Capítulo 27
Comienzo a parecerme a mi madre.
Ese pensamiento es una puñalada en el corazón.
Con eso en mente, me aplico una segunda capa más gruesa de corrector de ojeras.
Sin embargo, se acumula en las arrugas finas y las resalta en lugar de disimularlas.
Debería haberme puesto hielo en los ojos hinchados antes de intentar maquillarme, pero no tenía fuerzas después de otra noche sin dormir.
Han pasado casi tres días desde la última vez que dormí más que siestas de quince minutos.
Cada vez que cierro los ojos y el sueño comienza a arrastrarme, los recuerdos me invaden.
Llegan en fragmentos, en destellos. Por ejemplo, estar de rodillas frente al señor Sawyer en esa habitación y que me dé una bofetada de revés.
Fuerte. Ni siquiera las píldoras para dormir me ayudan, y eso que he tomado muchas en las últimas cuarenta y ocho horas.
No puedo procesar tantas cosas. Lo escribí todo en un cuaderno, en un intento por reunir todas las piezas antes de resolverlo.
Escribí los recuerdos y las pistas que pasé por alto y que ahora tienen sentido.
Que Jocelyn no apareciera en las búsquedas, que mis recuerdos de la habitación del motel fueran tan vívidos y que Lucas me dijera lo mucho que odiaba que nos distanciáramos el último año. De todas formas, nada tiene sentido.
Excepto que podría explicar mis hábitos de citas de los últimos veinte años: por qué nunca quise más que sexo con un hombre y por qué nunca pude tener una relación, ni siquiera con el más bueno de todos.
Siempre estuve orgullosa de mi independencia y nunca me detuve a pensar por qué era tan importante para mí; pero ahora me pregunto si era fuerte e independiente o si, en realidad, tenía miedo. Miedo a confiar en un hombre.
Suena el teléfono desde la otra habitación, así que dejo el maquillaje sobre la encimera del baño y corro a contestar. Estoy esperando una llamada.
—¿Hola?
—Hola, ¿puedo hablar con Elizabeth Davis, por favor?
—Sí, soy yo.
—Soy Emma, de la consulta de la doctora Sterling, devolviéndole la llamada.
—Sí, hola. Gracias. —No sé qué más decir, porque no tengo ni idea de qué tiene que ver esta doctora conmigo.
Si alguna vez fue alguien para mí. Tomo la tarjeta con el recordatorio de la cita que encontré en la caja debajo del anuario.
La fecha está escrita con tinta azul y es de hace casi dos décadas.
Los bordes están doblados y gastados, como si hubiera estado dentro de una cartera durante mucho tiempo, pero, por lo que sé, debe de pertenecer a otra persona.
No dice mi nombre, solo la fecha y la hora, y la dirección de un consultorio en el centro.
—¿Quiere… agendar una cita? —pregunta la mujer cuando el silencio se alarga demasiado.
—Ah, sí, sí, por favor.
—¿Podría confirmar los cuatro últimos números de su número de la Seguridad Social? Debo asegurarme de tener al paciente correcto.
—Claro. Cinco, cuatro, seis, cuatro.
—Muy bien, gracias. —Escucho que pulsa algunas teclas antes de continuar—: ¿Ha cambiado su información personal desde la última vez que vino?
—No estoy segura.
—Dígame su número de teléfono y su dirección.
Recito la información de hace veinte años y contengo la respiración.
—Perfecto. Déjeme ver qué tenemos disponible.
Me encontró. Soy paciente de la doctora . Mi corazón se acelera. Vi a un psiquiatra . Y no lo recuerdo.
—¿Qué le parece el próximo jueves a las dos de la tarde?
No puedo esperar tanto; moriré antes por falta de sueño. ¿Realmente es posible morir por falta de sueño? Sin duda, lo parece.
—¿Podría ser antes?
—¿Se encuentra en crisis?
Si esto no es una crisis, no sé lo que es.
—Sí. No puedo dormir, no puedo comer.
—De acuerdo. ¿Qué tal mañana por la mañana? Puedo ponerla en la agenda antes de que la doctora empiece a atender. Ahora mismo está ocupada, pero sé que no tendrá problema con eso.
—Eso sería genial. —Exhalo aliviada—. Gracias. Cuanto antes, mejor.
***
A las 6:30 de la mañana siguiente, llego a la dirección que figuraba en la tarjeta. El edificio es genérico, similar a muchos rascacielos de la ciudad. No puedo decir que haya estado aquí antes; no me dice nada ni me evoca ningún sentimiento.
Como es temprano, voy a una cafetería de la misma calle y compro un expreso doble. Ayer conseguí dormir un poco, dos horas seguidas, pero mi cuerpo está agotado, aunque mi mente da vueltas a millones de kilómetros por hora.
A las 6:50, tomo el ascensor hasta la planta once y llego a la oficina 1111, pero tampoco me resulta familiar este lugar. Sin embargo, cuando abro la puerta y veo la pequeña sala de espera, me doy cuenta de que ya estuve aquí. La mujer que hay detrás del cristal me ofrece una sonrisa cálida.
—Hola, ¿Elizabeth?
Asiento con la cabeza. Por debajo de la pequeña abertura en el cristal, me pasa una tabla sujetapapeles.
—¿Podría completar esto, por favor? Hace tiempo que no viene por aquí.
—Por supuesto.
Tomo asiento y completo el formulario (seguro médico, medicamentos utilizados, hospitalizaciones), pero, mientras respondo, mi mirada se desvía hacia la habitación.
Intento recordar algo, cualquier cosa, siquiera haber estado aquí.
Cuando llego a la última pregunta, se abre la puerta de la izquierda.
—¿Elizabeth?
Me giro y mi corazón deja de latir.
La recuerdo .
Era más joven, claro, pero sin duda la conozco. Un recuerdo se reproduce en mi mente.
Una habitación cerrada.
Yo golpeando la puerta. ¿Un hospital? ¿Una unidad psiquiátrica? ¿Estuve internada en un psiquiátrico?
—¿Elizabeth? —La doctora baja la voz—. ¿Te encuentras bien?
—Sí, lo siento. —Trago saliva y me pongo de pie.
No parece creerme, ¿por qué lo haría? Soy un desastre, un tren descarrilado, pero ella me sonríe con calidez y señala la puerta por la que salió.
—Pasa.
La sigo por un pasillo hasta una oficina.
Me resulta familiar, pero no sé si es porque estuve aquí o porque parece haber salido de una película.
Hay un sofá beige y un sillón azul y beige delante.
Los estantes están llenos de libros y en la mesa de café hay un abanico de revistas.
En una esquina, hay una caja de pañuelos de papel.
La doctora Sterling se sienta en el sillón individual y señala el sofá.
—Toma asiento, ponte cómoda.
Me siento, pero no estoy nada cómoda. No dejo de recorrer la habitación en busca de algo que me resulte familiar. La doctora me da tiempo para hacer todo lo que necesite antes de sentarse, cruzar las piernas y comenzar.
—Bueno, ha pasado mucho tiempo —dice con una sonrisa.
—¿Cuánto?
Toma un archivo de la mesa junto a ella, lo abre y saca algunos papeles.
—Casi diecinueve años, al parecer. Digitalizamos los informes antiguos hace diez años, antes de destruirlos, así que pude repasar tus registros.
—¿Me recuerda?
—Sí.
—Yo no la recuerdo. —La miro a los ojos—. Bueno, sí, su rostro me resulta familiar, pero no recuerdo haber sido su paciente.
Debo reconocerle que permanece impasible. Es buena; se nota que lleva mucho tiempo en esto.
—¿Los problemas de memoria son algo nuevo?
Respiro hondo, suelto el aire y asiento con la cabeza.
—¿He estado aquí antes, en esta habitación?
—Una vez. Para ser justa, es posible que se vea diferente. La han redecorado varias veces desde entonces.
La imagen de la habitación del hospital se me aparece de nuevo en la mente.
—¿Este fue el único lugar en el que nos vimos?
Su rostro refleja preocupación, pero pronto recupera su expresión impasible.
—Bueno, nos vimos por primera vez cuando fuiste hospitalizada.
—¿Por qué me internaron?
La mujer duda, y con razón. Es posible que esté sufriendo un colapso mental, pero conservo el sentido común.
Sueno desequilibrada; cualquier psiquiatra decente que viera las ojeras que tengo, el labio que me he mordido hasta amoratarlo y mi comportamiento errático me consideraría frágil y querría ir despacio.
Pero ya no puedo esperar. Necesito saber qué demonios me pasó.
Así que me enderezo, intento actuar un poco más normal y convencerla de que soy más fuerte de lo que realmente soy.
—Soy profesora de Literatura y de Escritura Creativa a tiempo completo en la Universidad Pace.
Llevo doce años allí. No me he enfermado ni un día ni me he tomado licencia hasta hace poco, cuando mi madre fue hospitalizada.
Tengo citas. Voy al gimnasio. No consumo drogas ni bebo alcohol en exceso.
Juro que hasta hace poco creía que era totalmente normal.
Es posible que ahora mismo dé un poco de miedo, pero es porque hace días que no duermo.
Desde que empecé a tener recuerdos aleatorios de cosas de las que nunca había sido consciente, al menos no en las últimas casi dos décadas.
Necesito saber qué me sucedió. La incertidumbre me está consumiendo.
La doctora Sterling me mira a los ojos y, en ellos, veo que está pensando qué hacer. Tras un momento, asiente con la cabeza y reabre el archivo.
—Un vecino te llevó a Creedmoor. —Pasa algunas páginas y repasa las palabras con un dedo—. El señor Hank, ¿lo recuerdas?
Se me acelera el corazón. Santo Dios. Lo que dijo el señor Hank el otro día... Estuve en el hospital, mi madre le dijo que me quería... ¿Podría ser verdad? Trago el nudo en la garganta antes de responder.
—Sí, es mi antiguo casero y un buen amigo. ¿Por qué me llevó?
—Sufriste una crisis. Yo te atendí. Llevabas una semana sin comer ni dormir y tu vecino estaba preocupado. Cuando llegaste, dijiste que eras otra persona.
—¿Jocelyn Burton? —jadeo.
Pasa más páginas y se detiene con el dedo en medio de unas anotaciones escritas a mano.
—Sí, así es.
—¿Qué más dije?
—No mucho, no querías hablar. Tu vecino nos dijo que habías tenido un altercado en tu apartamento.
—¿Qué clase de altercado?
—Nunca quedó claro qué sucedió exactamente. El señor Hank escuchó gritos y te encontró en el pasillo, gritándole a un hombre. Él lo echó con un bate de béisbol.
Cielos, tampoco recuerdo eso.
—Te prescribimos benzodiazepinas para dormir y pasaste algunos días en una unidad de psiquiatría.
Cuando determinamos que no suponías un peligro para ti misma ni para terceros, no tuvimos bases legales para retenerte.
Viniste a una consulta de seguimiento aquí, pero no continuaste con el tratamiento después de eso.
—¿Dije algo durante esa cita?
—Mencionaste que habías tenido una relación con un hombre mayor. Que solía hacer que te arrodillaras. Al parecer, la noche en que tu vecino intervino, tenías una cita con un hombre que intentó que le dieras placer en esa posición y eso te alteró. Fue un detonante.
La cabeza comienza a dolerme y me froto las sienes. ¿Le conté a alguien lo del señor Sawyer?
—¿Dije algo más sobre el hombre mayor?
—No, pero supuse que había más de lo que estabas dispuesta a discutir. No querías hablar de eso, de nada relacionado con tu infancia en Luisiana ni de tu paso por Florida antes de venir a Nueva York.
—¿Mi... paso por Florida?
—Dijiste que habías pasado algunas semanas allí antes de venir a la ciudad.
Dios. Bloqueé toda una parte de mi vida. Supongo que por eso pensé que Jocelyn se había ido a Florida. Tardo un minuto en intentar procesarlo todo, en encajar las nuevas piezas del rompecabezas.
Tras un rato, la doctora Sterling devuelve la carpeta a la mesa y se inclina hacia delante.
—¿Ha ocurrido algo en particular para que estés aquí hoy? ¿O tus problemas de memoria han empeorado?
No sé muy bien cómo responder. No quiero contar demasiado, pero necesito entender lo que está pasando en mi cabeza. Así que decido dar una respuesta vaga.
—Hace poco me recordaron algo malo que le sucedió a una amiga hace dos décadas. O quizá pensé que le había sucedido a ella. Pero ahora... no estoy segura de que esa amiga exista. Nunca existió. Y estoy bastante segura de que eso... me ocurrió a mí.
—Nuestros cerebros son muy protectores —afirma la doctora Sterling—. Después de un trauma, a veces podemos reprimir recuerdos o incluso crear recuerdos falsos. A eso se le llama «amnesia disociativa».
Mientras ella intenta que hable más sobre el evento traumático, yo redirecciono la conversación y le hago preguntas sobre la amnesia disociativa.
¿Recordaré todo en algún momento? ¿Hay forma de acelerar el proceso?
¿El hecho de haberla padecido una vez significa que podría volver a ocurrir?
Cuando suena el reloj sobre la mesa, estoy exhausta.
No es que antes no lo estuviera, pero ahora siento que no podré levantarme de este sofá.
La doctora Sterling detiene la alarma y levanta su bloc de notas.
—Sé que ha sido mucho que procesar para esta mañana. ¿Cómo te sientes ahora?
—Desearía ser un oso polar y poder hibernar durante los próximos meses.
—Me encantaría concertar otra cita —dice con una sonrisa—. Creo que podríamos trabajar en algunos de los temas que hemos tratado hoy.
—¿Puedo pensarlo?
—Por supuesto —afirma, y se pone de pie.
—Gracias por hacerse tiempo para mí. —Le extiendo la mano.
—Siempre haré tiempo para un paciente en crisis. Pero espero que esta no sea una despedida, Elizabeth. De verdad creo que puedo ayudarte.
Le sonrío con amabilidad. Estoy segura de que podría ayudarme, pero el problema es a quién ayudará: ¿a Elizabeth o a Jocelyn?