Alguien lo sabe Capítulo 26
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Capítulo 26

De camino por el aparcamiento, Lucas abrazó a Jocelyn por los hombros mientras ella se reía de algo que él había dicho. La atención, el calor y la amabilidad le sentaban bien. Se había sentido perdida últimamente.

Voces a sus espaldas desviaron la atención de Jocelyn, quien se dio la vuelta para ver a una pareja de tercero empujarse juguetonamente.

Volvió a mirar el automóvil nuevo de Lucas, un vehículo gris perlado de tres puertas con un motor ruidoso, y que apenas se mantenía en pie.

Pero él la había recogido y salvado de tener que caminar más de un kilómetro bajo el sol.

Y había sido divertido ir con las ventanas bajadas, la música a todo volumen y sintiéndose libre.

Mientras que a otros chicos sus padres los dejaban en la puerta de la escuela, ella solía llegar acalorada y sudada por la humedad de Luisiana.

—¿Qué harás después de la escuela? —le preguntó Lucas.

Jocelyn caminó junto a él y, por un momento, se sintió como si tuvieran algo, como si fueran una pareja.

—Eh, tengo planes —balbuceó, mientras pensaba en una mentira que sonara mejor que «Me veré con el señor Sawyer en un motel».

—Es un maldito.

Ella levantó la vista para ver a quién se refería y vio un automóvil conocido, un vehículo familiar azul, mucho más nuevo que el suyo, que se estacionaba a unos cinco metros de ellos.

Pudo sentir sobre ella el peso de la mirada del hombre al volante.

Al pasar por detrás del auto, miró hacia un lado y encontró los ojos del señor Sawyer en el espejo retrovisor.

De repente, su estómago se retorció de nerviosismo. Dedujo con desconcierto que no estaba feliz de verla, de verlos . Era Lucas quien no le agradaba. ¿Y acaso ella no le había prometido que se alejaría?

—Me reprobó el semestre pasado —explicó Lucas—. Tenía un promedio de ocho hasta que me desaprobó el último examen. Me puso un cero porque me retiré antes y pensó que quería evitarlo. Pero tenía gripe.

Jocelyn ya no lo estaba escuchando. Se alejó de Lucas y volvió la vista atrás, pero el señor Sawyer había desaparecido. Seguro que estaba dentro, en el aula, donde no lo vería ese día por otra estúpida asamblea escolar.

—Yo creo que es un buen profesor —murmuró Jocelyn mientras entraban en la escuela.

—¿Eh? —Lucas se detuvo y la miró con los ojos entrecerrados—. ¿El señor Sawyer?

—Tengo que irme. —Ella se dio la vuelta y se alejó deprisa, sin prestar atención a Lucas, que le decía que esperara, que no era su intención hacerla enfadar. Parte de ella quería detenerse y decirle que no había sido culpa suya, que no había hecho nada malo, pero no pudo. No podían verla con él.

Pasó el resto del día nerviosa, tirando de un hilo de sus vaqueros hasta hacer un agujero en la rodilla.

Genial, eran los únicos que estaban más o menos en condiciones.

Entonces, se sentó a esperar a que pasaran las horas.

Pronto sería la asamblea, encontraría al señor Sawyer, se disculparía y le explicaría que el brazo de Lucas en su hombro no había significado nada.

Pero cuando llegó la hora y cientos de estudiantes llenaron los pasillos camino al gimnasio, el señor Sawyer no estaba por ningún lado; ni con los demás profesores en una esquina ni en la puerta, donde siempre había dos adultos asegurándose de que ningún estudiante se escapara. No estaba a la vista.

Jocelyn se mordió el labio hasta que le salió sangre y luego se limpió rápidamente con el dorso de la mano.

Debería haber sido más lista y haberlo pensado mejor.

¿No se refería a eso el profesor cuando hablaba de disciplina?

¿A saber cómo controlarse, cómo hacer lo que debía hacer?

Pasó el resto de la asamblea y del día castigándose, pero al menos lo vería al anochecer. El jueves era su noche.

Su rostro se acaloró al recordar el cuerpo cincelado del profesor. Se imaginó tocándolo y recibiendo sus caricias. Tal vez lo harían esa noche. ¿Estaba lista?

Lo estaba para él. No para un adolescente como Lucas, sino para un hombre de verdad, alguien que pudiera cuidarla. Sí, por supuesto que sí. Se había puesto vaqueros en lugar de falda corta y zapatos en lugar de tacones, para que Sawyer no se molestara.

Después de clase, fue a casa, buscó las llaves del automóvil de su madre, que por fin tenía una batería nueva, y salió.

En esta ocasión, estacionó atrás, donde no la verían tan fácilmente.

Luego, sin que se lo dijeran, bajó, caminó hasta el bosque y encontró un lugar donde sentarse a esperar, con la habitación 212 a la vista.

Podría haber esperado en el auto, que habría sido menos aterrador que en la oscuridad, pero el señor Sawyer le había dado instrucciones y no quería hacerlo enfadar, sobre todo después de lo de Lucas.

Su ansiedad crecía conforme oscurecía, hasta que empezó a temblar.

Pronto cayó la noche, pero aún no había señales del profesor.

Esperó una hora más, pero no hubo novedades.

Pasó otra hora, y casi se quedó dormida sobre el tronco.

¿Y si no lo había visto? Tal vez se había dormido unos segundos y él la estaba esperando dentro.

Así que se levantó, se acercó a la habitación 212 y apoyó la oreja en la puerta un segundo antes de llamar.

Nadie respondió.

No se oía nada dentro.

Jocelyn se sintió devastada al concluir que él no iba a aparecer.

***

Al día siguiente no hubo asamblea en el quinto período, lo que significaba que la clase del señor Sawyer seguía en pie.

Jocelyn aún no lo había visto, aunque había pasado por su aula entre cada clase y él solía quedarse en el pasillo antes de entrar.

¿La estaría evitando? ¿O sería ella la que le estaba dando demasiadas vueltas?

No podía estar tan enfadado con ella por caminar con Lucas, ¿verdad?

Había querido llamarlo la noche anterior e incluso había buscado el número de teléfono de su casa, pero sabía que eso iba demasiado lejos.

Se deslizó en su asiento habitual de la tercera fila, frente a Ivy, casi temblando de nervios, mientras esperaba que él la mirara o que quizá le pasara una nota. Algo. Cualquier cosa.

Pero no lo hizo. El señor Sawyer se quedó de pie al frente de la clase y, cuando sonó la campana, empezó a dar un sermón sobre la tarea de lectura. Sus ojos eran duros, entrecerrados.

—Presten atención —dijo en un momento dado, y lo enfatizó golpeando el escritorio. Todos se sentaron un poco más erguidos y Jocelyn levantó la vista, preguntándose si se lo decía a ella por haber estado perdida en sus pensamientos, pero él miraba a todos lados menos hacia ella.

En ese momento, ya no pudo negarlo: lo había hecho enfadar.

Suspiró temblorosamente e intentó prestar atención, pero por dentro se estaba desmoronando. ¿Lo habría arruinado todo?

Esperó a que terminara la clase y tardó lo que le pareció una eternidad en cargar la mochila, hasta que todos los estudiantes salieron. Luego, en silencio y con las manos apretadas frente a ella, se acercó.

—¿Señor Sawyer?

—¿Qué? —Él no la miró. Sus palabras eran frías y rígidas. Alineó una pila de papeles sobre su escritorio y los metió en el maletín.

Ella bajó la voz hasta un susurro. No se suponía que lo dijera en voz alta, y mucho menos en la escuela.

—No vino anoche.

—Asumí que tenías otros planes —resopló él.

El silencio se extendió entre los dos. Afuera se oían los casilleros cerrándose y los zapatos de goma chirriando sobre el suelo brillante del pasillo.

Pero en el salón se sentía como si todo el universo girara solo alrededor de ellos dos.

Y ese universo estaba a punto de colapsar y desaparecer antes de que ella lo entendiera.

—¿C-cómo? —logró decir. Entonces lo comprendió—. Lucas es solo un amigo…

Entonces, el señor Sawyer la miró, con una mano en alto en una señal clara de que se detuviera.

—Escucha, puedes juntarte con quien quieras. Pero si vas a ser una puta, no puedo perder mi tiempo contigo.

Las palabras golpearon a Jocelyn como un puñetazo en el estómago. Las lágrimas le brotaron de los ojos, calientes y ardientes.

—No lo volveré a ver. Se lo juro.

—Ya hemos tenido esta conversación. —El señor Sawyer pasó junto a ella, que casi se chocó contra la pared.

—Espere.

Él soltó un suspiro exasperado y se detuvo.

—¿Qué, Jocelyn?

—No lo volveré a ver. De verdad. Usted es la única persona a la que quiero ver, la única persona que importa.

Él apenas se dio la vuelta para mirarla con expresión inquisitiva. Sobre sus cabezas sonó la campana que anunciaba el final del recreo y el señor Sawyer la miró con intensidad antes de negar con la cabeza y exhalar. Luego sacó la cartera y puso unos billetes en la mano de Jocelyn.

—Mañana por la noche. Última oportunidad. Pero tendrás que reservar la habitación tú. El chico de la recepción es un exalumno mío, me reconoció, y no pueden verme pidiendo una habitación otra vez. Le dije que estaban haciendo obras en mi casa, pero no puedo estar pidiendo la llave todo el tiempo.

Jocelyn aceptó el dinero con los ojos muy abiertos.

—Pero aún no tengo dieciocho.

—A ellos no les importa. No piden identificación en ese tugurio. Habitación 212, ¿entendido?

Ella tragó saliva.

—Está bien.

—Y no uses tu nombre real.

Ella abrió y cerró la boca, buscando las palabras. Por un lado, se sentía aliviada de que él le hablara y de que aún quisiera verla, pero, por otro, estaba preocupada. ¿Podría conseguir la habitación? Solo de pensar en ir a la recepción y que la descubrieran, le entró un sudor frío.

—¿Qué nombre uso?

—Jocelyn Burton.

—De acuerdo. ¿Por qué ese nombre?

El señor Sawyer se colgó el bolso al hombro.

—Era el nombre de mi madre. Su apellido de soltera era Burton. —Apartó la vista, caminó hacia la puerta del salón y luego se detuvo para girar hacia ella—. Y, Jocelyn, habrá un castigo. —La miró un momento—. No vengas si no lo quieres.