Alguien lo sabe Capítulo 44
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Capítulo 44

Ya es más que hora de volver a casa.

Dos días después, la limpieza está casi lista.

Solo me falta mi habitación, que me parece lo más pesado de hacer, pero me llevé todo lo importante cuando me escapé de aquí hace dos décadas y todo lo que queda irá a la basura, así que no me llevará mucho tiempo.

Todavía tengo que sacar el colchón y la cama de mi madre, la mía y una docena de bolsas del garaje.

Me pongo a buscar un vuelo para mañana por la tarde.

Perfecto. Lo compro con la tarjeta de crédito.

Limpiaré mi habitación, estará lista para esta noche y luego seguiré con mi vida.

Hablando de eso, tengo que llamar a mi jefa para decirle que volveré en dos días.

Echo de menos el trabajo. En cierto modo, nunca me pareció tan importante, pero después de las últimas semanas y meses de descubrimientos, ahora creo que, en realidad, fue lo que me salvó.

De hecho, escapé de este lugar y volví a empezar gracias al señor Hank y a mi carrera.

Pienso ir a visitarlo el próximo fin de semana; le llevaré una caja de rosquillas y disfrutaré de su sonrisa mientras las saborea.

Después de retrasarlo durante una hora, por fin voy a mi habitación.

Al hacerlo, me siento en la vieja alfombra con un vacío en el pecho.

El lugar está tal y como lo dejé a los diecisiete años: la manta rosada, los pósteres en la pared, colgados con tachuelas...

Incluso todavía hay animales de felpa sobre un pequeño baúl de juguetes que recuerdo que me heredó alguien.

Me siento frente a la cama y me extiendo para sacar lo que hay debajo.

La primera caja contiene tarjetas de San Valentín de la escuela primaria.

Casi me hacen sonreír. No sé por qué las conservé; tal vez porque eran pruebas de que alguien se interesaba por mí: «¿Quieres ser mi Valentina?

» y «Me gustas», junto con dulces baratos de hace dos décadas.

Lo descarto todo en una bolsa de basura y sigo con la siguiente caja.

Esta está llena de fotografías.

Verlas me impacta por un momento, porque me recuerdan a las Polaroid que quemé anoche en el patio trasero.

Pero estas no son como aquellas: son imágenes de Ivy, Lucas y yo pasando el rato en un aparcamiento o paseando junto a un arroyo en las afueras del pueblo.

Ivy y yo aparecemos abrazadas en clase, con ropa ridícula que nos parecía bonita y sexy cuando éramos adolescentes.

Nos alisábamos tanto el pelo que parecía crispado, y ahora veo que estábamos demasiado delgadas.

Pero nos veíamos felices e inocentes, como dos idiotas que no tenían ni idea de lo que el mundo nos tenía preparado.

No son malos recuerdos, pero son parte del pasado y se quedarán aquí, así que aprieto las fotografías que tengo en la mano y tiro toda la caja a la basura.

Cuando vuelva a Nueva York, volveré a fingir que mi vida comenzó a los dieciocho años.

Hay otra media docena de cajas debajo de la cama (no teníamos dinero para contenedores) que dan cuenta de todos los zapatos que usé durante mi infancia y que me traen muchos recuerdos.

Tiro a la basura papeles de los que alguna vez estuve orgullosa, como dibujos que hice en la escuela.

No puedo deshacerme de mis libros preferidos, así que los apilo para donarlos.

Cuando todas las bolsas están cerradas y fuera, saco el colchón pequeño.

Lo último que queda es la cama de mi madre, que dejé para el final porque sabía que sería difícil de mover.

La habitación está a oscuras porque me deshice de las lámparas hace días, así que abro las cortinas, que deben de llevar décadas cerradas, para que entre un poco de sol.

La cama todavía tiene las sábanas puestas, pero todo está viejo y desgastado, así que irá a la calle con la última bolsa de basura.

Primero saco la manta y la sábana superior; luego doy la vuelta para sacar la sábana inferior de las esquinas y, cuando voy por la tercera esquina, algo asoma por debajo del colchón.

Es algo amarillo, familiar... Me agacho para verlo mejor y tiro de la espiral para sacarlo.

Es un cuaderno con una mariposa en la tapa: mi diario de aquellos días.

Pero es imposible. Debe de ser otro cuaderno amarillo con una mariposa en la tapa. Uno que usaba mi madre, aunque no la imagino haciéndolo. Al abrirlo, me quedo helada y temblando de estupor.

Es mi diario, en el que escribí hasta el último secreto. Yo, no mi amiga Jocelyn.

Mi madre lo tuvo todo el tiempo escondido debajo del colchón.

Me siento con el corazón en un puño y el cuaderno en la mano.

Lo abro y repaso las entradas. Empieza con cosas simples, como «Me gusta Lucas, es tan lindo» y detalles sobre Ivy y yo.

Incluso pegué una foto de las dos con lo que creíamos que eran atuendos elegantes para ir a algún baile de la escuela.

Tendríamos quince años como mucho, antes de que todo pasara.

Pero sé que hay más cosas en el cuaderno.

Paso las páginas en busca de lo que sigue.

No tardo mucho en encontrarlo. Mi caligrafía cambia; se vuelve garabatos apresurados por plasmar todos los detalles.

Hay entradas sobre el señor Sawyer, sobre cómo hacía que me arrodillara, sobre la primera vez que mantuvimos relaciones sexuales, sobre los golpes.

Después, hay una entrada sobre mi embarazo.

Escribí las palabras en mayúscula y las repasé muchas veces con el bolígrafo azul: «ESTOY EMBARAZADA».

No sabía cómo sentirme al respecto en ese momento.

Impactada. Asustada. Y, por más descabellado que suene, feliz.

Escribí cómo planeaba decírselo al señor Sawyer; esperaba que no se enfadara y que eso no significara que me quedaría estancada en Minton Parish para siempre, como las chicas que se quedaban embarazadas demasiado jóvenes.

Me preguntaba qué pasaría: ¿se iría de casa?

¿Escaparíamos juntos? ¿Era yo tan especial como para que hiciera eso por mí?

Se me llenan los ojos de lágrimas al releer todas las esperanzas que tenía puestas en él. Quería que me salvara de este lugar más que nada en el mundo.

La siguiente entrada trata sobre el aborto, sobre cómo me empujó. Sobre la clínica. Sobre cómo volví al motel cuando tuve fuerzas y peleamos. Fue la primera y última vez que me defendí. Porque pensé que lo había matado.

Me quedé inmóvil durante mucho tiempo, mirando los garabatos, el único lugar en el que expresé la verdad.

Y, de repente, lo entiendo.

Mi madre conocía todos los detalles que aparecían en los capítulos...

La quité de la lista de sospechosos cuando llegó ese capítulo porque, aunque le hubiera contado sobre mi relación con el señor Sawyer y las cosas que me hizo hacer, nunca le conté lo del embarazo. Nunca se lo dije a nadie.

Pero ella lo sabía.

Tenía el diario.

Dejo caer el cuaderno, me levanto y corro al garaje.

¡La carta! No puede estar en una de las bolsas que saqué. Por favor, Dios.

Había demasiadas bolsas de basura, pero solo había sacado tres a la calle cuando la aparición de Noah me interrumpió; aún quedaba al menos una docena por sacar.

Abro la primera bolsa, la vuelco en el suelo y reviso su contenido.

Nada. Abro la siguiente, revuelo la basura que saqué de la cocina y de la sala. Nada.

El corazón me late desbocado. Temo que sea demasiado tarde, que estuviera en una de las bolsas que saqué a la calle ese día.

Pero sigo buscando. Ya he perdido la cuenta de la cantidad de bolsas que he vaciado en el suelo del garaje, pero creo que es en la novena donde encuentro la carta.

El grueso sobre que me dio el abogado está cubierto de café en polvo, pero por lo demás está intacto. Me siento en el suelo y abro la carta.

La letra es temblorosa y apenas legible, pero tardo solo diez segundos en llegar a la línea que me hiela la sangre y hace que me tape la boca por el impacto.

Querida Elizabeth:

Sé que ya no me queda mucho tiempo y, como sabes, soy una verdadera creyente.

Me queda un pecado por confesar, y tú eres la persona a la que se lo confesaré.

En el Antiguo Testamento, Éxodo 21: 23-24, dice: «Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie… ».

Conoces las Sagradas Escrituras.

Tal vez eso justifique lo que hice, tal vez no. Pero hice lo que debía: él se llevó la vida de tu hijo, mi nieto, así que yo tomé la suya. Y no lo lamento. Esa noche te defendiste y pudiste escapar; la próxima vez no correrías con tanta suerte.

Puede que no haya sido una buena madre para ti. No he tenido los mejores ejemplos y el alcohol y las píldoras no ayudaron. Tal vez te fallé en todos los sentidos, pero nadie iba a lastimar a mi nieto ni a ti y salirse con la suya.

Lo diré aquí para que siempre lo tengas presente, porque sospecho que de otra forma no lo creerías: te quiero.

Pediría tu perdón, pero, si estás leyendo esto, ya es demasiado tarde. Así que solo te pediré que vayas a confesarte, que limpies tu alma. Mis recordatorios no funcionaron, así que espero que mi última voluntad te haga volver a Dios.

Con amor,

Mamá

Me trago tantas emociones que me sorprende no ahogarme con ellas. Siento que vibro mientras leo la carta una y otra vez. Veo a Noah en mi entrada la otra mañana, cuando me dijo que no sabía quién había asesinado a su padre y que sospechaba que podría haber sido su madre.

Pero no fue ella.

Fue la mía.

Porque me quería.