Alguien lo sabe Capítulo 36
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Capítulo 36

Me he quedado sin bolsas de basura. Maldigo mientras cierro la última, llena de la ropa de mi madre, y fulmino con la mirada la cómoda, que aún contiene muchas más cosas, además de las que ya separé para llevar a la iglesia.

¿Cajas? Quizá haya cajas en alguna parte.

Mi madre era un poco acumuladora y muchas veces salía de la licorería con tantas botellas que tenían que darle algo resistente para cargarlas.

Escaneo su habitación otra vez, pero apenas hago avances.

De pronto, se me ocurre que mi madre sabía que se estaba muriendo y, aunque se tomó el tiempo de planificar su propio funeral, no se molestó en ordenar su vida.

De algún modo, parece un desenlace apropiado para nuestra relación.

Busco bolsas de basura o cajas por todas partes: en la cocina, la lavandería, en los armarios e incluso en el cobertizo.

Las únicas que encuentro ya están llenas hasta arriba.

Más cosas que revisar . Al final, me desplomo en el escalón inferior de la escalera, mirando el techo y deseando estar en cualquier otro lugar.

Sin embargo, mi mente vuelve al mismo sitio donde ha estado la mayor parte de las últimas doce horas.

Noah. Esa maldita santa Inés brillando en su cuello, mirándome.

Debía saberlo, ¿no? Sabía del colgante que le dieron a Jocelyn, a mí.

¿Es posible que el señor Sawyer le diera uno igual a todos?

Tal vez, pero ¿por qué le daría a su hijo un dije de santa Inés, la patrona de las vírgenes y de las víctimas de abuso sexual?

No tiene sentido. Sí tenía sentido, de una forma enferma, que me lo diera a mí, pero no que se lo diera a su hijo.

¿Y por qué empezó Noah a usarlo de repente?

Ya pasó un mes desde que nos conocimos, pero nunca lo había llevado antes.

Se me revuelve el estómago al pensarlo y al reparar en lo vulnerable que me he vuelto con Noah.

Y dijo que estaba escribiendo una novela . Una novela .

¿Podría ser él Hannah Greer?

Me muerdo el labio con fuerza, como hice con el suyo anoche; me clavo los dientes en la carne hasta que siento sabor a sangre y el dolor me saca de mis pensamientos. Es demasiado para ser una coincidencia. Demasiado.

Además, no tiene sentido que Hannah sea otra persona.

Y ahora que lo pienso, ¿no era obvio desde el principio?

Sam me ayudó, encontró información sobre Jocelyn y estuvo ahí para mí de una forma que, para ser sincera, no merecía.

Anoche no se habría ido tan fácilmente si hubiera tenido algo en mi contra.

O si quisiera algo. Lo que él quiere más que nada es estar conmigo. Al menos hasta ayer.

Me obligo a levantarme y voy a la cocina.

Tomo la jarra de café, tiro el café frío y quemado y empiezo a preparar más.

¿Quién más puede ser? El padre Preston, pero él tampoco ha estado husmeando.

Ahora que mi madre murió, se lavó las manos conmigo.

Seguro que está agradecido por eso. Yo también, sin duda.

En la alacena, busco el enorme frasco de plástico de café Maxwell House que mi madre compró en Walmart. No lo encuentro, así que me agacho para buscar en los estantes de abajo, entre latas de sopa caducadas y cajas de macarrones con queso. Todo esto también tendrá que ser ordenado.

Pero ¿quién más puede ser? ¿Quién más? El comisario desapareció después de nuestros encuentros constantes, pero lo tomaré como una señal positiva.

Además, ¿por qué no me habría arrestado la policía si conociera la historia?

Inscribirse en mi clase, enviar capítulos inquietantes...

No, quienquiera que esté haciendo esto se lo toma muy en serio.

Eso nos lleva a Ivy, que resultó estar involucrada en el caso, más allá de haberme ayudado a encubrir el crimen.

Todavía no supero que también se acostara con el señor Sawyer.

Tal vez no me contó toda la historia, y la verdad es que estaba enamorada de él y ahora quiere venganza por lo que hice.

Es posible, ¿no? Dios sabe que todo es posible en este caos.

Pero es verdad que tiene mucho que perder: también estuvo ahí esa noche y tiene mucho más en juego que yo.

Tiene una familia. A pesar de que me ha estado mintiendo durante veinte años, eso no cambia el hecho de que estoy casi segura de que no es ella quien me está haciendo esto.

Suspiro frustrada y abandono el intento de preparar café.

Necesito más cajas o bolsas, así que compraré mi dosis de cafeína al salir por ellas.

Además, me vendría bien tomar un poco de aire fresco.

Así que tomo el bolso y las llaves y miro por la ventana para comprobar que no haya ninguna camioneta roja. Salgo corriendo hacia el auto.

La ferretería está casi vacía; es una tienda atendida por una pareja que vive en las afueras, o tal vez por sus hijos a estas alturas.

Tomo un carrito de compras antes de recorrer los pasillos, donde encuentro café, bolsas de basura y una pila de cajas de mudanza tan alta como yo.

Cargo una buena cantidad antes de pasar al pasillo de limpieza.

No hice un inventario de lo que hay en la casa, pero seguro que mi madre no tenía más que limpiador de cristales y lejía, y la casa necesita una limpieza a fondo.

A la mitad del pasillo, mi teléfono vibra con un mensaje de Lucas.

Lucas: ¿Almorzamos hoy?

No estoy segura. Me cae bien, y al parecer siempre lo hizo.

Le dije que nos veríamos después del funeral de mi madre y, además, no recuerdo cuándo fue la última vez que comí.

Pero no tiene sentido almorzar con él; tengo que limpiar la casa de mi madre, atar los cabos sueltos y marcharme de vuelta a Nueva York, lejos de quienquiera que esté jugando conmigo. O, más bien, lejos de Noah.

Niego con la cabeza. Compraré un sándwich y comeré mientras trabajo. Haré lo que sea necesario para terminar y alejarme de este pueblo. Pero, antes de que pueda guardar el móvil, vuelve a vibrar.

El mensaje me deja helada:

Lucas: ¡Espera, no guardes el teléfono! Prometo que soy más divertido que ese trapeador.

El trapeador en cuestión está en mi carrito de compras. Estuve evaluando las prestaciones de dos modelos diferentes hasta que me decidí por el más económico, uno de espuma. Bajo el teléfono, me giro y me encuentro con el mismísimo Lucas, que me sonríe desde el final del pasillo.

No esperaba la reacción de mi cuerpo: sentí calor y felicidad al verlo. Pero esta emoción se ve seguida de inmediato por la sospecha. Este es un pueblo pequeño, pero...

Entonces veo su carrito: está casi lleno de productos para el hogar, cosas que tiene sentido comprar: toallas de papel, semillas de césped, flores del sector de jardinería.

—Me pareció que eras tú. —Avanza por el pasillo, deja el carro a un lado y se acerca con los brazos abiertos para ofrecerme un abrazo.

Supongo que es normal abrazar a alguien que ha perdido a su madre.

Me envuelve con fuerza contra su pecho, y no puedo evitar notar que huele bien.

Es un perfume amaderado, con un toque de cuero y algo más.

¿Serrín? Tiene sentido en una ferretería.

—¿Qué dices? ¿Almorzamos? —insiste. Parte de mí quiere decir que no, pero otra parte está feliz de verlo—. Vamos. —Me presiona el hombro y señala mi carrito—. Me lastimarás el ego si dices que usar eso es más interesante que mi invitación.

Al diablo. Sonrío. Sería estupendo pasar tiempo con alguien que me conoció antes, cuando aún era yo. Además, ¿cuándo fue la última vez que hablé con alguien que no estuviera en mi lista de sospechosos?

—Claro.

***

Solo hay dos sitios donde sentarse a comer en el pueblo.

Por suerte, Lucas elige el restaurante y no el bar.

Nos sentamos en un reservado y, sin darme cuenta, me coloco con la espalda contra la pared y mirando hacia la puerta, como si Noah fuera a aparecer.

Creo que debería cambiar de auto de alquiler para no ser tan fácil de ubicar.

Claro que eso no solucionaría el problema por completo, porque él sabe dónde me quedo.

Y no parece querer hacerme daño, solo... jugar conmigo.

Lucas habla sobre su trabajo: nunca pensó que trabajaría en medicina, pero le resulta gratificante.

—No siempre termina bien, claro... —me ofrece una sonrisa sin humor, una clara referencia a mi madre—, pero ayudo a muchas personas y me gusta hacerlo. Incluso cuando no podemos salvar a todo el mundo, al menos puedo dar un poco de bienestar. Tu madre tuvo muchas visitas, pero no todos las tienen.

—¿Tuvo muchas visitas? —pregunto, agradecida por la ansiada cafeína.

—Sí. Ah, y quería disculparme otra vez por haberte llamado de repente cuando murió y no antes.

Estuvo peor las últimas noches y me ofrecí a llamarte, pero no me lo permitió.

Tengo que respetar los deseos de los pacientes, pero...

—Suspira—. Debería haberte llamado igualmente.

Lamento no haberlo hecho. Quería ir al funeral, darte el pésame y decírtelo en persona, pero tenía que trabajar.

Sigo pensando en las visitas.

—Está bien, estabas trabajando. —Sigo bebiendo el café e intento parecer despreocupada—. ¿Quién visitó a mi madre?

—Algunas de sus amigas de la iglesia. Me ofrecí a llamar a quien quisiera, pero solo mencionó a dos personas: el padre Preston y Noah Sawyer.

—¿Noah Sawyer? —Me quedo rígida con el café a mitad de camino—. ¿Por qué?

—No tengo ni idea. —Lucas extiende un brazo sobre el respaldo del reservado—. La primera vez que fue, ella estaba dormida, así que volvió la noche antes de que se fuera.

Se hace silencio entre los dos.

—¿Hablaron?

—No estoy seguro. Me fui poco después de que él llegara, porque había terminado mi turno. Por una vez, no tenía que quedarme más tiempo.

Hablamos un poco más mientras él termina de comer y yo me tomo un café.

Es buena compañía, o lo sería si pudiera dejar de pensar en que Noah visitó a mi madre en el hospital.

Es un pueblo pequeño e iban a la misma iglesia, pero es raro.

A menos que mi madre supiera que nos estábamos viendo y quisiera reprenderlo.

Pero no lo creo. ¿Por qué demonios él evitaría mencionarlo si no estuviera ocultando algo?

Cuando llega la cuenta, Lucas paga antes de que pueda objetar, así que busco efectivo, pero él me detiene.

—Yo invito, Elizabeth. Si tengo el placer de contar con tu compañía otra vez, puedes pagar tú si quieres, ¿está bien?

Dudo, pero que Lucas pague se siente diferente a cuando lo hicieron Sam u otros hombres con los que salí.

—De acuerdo, gracias.

Salimos juntos bajo una llovizna que tornó el día gris y neblinoso, y Lucas se pone la capucha de la sudadera.

—Casi lo olvido, quería preguntarte si habías recogido las cosas de tu madre del hospital. Hay gente que no se molesta porque es una cosa más de la que encargarse. Pero tu madre tenía un rosario que parecía importante para ella.

—No había pensado en eso.

—El hospital debió llamarte —dice con el ceño fruncido—. Pero están cortos de personal, así que a veces las enfermeras se olvidan. Todo debería seguir ahí.

—Gracias. —Nos abrazamos de nuevo para despedirnos.

—Espero volver a verte antes de que te vayas.

—Me encantaría —respondo casi con total sinceridad.

—Te escribiré.

—De acuerdo.

—Conduce con cuidado, las calles internas todavía se vuelven resbaladizas cuando comienza a llover, sobre todo en la zona donde vivía tu madre.

—Lo haré —respondo, aunque sé que no habrá problema, porque no pienso ir a casa de mi madre.