Alguien lo sabe Capítulo 39
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Capítulo 39

Estaba embarazada.

No puedo creer no haberlo recordado antes de leer anoche ese último capítulo.

Pero, después de hacerlo, los recuerdos volvieron de golpe.

A las cinco de la mañana, como no podía dormir, preparé una jarra de café.

La cafeína no ayudó, pero es que, claro, me tomé cuatro tazas, así que lo único que conseguí fue que mi corazón se acelerara y mi cabeza diera tantas vueltas que tuve que sentarme para no caerme.

Estaba embarazada.

Embarazada.

Esperaba a su hijo.

La idea me revuelve el estómago y el café amenaza con salir.

Ya he asimilado el hecho de que Jocelyn y yo somos la misma persona, pero esto nunca lo aceptaré. Es imposible.

Anoche, cada vez que cerraba los ojos, me invadían los recuerdos. Uno en particular era tan vívido que bloqueé la puerta de la habitación con la cómoda.

Sucedió una semana después de la visita a la clínica.

Fui al motel para encontrarme con el señor Sawyer a la hora habitual.

Estaba ansiosa por contarle que estaba embarazada, pero también temía su reacción, ya que él estaba casado y tenía un hijo.

No creía que quisiera tener un bebé conmigo.

Sin embargo, me sorprendió al decirme que estaba feliz, que escaparíamos juntos y formaríamos una familia, que ya no nos esconderíamos.

Dijo que iríamos a Galveston, un pequeño pueblo costero de Texas con brisa veraniega y sin el calor sofocante de Luisiana.

Era un sueño hecho realidad. Esa noche fue muy cariñoso, cálido y atento.

Hicimos el amor por primera vez. Ya habíamos mantenido relaciones antes, pero era sexo sucio, en el que él me llamaba «zorra» mientras me penetraba por detrás.

Eso era lo que le gustaba y lo llevaba al clímax.

Pero esa noche fue diferente. Estuve encima, me miró a los ojos, me dijo que era hermosa y que nuestro hijo sería adorable.

Fue un cambio demasiado drástico; debí saber que era demasiado bueno para ser verdad.

Pero las mentiras más peligrosas son aquellas que una persona inocente quiere que sean ciertas.

Esa noche salimos juntos de la habitación, algo que tampoco habíamos hecho antes.

Recuerdo que sonreí al pensar que ese era el principio de una nueva vida, lejos de Minton Parish y de mi madre alcohólica.

Pero entonces lo sentí: una mano me empujó con fuerza desde atrás y todos mis sueños y esperanzas se desplomaron conmigo por los dieciséis escalones hasta llegar al estacionamiento .

Recuerdo estar tendida en el asfalto y que él me pateara para que me levantara.

Sentía dolor en el brazo, la cabeza y la barbilla, que estaba ensangrentada.

A pesar de las lágrimas que me nublaban la vista, logré conducir el auto de mi madre de vuelta a casa.

A la mañana siguiente, desperté sobre sábanas ensangrentadas con unos calambres tan fuertes que me doblaban de dolor.

Mi madre no había vuelto a dormir la noche anterior y no quería explicarle lo ocurrido a nadie, así que volví sola a la clínica del pueblo de al lado.

Había sufrido un aborto. Tenía una contusión y el cúbito fracturado, pero el mayor dolor era el de la traición.

Ese día comenzó el final, aunque entonces no lo sabía, porque, como la mayoría de las víctimas de abuso, volví por más.

Acepté las flores, las disculpas y la promesa de que no volvería a ocurrir. Le creí cuando me dijo que cambiaría.

Vuelvo al presente y me doy cuenta de que me estoy aferrando el estómago. Me duele. Tengo cólicos. Debe de ser por la regla. O tal vez la frontera entre la realidad y la ilusión se ha difuminado tanto que estoy sintiendo el dolor del pasado. Ya no estoy segura de nada.

Me arrastro hasta el baño, abro la ducha y dejo que el agua caliente caiga sobre mis tensos hombros con los ojos cerrados.

Mi mente divaga, pero no se aleja demasiado.

Ahora me pregunto cómo es posible que alguien supiera de mi embarazo si nunca se lo conté a nadie.

Ni siquiera se lo dije a Ivy o a mi madre.

Tenía demasiada vergüenza como para admitir la verdad.

Hasta el día de hoy miento en mis revisiones ginecológicas y pongo un cero en la casilla donde pregunta cuántos embarazos he tenido.

La única persona que lo sabía era él. Bueno, también las personas de la clínica, pero estaba a treinta kilómetros del pueblo y han pasado veinte años.

Tiene que ser Noah; todos los caminos conducen a él.

Tal vez su padre llevaba un diario en el que escribió toda la mierda que hizo conmigo. Es lo único que tiene sentido.

Me seco, me visto y decido que necesito aire fresco. No hay comida en casa y no recuerdo cuándo comí por última vez, así que conduzco hasta la pastelería, pido un rollo de manteca y un zumo de naranja. Unos minutos después, la mujer del mostrador me llama.

—¿Señora?

Parpadeo, confundida, porque me mira de forma curiosa, así que tal vez no es la primera vez que intenta llamar mi atención.

—Disculpe, ¿sí?

—Dije que son seis dólares, por favor.

—Claro.

Pago mi pedido y espero a que la mujer me dé la bolsa blanca.

Luego me subo al auto y me esfuerzo por beber la mitad del zumo y comer unos bocados del rollo.

Cuando estoy a punto de encender el motor y decidir a dónde ir, levanto la vista y veo una camioneta roja.

Es Noah. Al menos creo que es él; mucha gente tiene camionetas, sobre todo en el sur.

Está estacionada una calle más adelante, en la gasolinera Shell, junto a la bomba de gasolina.

Contemplo la escena conteniendo la respiración y esperando.

Como imaginaba, treinta segundos después Noah aparece, vuelve a subir a su camioneta y comienza a alejarse. Me apresuro a seguirlo.

¿Es una coincidencia que él esté aquí, en el mismo lugar que yo?

Solo hay una gasolinera en el pueblo y es la hora a la que la mayoría de la gente sale a trabajar, pero con los Sawyer nada es lo que parece.

En cualquier caso, lo sigo. O quizá él me está guiando.

Ya no lo sé. Espero hasta que haya dos vehículos entre nosotros y a que él ya esté a medio kilómetro antes de incorporarme al tráfico.

La ruta que toma me resulta familiar; es la misma que tomé ayer. Noah debe de estar yendo a su oficina.

Mantengo la vista fija al frente mientras conduzco. Puedo ver la parte trasera de su cabeza a través del parabrisas y sigo haciéndome la misma pregunta una y otra vez: ¿cómo lo sabe? ¿Cómo demonios lo sabe?

Las salidas en esta parte del estado están separadas por kilómetros.

Estoy a punto de pasar la salida anterior a la suya cuando tomo la decisión impulsiva de salir de la autopista.

Cruzo dos carriles, ignoro la bocina del vehículo que viene detrás de mí y doy un volantazo para tomar la rampa de salida.

Veo la camioneta roja por última vez antes de perderla de vista.

Fuera de la autopista, me detengo en un semáforo en rojo en una intersección de cuatro vías, con el corazón acelerado y un plan formándose.

La siguiente salida está a por lo menos veinte kilómetros.

Noah no podrá desviarse hasta entonces, e incluso si diera la vuelta inmediatamente después de salir de la autopista, estaría a cuarenta kilómetros de distancia.

Eso son veinte minutos como mínimo, incluso a la velocidad a la que conduce, y lo más probable es que no dé la vuelta en cuanto salga.

Va al trabajo, y seguro que se quedará un rato.

El semáforo se pone en verde, giro a la izquierda, luego otra vez a la izquierda, piso el acelerador y me incorporo de nuevo a la autopista, ahora en dirección contraria.

Necesito descubrir qué más sabe.

Necesito adelantarme y averiguar qué tiene planeado para mí.