Capítulo 31
—Estás guapa.
Sonrío. Es triste que probablemente sea la primera vez que le hago un cumplido a mi madre en...
Bueno, tal vez sea la primera vez en toda mi vida.
Y está dentro de un ataúd para recibirlo.
Muerta. Y lo que es peor, quizá también sea la primera vez que nuestra conversación no termina en una discusión.
Lágrimas inesperadas llenan mis ojos y respiro hondo para contenerlas.
Siento que debería rezar; a ella le gustaría.
Seguro que no se lo habría concedido cuando estaba viva, pero, de algún modo, ahora me siento bien haciéndolo.
Quizá porque lo hago en mis propios términos, no por obligación.
Bajo la mirada al suelo frente al féretro, donde hay un reclinatorio, un bloque de madera acolchado para apoyar las rodillas.
Pero el infierno se congelará antes de que vuelva a ponerme en esa posición.
Lo siento, mamá . Inclino la cabeza, cierro los ojos y recito en voz baja el Ave María.
Unos minutos después, se oye un golpe suave en la puerta y Kenny Chapman entra en la sala.
—¿Qué le parece? —pregunta—. ¿Hay algo que quiera cambiar antes de que comience el horario de visita?
—No. Han hecho un muy buen trabajo con su cabello y su maquillaje. Está guapa. En paz.
—Excelente —asiente—. Ha llegado un visitante temprano, también un florista con una entrega, pero aún quedan un par de minutos, así que la dejaré a solas con su madre.
Miro a mi madre, respiro hondo y niego con la cabeza.
—Está bien. Puede dejarlos pasar. Ya terminé.
—Muy bien.
En ese momento, un florista entra cargando una gran cruz blanca hecha de rosas.
Todavía estoy de pie junto al ataúd, observando cómo la colocan, cuando el padre Preston se acerca y se pone a mi lado.
¿A dónde fue Kenny Chapman? ¿Es demasiado tarde para cambiar de idea y decir que preferiría estar sola?
—Lamento mucho tu pérdida, Elizabeth. Tu madre era una mujer maravillosa y una feligresa devota de la iglesia Saint Matthew.
Asiento con la cabeza y consigo murmurar un «gracias». Tendré que mejorar en esto si quiero sobrevivir al día.
El padre Preston se gira y me mira de frente.
—Pasé a visitar a Theresa la otra mañana. Tuvimos una larga charla y le prometí que hablaría contigo.
—¿Sobre qué?
—A tu madre le gustaría que fueras a confesarte.
Siento que el corazón me da un vuelco.
—¿Por qué? ¿Qué le dijo?
—Expresó preocupación por tu relación con Cristo.
Muchas veces, cuando la gente se aleja de su fe, es porque nuestro vínculo con Dios se rompe a causa de nuestros pecados.
La confesión nos permite buscar el perdón verdadero y reparar esa conexión.
—Busca mi mirada—. Todos cometemos pecados.
Grandes o pequeños. Incluso yo me confieso, Elizabeth.
—¿De verdad? ¿Y qué es lo que usted tiene que confesar?
—Eso es entre el Señor y yo.
—Entonces, ¿por qué tengo que contarle mis pecados a usted?
Unas personas entran en la sala. Reconozco a la vecina de mi madre entre ellas.
—Disculpe. Debería saludar a la gente.
El padre Preston extiende la mano y la apoya en mi brazo para detenerme.
—No hay pecado que no pueda ser perdonado cuando uno está verdaderamente listo para arrepentirse, Elizabeth.
Frunzo el ceño y niego con la cabeza.
—Yo no estaría tan segura de eso.
Las siguientes horas son una nebulosa. Un mar de personas que van y vienen (mi madre sí necesitaba la sala doble): gente de la iglesia, vecinos...
Parece que la mayor parte del pueblo pasa por aquí en algún momento.
La sonrisa educada que tengo grabada en el rostro empieza a dolerme, así que agradezco que entre Ivy, frente a quien no tengo que fingir.
Y viene sola. Me disculpo con un desconocido que me dice que mi madre era una mujer maravillosa y voy directo hacia mi vieja amiga.
Ivy me sonríe con tristeza.
—Lamento lo de tu madre, Elizabeth.
—Gracias. —Asiento hacia la puerta que lleva al pasillo—. ¿Crees que podremos hablar?
—Claro.
Kenny Chapman y una mujer con un traje negro están en la entrada, abriendo la puerta a la gente que entra y sale, así que guío a Ivy en la dirección opuesta, hacia el baño de mujeres. Por suerte, está vacío.
—¿Cómo lo estás llevando? —me pregunta.
—¿Estamos hablando de la muerte de mi madre o de los capítulos?
—De ambos.
—De lo de mi madre saldré adelante. De lo otro no estoy tan segura. —Niego con la cabeza—. Ha sido difícil.
—Entonces, ¿recibiste más?
—Cinco hasta ahora.
—¿Y todo lo que dice es certero?
—Todo, hasta la habitación 212.
—Santo Dios. —El rostro de Ivy palidece—. ¿Quién puede ser y qué es lo que quiere?
Su reacción me hace estar casi segura de que ella no está detrás de esto, pero necesito más que eso. Necesito estar absolutamente segura. Así que me inclino hacia delante y la miro a los ojos.
—¿Eres tú, Ivy? Necesito saberlo.
—¿Qué? —Su rostro se contrae—. Claro que no. ¿Por qué sigues preguntándome eso? ¿Por qué demonios iba a revolver el pasado? Tengo tanto que perder como tú, si no más. Mi marido cree que soy una buena persona.
Hace una pausa de unos segundos, abre y cierra la boca y luego la vuelve a abrir y a cerrar, como si tuviera algo que decir pero no estuviera segura de si debería hacerlo.
—¿Qué? —la insto—. Dímelo.
Ivy me sostiene la mirada, y luego toma una gran bocanada de aire y exhala.
—Antes de decirte algo, necesito saber si me crees que no soy yo la que te está haciendo esto, la que te está atormentando enviándote los capítulos.
Nos miramos fijamente durante unos minutos. Ella fue, y sigue siendo, la mejor amiga que he tenido. Han pasado veinte años, pero estoy casi segura de que dice la verdad.
—Te creo —le digo.
Ella suelta otra exhalación larga.
—Bien. Qué bueno.
—Ahora, ¿qué necesitas decirme?
Ivy traga saliva y baja la mirada.
—Siempre he estado un poco celosa de ti.
—¿Celosa de mí? ¿Por qué?
—Eras tan bonita e inteligente, y yo era tan… ordinaria.
—Eso no es cierto, Ivy. Tú...
Levanta la mano para detenerme.
—No quiero debatirlo. Sea cierto o no, ese no es el punto. Era como yo nos percibía en esos años. Te quería con todo mi corazón, pero quizá una parte de mí prefería ser tú en lugar de ser yo. Esa es la única explicación a la que he llegado, incluso después de tantos años.
—¿Explicación para qué? No te sigo.
Los ojos de Ivy vuelven a encontrarse con los míos.
—Yo también me acosté con el señor Sawyer.
Mis ojos se abren como platos.
—¿Qué?
Empieza a hablar deprisa y a tropezar con las palabras.
—Estabas actuando raro y no querías decirme por qué.
Un día te vi montar en bicicleta hacia las afueras del pueblo, aunque me habías dicho que tenías que quedarte a ayudar a tu madre, así que te seguí.
Fuiste al motel a encontrarte con él. —Niega con la cabeza—.
Estaba celosa porque un hombre guapo y mucho mayor se había fijado en ti, así que quise ver si podía lograr que se interesara por mí.
—Por Dios, Ivy, ¿cómo no me lo dijiste nunca?
—Estaba avergonzada y apenada, y no duró demasiado. Solo lo vi en el motel algunas veces y, cuando por fin… lo hicimos, me pegó y me dijo que gemía como una zorra. Nunca volví a verlo.
Mis ojos se llenan de lágrimas.
—¿Cómo pudiste pensar que era más lista que tú, cuando tú tuviste la sensatez de no volver? Yo seguí yendo, Ivy.
—Lo sé —dice, y me abraza—. Y siento mucho no haber hablado contigo sobre eso.
Juro que no tenía ni idea de que también abusaba de ti hasta que Sawyer murió y me contaste lo que había estado pasando.
Pensé que de verdad gemía como una zorra.
Hasta el día de hoy guardo silencio cuando mi marido y yo tenemos sexo.
Santo Dios, ese hombre arruinó la vida de mucha gente. Ivy me abraza durante un buen rato antes de separarse de mí, tomarme de los hombros y mirarme a los ojos.
—Siento mucho no haberte salvado, Elizabeth.
—Nada de lo que pasó fue culpa tuya, no tienes por qué disculparte. Lamento que hayas quedado envuelta en todo esto.
—Podría haberte salvado y no lo hice —solloza.
—Si algo he aprendido en mi jodida vida es que solo podemos salvarnos a nosotros mismos.
Toma una toalla de papel para limpiarse la nariz.
—Es bueno que tu madre ya no esté aquí, porque si te oyera decir eso, llamaría al cura para que te exorcizara, diciendo que solo Dios puede salvarnos.
Solo Ivy es capaz de hacerme reír en el velatorio de mi madre, y después de confesarme que me guardó un secreto trascendental durante veinte años.
—Tú lo has dicho.
—Tengo que irme. Mi hija se quedó dormida en el auto de camino aquí, así que dejé a mi marido con ella en el aparcamiento.
—Espera, dame un minuto. —Tomo aire, porque todavía necesito saber algunas cosas—. Necesito hacerte unas preguntas. Algunas no tendrán sentido, pero las respuestas son importantes.
—De acuerdo, dime.
—¿Dónde estabas esa noche?
—¿Qué noche? ¿La de...?
—La noche en que murió Sawyer.
—Claro. Me llamaste muy alterada, así que fui al motel y te ayudé a hacer que pareciera un robo.
—¿Éramos las únicas en la habitación?
Mira alrededor del baño vacío, aunque cualquiera que entrase tendría que haber pasado junto a nosotras.
—Sí. Además de él.
—¿El señor Sawyer?
Ivy asiente. Me alivia saber que lo que recuerdo sobre su participación no es inventado. Es difícil saber qué es real y qué no. Después de descubrir la verdad sobre Jocelyn, ya no puedo fiarme de mi memoria.
—¿Yo era cercana a Lucas?
Ivy frunce el ceño.
—Sí, hasta que… comenzaste a alejarte hacia finales del último año. No supe por qué hasta que descubrí lo del señor Sawyer. Pero antes de eso te gustaba mucho Lucas, y él también parecía interesado en ti. Solían tontear. ¿Por qué lo preguntas?
No quiero entrar en detalles sobre lo que me está sucediendo, así que desvío la mirada.
—Porque fue hace mucho tiempo y algunos detalles son difusos. ¿Qué hay de la hija del señor Sawyer? ¿Sabías que tenía una hija pequeña que murió mientras él debía estar cuidándola?
—No. —Ivy parpadea, confundida—. ¿Cuándo sucedió?
Me alivia saber que no es algo que todo el mundo sepa y que yo bloqueé de mi mente.
Me lo he estado preguntando desde que volví a casa de la ciénaga la otra noche.
Minton Parish es un pueblo pequeño; todos debieron de estar hablando de la muerte de la niña, pero Ivy y yo todavía estábamos en primaria entonces, así que supongo que no lo relacionamos con el profesor Sawyer cuando llegamos a la secundaria.
—Murió cuatro años antes que él.
—¿Qué ocurrió?
—Un accidente... Supuestamente.
La puerta del baño se abre y entra una mujer que me resulta algo familiar. Creo que es de la iglesia de mi madre. Tras ofrecerme una sonrisa triste, entra en un cubículo, y su presencia pone fin a mi conversación privada con Ivy. Pero no importa; cuanto menos digamos en voz alta, mejor.
Ivy me abraza de nuevo.
—Estoy aquí si necesitas algo, Elizabeth —susurra.
—Gracias.
—Espero que tu madre esté en paz, y que tú también lo estés —agrega, señalando la puerta.
—Gracias por venir.
Unas horas más tarde, creo que todo el pueblo y parte del pueblo vecino han pasado ya por aquí.
Mientras tanto, no dejo de pensar en lo que dijo Ivy, tratando de evaluar si cambia algo en el rompecabezas que tengo en la cabeza.
Creo que no cambia nada. Pero estoy tan cansada, de cuerpo y mente, que tal vez hoy sea capaz de dormir.
Quedan diez minutos de visita y, por fin, la cantidad de personas en la sala comienza a reducirse.
Me encuentro mirando a una mujer que se seca las lágrimas de rodillas frente al féretro, cuando alguien me toca el hombro y me sorprende.
Me compongo enseguida porque, no sé cómo, sé quién es antes de girarme.
—Hola —dice Noah, sonriendo y mostrando sus hoyuelos.
Le devuelvo una sonrisa que, por primera vez, no es por obligación. De verdad me alegra verlo.
—No te esperaba.
—Quería ofrecer mis respetos. —Me mira a los ojos—. Y pensé que tal vez te serviría tener a un amigo aquí.
—¿Eso somos, Noah? —pregunto con la cabeza ladeada—. ¿Amigos?
—Puedo ser lo que tú quieras que sea. —Su mirada baja a mis labios—. La noche en que nos conocimos fue increíble, y esperaba que pudiéramos ser algo más que amigos. Aunque, para eso, tendrás que dejar de escapar de mí.
Mi estómago se agita como el de una colegiala.
—Apuesto a que no muchas mujeres escapan de ti.
—Eso no importa. Solo hay una a la que quiero atrapar —dice guiñándome un ojo.
En ese momento, un hombre al que no conozco se nos acerca para darme sus condolencias y, a continuación, una pareja se acerca para decirme lo afortunada que fui por tener una madre como la mía.
Noah retrocede para dejarles paso y, como ya ha terminado el horario de visita, voy pasando de una persona a la siguiente.
Sin embargo, aunque se forma una fila de personas que quieren despedirse, nunca pierdo de vista a Noah.
Y sé que él tampoco aparta la vista de mí, porque la siento.
Cuando por fin tengo un respiro, se acerca.
—Ya me voy, pero estaré en casa toda la noche por si quieres pasar.
—¿Pasar para...?
Me da un beso en la mejilla y luego se desvía hacia mi oído.
—Para lo que tú quieras. La pelota siempre está de tu lado, Elizabeth. Siempre.