Alguien lo sabe Capítulo 45
98%

Capítulo 45

D IEZ MESES DESPUÉS

—¿Cómo te fue esta semana? —La doctora Sterling entrelaza las manos sobre su bloc de notas, que siempre tiene sobre el regazo.

—Bien, gracias. Dormí dos noches enteras sin tomarme las píldoras.

—Vaya, es un gran avance.

—Lo es —afirma con una sonrisa.

Hace diez meses, cuando volví de Luisiana, esperaba que mejoraran mi salud mental y el insomnio.

Minton Parish había quedado atrás y no recibí más capítulos después de la muerte de mi madre.

En fin, los muertos se llevan sus historias con ellos.

Supuse que volvería a mi vida como era antes de que Hannah la pusiera patas arriba, pero muchas cosas han cambiado.

Ya no soy solo Elizabeth Davis; también soy Jocelyn Burton, pues no se quedó en el sur como esperaba.

Tampoco mi madre. Me sentí muy culpable por no haber estado con ella al final, cuando ella hizo tanto por mí.

De hecho, en lugar de mejorar, mi salud mental empeoró.

Perdí el apetito, no podía dormir ni concentrarme.

Calificar los exámenes de cuarenta estudiantes pasó de llevarme dos horas a llevarme dos semanas.

Luego comenzaron las manifestaciones físicas de estrés: palpitaciones, fatiga muscular y un ardor de estómago insoportable.

Fui a ver a mi médica de cabecera varias veces, pero, debido a la acumulación de síntomas, me recomendó que acudiera a un psiquiatra o a un psicólogo para tratar de llegar a la raíz del problema.

Le dije que sí para contentarla, pero cuando dejó de recetarme píldoras para dormir, no tuve más remedio que hacerlo de verdad, así que concerté una cita con la doctora Sterling.

Supuse que, como ya conocía mis problemas, no sería tan difícil que me recetara lo que necesitaba.

Aunque no tenía intención de dejar que indagara en mi mente, necesitaba que alguien me recetara esas píldoras para poder dormir.

Pero hizo mucho más que eso. Creo que me está ayudando de verdad.

—Cuéntame qué has estado haciendo —dice—. Las clases ya terminaron, ¿no?

—El jueves terminé el semestre de primavera.

—¿Darás algún curso de verano?

—Este año no. Será la primera vez que tenga tres meses libres desde que empecé a dar clases.

—Es bueno que te tomes un descanso. ¿Tienes planes para este verano?

—No muchos. Asesoraré a una estudiante que acaba de terminar mi seminario anual de escritura. Su trabajo es prometedor, así que seguiré leyendo sus capítulos y dándole devoluciones hasta que termine. Creo que tiene algo bueno y que el libro podría venderse a una editorial.

—Eso es maravilloso. Debe de ser todo un logro ver que tus estudiantes tienen éxito.

—Sí, creo que sí. —Miro por la ventana pensando en otro tema—. El otro día fui a la iglesia, a Saint Paul.

—¿De verdad? —Sus cejas se elevan—. Cuéntame qué tal estuvo.

—No estoy segura. Mi estilista se mudó, así que tuve que tomar el tren para ir al nuevo salón.

Después decidí volver a casa caminando porque hacía buen tiempo.

De camino, pasé por una pequeña iglesia que tenía la puerta abierta, así que entré.

No había misa ni hablé con nadie; solo me senté en un banco durante una hora a observar cómo entraban y salían del confesionario.

—Mencionaste que tu madre te insistió para que te confesaras. ¿Has pensado en hacerlo?

—Por un segundo, tal vez. —Sonrío—. Pero, en lugar de eso, decidí ir al bar local y encontrar a un hombre que me hiciera olvidar mis pecados.

—Lo que te dé paz, está bien —dice la doctora Sterling con una risita.

—Conocí a un hombre que era de mi tipo. Mayor, oficial penitenciario, duro y fornido. Pero no me fui con él.

—¿Por qué no?

—No lo sé. Tal vez porque me recordaba demasiado a mi ex.

—Miro hacia fuera otra vez, pensando en Sam.

No he vuelto a saber de él después del funeral, pero no puedo culparlo.

Dejó todo y voló dos mil kilómetros para darme su apoyo, y yo lo rechacé y lo llevé de vuelta al aeropuerto.

Era un buen hombre, pero no era para mí, al menos en ese momento—.

Siempre me han atraído los hombres de la misma clase: mayores y seguros.

Y si bien no soy psiquiatra, sé a qué podría deberse.

—Se llama «vínculo traumático». Las víctimas de abuso tienen una percepción distorsionada de lo que es una relación sana y se sienten atraídas por personas que les recuerdan esa relación.

En tu caso, es posible que no hayas podido recordar los detalles de lo ocurrido durante casi dos décadas, pero la atracción hacia cierto tipo de vínculo puede provenir de lo que tu mente percibe como una pareja idílica.

Lamentablemente, las víctimas que escapan de una relación abusiva a menudo caen en otra relación abusiva.

Suspiro.

—Supongo que tuve suerte de no hacer eso.

Pero ahora que soy consciente de mis tendencias a lo largo de los años, estoy saliendo con un tipo de hombre diferente.

—Me muerdo el labio. Le estuve ocultando algo a la doctora Sterling y no sé por qué.

Ella ya conoce las partes desagradables—. De hecho, estuve… hablando con alguien.

—¿Con un hombre?

—No vive en la ciudad, así que nos comunicamos principalmente por mensajes y llamadas. Pero viene de visita este fin de semana. Llega esta noche.

—¿Es alguien a quien ves como posible pareja?

—Tal vez. —Me encojo de hombros—. No estoy segura, pero cuanto más hablo con él, más me agrada, aunque supongo que la distancia no será fácil. O tal vez sea lo ideal: podremos tener visitas planificadas en lugar de esperar vernos a diario.

—Cuéntame sobre tus relaciones anteriores. Hemos hablado de Sam, pero ¿has tenido alguna relación larga con un hombre, quizá exclusividad o convivencia? ¿Alguien cercano con quien contar y que contara contigo?

—Nunca salí con nadie durante mucho tiempo. Creo que Sam fue mi relación más larga.

—¿Crees que nunca has tenido una relación seria porque los hombres que eliges son mayores y seguros de sí mismos, y eso se relaciona con tu agresor?

—No lo sé. —Sonrío—. ¿Tú no puedes decirme eso?

La doctora Sterling se ríe.

—Sin duda no tengo todas las respuestas. Pero hablar de las cosas y ofrecerte una nueva perspectiva que considerar puede ayudarte a descubrirlo. —Inclina la cabeza—. ¿Crees que te gustaría tener una relación duradera con un hombre algún día?

—Ya la tengo. Con el señor Hank. —Sonrío.

—Es tu vecino anciano, ¿verdad?

—Sí. Siempre ha estado ahí para mí. Y me he esforzado por estar más presente para él desde que volví de Luisiana. Es mayor que mi madre, así que supongo que la muerte de ella fue un recordatorio de que él tampoco estará aquí para siempre.

—Es maravilloso que lo visites más a menudo. Pero ¿y una relación con un hombre de tu edad, una relación romántica de algún tipo? ¿La ves en tu futuro?

Me detengo a considerar la pregunta de verdad. Puede que sea la primera vez en mi vida que tengo que tomarme un momento para pensarlo, porque durante dos décadas la respuesta siempre fue un «no» rotundo. Pero ahora…

—¿Tal vez? —Me encojo de hombros.

La doctora Sterling toma su bolígrafo y hace una anotación.

—Eso es bueno. Un progreso. Más de una persona en quien confiabas te ha decepcionado: tu madre, un maestro... Te llevará tiempo abrirte y permitirte confiar en alguien nuevo.

—Pero ¿cómo arreglo algo que yo no rompí?

Ahora sonríe con calidez.

—Ya lo estás haciendo. Estás aquí y estamos hablando de ello. Reconocer que has resultado herida es el primer paso, y es uno muy importante. Lo estás haciendo muy bien, Elizabeth.

***

Estoy nerviosa. Pero son nervios diferentes a los que me han atormentado este último año.

Estos nervios son buenos; son de anticipación, en lugar de temor.

No recuerdo cuándo fue la última vez que esperé una cita con ilusión.

¿Esta noche es una cita siquiera? No estoy segura.

Pero me he rasurado las piernas y me he puesto ropa interior de encaje; no es que esté segura de que vayamos a tener sexo, pero una nunca puede estar demasiado preparada, y…

Bueno, es difícil cambiar viejos hábitos.

A las ocho menos diez suena el timbre y, por una vez, el corazón me late de emoción. Pulso el botón del intercomunicador para asegurarme de que es él y, a continuación, abro la puerta de abajo de forma remota mientras reviso mi maquillaje en el espejo del baño.

Es solo una cita, Elizabeth. Relájate.

Un minuto después, se oye un golpecito suave en la puerta de mi apartamento. Respiro hondo antes de secarme las palmas de las manos en los pantalones y abrir.

—Hola —saluda con una sonrisa.

—Hola, Noah.