Alguien lo sabe Capítulo 40
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Capítulo 40

El cerrojo de la puerta de entrada está roto; Noah me lo dijo hace unos días. Si tengo suerte, no lo habrá arreglado. Dadas las circunstancias, diría que no tengo suerte, pero tal vez el universo me debe una.

Me detengo en la entrada y miro en el espejo retrovisor por si ha logrado alcanzarme, pero la calle está vacía. Bien. Debe de seguir atascado en la autopista. Bajo del auto, cierro la puerta de un golpe y camino hacia la casa.

Giro la manija de la puerta y no se abre.

Maldito infeliz . La ha arreglado. O tal vez nunca estuvo rota.

Miro la puerta un buen rato, preguntándome si él sabía que caería en sus planes, que lo seguiría a casa y entraría por esa misma puerta.

Intentó jugar conmigo mientras nos acostábamos.

Con un rígido suspiro de rabia, le doy una patada a la puerta.

A la mierda con él también, descubriré lo que sabe de un modo u otro.

Me doy la vuelta para escanear la fachada de la casa en busca de un lugar donde pueda haber escondido una llave.

Eso hacen las personas que viven en casas, ¿no?

Sobre todo si viven solas, sin pareja que las rescate si se quedan fuera.

Busco debajo de un macetero lleno de maleza, muevo varias piedras e incluso me extiendo y palpo el marco de la puerta.

No hay nada. Como si Noah supiera que nunca se quedará fuera.

O es muy bueno escondiendo cosas, lo cual es totalmente cierto. Me ha ocultado muchas.

Vuelvo a mirar hacia la calle. Tengo que darme prisa porque, si me vio en la autopista, dio la vuelta al sospechar que vendría aquí y llegará pronto.

Rodeo la casa por encima de materiales de construcción —un caballete, tejas sobre un palé, pilas de ladrillos— hasta el patio trasero.

El césped del jardín no está recortado como el de la parte delantera, así que tengo que abrirme paso entre las altas hierbas hasta la puerta trasera.

Se abre con facilidad y me invade la satisfacción.

Después de cerrarla detrás de mí, miro alrededor en busca de pistas, como si fueran a estar a la vista, pero es una tontería.

Tendré que revisar lugares a los que no prestaría atención si estuviera deambulando por la casa.

Lo más obvio para empezar es la habitación, así que subo dos peldaños a la vez.

Una vez allí, me arrodillo para mirar debajo de la cama, pero no hay nada.

El suelo está limpio y despejado, sin una mota de polvo.

Sigo con el vestidor, que está abierto, y miro alrededor, pero no veo cajas ni latas escondidas en los estantes superiores, ni siquiera un libro para ojear.

Miro sus camisas, colgadas por colores, y aprieto los dientes.

Se parece a mi armario; sabiendo lo que hizo, lo que me está haciendo , eso me fastidia.

Aquí solo hay ropa, calcetines emparejados y ropa interior doblada. ¿Es un sociópata?

Podría serlo.

Eso hace que me pregunte cuál es su objetivo final. ¿Castigarme? ¿Lastimarme?

Me detengo en el último mueble de la habitación: una mesa de noche ancha con varios cajones, tan grande que casi parece un tocador.

Me arrodillo frente a ella y comienzo a revisar el amontonamiento de la superficie: gotas para los ojos, monedas, una vela, las gafas que usaba la otra noche, lo que parece un seguro de propietario, algunos libros y, finalmente, su ordenador.

Es lo primero que tomo. Lo apoyo sobre la cama y abro la pantalla, rezando para que no tenga contraseña.

Veo a estudiantes con ordenadores sin contraseña todo el tiempo, como si fueran los idiotas más crédulos del mundo.

Pero, en cuanto lo toco, me solicita un código.

Suspiro y vuelvo a la mesilla de noche. Los libros son sobre escritura y estructura narrativa, pero los reviso de todas formas.

Solo encuentro notas marginales y algunos trozos de papel que sirven de marcadores.

El primer cajón se abre con facilidad, pero solo hay pañuelos, un frasco de melatonina, condones y un cargador de móvil.

El segundo está vacío. Espero que el tercero también lo esté, pero encuentro una caja.

Es una caja de regalo pequeña y anticuada, amarilla y púrpura.

Parece algo que podría haber pertenecido más a su madre que a él.

La saco del cajón, abro la tapa y me quedo helada.

Está llena de fotografías.

Polaroids, para ser precisa.

Se me revuelve el estómago al recordar otra cosa.

El cabello del señor Sawyer ondeando en el viento, una cámara aparatosa en las manos, una sonrisa en el rostro cuando la levantó para tomar una foto de Jocelyn…

De mí. Cuando parpadeo, la imagen se desvanece y no estoy segura de si fue real o fruto de mi imaginación. Vacío la caja con manos temblorosas.

Las primeras fotografías son de mujeres que no reconozco.

Creo que «mujeres» es demasiado; son niñas, no mayores de lo que yo era.

Todas tienen una fecha escrita debajo y son anteriores a mi llegada a la secundaria.

Trago bilis y sigo pasando hasta llegar a una chica en bikini que me resulta familiar: puro brazos y piernas.

Jocelyn. Yo . En una playa local.

El recuerdo anterior resurge con más fuerza.

Ese día fue amable, me preguntó si quería hacer algo diferente.

Quedamos en un aparcamiento del pueblo de al lado y pude subir a su auto, al asiento delantero.

Él puso su mano grande y fuerte sobre mi muslo desnudo y viajamos con las ventanas bajadas.

Me sentí feliz, como si fuera su novia de verdad, como si estuviéramos juntos y tuviéramos futuro.

Al llegar a la playa, extendió dos toallas sobre la arena y nos sentamos allí durante mucho tiempo.

Me ofreció sandía, sacó un libro de poemas muy usado y me leyó algunos.

Me relajé sobre la arena y sentí que las cosas habían cambiado, que serían diferentes desde entonces.

Más tarde, me quité la ropa y me quedé en bikini.

Él observó mi cuerpo antes de preguntarme si podía tomarme una foto.

—Tengo que tener un recuerdo de una chica hermosa en un día hermoso —dijo.

Me sonrojé, encantada de que me creyera hermosa. Por supuesto que podía tomarme una foto. De hecho, hice varias poses, tendida boca abajo y mirándolo de forma que creía seductora por encima del hombro.

Al pasar la foto, ahí estaba: mi trasero, que parecía el de una niña de doce años, asomando del bikini. Estoy a punto de vomitar y perder mi escaso desayuno.

Sigo pasando las fotografías para ver la siguiente. Es otra chica la que posa frente a la habitación de un motel, la 212. La fecha también es anterior a la mía. Cinco años, para ser exacta.

—¿A cuántas chicas les has hecho esto? —murmuro.

De repente, noto que mis manos y las fotografías están mojadas; estoy llorando, y lágrimas gruesas recorren mis mejillas.

¿Cómo se atreve a hacerme esto a mí? ¿Cómo se atreve a hacerles esto a todas ellas?

¿Están todas en algún lugar del mundo sufriendo lo mismo que yo?

La idea me enfurece, me hace querer tomarlo del cuello y apretar con fuerza.

Me quedo paralizada al llegar a otra fotografía de alguien que conozco: Ivy.

Dejo caer esa fotografía junto con todas las demás sobre la alfombra.

Pero es un error, porque ahora media docena de chicas inocentes me miran desde el suelo con la misma confianza que depositaron en él.

Es abrumador y me hace dar un paso atrás, conteniendo los sollozos.

Un solo hombre ha sido capaz de hacer daño a tantas chicas.

—¿Qué demonios estás haciendo? —grita una voz estruendosa detrás de mí; una que, en este momento, creo que pertenece al señor Sawyer. Me doy la vuelta, presa del pánico.

Pero no es él, sino su hijo, Noah.