Alguien lo sabe Capítulo 33
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Capítulo 33

Odio sentarme en la primera fila.

Lo odiaba en la escuela, pero en la iglesia es mucho peor.

Es como si todas las estatuas me estuvieran mirando y no tengo nada con lo que distraerme: ningún niño mirando su móvil a escondidas, ningún marido temeroso de Dios mirándole el trasero a la mujer de otro hombre al pasar, ninguna madre con los labios apretados, lista para escuchar una homilía sobre aceptación mientras juzga la longitud de la falda de una chica que entra.

Miro la hora en el teléfono: un minuto para las nueve. ¿Por qué no empezamos ya? Una voz detrás de mí me hace saltar y levantar la cabeza.

—¿Este lugar está libre?

Noah.

Sonríe como si no estuviéramos en la iglesia, sino como si fuera anoche y me estuviera viendo desnuda; su mirada calienta mi pecho. Noah no espera mi respuesta para sentarse a mi lado, tan cerca que estamos hombro con hombro.

—¿Qué haces aquí? —murmuro.

—Pensé en hacerte compañía. No pareces de las que disfrutan viniendo a la iglesia.

—¿Por qué? —replico con una ceja levantada—. ¿Porque me gusta el sexo duro y fuera del matrimonio?

—En realidad, supuse que no te agradaba el lugar porque la última vez que te vi aquí estabas esperando a tu madre en el auto en lugar de estar sentada a su lado.

—Se acerca y baja la voz—. Pero si tengo que elegir entre el sexo premarital y ser católico, iré a la iglesia episcopal de la esquina a partir de ahora.

Hace unos minutos no podía esperar a que empezara la misa, pero ahora me decepciona que el órgano comience a sonar y todas las cabezas se giren hacia la puerta.

El padre Preston hace una entrada grandiosa al frente de la procesión, seguido por tres monaguillos: el del centro lleva una cruz gigante sobre la cabeza y los otros dos portan candelabros.

Detrás llega el ataúd de roble rojo brillante, cargado por hombres de la funeraria.

Noah extiende la mano sobre mi falda, me toma la mano y la aprieta con fuerza. Mi instinto es apartarla, pero mis ánimos combativos se disipan cuando el féretro pasa y veo a un hombre de traje al final de la procesión.

Mis ojos se abren de par en par.

Sam.

¿Qué demonios?

Me sonríe como si lo hubiera estado esperando ansiosa, pero su sonrisa se marchita en cuanto se da cuenta de que el hombre que está a mi lado me tiene de la mano. Su rostro se vuelve adusto. Al llegar junto a mí, se inclina para hablarme en voz baja.

—¿Quieres ir a otro banco o me siento junto a tu amigo?

Libero mi mano de la de Noah, lo miro a los ojos y él se mueve sin que se lo pida.

Entonces, Sam se desabotona el saco y se sienta en el borde del banco.

Dios, quería una distracción, pero no este caos a punto de estallar.

Sam tiene la mirada fija en el altar y un músculo de la mandíbula se le mueve como si intentara comunicarse en código morse.

—¿Qué haces aquí? —murmuro cuando el sacerdote comienza a hablar.

La mirada de Sam oscila entre Noah y yo.

—Me escribiste que tu madre había muerto y supuse que necesitarías apoyo, alguien que te acompañara.

—¿En qué momento te di a entender que necesitaba el apoyo de alguien?

—Ahora no, Elizabeth —replica con una mirada feroz—. Ten algo de respeto.

Siento que me hierve la sangre. ¿Que tenga respeto?

¿Por quién? ¿Por él, un hombre que se aparece sin invitación ni aviso?

¿Por este culto que pretende ser una iglesia?

¿O por mi madre, una mujer que creía que estaba bien dejarme sola a los siete años para verse con hombres porque después iba a confesarse?

Supongo que lo único bueno de estas dos apariciones es que estoy demasiado preocupada por eso como para que me perturbe que esta sea la última hora que pasaré con mi madre.

No es que ella siga aquí, pero su cuerpo, la procesión, el funeral...

Todavía me atan a ella. Esta mañana me he despertado con una sensación de vacío en el pecho, consciente de que todo terminaría hoy.

Pero ya no hay vacío, ahora está lleno de rabia.

La misa transcurre como en una nebulosa, y los tres miramos al frente como si fuéramos desconocidos. El padre Preston pronuncia las últimas palabras, después baja del altar y se acerca a mí para darme el último pésame.

—Gracias —respondo con una sonrisa forzada—. El servicio fue encantador.

No me molesto en decirle nada a Noah ni en esperar a que el hombre que está a mi derecha se mueva. Paso por encima de la pierna de Sam y comienzo a caminar sola detrás del ataúd. El director de la funeraria me detiene en la puerta.

—Ahora la llevaremos al crematorio. Puede seguirnos si quiere.

—No creo que sea necesario.

Él parece horrorizado, pero necesito que esto se acabe.

—Gracias por todo.

Bajo la escalera de mármol de la iglesia y me dirijo al aparcamiento. Sam me alcanza cuando llego al automóvil alquilado y se dirige al asiento del acompañante. Lo miro sin decir nada. Él frunce el ceño.

—He venido en Uber hasta aquí. Mi vuelo se retrasó y no quería llegar tarde a la misa.

Subo al auto en silencio, destrabo la puerta del acompañante y salgo del estacionamiento tan rápido que Sam apenas tiene tiempo para subir.

Si los neumáticos no estuvieran tan gastados, habría dejado marcas en el pavimento.

Conduzco en silencio durante un rato, pero no sé a dónde voy.

Sam tiene el rostro rojo de ira y la mirada puesta en la carretera.

Unos kilómetros más adelante, me detengo en el aparcamiento de un Burger King tapiado; ni siquiera un gigante de la comida rápida pudo sobrevivir en este pueblo.

Una vez allí, giro para enfrentarme a Sam.

—Di lo que quieras decir, porque ahora no tengo palabras.

Él aprieta los dientes.

—Bien. ¿Te estás acostando con ese hombre?

—Eso no es asunto tuyo —exclamo, con las manos en alto—. Nunca fuimos exclusivos.

—Intentaba hacer lo correcto. —Sam niega con la cabeza.

Cierro los ojos y me relajo. Es mi culpa; debí cortar todo con él cuando admitió que quería más. En cambio, lo usé.

—Lo siento, Sam —suspiro.

—¿Lamentas acostarte con otro o que eso me moleste?

—Lamento que haya terminado así —digo negando con la cabeza—. En malos términos. Siempre fuiste amable conmigo, pero no queremos lo mismo.

—¿Y qué es lo que tú quieres?

Es una buena pregunta. Me quedo mirando hacia abajo durante mucho tiempo, intentando encontrar la respuesta. Cuando lo hago, no puedo expresar lo mucho que una sola palabra significa para mí.

—Libertad. Quiero libertad, Sam.

Él me mira a los ojos con aire analítico. Cuando encuentra lo que buscaba, cierra los ojos por un momento. Luego los abre y la rabia que había en ellos se ha reemplazado por decepción.

—¿Me puedes llevar a algún sitio? ¿A un bar o a algún lugar donde pueda esperar un Uber que me lleve al aeropuerto?

—Yo te llevaré.

Los veinticinco minutos de viaje transcurren en silencio, ya que no estoy segura de qué más decirnos.

Al llegar, aparco frente a la pequeña terminal.

—Gracias por venir.

—No hay de qué. —Antes de bajar, frunce el ceño, levanta su mochila del suelo, abre la cremallera y saca una carpeta—. Ten esto.

—¿Qué es?

—He investigado a tu amiga desaparecida y he ampliado la búsqueda a todo el país. Tienes algo de cada Jocelyn Burton que encontré. Tómalo como regalo de despedida.