Capítulo 30
Aquí afuera el aire se siente todavía más pesado.
Dejo el auto junto a los arbustos y camino por el sendero que, no sé cómo, recuerdo que lleva al viejo muelle.
El olor a tierra húmeda y hojas podridas oculta el aroma característico de la ciénaga.
El suelo encharcado cruje con cada paso que doy entre el musgo que cuelga de los cipreses del camino.
Las raíces, gruesas como serpientes, hacen que recorrer el corto sendero en tacones sea más difícil de lo necesario y, además, las cigarras y los mosquitos que revolotean a mi alrededor crean un zumbido bajo en el aire.
El ocasional croar de una rana o el canto de un pájaro lo interrumpen, pero, por lo demás, el silencio es espeluznante.
Sin embargo, hay algo hermoso en este lugar, en la forma en que la luz de la tarde se filtra entre las copas de los árboles torcidos y en cómo sus húmedos troncos parecen brillar.
Pero nada se compara con la imagen del hombre de camiseta blanca y gorro de béisbol hacia atrás, sentado en la punta del muelle con una caña de pescar en las manos.
Noah debe de sentirse observado, porque se endereza y gira para mirar por encima del hombro.
Al verme, sus labios se curvan despacio en una sonrisa confiada, y lo que era un día espantoso se vuelve un poco más luminoso.
Hay una chispa de esperanza, la promesa de algo, no sé de qué, pero algo más que pensar en mi madre.
Recorro el muelle y me siento a su lado sin dudar ni preguntar.
—Hola —dice, y no oculta la sorpresa en su voz, aunque, según Lucas, todos saben que estoy en el pueblo—. Estás aquí.
—Sí, aquí estoy.
Espero a que diga algo, a que me pregunte por qué estoy aquí o a que diga lo que todos dicen cuando alguien importante para ti muere: «Lo siento». El suspenso genera presión bajo mi piel y quiero que se acabe de una vez, pero Noah bebe un trago de cerveza antes de pasarme la botella.
—El pueblo estuvo aburrido sin ti —comenta, con el rastro de una sonrisa que le marca los hoyuelos—. Me alegra que hayas vuelto.
Solo puedo mirarlo, mirar los ojos de su padre y, por extraño que parezca, no quiero salir corriendo, aunque sé que fui yo, que yo soy Jocelyn.
Mientras acepto la botella, sus ojos se fijan en mis labios y su expresión hambrienta me hace sentir diferente a como me he sentido en las últimas veinticuatro horas.
Debo de estar loca por sentirme así sabiendo lo que hice con su padre, pero no me importa.
Presiono la botella y me imagino aferrando su cabello y tirando de él con suficiente fuerza para hacerle sisear de dolor y placer.
Veo mis uñas corriendo por su piel, la palma de mi mano en su boca, mi cuerpo sobre el suyo…
Esta vez soy yo quien tiene el control. La imagen me hace salivar y casi puedo escuchar el impacto de mi mano.
La fantasía me ayuda a escapar de la realidad y de la razón para estar aquí.
Durante unos segundos preciados, finjo que Noah es la verdadera razón. Bien podría serlo.
—¿Cómo supiste dónde encontrarme? —pregunta.
—En el bar comentaste que venías a este sitio a despejar la mente. La mía también necesita un poco de claridad hoy. Espero que no te moleste la intromisión.
Noah recupera la botella para beber otro trago largo y los dos nos quedamos mirando el agua turbia.
Entiendo por qué este lugar sirve para despejar la mente: tiene una quietud única que no se encuentra en cualquier sitio, sobre todo en Nueva York.
Tras un largo silencio, me giro y vuelvo a encontrar su mirada.
—¿Cómo fue perder a un padre?
Él parpadea, al parecer impactado por la pregunta. Durante un momento, creo que no responderá, que cambiará de tema y volverá a su camioneta, pero no. Termina la botella de cerveza, abre otra y mira al horizonte durante un momento antes de suspirar.
—Terrible. Aunque no siempre te hayas llevado bien con él, es como perder algo que nunca podrás recuperar.
—¿No tenías buena relación con tus padres?
—Con mi padre. —Se encoge de hombros—. Chocábamos mucho. Él... —Duda y niega con la cabeza.
Hay algo en su forma de hablar que me hace dudar si continuar, algo que hace que se me acelere el corazón y que la ansiedad se dispare en mi mente. Se me seca la boca, incluso en este lugar pacífico.
—Él… ¿qué? —lo animo.
—Nada. —Sigue negando con la cabeza—. Todos lo adoraban aquí, pero las personas son complejas, ¿sabes?
Si lo sabré yo.
—Sí, lo entiendo. —Los sentimientos que tengo por mi madre están a punto de estallar, así que tomo la nueva botella de las manos de Noah y me bebo de un trago la cerveza, aunque me sabe a tierra—. ¿Qué lo hacía complicado?
Noah me mira y un músculo se le hincha en la mejilla, como si tuviera palabras en la punta de la lengua que no estuviera seguro de querer decir. Pero analiza mi rostro y debe de ver que de verdad necesito saberlo.
—Le hizo algunas cosas a la familia que no estuvieron bien.
Me quedo callada, esperando más, pero Noah no sigue hablando. Aunque no es difícil creer que Damon Sawyer pudiera hacerle daño a su propia familia. Una chica menor de edad, un motel mugriento... Si un hombre es capaz de hacer eso, puede lastimar casi a cualquiera. Mi presión arterial sube un punto.
—Mi madre lo perdonaba —dice Noah de repente—.
Ella era un ángel y perdonaba en exceso, pero a mí no me resultó tan fácil.
—Frunce los labios, mira el flotador enganchado a la línea de su caña de pescar y permanece callado un buen rato antes de continuar—.
Tuve una hermana, pero murió cuando yo tenía tres años.
Era cuatro años mayor que yo. Fue un accidente, pero yo lo culpé a él.
Mis ojos se abren de par en par.
—¿Qué pasó?
—Estaban en el parque y se cayó desde lo alto de las barras para trepar. Se rompió el cuello y murió en el acto. Se suponía que mi padre debía estar vigilándola.
—Lo siento. —Me llevo la mano al corazón.
—Gracias. —Asiente con la cabeza—. En fin, hay otras cosas también. Como dije, es complicado. Primero perdí a mi hermana y, unos años después, perdí a mi madre y a mi padre el mismo día.
—¿Cómo que el mismo día? Creí que tu madre había muerto el año pasado.
—Técnicamente, sí. Pero la verdad es que, cuando murió mi padre, se llevó a mi madre con él. Ella nunca volvió a ser la misma. Cayó en una profunda depresión; pasaba la mayor parte del tiempo mirando por la ventana o durmiendo. Perdí a una madre y a un padre de un solo golpe.
—Eso es terrible.
Noah me mira a los ojos.
—Lo es. Mi madre era una mujer increíble. No merecía pasar el resto de su vida tan drogada que ni siquiera podía hervir agua por sí sola.
Lo miro fijamente. Quiero presionarlo, pedirle más detalles, pero hay dolor en sus ojos y creo que es posible que nunca le haya hablado de esto a nadie. Tal vez, de alguna manera, él está tan afectado por su padre como yo.
—¿Cómo murió tu padre?
No puedo creer que acabo de preguntar eso, que haya soltado esa pregunta tan insensata como si nada. Ahora que ya está ahí, contengo la respiración mientras espero la respuesta.
Noah alza la vista y encuentra la mía con una mirada intensa.
—Lo mataron.
No reacciono. No me muevo. Ni siquiera respiro. No sé si me está acusando o si está sufriendo. Quizá ambas cosas.
—Un robo que salió mal —añade, y la presión se desvanece. Puedo exhalar.
El agua tranquila y los cipreses que se mecen a mi alrededor se sienten de repente muy opresores.
Y mis pensamientos son tan erráticos como mi entorno.
He pasado de querer dominar a este hombre a hacer que hable de su padre asesinado y de su hermana muerta.
Algo dentro de mí se retuerce y, en este momento, siento que es completamente inapropiado estar aquí hablando de esto con él.
—Tengo que irme. —Anuncio mi marcha de forma brusca, pero no me importa. Me pongo de pie.
—Espera. —Noah se levanta también, me alcanza y me toca el brazo—.
Por favor, no te vayas. O... podemos irnos los dos.
Podemos ir a mi casa. Quiero... —Baja la voz un poco—.
Ayudarte a olvidar. —¿Olvidar qué? Durante un instante en el que se me corta la respiración, pienso que se refiere a su padre y que quiere ayudarme a olvidarlo.
Pero entonces dice—: Tu madre. Escuché la noticia. Lo siento mucho.
Como agua caliente que entra en ebullición, mis entrañas se tensan, amenazando con estallar en una rabia repentina.
Actuó como si no lo supiera, se sentó a mi lado tranquilo, dejó que preguntara por su padre, por su familia, que pensara que no había oído las noticias, que se alegraba de verme de vuelta en el pueblo, pero en realidad lo sabía.
Me libero de él de un tirón, me doy la vuelta y comienzo a alejarme.
—Elizabeth. —Su voz es un ladrido, una orden.
Me deja inmóvil. Me lleva de vuelta a un motel oscuro, a la alfombra áspera bajo mis rodillas...
Luego, Noah me rodea con los brazos y me abraza con fuerza contra él. Debería gritarle. Debería darle un puñetazo en los huevos y salir corriendo de aquí.
Sin embargo, me derrito contra él.
Respiro.
Me entrego y dejo que un hombre me consuele por primera vez en veinte años.