Alguien lo sabe Capítulo 29
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Capítulo 29

¿Dónde están todos los muertos?

Nunca estuve en el sótano de la funeraria Chapman e Hijos, pero supongo que están aquí.

Están los que esperan a ser embalsamados, a que les arreglen el cabello y el maquillaje o a que sus seres queridos vengan a llorarlos.

Y en el otro extremo están los cuerpos que ya fueron exhibidos y que solo esperan ser enterrados o cremados.

Todos los velatorios se celebran en la planta baja, en dos habitaciones contiguas que, si la persona era popular, se unen.

Dios sabe que he estado aquí muchas veces.

Es la única funeraria de Minton Parish. El funeral de mi abuela fue aquí (no hizo falta unir las dos salas) y también el del padre de Ivy (sí fue necesario unirlas).

De joven, mi madre me hacía venir siempre que moría alguien de su iglesia; entonces llevábamos vestidos y fingíamos ser buenas cristianas.

De repente, se me congela la sangre. ¿El funeral del señor Sawyer fue en dos salas? ¿Acudió todo el pueblo a rendirle honores a un hombre que no los merecía? No me quedé lo suficiente como para averiguarlo. Seguro que ese maldito llenó el lugar.

Una voz interrumpe mis cavilaciones.

—¿Señorita Davis?

Me levanto casi de un salto y el hombre de rostro solemne me tiende la mano.

—Soy Kenny Chapman. Lamento su pérdida.

—Gracias.

—Pase por aquí. —Señala el pasillo—. Disculpe la espera.

—No importa.

Abre una puerta que da a una oficina con un escritorio, con algunos catálogos y pañuelos de papel colocados con cuidado en un lateral, y dos sillas.

A la derecha hay una arcada que lleva a una habitación más grande, llena de féretros exhibidos como si fueran blusas en un centro comercial.

Me pregunto si habrá tallas diferentes, piezas en liquidación y marcas reconocidas y genéricas.

Kenny Chapman se acomoda en su silla y abre una carpeta.

—Su madre ya ha gestionado todos los arreglos.

—¿Disculpe? —Parpadeo, confundida.

—Es algo frecuente —dice con una sonrisa ensayada—. Los padres suelen querer quitarles ese peso de encima a sus hijos, ahorrarles el tener que tomar decisiones en un momento difícil. —Desliza un papel hacia mí—. Esto es lo que escogió. Si quiere, puedo mostrárselo.

Se me hace un nudo en la garganta al imaginar que mi madre vino aquí a elegir su ataúd sola, enferma, consciente de que se estaba muriendo. Trago saliva para reprimir la horrible sensación que amenaza con aflorar desde que sonó mi teléfono anoche. Si sigo en movimiento, la culpa no me alcanzará.

Me inclino para mirar una hoja llena de artículos. Debe de haber al menos quince, cada uno con un precio al final.

Tasa de servicio base: $2295

Embalsamamiento: $895

Coche fúnebre: $350

Día de visita completo (dos sesiones, sala doble)

Por supuesto, mi madre pensaba que necesitaríamos la sala doble. Dejo de leer y bajo a la última línea. El total supera los nueve mil dólares.

—¿También pagó por esto? —Señalo. El señor Chapman frunce el ceño.

—No, lo lamento, no lo hizo. Ofrecemos la opción de hacer un pago adelantado que congela el precio, pero no la aceptó.

Por alguna razón, eso me hace sonreír. Es tan típico de mamá…

A continuación, el hombre se da la vuelta para buscar un tablero con muestras de diferentes tipos de madera.

—Su madre eligió el roble rojo brillante, una variedad preciosa, con interior de satén de primera calidad.

—Es muy bonito.

—¿Quiere que le enseñe un ataúd de roble rojo brillante? Tenemos uno exhibido en la otra habitación. Como no se realizó un pago por adelantado, no existe un contrato formal y aún puede realizar cambios si algo no es de su agrado.

—No, gracias. —Niego con la cabeza—. Lo que ella haya elegido está bien. Quiero que tenga lo que quería.

—Maravilloso. —El señor Chapman asiente con una sonrisa—. Entonces, solo nos queda el asunto del pago.

—¿Aceptan Visa?

—Sí.

Revuelvo el bolso, saco la cartera y le extiendo la tarjeta sobre el escritorio.

—Tenga. ¿Hay algo más que debamos discutir?

—¿Cuándo le gustaría que se celebrara el servicio?

—No lo sé. Lo antes posible, supongo.

Desliza la cuenta hacia mí y saca un posnet de un cajón.

—Necesitaremos un día para los preparativos. ¿Qué le parece si lo celebramos el viernes? ¿Horario de visitas de dos a cinco y de siete a nueve?

—De acuerdo.

—¿Y la misa a las nueve del sábado en Saint Matthew, seguida de una ceremonia breve en el cementerio?

—Sí.

—¿Quiere encargarse usted de los arreglos con la iglesia o prefiere que lo hagamos nosotros?

—Háganlo ustedes, por favor.

—Por supuesto. Hay un cargo de doscientos cincuenta dólares por gastos operativos.

Frunzo los labios, pero no sé por qué me irrita sumarle otro cargo solo por hacer una llamada telefónica, si la cuenta ya asciende a nueve mil dólares.

—¿Podría usar el satén normal y quedamos a mano?

El hombre está perplejo, pero no me importa. Se raspa la garganta.

—Absorberemos el cargo como cortesía.

No creo que eso los lleve a la quiebra.

—Gracias —respondo con una sonrisa forzada.

Él pasa mi tarjeta y me da un recibo para firmar. Después de garabatear mi nombre, me pongo de pie.

—¿Hay algo más que deba hacer?

—Necesitaremos ropa. Su vestido o atuendo preferido.

—De acuerdo. ¿Algo más?

—No. Nos aseguraremos de que la iglesia publique el horario del velatorio en el boletín de mañana para que los feligreses sepan de la partida de su madre.

—Muy bien. Entonces, ¿traigo la ropa y vuelvo el viernes a las dos de la tarde?

—Usted y los familiares que quiera invitar pueden venir a una visita privada a la una. Queremos asegurarnos de que está conforme con su aspecto.

—Estoy segura de que estará bien. —Me cuelgo el bolso al hombro. Él asiente, rodea el escritorio y me tiende la mano.

—Siento mucho su pérdida.

Una vez fuera, doy una bocanada de aire fresco.

¿Cómo demonios hace ese hombre para estar todo el día en ese sitio?

Huele raro y me pica el pecho, como si tuviera una erupción cutánea.

Pero el aire de fuera no es mucho mejor; se siente pesado y caldeado.

Apenas he dado veinte pasos hasta mi automóvil alquilado cuando mi piel está completamente cubierta de sudor.

Odio lo pringosa que se vuelve esta época del año en Luisiana.

De hecho, este lugar me desagrada todo el año.

Llevo menos de ocho horas y ya quiero irme.

Tal vez debería hacerlo; debería pisar el maldito acelerador y conducir hacia el norte sin detenerme hasta llegar a Manhattan.

Pero quiero conseguir varias cosas en este viaje, además de enterrar a mi madre: hurgar en mi memoria y completar las piezas que faltan.

Como si escuchara mis pensamientos, mi teléfono vibra en algún lugar de mi bolso. Enciendo el motor para activar el aire acondicionado antes de buscarlo. En la pantalla aparece el nombre de Lucas con un mensaje. Sin duda, él es una pieza del rompecabezas, así que lo abro.

Lucas: Oye, escuché que estás en el pueblo.

¿Cómo demonios se ha enterado tan rápido? Recibo otro mensaje antes de que pueda responder.

Lucas: Fuiste a Grind por un café. Cambió de dueño desde que éramos niños, pero aún es la central de chismes.

En mi mente reflota un recuerdo. No estoy segura de si estaba reprimido o si simplemente no había tenido motivos para pensar en ello hasta ahora, pero me hace sonreír.

Elizabeth: ¿Sigues poniendo un centímetro de azúcar en la taza antes de servirte el café?

Lucas: Ja, ja. No lo hago. Ahora lo tomo negro. Hay diabetes en la familia. ¿Tú aún lo bebes hasta que está helado, aunque odias el café frío?

Mi sonrisa se ensancha.

Elizabeth: Sí.

Lucas: Solo quería decirte que lamento cómo te di la noticia la otra noche. Tendría que haberte dado un momento para que te despertaras.

Elizabeth: Está bien. Agradezco que hayas sido tú quien llamara y no un desconocido.

Lucas: Si hay algo que pueda hacer por ti, solo dímelo. Trabajo tres días de doce horas, así que a partir de las ocho de esta tarde estaré libre durante cuatro días. Si necesitas un hombro en el que llorar, una oreja que te escuche o un compañero con el que beber...

La parte de beber suena bien, aunque no sé si podré esperar hasta las ocho. Este día ya parece que ha durado una semana y ni siquiera son las cinco de la tarde. Aunque Lucas podría desbloquear algunos recuerdos...

Elizabeth: Gracias, lo aprecio. Ha sido un día muy largo, así que seguramente iré a dormir pronto. Mañana tengo algunas cosas que hacer, así que tal vez podríamos vernos después del servicio. Será el viernes.

Lucas: Me gustaría.

Una sensación cálida se extiende por mi interior.

Elizabeth: De acuerdo, te escribiré.

La puerta de la funeraria se abre y Kenny Chapman sale a echar un vistazo.

Mi auto es el único que hay en el aparcamiento.

Se cubre los ojos del sol, me mira y saluda.

Será mejor que me vaya, no sea que me ponga un cargo de veinticinco dólares por estacionamiento, así que enciendo el motor y conduzco a casa.

Bueno, a casa de mi madre. No muero de ganas de entrar; de hecho, temo hacerlo.

Pero no puedo retrasarlo para siempre. Aunque sí puedo hacer una escala para comprar una botella de vino que me relaje cuando entre; tal vez dos.

También debería comprar comida, pero no tengo hambre.

La licorería está en la calle principal, que consta de dos hileras con todas las tiendas que un pueblo pequeño necesita para cubrir las necesidades básicas: lavandería, almacén, banco, barbería...

También está en diagonal al Liars. Echo un vistazo al aparcamiento antes de entrar, pero no veo ningún vehículo familiar.

No hay camioneta roja esta noche. Sin embargo, cuando salgo con dos botellas en la mano y la mente aún revuelta, recuerdo algo que mencionó Noah en el bar la última vez que estuve allí: la ciénaga Big Devil, el lugar al que va cuando necesita despejarse.

Vuelvo al auto y dejo el vino dentro. Tal vez la ciénaga también sirva para despejar mi mente. O, mejor aún, tal vez encuentre a alguien que me haga olvidar mi vida por un rato...