Alguien lo sabe Capítulo 28
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Capítulo 28

Los días son una nebulosa, pasan uno tras otro sin distinción.

Me levanto de la cama después de pasar otra noche en vela, me tomo un café para tener energía suficiente para ducharme y me pongo capas de maquillaje para disimular las ojeras.

Lavo, enjuago, repito. Aunque por dentro sea un desastre, tengo que obligarme a comer un poco (ya he perdido cuatro kilos y sigo bajando), ir a trabajar, contestar correos electrónicos, dar clases y corregir tareas.

Por supuesto que no . Tiene unos diecinueve años. Está perdido, como todos en su primer año.

Miro el reloj que tengo en la pared y veo que, si no me doy prisa, llegaré tarde, así que tomo mis notas, un bolígrafo y el ordenador y salgo de mi oficina rápidamente.

Intento concentrarme en la lección que daré hoy mientras me dirijo al auditorio.

Pienso en cómo puedo hacer que los fundamentos de la edición resulten interesantes, pero mi mente se desvía y vuelve al mismo lugar en el que ha estado cayendo durante días.

Soy Jocelyn.

Las palabras resuenan en mi cabeza y me dejan sin aliento.

Él me hizo esas cosas a mí.

Trago saliva. Me detengo. Me apoyo en la fría pared de ladrillo y solo respiro.

No, eso le pasó a ella, a Jocelyn...

Que soy yo.

La doctora Sterling lo dejó muy claro.

—¿Profesora? —La voz de una estudiante me saca de mis pensamientos. Es una chica joven—. ¿Se encuentra bien?

Levanto la vista y veo un rostro que me resulta algo familiar. Gabby, creo, pero no recuerdo el apellido. Está en mi clase, a la que ya debo de estar llegando tarde.

—Estoy bien, gracias.

Hoy, en este momento, no soy Jocelyn. Soy Elizabeth Davis. Solo Elizabeth Davis.

Me enderezo y le indico que pase al auditorio delante de mí.

El salón, ruidoso por las risas y las conversaciones, se queda en silencio cuando entro.

Conecto mi ordenador a la base, abro la presentación y comienzo a hablar.

Por suerte, me sé este material de memoria.

Tras veinte minutos, empiezo a sentirme un poco mareada, así que hago un cambio de última hora y abro el trabajo que pensaba dejar como tarea.

—Hoy nos dividiremos en grupos y harán los cambios de edición necesarios a este borrador.

La clase no suele funcionar así; con ochenta estudiantes es demasiado numerosa para los trabajos en grupo, pero necesito un respiro y que las miradas estén en cualquier parte menos en mí.

Será caótico y pocos harán algo en realidad, porque sacarán el teléfono o hablarán sobre lo que harán el próximo fin de semana, pero a la clase le parece bien un cambio de rutina.

Mientras trabajan, me siento en el borde del escritorio y tan solo respiro. Mi mirada se detiene en una pareja joven. Los he visto caminando juntos antes de entrar a clase, siempre juntos, hombro con hombro, riendo, tocándose, coqueteando.

Eso me hace pensar en Jocelyn y Lucas.

Solían tontear así, ¿no?

Pero no existe ninguna Jocelyn .

Lo que significa que yo solía tontear con Lucas. ¿Teníamos algo? Casi puedo verlo en mi cabeza: recuerdo cómo solía sonreír cuando estaba con él, cómo me iluminaba. En algún momento me interesó, me sentía segura a su lado.

Pienso en Luisiana, cuando lo vi en el hospital, en cómo se me calentó el cuerpo y en que alguna vez sentí algo por él, aunque no recuerde la historia. Mi cuerpo me dice con certeza que lo besé, aunque ni siquiera lo recuerde.

En poco tiempo, la campana anuncia el fin de la clase y salgo del auditorio tan rápido como los estudiantes.

Normalmente, paso por mi oficina y espero un rato por si alguien necesita hablar conmigo, pero hoy no.

Hoy voy directo a casa, me meto en la cama, acomodo las almohadas contra el cabecero y me dispongo a leer sobre el trastorno de identidad disociativo.

Quienes lo padecen pueden experimentar diferentes niveles de amnesia y algunas personas sufren despersonalización, por lo que su personalidad se divide en dos y se ven a sí mismos como otra persona.

En mi caso, como Jocelyn.

Pero no tiene sentido. Es básicamente un trastorno de personalidad múltiple, ¿no? Google me dice que es un término anticuado, que así no es como los médicos ven a la persona hoy en día. Me muerdo el labio y sigo buscando en internet cualquier cosa que pueda servirme, lo que sea.

Resulta que no estoy loca. Soy una persona exitosa.

Terminé la universidad, me licencié, he tenido varios trabajos durante veinte años, tengo un apartamento y pago el alquiler a tiempo.

Voy a la tienda, compro comida, hago ejercicio.

Tengo vínculos. No son perfectos, pero yo tampoco lo soy.

Dios lo sabe. Sin embargo, no estoy segura de poder identificarme con la descripción que hacen estos artículos de una persona.

Es increíble.

Y es agotador.

En algún momento me quedo dormida y me despierta el golpeteo del móvil sobre la mesilla de noche.

Cuando lo alcanzo, ya me he perdido la llamada, así que resoplo y lo dejo donde estaba para volver a dormir.

Por fin había logrado dormirme sin píldoras.

La rabia me recorre ardiente y, un segundo después, el móvil vuelve a vibrar.

Esta vez me siento en la cama, muevo el ordenador del borde para que no se caiga y tomo el móvil.

Lucas.

Al recordar lo que había estado pensando antes, mi estómago se revuelve.

—¿Hola? —contesto justo antes de que vaya al buzón de voz.

—¿Elizabeth? —Lucas suena cansado. Un vistazo al reloj de la mesilla me dice que es la una de la madrugada. ¿Será la medianoche para él?—. ¿Estás ahí? —pregunta cuando no respondo de inmediato.

—Sí, lo siento, estaba dormida. —Me aclaro la garganta—. ¿Qué ocurre? ¿Por qué llamas tan tarde?

Hace una larga pausa, pero sé lo que va a decir antes de que lo exprese.

—Lo siento, Elizabeth. Tu madre se ha ido.