Alguien lo sabe Capítulo 43
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Capítulo 43

A la mañana siguiente, a las seis, arrastro los cubos de basura desde el garaje hasta la entrada de gravilla.

Todavía está oscuro y hay una neblina baja sobre el césped que le confiere a la casa un aspecto aún más ominoso.

De repente, los faros de un automóvil me deslumbran por un momento.

Debe de ser el camión de la basura, así que, como todavía me faltan al menos seis bolsas, además de los dos cestos metálicos sin tapa, me apresuro a entrar para sacar dos más.

El rugido del motor se acerca, pero se detiene cuando estoy cerca de la calle.

Al levantar la vista, descubro que no se trata del camión de la basura.

Es una camioneta roja.

Quedo paralizada, dejo caer las bolsas y miro el vehículo. Está oscuro y no se ve hacia dentro, pero sé que es Noah. Los dos permanecemos inmóviles durante al menos dos minutos, hasta que baja la ventana.

—¿Puedo hablar contigo? —grita.

—¿Qué quieres?

—Solo quiero hacerte unas preguntas. Hace días que no duermo.

Resoplo por dentro. ¿Días? Eso no es nada.

Mientras sigo dándole vueltas, él señala la entrada.

—Subiré el auto, no bajaré si no quieres.

Yo también tengo preguntas, así que ¿por qué no? ¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿Que me mate? Al menos así mis ojos se cerrarían durante más de diez minutos y se acabaría el misterio.

—De acuerdo, pero primero responderás a mis preguntas.

Me doy la vuelta y vuelvo a la casa sin esperar respuesta. Noah espera a que llegue a la puerta antes de subir a la entrada. Se detiene a tres metros de la puerta y apaga el motor.

—¿Qué quieres preguntar? —dice en voz baja.

—Para empezar, puedes decirme dónde está el diario.

—No mentí —asegura, negando con la cabeza—, no había ningún diario. Y, si lo había, ya no lo tengo.

—¿Cómo esperas que te crea si tenías fotos mías, a pesar de que dijiste que no me conocías?

—No tenía ni idea de que una de esas chicas eras tú. Tampoco pasé mucho tiempo mirándolas; son escalofriantes. Pero las miré después de que te fuiste. —Se extiende hacia el asiento del acompañante y saca una Polaroid por la ventana—. ¿Esta también eres tú?

Aunque está oscuro, la luz de la entrada alcanza para ver. Siento una tormenta en mi interior, pero la reprimo.

—Es obvio que sí.

—¿Por qué dice «Jocelyn»? Todas tienen el mismo nombre, y nunca lo entendí.

Se supone que debería hacer yo las preguntas, así que lo ignoro.

—Si yo no maté a tu padre, ¿quién lo hizo?

Noah se encoge de hombros.

—Siempre me pregunté si podría haber sido mi madre.

No puedo culparla después de lo que ese maldito le hizo, pero nunca lo pregunté y ella nunca lo mencionó.

Solo seguimos con nuestras vidas; ella cayó en una depresión y yo intenté hacerlo lo mejor posible después de que él se fue.

—Niega con la cabeza—. Pero parece que había muchas personas que tenían buenas razones para matarlo.

—¿Cómo es posible que no supiera que alguien lo estranguló?

—¿Le preguntaste a alguien al respecto?

Niego con la cabeza. Al día siguiente, me fui de Minton Parish a Nueva York con los seiscientos dólares que había ahorrado trabajando en McDonald’s y me quedé en un refugio para indigentes. Eso era mejor que este sitio.

—No, pero salió en las noticias.

—Recuerdo haberlo visto. —Se encoge de hombros otra vez—.

Georgina Cobb dio la noticia; era una morena atractiva.

Ese día llevaba un vestido azul. No sé por qué lo recuerdo; supongo que hay cosas que se te quedan grabadas para siempre.

Dijo que mi padre había sido asesinado durante un robo.

Creo que no dieron detalles, pero estoy seguro de que lo llamaron «homicidio», porque le pregunté a mi madre qué era eso.

Después, apagó la televisión y me dijo que no la encendiera por un tiempo.

Odio querer creerle. Me hace sentir como la misma niña tonta que le creyó a su padre una y otra vez. Entonces me cruzo de brazos.

—Quiero todas las fotografías, no solo las mías, sino las de todas las chicas.

—Está bien. Puedes quedártelas. ¿Qué vas a hacer con ellas?

—Prenderlas fuego y ver cómo se derriten. Nunca debieron existir.

Él asiente.

—Te las traeré, o puedes pasar por casa a recogerlas. Lo que prefieras.

Mi mente es un caos de pensamientos desordenados que no me molesto en organizar antes de escupírselos a Noah.

—¿De qué trata el libro que estás escribiendo?

—De tres hermanos distanciados que terminan de vacaciones en el mismo complejo turístico veinticinco años después.

No se han visto en más de veinte años, así que al principio piensan que es una coincidencia.

Pero cuando uno de ellos muere y el cuerpo aparece amarrado exactamente de la forma en la que encontraron a una niña cuando eran adolescentes, se dan cuenta de que hay más en ese viaje de lo que parece.

O es un mentiroso de primera, experto en improvisación, o está diciendo la verdad. Niego con la cabeza, sin saber qué creer, y guardo silencio.

Unos minutos después, Noah continúa:

—Si ya has terminado, ¿puedo hacerte yo unas preguntas?

—¿Qué?

—¿Por qué todas las fotos están etiquetadas como «Jocelyn»?

Con el ceño fruncido, le respondo:

—Ese era el nombre que me hacía usar para registrarme en el motel donde nos veíamos. No sabía nada de las otras chicas hasta que encontré la caja, pero supongo que hizo lo mismo con ellas.

—¿Sabes por qué te hacía usar ese nombre?

Lo miro a los ojos.

—¿Sabes algo sobre tu abuela?

Los ojos de Noah se cierran.

—Mierda. —Niega con la cabeza—. Temía que esa fuese tu respuesta.

No sé mucho de mis abuelos biológicos. Siempre me dijeron que habían muerto cuando mi padre era pequeño.

Tenía una madre de acogida que recuerdo vagamente.

¿Ese era el nombre de su madre biológica?

¿Jocelyn? —Asiento con la cabeza—. Nunca había oído ese nombre antes de verlo escrito en esas Polaroid.

Pero cuando revisé el informe de la autopsia y el certificado de defunción el otro día, su madre aparecía como Jocelyn.

No sabía si era su madre adoptiva o biológica. El apellido es... algo con B.

—¿Burton?

—Ese. Supongo que mi padre no fue puesto en acogida porque su verdadera madre murió, como me dijeron…

—No, ella lo maltrataba. De la misma forma en que él maltrató a otros. La metieron en prisión.

Noah traga saliva.

—¿Podría salir de la camioneta? Creo que voy a vomitar.

Asiento con la cabeza, y Noah baja de la camioneta y da la vuelta hacia la parte trasera. Se inclina con las manos en las rodillas y vomita sobre el suelo de hormigón. Sigue con arcadas durante un rato, hasta que por fin se limpia la boca con el dorso de la mano y vuelve a la camioneta.

—No sé qué decir. «Perdón por mi familia retorcida» no es suficiente.

—Si tú no me envías esos capítulos, ¿quién lo hace?

—Ojalá lo supiera. Te ayudaría si pudiera, te lo juro. Ya has pasado por mucho. —Se alborota el cabello—. ¿Hay alguna otra cosa que me quieras preguntar?

Muchas, pero ahora mismo tengo la mente demasiado revuelta, así que niego con la cabeza.

—¿Seguirás aquí si voy a buscar las Polaroid y te las traigo?

—Sí, pero déjalas en el buzón.

Asiente con una sonrisa triste, vuelve a la camioneta y cierra la puerta. Enciende el motor, pero lo apaga de nuevo.

—Oye. —Levanto la vista hacia él—. Sé que no es el mejor momento para decir esto, pero creo que podría ser la última oportunidad, así que lo diré de todas formas.

—¿Qué?

Cuando sonríe, le salen sus adorables hoyuelos.

—De verdad me gustas, Elizabeth. Por eso me fijé en ti. Eres diferente a las demás.

—Soy diferente porque estoy jodida, Noah. —Niego con la cabeza—. Y fue tu padre quien me hizo así.