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Lo que encontramos

«El orgullo precede a la caída».

P ATRICIA H IGHSMITH

Cabo de Antibes

Eran las seis y media de la mañana cuando Justine Taillandier se presentó ante la verja de la villa Annabelle, una de las residencias más vistosas del cabo de Antibes.

Los primeros rayos del amanecer bañaban ya el Mediterráneo con una luz ámbar. Las cambiantes tonalidades del cielo pasaban del rosa al naranja, el color de los saludos al alba en la Costa Azul.

La inspectora jefa llamó y mostró su distintivo de identificación a la cámara de videovigilancia.

Se abrió el portón, que dio paso a un gran jardín con árboles.

Indicó con un gesto, a los dos hombres que la acompañaban, que se adelantasen con el coche mientras ella continuaba a pie.

Siguió el camino de grava que serpenteaba entre pinos, olivos, limoneros y cipreses.

El aire, fresco, estaba cargado de un suave perfume de cítricos.

Se oía correr el agua de alguna fuente oculta; un sosiego bucólico que la inspectora se disponía a hacer saltar en pedazos.

Justine pasó por delante de un pabellón anejo, una antigua vivienda de guardeses que ahora estaba desocupada; bordeó el césped, verde y al ras como un green de golf, y vio a lo lejos la escalera de piedra que bajaba al muelle privado, con su cobertizo para embarcaciones.

Allí habían encontrado la víspera, los técnicos de la Policía científica, un atizador con sangre seca y cabellos.

* * *

Aquel registro lo había provocado, un año después del asesinato de Oriana di Pietro, una llamada anónima a la comisaría de Niza.

Un hombre —o una mujer que disimulara su voz— afirmaba que Adrien Delaunay había matado a su esposa y había escondido el arma en el cobertizo para embarcaciones de la casa conyugal del cabo de Antibes.

La policía consiguió rastrear la llamada.

El teléfono había sido localizado por antena en pleno centro de Antibes.

Se trataba de un «tintín», un dispositivo equipado con una tarjeta de prepago que no está asociada a ninguna persona física.

El pack había sido adquirido en un estanco del barrio nizardo de Moulins —cerca del aeropuerto—, pero el comprador había presentado un documento de identidad falso a nombre de Serge Karamazov.

De ahí que, en un primer momento, no tomaran en serio la llamada.

En el caso Di Pietro, los fabuladores eran legión.

Los rumores y los chismorreos habían contribuido al fracaso de las pesquisas.

¿Qué necesidad había de infligirse una humillación más?

La brigada criminal de Niza, la Jurisdicción Interregional Especializada de Marsella y los jueces Girard y Frankowski se habían ido pasando unos a otros la responsabilidad de qué hacer con aquella información anónima.

Un marrón de tres pares de narices. En eso se había convertido aquella investigación.

Todo empezó mal desde el principio. Y Justine tenía una butaca de excepción para asistir a la debacle.

Fue su grupo, que entonces dirigía el inspector jefe Pierre Puygrenier, el que acudió al yate de Di Pietro la tarde-noche de la agresión.

El hecho de que la escena del crimen fuese un barco no facilitó las cosas.

Justine se acordaba muy bien de aquel día.

Había pillado una gastroenteritis y estaba pasándolo fatal —náuseas, fiebre, retortijones—, a lo que se añadió el mareo que le provocaba el mar desde que era niña.

Recordaba la repugnancia que sintió ante los rastros de sangre que había por el puente, que atestiguaban la violencia del ataque.

El primer despropósito fue la contaminación de la escena del crimen por parte de las alumnas de la escuela de negocios que subieron a bordo para dar la voz de alarma.

Las muy cazurras se estuvieron paseando por el yate dejando sus huellas por doquier mientras llegaba Salvamento Marítimo, lo que complicó el trabajo de la Policía científica.

Los técnicos encontraron algunas huellas dactilares no identificadas, pero un barco como aquel es un lugar de paso y nada indicaba que pudiera tratarse de las del agresor.

El segundo escollo fue la ausencia de testigos.

El de las islas de Lérins solía ser un paraje concurrido, pero a esa hora había pocas embarcaciones.

Justine se chupó decenas de horas de interrogatorio por los puertos circundantes, pero no sacó gran cosa.

Y luego hubo presiones por parte de la familia italiana.

El caso se volvió demasiado complicado para la brigada criminal de Niza.

Se incorporaron los de Marsella y la multinacional contrató a detectives italianos.

La investigación se sustrajo al control de su grupo, dispersándose en todas direcciones.

Aunque resultaba medianamente normal que un expediente como aquel requiriera meses de pesquisas, era raro tener tan pocas certezas.

Potencialmente, aquel caso se asemejaba a un pulpo con mil tentáculos que daba alas a todo género de fantasías; pero los policías no habían sido capaces de encontrar prueba concreta alguna que validase una hipótesis por encima de las demás. No tenían nada. Niente .

Y nadie quería ser el chivo expiatorio de aquel fiasco.

De manera que ambos jueces, aturdidos, se pasaban la pelota a la menor decisión que hiciera falta tomar.

A Puygrenier lo habían catapultado a jefe de la brigada criminal de Niza y Justine lo había sustituido a la cabeza del grupo de investigación, pero aquel movimiento era más un regalo envenenado que un ascenso.

El caso Di Pietro se había convertido en una especie de pantomima.

Justine tenía a veces la impresión de que a nadie en las altas instancias le importaba un bledo averiguar quién le había machacado el cráneo a la heredera.

Cada cual aspiraba únicamente a salvar su culo, a no ser esa persona que se queda sin silla cuando deja de sonar la música.

Entretanto, todo el mundo se ponía zancadillas.

Todo el mundo miraba de reojo y deseaba que tropezaran los demás.

En semejante contexto, la comisaría recibió una llamada anónima que revelaba el escondite del arma del crimen y nadie se opuso a un registro.

Encontraron el atizador en el cobertizo para embarcaciones, cerca de un banco de trabajo, detrás de un panel de madera perforado en el que había, ordenadas, herramientas de carpintería.

Los análisis de ADN estuvieron listos por la noche.

La sangre seca y los cabellos adheridos eran, sin lugar a dudas, de Oriana di Pietro.

¿Demasiado bonito para ser verdad? Tal vez no. Los casos de asesinato van infectando silenciosamente su entorno. Se toman el tiempo de infusionar, de germinar hasta que la verdad emerge a chorros, de sopetón, como el pus de un forúnculo para purificar el organismo.

En todo caso, era la primera vez en aquella investigación que un elemento probatorio incriminaba directamente a alguien. Justine tenía al fin la ocasión de ponerse frente a un sospechoso, por más que este tuviera un perfil particular.

* * *

La inspectora llegó al final del camino de grava.

La casa se erguía en posición dominante mirando al mar y a las cumbres de los Alpes.

Era una imponente mansión art déco construida en tres plantas; un palacete blanco de líneas geométricas de hormigón armado y sillería.

Una alta torre octogonal pegada al edificio —con miradores voladizos en arco y flanqueada de palmeras— daba un toque exótico al conjunto.

Bergomi y El Amrani, los dos hombres de su grupo, habían aparcado el coche serigrafiado y se fumaban el primer pitillo de la mañana cerca de un estanque ornado con una estatua monumental.

—Vamos, muchachos.

Los tres policías subieron el tramo de escalones para constatar que la puerta de entrada estaba entreabierta.

Justine empujó el batiente. En el vestíbulo resonaban notas musicales, una melodía embriagadora y meditativa que se desplegaba a oleadas.

Por dentro, la casa se parecía a algunas viviendas griegas de decoración muy sobria: paredes blancas, suelo de piedra, mobiliario minimalista de madera natural.

Por doquier había aberturas que ofrecían una escapada al azul del cielo y del mar.

Justine entró en el salón. Adrien Delaunay estaba sentado al piano con los ojos entornados y la cabeza inclinada sobre el teclado, transido todo él por su música.

Iba vestido como un adolescente de la década de 1990: pantalones vaqueros rotos, camiseta de los Foo Fighters; se le adivinaba incluso un tatuaje de un uróboro donde empezaba el bíceps.

Justine había leído todo lo que había encontrado sobre él.

Había visto reportajes y grabaciones de sus conciertos turbada por su encanto ambiguo, pero sin lograr hacerse una idea clara del personaje.

Examinó su cara: pelo corto rubio, facciones regulares, un aire atormentado, ojos de color azul oscuro aureolados de ojeras.

Justine pensó que el hombre no habría dormido mucho.

Adrien Delaunay sabía perfectamente que lo iban a detener.

Estaba esperándolos. Justine había ordenado vigilar la casa desde la víspera, a la espera de los resultados de la prueba de ADN, para asegurarse de que el pianista no intentaba huir.

Y no lo hizo: se limitó a organizar el traslado de sus dos hijos pequeños a Milán.

¿Viudo desconsolado o asesino potencial?

Tras la muerte de su esposa, Delaunay no había hecho declaraciones públicas ni había concedido siquiera una entrevista.

No había vuelto a subirse a un escenario y había interrumpido toda actividad.

Llevaba un año viviendo en Antibes; había escolarizado a sus hijos en la zona, en el Centro Internacional de Valbonne, y los acompañaba al colegio todas las mañanas.

A veces se los veía, durante el fin de semana, por el sendero de la costa, en la playa de la Garoupe o en la terraza de la Maison de Bacon. Un padre responsable de libro.

Indiferente, encorvado sobre su teclado, atrincherado en su baluarte interior, el pianista seguía tocando como si estuviera solo en la habitación.

Parecía un funámbulo en equilibro sobre un hilo invisible.

Justine sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral.

Aquella melodía se le antojaba un abrazo íntimo.

Le miró las manos: la derecha tocaba notas que tintineaban como una campanilla; la izquierda continuaba una ensoñación solitaria y tenebrosa.

¿Cómo podía producir semejante emoción la mera vibración de una cuerda de acero?

Habría querido sentarse y escucharlo tocar durante horas.

Sumergirse en ese río y dejarse llevar. Disolverse en las olas de aquel cántico hipnótico.

Pero no estaba allí para eso.

Acercándose al piano, se acordó de un artículo de prensa según el cual Delaunay había sido un jugador de póquer magistral en su juventud. Fue un pensamiento apropiado: ella venía a sentarse a su mesa de juego.

Como él seguía haciendo como que no la veía, cerró la tapa del piano. Delaunay retiró los dedos justo a tiempo y la miró por primera vez.

—Soy la inspectora jefa Justine Taillandier, de la brigada criminal de Niza —dijo, mientras sacaba unas esposas del estuche que llevaba a la cintura—. Adrien Delaunay, a partir de las 6.48 de esta mañana, queda usted detenido por el asesinato de su mujer, Oriana di Pietro.