para colmo de males, los ocho kilos de más que aparecían en la báscula.
La culpa la tenía una ruptura conyugal que la había cogido por sorpresa.
El drama se produjo en la primavera de 2022, cuando por fin levantaban las últimas restricciones sanitarias relativas al COVID.
Ella tenía previsto irse unos días de vacaciones con su marido —Romain, cincuenta y dos años, director general de servicios del ayuntamiento de Cannes—, y este le anunció que amaba a otra mujer.
También que iba a ser padre por primera vez en su vida.
Un yunque sacudiéndole en la cara. Fue la imagen más gráfica que encontró para describir el shock que aquello le supuso.
Romain y ella llevaban veintidós años casados.
Él le dijo, ya en los primeros meses, que nunca iba a querer tener hijos.
Ella entonces tampoco tenía prisa por tenerlos y, con los años, terminó haciendo suya la opción de su marido.
Ambos tenían una vida profesional intensa, les gustaban los viajes, las caminatas, el submarinismo.
Cruel banalidad: el tiempo pasó sin que ella se diese cuenta.
Y, una mañana, su marido se fue con una cirujana pediátrica de treinta y dos años.
Y su mundo se derrumbó. Y una rabia loca habitaba desde entonces en su corazón.
Últimamente, Justine podía deshacerse en lágrimas si se cruzaba con un bebé por la calle. Estaba en su cuadragésimo quinto año y todo apuntaba a que las puertas de la maternidad se le iban a quedar cerradas.
No pasaba un día sin que lamentara amargamente no haberse dado la oportunidad de ser madre.
Ese pensamiento le reconcomía la cabeza.
Sobre todo le costaba entender por qué no había permitido a aquel deseo expandirse.
Un comportamiento que iba más allá de la mera traición de Romain.
Se trataba de algo más profundo, más generacional.
De una creencia que había impregnado muy pronto su mente y le había impedido proyectarse en ser madre.
Era la convicción de que aquella maternidad representaba una suerte de alienación.
De que la llegada de un hijo comportaba demasiadas restricciones que la privarían de su libertad, de su autonomía, y frenarían su carrera.