Capítulo 32
El camino de vuelta a casa de mi madre transcurre en silencio.
Normalmente escucho música o un pódcast para mantener la mente ocupada, pero esta noche solo me acompañan el repiqueteo de la lluvia y el chirrido del limpiaparabrisas.
Ha sido un día demasiado intenso, con demasiadas voces y demasiadas personas diciéndome lo perfecta que era mi madre, lo adorable que era, lo buena madre que era.
Aprieto los dientes solo de pensarlo. Y el padre Preston diciéndome que debía confesarle mis pecados…
Ojalá supiera qué le dijo mi madre.
Al llegar a casa y apagar el motor, no estoy preparada para bajar del auto. Este lugar no es mi hogar desde hace mucho tiempo, si es que alguna vez lo fue. Siempre fue de ella.
Contemplo la pintura descascarillada, la puerta que cuelga torcida del marco y las plantas muertas en macetas de barro rotas.
Suspiro y vuelvo a encender el motor. No quiero estar aquí.
Ahora no. Salgo de la entrada de la casa, me incorporo al tráfico y comienzo a conducir hacia el centro sin pensar.
Tal vez vuelva al bar. Noah no estará allí, dijo que iría a casa.
Tal vez me tome una copa con un desconocido; ni siquiera hace falta que nos digamos los nombres.
Podemos ir a un motel y tener sexo sin importancia que me ayude a olvidar por un momento.
Pero entonces recuerdo que el único motel del pueblo es un lugar al que no pienso volver.
Giro hacia el centro, pero, antes de llegar a la calle principal, el rostro de alguien aparece en mi mente. Una sonrisa. Una promesa. Hoyuelos.
Y entonces aparece otro rostro; no el suyo, sino el de su padre.
Aprieto el volante con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos y obligo a mi mente a volver a Noah. Pienso en cómo se presentó esta noche y en cómo logra cautivarme cuando soy incapaz de sentirme cautivada. Él puede hacerme olvidar.
Entonces giro el volante y doy una vuelta cerrada a la derecha en el último segundo. Ya no quiero ir al bar a beber y seducir a un desconocido; iré a casa de Noah.
***
Su casa está a oscuras y en silencio. Miro la hora: son las nueve y cuarenta.
No es tan tarde. Dijo que estaría en casa, pero tal vez fue al bar o está durmiendo.
Bajo del auto sin preocuparme por la posibilidad de despertarlo.
Llamo a la puerta despacio y, después, intento abrirla y lo consigo.
Antes, ni en un millón de años, habría entrado en la casa de un hombre así, ni siquiera en la de Sam.
Pero la adrenalina me impulsa y me digo a mí misma que Noah dejó la puerta abierta para mí.
Entro y escucho atentamente si hay algún sonido, de él o de cualquier cosa.
Me quito los zapatos y subo las escaleras del primer piso en silencio.
No hay nadie, así que sigo caminando por la alfombra hasta un pasillo que llega a su habitación, de la que escapa un rayo de luz por debajo de la puerta, y avanzo hasta que lo veo: está durmiendo en su cama, con la cabeza sobre una almohada gruesa y la manta hasta la cadera, lo que deja su pecho y sus abdominales a la vista.
Se ven marcados incluso con la luz grisácea.
Me quedo parada durante demasiado tiempo mirándolo, trazando con la mirada la línea de su mentón y su nariz recta.
Como el señor Sawyer me miraba a mí.
Me invade una oleada de emociones: rabia, vulnerabilidad, tristeza, odio y, por último pero no menos importante, deseo.
¿No es eso lo que siempre me mete en problemas?
Mis pecados, diría mi madre. Tal vez. Seguro que sí.
Pero ahora no me importa. El deseo es demasiado fuerte.
Puedo imaginar la escena: atravieso la habitación y lo despierto con una mordida en el hombro o tirándole del pelo hasta que grita de dolor.
Mi salud mental no es buena ahora, pero me basta para saber que mi deseo de hacerle daño al hijo del señor Sawyer está fuera de control.
Tal vez ahora sea más Jocelyn que Elizabeth, y quiero venganza. Debe de haber miles de razones psicológicas para querer hacerle daño a Noah Sawyer, pero no estoy dispuesta a analizarlas.
Así que abro mi vestido, deslizo las mangas de los hombros y lo dejo caer al suelo. El aire frío de la noche eriza el vello de todo mi cuerpo. Exhalo, camino hasta la cama y pongo una rodilla sobre la suave tela del edredón.
Cuando estoy a punto de montarme sobre él, Noah abre los ojos. Me recorre una oleada de adrenalina y sus labios se curvan en una sonrisa engreída.
Lo sabía . Sabía que vendría. Debió de dejar la puerta abierta porque estaba seguro de sí mismo. Su sonrisa me indica que está muy contento por haber tenido razón.
Me termino de montar sobre sus caderas, me inclino sobre él y cubro sus labios con los míos. Levanta la mano, me toma del mentón y me atrae más hacia él. Mientras nos besamos, baja las manos para tomar mis caderas y comienza a moverme, a tomar el control.
Pero hoy no será así.
Le doy una palmada en la mano, le agarro la muñeca y presiono su mano contra la cama.
Siento una descarga de poder al hacerlo.
Llevo la otra mano a su mentón y bajo hasta rodear su garganta.
Cuando intenta sentarse y hacerme retroceder, llevo mi peso hacia delante, sobre la mano que rodea su cuello, y presiono su nuez.
Mi corazón golpea con fuerza contra mis costillas cuando su rostro comienza a sonrojarse.
Una risita le sale de la garganta y sus ojos se iluminan, emocionados, mientras se rinde y se acomoda debajo de mí. Buen chico .
Comienzo a bajar por su cuerpo suavemente con las uñas. Al llegar a su ropa interior, espero a que nuestras miradas se encuentren, me detengo y luego bajo el elástico despacio hasta liberar su erección.
—¿Esto es lo que quieres? —pregunto al rodearlo con la mano.
Noah cierra los ojos y toma suaves y superficiales bocanadas de aire. Tarda un momento en volver en sí, abrir los ojos y asentir con fervor.
—Muy bien, pero...
Me detengo y bajo de la cama.
—¿Qué haces?
—Sal de la cama. —Me pongo de pie, chasqueo los dedos y señalo el suelo—. De rodillas.
Él me observa, intentando descifrar qué demonios está pasando, pero luego vuelve a aparecer su embriagadora sonrisa, la que me aflojó las piernas una y otra vez. Baja de la cama, se arrodilla y me mira como si estuviera listo para lo que sea, como si confiara en mí.
Como yo confié en su padre.
Pero Noah no sabe a qué se enfrenta.
—No me mires. —Aferro su cabello y bajo su cabeza—. Mira al suelo.
—Sí, señora —balbucea. Pero me mira una última vez y, en esos ojos, no veo a Noah, sino a él. Y, por un momento, quiero hacer algo horrible. ¿Y por qué no?
Me giro hacia su espalda y la recorro con las uñas hasta dejarle marcas.
—Inclínate sobre la cama —le ordeno.
Obedece de inmediato, poniéndose de rodillas y colocando sus grandes manos sobre la tela. Miro a mi alrededor hasta que encuentro un pantalón colgado de una silla en una esquina. Lo tomo, saco el cinturón de las presillas, lo enredo en mi puño y le doy un golpe firme en el trasero.
Una risa resonante sale de su pecho.
—Elizabeth —murmura. No suena molesto, sino excitado. De repente, aparece en mi mente una imagen: yo de rodillas en la habitación del motel con la luz tenue. Disfruté de los primeros golpes, más juguetones que dolorosos, hasta que dejaron de serlo.
—Silencio —siseo.
Y vuelvo a golpearlo una y otra y otra vez, con todas mis fuerzas.
Finalmente, cuando tiene la espalda llena de marcas inflamadas, volvemos a la cama. Él está boca arriba, con las manos atadas al marco de la cama, y yo me subo encima y lo monto hasta que está a punto de acabar. Antes de que lo haga, me aparto; él gruñe y yo sonrío.
—¿Disfrutaste de tu castigo? —pregunto mientras le suelto las manos.
—Me gustó tenerte sobre mí. Pero ¿por qué fue el castigo?
—Por tus pecados.
—Tengo muchos. —Con las manos libres, se frota las muñecas antes de acercarse—. Ahora ven aquí y deja que termine lo que empezaste, cariño.
—Lo siento. —Retrocedo—. Pero ya terminamos. Al menos por hoy.