Alguien lo sabe Capítulo 42
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Capítulo 42

Los días siguientes son una nebulosa.

El señor Sawyer murió asfixiado.

La mañana después de que Noah me atrapara en su casa, noto al despertar que me habían deslizado un sobre por debajo de la puerta.

Dentro hay un acta de defunción: la suya .

Es original, con un sello estatal en relieve.

Noah podría haberlo falsificado, claro, la tecnología está muy avanzada hoy en día, pero parece muy real.

Incluso el sobre tiene el sello estatal y la dirección del remitente.

Sentada a la mesa de la cocina, saco el papel grueso por millonésima vez en el día y leo la última línea.

Causa de muerte: asfixia por estrangulamiento.

Ivy y yo estábamos demasiado asustadas como para acercarnos a un cadáver, pero el señor Sawyer parecía muerto y había mucha sangre alrededor de su cabeza.

Estuvimos mucho tiempo en la habitación, asegurándonos de limpiar todo lo que yo hubiera tocado y de que pareciera un robo.

Él no se movió, pero es posible que solo estuviera inconsciente.

Aunque, si yo no maté al señor Sawyer, ¿quién lo hizo?

Y, si soy inocente, ¿por qué me torturarían con esos capítulos? ¿Quién acosa a una víctima?

Vago por la casa de mi madre día y noche, sobreviviendo a base de vino y café. A veces, desayuno vino y ceno café mientras doy vueltas sin rumbo, intentando descubrir qué sentido tiene todo esto. Ignoro las llamadas telefónicas y ni siquiera pienso en revisar el correo electrónico.

El resto del mundo puede irse al diablo.

En los buenos momentos, puedo meter algunas cosas en cajas para donarlas a beneficencia y separar la ropa rota para tirarla, pero, básicamente, me paso el día mirando al vacío y pensando.

Pienso en Noah, en sus grandes ojos, en cómo juraba que no sabía de lo que estaba hablando y en cómo me dejó poner su casa patas arriba.

¿Por qué me dejó hacerlo? ¿Se habría deshecho de las pruebas?

Y pienso en las fotografías enfermizas que debí llevarme de su casa.

Debería haberlas quemado para proteger a otras chicas y a mí.

Podría volver cuando él no esté, encontrar otra puerta sin llave o romper una ventana, si es necesario, y llevármelas, siempre y cuando no las haya escondido.

Me invade el deseo irresponsable de enviar las imágenes de las otras chicas a la policía y contarles lo que hizo, de arruinar para siempre el nombre de Damon Sawyer para que ya no sea recordado como un maestro honorable.

Pero esas mujeres ya han sufrido bastante.

Es jueves o tal vez viernes, no lo sé, cuando alguien llama a la puerta. No es la primera visita de esta semana; han venido amigas de la iglesia de mi madre a dejar comida, que dejé intacta porque no tengo apetito.

Me detengo a mitad de camino hacia la cocina, con una taza de café en una mano y una copa de vino vacía en la otra, y pienso en cuál llenar primero.

Tal vez debería recalentar algo de comida, porque tengo el estómago revuelto por todo el alcohol y la cafeína, pero ya lleva varios días así y ya casi estoy acostumbrada.

¿Así se sentía mi madre todo el tiempo? Miro la puerta; tal vez quien llamó trajo comida y ni siquiera tendré que encender el horno.

Cuando vuelven a llamar, dejo la taza y la copa, y me asomo por la cortina.

Afuera hay un hombre de traje, de espaldas a la puerta. No parece Noah, pero no puedo estar segura, así que me alejo de la ventana y grito:

—¿En qué le puedo ayudar?

—Eh... Hola, busco a Elizabeth Davis. Soy abogado y traigo unos papeles de su madre.

Ya sospecho de todo y de todos, así que vuelvo a la ventana para mirarlo otra vez. Ahora el hombre está de frente, con las manos en los bolsillos y sin comida. No es Noah. Tampoco parece de la iglesia.

—Mierda —murmuro—. ¡De acuerdo, un momento!

Intento domar mi cabello y arreglar mi ropa desaliñada, pero soy un desastre por dentro y por fuera.

—Hola. —Sonríe cuando abro la puerta—. Soy Dennis Freeby, ¿eres Elizabeth? —Asiento con la cabeza. Él mete la mano en el bolsillo del traje y saca una tarjeta de presentación—. ¿Puedo pasar?

Examino la tarjeta, pero sigo dudando. La casa está en peor estado que cuando llegué; es un maldito caos.

—Intenté llamar y dejé algunos mensajes. He redactado el testamento de tu madre y tenemos que repasar algunas cosas. Será rápido y luego me iré, lo prometo —dice con una sonrisa.

Sigo recelosa, pero suspiro y abro la puerta para dejarlo pasar. De todas formas, es mejor terminar con esto de una vez. Cuando me vaya de Luisiana, no volveré.

—Perdón por el desorden, he tenido unos días difíciles.

—Por supuesto, lo entiendo. Las pérdidas son difíciles. —Él mira a su alrededor, así que le ofrezco una silla de la cocina, que está cubierta de baratijas.

—Lo siento, estoy revisando las cosas.

—No hay problema. —Sonríe antes de sentarse—. Tienes que ver las pilas de mi oficina; yo no tengo excusa.

Me siento frente a él y uno las manos para controlarme.

—Como decía, tu madre dejó un testamento y algunos pedidos.

—¿Pedidos?

Abre su maletín de cuero, saca una carpeta y me entrega una pila de papeles.

—Esta es tu copia del testamento de la señora Davis.

Puedes seguirlo mientras marco los puntos principales.

—Pasa la página, se pone las gafas y comienza—: Tu madre le dejó la casa y el automóvil a la iglesia Saint Matthew, con la condición específica de que puedes usarlos el tiempo necesario para hacer tu duelo y limpiar.

Al menos con una cosa puedo contar: con que mi madre me dé trabajo sin nada a cambio. Pero está bien, no quiero nada; cuantos menos lazos tenga con Minton Parish, mejor. Si pudiera borrar todo esto de mi memoria y seguir adelante, lo haría.

—La señora Davis apreciaría que la ropa en buen estado se donara a la tienda de segunda mano Casa de Cristo —continúa el abogado.

Detalla lo que mi madre quería después de su muerte, a quiénes contactar, a dónde enviar otras donaciones e incluso qué hacer con sus cenizas.

Quiere que las esparzan en una playa en la que pasamos buenos momentos juntas, aunque había comenzado a dudar de que esos recuerdos fueran reales. Eso me destroza el corazón.

Diez minutos después, el hombre saca un sobre del bolsillo de la chaqueta. Lo miro con cautela, pero lo acepto de todas formas.

—¿Qué es esto?

—Tu madre quería que te entregara esta carta. No sé lo que dice, es para ti. También me pidió que te animara a ir a confesión.

—No lo dudo —resoplo.

Debo felicitarlo por no reaccionar; solo me ofrece una sonrisa amable, se pone de pie, me agradece mi tiempo y se marcha sin que lo acompañe.

Me resulta un poco más fácil respirar cuando se cierra la puerta y vuelvo a estar sola.

Pero la visita fue un toque de atención.

Miro a mi alrededor: a este paso, estaré aquí para siempre, y eso es lo último que quiero.

Tengo que ser más organizada y poner mi cabeza en su sitio.

Quizá nunca obtenga algunas respuestas, como quién me envió esos capítulos.

Podría ser Noah y ser un gran mentiroso, o podría ser otra persona.

En cualquier caso, tengo que dejarlo ir, seguir adelante y dejar el pasado atrás, aunque otros intenten evitarlo.

Miro el sobre que sigo sosteniendo en la mano.

No hay mejor momento que el presente para empezar.

Lo que mi madre quisiera decir forma parte del pasado, no del futuro, y lo que menos necesito ahora es un sermón póstumo que me envíe a la iglesia a pedirle a Dios que perdone unos pecados que ya no creo haber cometido.

Así que dejo el sobre donde corresponde: en la basura.