Capítulo 41
Me tiembla todo el cuerpo, pero no de miedo, sino de rabia, una ira ardiente que me recorre las venas.
—¿¡Qué demonios te pasa!? —grito. Cierro el puño en torno a las fotos que me quedan en las manos—.
¿Te tocas con esto? ¿Pensando en las mujeres que por fin superaron lo que él les hizo?
—Mis ojos se dilatan con un pensamiento terrible—.
Santo Dios, ¿nos estás haciendo esto a todas? ¿A todas las chicas de las fotos?
Noah baja la vista hacia las fotografías desperdigadas por la alfombra. Su expresión cambia: la rabia se convierte en otra cosa, en algo así como indecisión, casi confusión. Abre la boca, pero no dice nada, solo mira las fotografías y mi rostro.
—¿De qué estás hablando?
—¡No me jodas! Ya no me creo la actuación del chico inocente.
—Señalo las imágenes esparcidas por el suelo y agito las que todavía tengo en la mano—.
Él merecía morir. Acechó a niñas desesperadas que necesitaban amor y atención y lo aceptarían de quien fuera.
Así que no siento ningún remordimiento. Me alegra que no pueda hacérselo a nadie más.
—No entiendo... —Noah niega con la cabeza.
—¿Cómo supiste del embarazo? ¿Hay un diario por ahí?
—Me giro y vacío todo el contenido de la mesilla de noche que ya he revisado.
Tras vaciar el primer cajón, paso al siguiente, que también está vacío.
Movida por la desesperación, me acerco a la cómoda cercana, la abro y sigo sacando cosas.
Cuando ya no queda nada más en los cajones, me giro hacia él.
—¿Dónde está? ¡Tiene que estar en algún sitio!
—¿Qué diario? ¿Qué embarazo? —Está ahí, fingiendo que no tiene ni idea de lo que estoy diciendo.
—Sí que eres bueno —le digo con una risa maniática—.
Casi tan creíble como el maldito enfermo de tu padre.
Pero ya no soy una niña y ustedes ya han tomado suficiente de mí; ya no me queda nada.
—Camino hacia él, choco su hombro al pasar y me siento en el otro lado de la cama.
Noah permanece en su sitio mientras vacío la segunda mesilla de noche, como ya hice con la primera.
Al terminar, miro alrededor en busca de más escondites.
—¿Dónde está? ¿Dónde demonios está?
—No tengo ningún diario.
—¿Un cuaderno? ¿Un archivo electrónico? ¿Qué has usado para escribir los capítulos que me has estado enviando, Hannah ?
Noah frunce el ceño.
—Elizabeth, entiendo que estés alterada, pero de verdad que no tengo ni idea de qué estás hablando.
—Buen intento. —Mi mirada se posa en un libro sobre la cómoda, lo que me hace pensar en libros, estantes… ¡La oficina! ¿Por qué no empecé por ahí? Apuesto a que está ahí, así que, sin decir nada, salgo corriendo escaleras abajo.
—¿A dónde vas? —Noah sale corriendo detrás de mí.
En la oficina, comienzo por las estanterías, de donde bajo cada uno de los libros, que están ordenados a la perfección.
—¿Dónde está? ¿Dónde demonios está?
Noah se detiene en la puerta y me observa como si temiera entrar. Muy listo, porque no sé de qué soy capaz en este momento.
—No sé qué está pasando, pero ¿por qué no nos sentamos y hablamos de esto? Es evidente que estás enfadada.
Esto está tardando demasiado, así que vacío el segundo estante empujando todo con un brazo.
Luego hago lo mismo con el tercero y el cuarto.
La biblioteca ya está vacía, pero no es suficiente, así que tiro de ella para intentar bajarla.
Como no se mueve, apoyo un pie en la pared para hacer palanca y jalo con más fuerza.
—Elizabeth, detente —dice Noah, poniéndome una mano en el hombro—. Está amurada.
—¡No me toques! —exclamo, apartándome de un salto—. ¡No te atrevas a tocarme!
—Está bien, está bien. —Levanta las manos en un gesto nervioso.
Me dispongo a vaciar el contenido de otros dos estantes mientras él me mira. La pila de libros que hay en el suelo me llega hasta las rodillas, así que tengo que ir sorteándolos para llegar al otro lado de la habitación, pero tropiezo y caigo sobre ella.
Noah se acerca rápidamente y extiende una mano para ayudarme, pero la rechazo de un golpe. Sin embargo, esta vez no retrocede, sino que me rodea con los brazos mientras yo lanzo patadas y gritos.
— Shhh —susurra—. Está bien, déjame ayudar.
—¡No quiero tu ayuda! Suéltame —exijo, pero me abraza más fuerte.
—No te soltaré hasta que te tranquilices.
—¡Te odio!
—Puedes odiarme, no me importa, pero me estás asustando y no quiero que te hagas daño.
—¿Yo te estoy asustando? ¿Es una broma? ¡Tú pusiste mi mundo patas arriba al fingir que eras mi estudiante y enviarme esa basura retorcida que escribiste!
Por un momento, ninguno de los dos habla. Tengo la respiración agitada; estoy hiperventilando.
—Sé que no vas a creerme, pero no tengo ni idea de qué estás hablando. No sé qué crees que te estoy haciendo, pero te has equivocado de hombre.
Intento liberarme, pero es más fuerte y grande que yo. Igual que su maldito padre. Tarde o temprano, se alcanza una tensa calma.
—Suéltame —ordeno entre dientes—. Estoy bien.
Él afloja el agarre, pero no me suelta.
—¿Puedes hablar conmigo? Dime qué está pasando aquí.
Como no respondo, comienza a liberarme poco a poco. Luego da un paso atrás para darme espacio. Las Polaroid abolladas que traje conmigo desde arriba están ahora en el suelo y Noah se agacha para recogerlas. Las estira y observa las imágenes durante un buen rato.
—Eres tú, ¿verdad? —Traga saliva—. ¿Eras una de sus chicas?
Casi resulta creíble, pero no voy a volver a caer en las redes de otro Sawyer.
—Creo que ya podemos dejar de fingir. ¿Por qué no me dices qué quieres de mí, Noah?
—No quiero nada de ti. Solo quería conocerte.
—¿Por qué?
—No sé. —Se encoge de hombros—. Porque me gustas. Porque pareces saber lo que quieres y no temes ir por ello. Eso me resulta refrescante. —Me mira a los ojos—. Juro que no tenía ni idea de que tú... —Deja la frase a medias—. Hace poco descubrí los amoríos de mi padre con sus estudiantes.
—No eran amoríos. Un «amorío» implica a dos adultos capaces de consentir. Yo era una niña y tu padre fue mi abusador. Abusó de mí física y emocionalmente.
Noah se alborota el cabello y suelta una bocanada de aire.
—No tenía ni idea, de verdad. Después de que mi madre murió, decidí reformar la casa y, cuando bajé el techo del baño, encontré las fotografías. Reconocí la letra de mi padre y… Sí, coincidía con su forma de actuar.
—¿Por qué lo dices?
—Bueno, no era un buen hombre. Entre sus pasatiempos se encontraban escribir poesía y pegar a mi madre cuatro noches a la semana.
Luego, a mí, cuando cumplí seis años e intenté detenerlo.
Es triste decirlo, pero descubrir que tenía una colección de fotos de chicas jóvenes no me sorprendió demasiado.
—Frunce el ceño—. Lamento que te haya hecho eso.
Durante un segundo, estuve a punto de creerle, estuve a punto de creer que era una víctima inocente más en este desastre. Pero ya no seré tan crédula.
—¿Dónde está el diario, Noah? Tu padre debió llevar un diario.
—Si lo tenía, no lo he encontrado.
—Entonces, ¿cómo conoces todos los detalles que escribiste en esos capítulos?
—Yo no te envié nada, Elizabeth. Te lo juro.
Miro el escritorio y las estanterías que todavía no he revisado.
—Seguiré buscando.
—Adelante. —Él se encoge de hombros—. Te daré espacio y esperaré en la cocina. Es lo menos que puedo hacer.
Se va y yo termino de revisar su despacho.
No bajo los libros de los estantes ni abro los cajones, pero hago una búsqueda exhaustiva: abro todos los libros y ojeo todos los papeles que hay sobre el escritorio.
Veinte minutos después, entro en la cocina con las manos vacías.
Noah está sentado en la mesa con un vaso y una botella de whisky.
—¿Quieres un trago? —pregunta sin levantar la vista.
—No.
—¿Has encontrado algo interesante?
—Supongo que sabes que no lo hice, o no me hubieras dejado terminar de buscar. Lo tienes en otro sitio.
Él niega con la cabeza.
—¿Hay algo que pueda hacer o decir para que me creas que no tenía ni idea de quién eras cuando me acerqué a ti en el bar esa noche, ni de lo que habías vivido hasta que me lo contaste?
—No lo creo. ¿Qué quería mi madre?
—¿Eh? —Sus cejas se fruncen.
—Fuiste a visitarla al hospital. ¿Por qué?
—Ah. Hizo que una enfermera me llamara. Sentí curiosidad, así que fui.
La primera vez estaba dormida, así que volví al día siguiente.
Me preguntó cuáles eran mis intenciones contigo, y le dije que no se preocupara, que eran buenas.
Después empezó a dormirse, así que la dejé descansar.
—Vació su vaso de whisky—. ¿Puedo preguntarte algo?
—¿Qué?
—Me acusaste de enviarte cosas. ¿Crees que te estuve acosando o algo?
—Sí.
—¿Por qué lo haría? Aunque hubiera sabido lo que te hizo mi padre, ¿por qué demonios iba a querer revivir algo que pasó hace veinte años?
—¿Por venganza?
—¿Venganza por qué?
No respondo de inmediato; espero a que Noah levante la vista y nuestras miradas se encuentren.
—Por asesinar a tu padre.
—¿Tú estrangulaste a mi padre? —pregunta con las cejas elevadas.
—¿Si lo estrangulé? No, lo golpeé en la cabeza con una lámpara por haberme golpeado la noche de mi graduación.
—Entonces no asesinaste a mi padre. Murió asfixiado, no por un golpe en la cabeza.