Alguien lo sabe Capítulo 35
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Capítulo 35

La puerta principal está abierta otra vez.

Me pregunto si sabía que vendría, que necesitaría desahogarme después del funeral de hoy. Aunque, si ese es el caso, es bastante arrogante por su parte, teniendo en cuenta que Sam apareció en la iglesia.

La puerta rechina al abrirse. Abajo está oscuro y tan silencioso que podría pensar que no hay nadie en casa si no fuera por la camioneta estacionada en el camino de entrada.

Mis tacones resuenan en el suelo de madera mientras camino; un sonido que rebota en las paredes, ya que no hay muebles que lo amortigüen.

Podría quitarme los zapatos, pero ¿para qué?

No tengo ningún motivo para ocultar que estoy aquí.

Aunque, pensándolo bien, tal vez él ya tenga compañía.

Una mujer. Con esos hoyuelos profundos y la manera en que les presta toda su atención, estoy segura de que muchas visitantes han hecho este mismo recorrido.

Mi pulso retumba mientras subo las escaleras.

El segundo piso también está a oscuras, excepto por una franja de luz que se derrama hacia el pasillo desde la habitación principal. Por un momento, pienso en desnudarme como la otra noche, pero decido que es más rápido dejar caer la ropa interior por mis piernas.

Lo veo unos centímetros antes de llegar a la puerta: está sentado en la cama sin camiseta, apoyado contra las almohadas, inmerso en su ordenador, escribiendo con fervor.

El brillo suave de la pantalla ilumina sus facciones y resalta su barbilla cincelada.

Es realmente apuesto. Tiene el cabello alborotado, como si se lo hubiera estado revolviendo con la mano, pero aporta la medida perfecta de desorden en contraste con sus facciones perfectas.

Y hoy lleva gafas con montura de carey, posadas sobre su nariz como si fuera un modelo de Ralph Lauren. Me gusta. Me gusta mucho.

—¿Te metí en problemas con tu novio? —pregunta sin levantar la vista.

Me acerco a la puerta, la abro hasta la mitad y me quedo en el umbral.

—No tengo novio.

—¿Por lo de hoy?

—Porque así lo prefiero.

Él sonríe satisfecho y sacude la cabeza.

—Me alegra que vinieras.

—¿Sabías que vendría? ¿Por eso no cerraste la puerta con llave?

—La cerradura está rota, así que siempre está abierta. Pero, si no fuera el caso, la habría dejado abierta para ti. No estaba seguro de que vinieras, pero tenía esperanzas.

—¿En qué trabajas con tanta energía?

—En un libro. Un thriller . Lo empecé a escribir hace unos años, pero lo dejé de lado durante un tiempo. Bloqueo del escritor.

—¿Así que te has desbloqueado?

La comisura de sus labios se eleva, marcándole un hoyuelo encantador.

—Me siento inspirado últimamente.

—Yo también… —Ladeo la cabeza—. Me siento inspirada .

—No sabías que él vendría, ¿no?

—No lo sabía.

—Es algo mayor que tú, ¿no?

—No sabía que había un límite de edad para los hombres con los que paso tiempo.

—¿Eso es lo que haces? ¿ Pasar el tiempo con ese hombre?

—Antes sí.

—¿Y cuándo terminó?

—¿Oficialmente? Hoy.

Noah se ríe.

—Nota mental: llamar a Elizabeth antes de aparecerme.

—¿No me invitarás a tu habitación?

—No necesitaste invitación para entrar en mi casa.

—Cierto. —Termino de abrir la puerta y doy unos pasos hacia dentro.

—¿Cuánto tiempo estuviste con el viejo?

—¿En verdad te importa? No quiero hablar más, Noah.

—Me gustaría usar la boca para otras cosas —dice con una sonrisa mientras aparta el ordenador.

La habitación se siente cargada de energía sexual entre los dos.

No puedo esperar a clavarle las uñas en la espalda y marcar su piel, así que me dirijo a la cama, lista para lo que esta noche nos depare.

Sus ojos brillan de anticipación cuando me subo a sus caderas y me froto sobre su notoria erección.

Mis ojos se cierran de placer; esto es justo lo que necesitaba después de este día.

—Estás listo para mí —gimo.

—Listo para lo que tengas para mí hoy, Elizabeth.

Me inclino sobre él, trazo una línea desde su nuez hasta su barbilla con la lengua, lo beso en el mentón y sigo hasta la oreja. Y muerdo con fuerza.

—Mierda —sisea. Presiona mi cadera con una mano y sube la otra por mi espalda hasta aferrar mi cabello y tirar de él con tanta fuerza que lleva mi cabeza hacia atrás.

Entonces se acerca para succionar mi cuello hasta llegar a mi oreja y devolverme la mordida.

Pero no creo que quiera dominarme; solo intenta darme lo que cree que quiero.

Llevamos unos minutos mordiéndonos, succionándonos, lamiéndonos, marcándonos.

Pero él todavía tiene los pantalones puestos, así que separo mi boca de la suya y me dispongo a quitárselos.

De repente, mientras lo hago, algo brillante en el hueco de su garganta me llama la atención y mi corazón se para al descubrir de qué se trata.

—¿De dónde sacaste eso? —pregunto, levantándome de golpe.

—¿Qué cosa? —replica con el rostro fruncido.

—El colgante de tu cuello.

—¿Esto? —Toca a tientas hasta encontrar el dije de plata—. Es santa Inés.

—Sé quién es. ¿De dónde lo sacaste?

—No lo recuerdo, ¿por qué?

—No lo tenías los otros días. Ninguna de las veces que nos vimos.

—Debí de quitármelo para trabajar y se me olvidó ponérmelo de nuevo. Me lo quito para usar la sierra y otras herramientas porque cuelga demasiado. Es una medida de seguridad. —Se acerca como si fuéramos a continuar donde lo dejamos, pero no lo haremos. Para nada.

—¿Y te lo pusiste hoy solo por casualidad? —exijo tras levantarme de la cama.

—¿Qué haces? ¿A dónde vas?

¿Cómo pude ser tan estúpida? ¿Noah Sawyer, el hijo del hombre al que maté, se acerca a mí en el bar, es escritor y, por casualidad , lleva un colgante de santa Inés? Ha estado jugando conmigo desde el principio.

—¿Qué haces tú, Noah? —replico con los ojos entrecerrados—. ¿A qué clase de juego enfermo y retorcido estás jugando?

Salgo corriendo antes de que pueda responder.

Salgo de la habitación, bajo las escaleras de dos en dos, abro la puerta y no me detengo hasta estar encerrada en el auto.

Tengo las manos tan temblorosas que no logro introducir la llave en el arranque.

Cae al suelo. Maldigo e intento recuperarla mientras mantengo la cabeza lo suficientemente levantada como para no perder de vista la puerta de la casa.

Noah nunca sale, o al menos yo no lo veo por el espejo retrovisor al salir disparada de su casa.